domingo, 18 de enero de 2015

Del género gramatical




Una de las cosas que puede enseñarnos el estudio de otra lengua –y cuanto menos se parezca a la nuestra tanto mejor para este caso-  es lo relativa que es la nuestra. Dice con mucha razón Agustín García Calvo en el prólogo de su “–ES- estudio de gramática prehistórica”, que el trato con otras lenguas, sobre todo cuando son muy diferentes de la propia, sirve para desengañarnos “de la tendencia, muy humana, a confundir lo idiomático con lo común”. Y es que creemos que lo que es normal en nuestra lengua (y por lo tanto en nuestra cosmovisión de la realidad) tiene que ser común a las demás, lo que se demuestra enseguida como falso con un simple análisis comparativo.
 
Las palabras alemanas, por ejemplo, tienen género gramatical y se clasifican en masculinas, femeninas y neutras, como las griegas y latinas.  Las masculinas llevan el artículo “der”, las femeninas “die” y las neutras “das”. ¡Qué diferencia con el inglés donde sólo hay un artículo “the” para todas las palabras y donde no existe el género gramatical! ¡Qué diferencia con la nuestra, donde sólo hay género masculino y femenino en los sustantivos!

Llama la atención, al comparar el alemán con nuestra lengua, lo relativas que son algunas de nuestras convenciones lingüísticas y que a nosotros nos parecen lo más natural y normal del mundo. Por ejemplo, cualquiera diría que es natural que la palabra “sol” tenga género masculino y la palabra “luna” lo tenga femenino, y digamos “el sol” y “la luna”, porque así sucede en nuestras lenguas romances derivadas del latín (italiano, francés, portugués y español), donde estos astros se identificaron con Apolo como dios solar y Diana como diosa lunar. 

 Signos astronómicos de Marte y de Venus: los hombres son de Marte y las mujeres de Venus.

Nos parecerá tan natural que habrá quien incluso se atreva a racionalizar lo irracional y decir que es lógico que el sol sea masculino porque es activo, agente, emisor de luz, mientras que la luna, que recibe la luz solar de la que se impregna porque no tiene luz propia, es pasiva, paciente, receptiva, y otras majaderías por el estilo, deduciendo a partir de ahí rasgos definidores de la “virilidad” y la “feminidad”. 




Pues bien, el estudio de otra lengua, en este caso del alemán,  nos vacuna contra estas ridículas convenciones idiomáticas, porque en alemán, precisamente, se dice “die Sonne” (el sol es femenino) y “der Mond” (la luna es masculino), justo lo contrario que en romance. Pero es que además, palabras como la “mariposa” o la “primavera”, que nosotros interpretamos como esencialmente femeninas, también son allí masculinas: “der Frühling” o “der Schmetterling”.

¡Qué confusión más grande la de asociar el género gramatical (masculino, femenino o neutro) con el sexo masculino o femenino de los animales y las personas! Pero nuestra propia lengua nos inmuniza un poco contra esa tentación, si sabemos escuchar lo que nos dice por lo bajo: el sexo de los varones es, en su versión culta, sí,  masculino (el pene) pero en su expresión popular, coloquial o vulgar, es  precisamente femenino (la polla o la picha, que el diccionario de la RAE califica como "malsonantes"), y el de las féminas en su forma culta es femenino (la vulva o la vagina) pero masculino en lenguaje corriente y moliente  (el coño, del latín cunnum, o el chocho, más vulgar, con repetición expresiva del fonema "ch" para indicar blandura, como en chichi), para que luego digan los feministas que el lenguaje es machista. El lenguaje no es machista ni feminista. Somos nosotros los que somos lo uno o lo otro, o ambas cosas, o ninguna de las dos cosas, que en el fondo son muy parecidas, tanto que son lo mismo pero al revés.

Nota sobre el símbolo de Venus: Al "espejo de Venus" también se lo denomina cruz ansada porque es una cruz con una parte superior en forma de óvalo o ansa en latín (ansam>asa). Corresponde a un jeroglífico egipcio llamado "anj" que significa "vida". Sería la llave de la vida, que adoptaron los cristianos coptos como símbolo de su fe en la cruz de Cristo, y será también el símbolo del cobre, de Venus y de lo femenino, relacionado en este caso con el útero.

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