miércoles, 8 de octubre de 2014

A propósito de Níobe

 
Comenzamos con esta ilustración de Annette Haines que nos pone sobre la pista de una leyenda mitológica. Representa el rostro compungido de una mujer, quizá una madre, y 14 pequeñas calaveras que acaso correspondan a sus criaturas muertas. Junto a la mujer dos letras Nb y un número 41, el símbolo químico del niobio y su número atómico. Nos encontramos, pues, ante un elemento químico de la tabla periódica. El niobio es un metal blando y dúctil de color blanco brillante que fue descubierto por Charles Hatchet en 1801 y utilizado en aleaciones de acero inoxidable para  reactores nucleares y misiles.


Seguimos con otra pista: otra ilustración presenta a una mujer de perfil derramando una lágrima. Esa mujer, por lo que leemos, se llama Níobe. Vemos que Nïobe está llorando. Además, leemos, en italiano "regina di Tebe", es decir, que la entristecida Níobe era la reina de Tebas. Por si hubiera alguna duda, al lado,  leemos que Níobe era la "queen of Thebes", lo mismo pero en inglés. Hay una pieza operística que se pone en escena con ese cartel y ese título: "Níobe, reina de Tebas". Se trata de una ópera en tres actos de Agostino Steffani que se representó por primera vez en Munich en  1688.

 

Una crátera griega nos muestra una sangrienta escena: dos arqueros, un hombre y una mujer, atraviesan con sus flechas a varios personajes. Si vamos reuniendo los datos, esos personajes son los catorce hijos de Níobe: siete varones y siete hembras. Esos arqueros no pueden ser otros más que los dioses hermanos: Diana y Apolo: él desnudo, con corona de laurel en la cabeza y la lira colgada del hombro, apuntando con su flecha certera; ella, vestida de cabeza a los pies como casta doncella, tomando una flecha de su aljaba para dispararla.  



¿Por qué, nos preguntamos, dos dioses se ensañan de esa manera contra la descendencia de la reina de Tebas? ¿Por qué tan grande cólera divina? El óleo de Johann König, que vivió en la primera mitad del siglo XVII,  insiste en la misma temática: los dioses, desde el cielo, disparan sus flechas sobre los mortales hijos de Níobe, dándoles efectivamente la muerte. En un primer plano yacen los cuerpos de los nióbidas muertos. En el centro del cuadro la propia reina suplica en vano con los brazos en alto a la diosa Diana la salvación de la hija pequeña que se abraza a ella.
Es hora de desvelar el misterio: la soberbia reina de Tebas, hija del no menos soberbio Tántalo, orgullosa de su numerosa progenie declaró que era superior a Latona, que los griegos llamaban  Leto. Había incurrido en el pecado de hybris, se había creído superior  a la diosa madre de Apolo y Diana, y la había ofendido desatando su cólera divina. Pidió pues la diosa a sus hijos que la vengasen y estos asaetearon a la prolífica descendencia. Según el relato de Ovidio en las Metamorfosis, Níobe suplica efectivamente a la diosa la salvación de la hija pequeña, pero la diosa, implacable, le da también la muerte.

Así concluye a propósito de Níobe Ovidio (Metamorfosis, libro VI, vv. 297-312):


Sexque datis leto diuersaque uulnera passis
ultima restabat: quam toto corpore mater,
tota ueste tegens, "unam minimamque relinque;
de multis minimam posco" clamauit "et unam".
Dumque rogat, pro qua rogat, occidit. Orba resedit
exanimes inter natos natasque uirumque
deriguitque malis: nullos mouet aura capillos,
in uultu color est sine sanguine, lumina maestis
stant inmota genis:  nihil est in in imagine uiuum.
Ipsa quoque interius cum duro lingua palato
congelat,  et uenae desistunt posse moueri ;
nec flecti ceruix nec bracchia reddere motus
nec pes ire potest ;  intra quoque uiscera saxum est.
Flet tarnen et ualidi circumdata turbine uenti
in patriam rapta est;  ibi fixa cacumine montis
liquitur,  et lacrimis etiam nunc marmora manant.

Y así cantan esos mismos versos, en latín, por supuesto, Dargaard, una banda austriaca de onda oscura neoclásica,  que hace una música entre folk y medieval aderezada con modernos toques de teclados.

 
  



Dadas seis a la muerte y maltrechas de varias heridas,
la última sólo quedaba: su madre cubriéndola a ella
con todo el cuerpo y con toda su ropa gritó: “A la pequeña
déjamela sola, a una y pequeña te pido de muchas.”
Mientras rogaba, su hija murió. Se sentó desolada
entre sus hijos e hijas y esposo privados de vida,
y endureció por sus penas; la brisa no mueve su pelo,
no hay en su rostro el color de la sangre, fijos sus ojos
se abren en tristes mejillas: no hay vida ya en su figura.
Propia se hiela también por dentro la lengua en lo duro
del paladar, y las venas no intentan siquiera moverse.
No puede el cuello doblarse ni el brazo hacer movimientos,
ni caminar el pie; hay también roquedal en entrañas.
Llora no obstante, y cercada por tromba de viento animoso
es a su patria llevada. Allí, fija en cumbre de monte,
ya se derrite, y aun hoy los mármoles lágrimas lloran.

La reina de Tebas se convierte en un peñasco de un monte de la antigua Magnesia de Sípilo, hoy Manisa, en Turquía, no lejos de Esmirna. Se decía que de un risco del monte Sípilo precisamente manaba una fuente que derramaba sus perpetuas lágrimas. He aquí la roca que llora de Níobe (en turco, Ağlayan Kaya), también conocida como Taş Suret la «Cara de Piedra», en el Monte Sípilo.

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