sábado, 14 de febrero de 2015

Noticia de Heliogábalo, el emperador adolescente



Nacido en Antioquía, ciudad de Siria, en el año 204 después de Cristo, fue proclamado sorprendentemente emperador de Roma a los catorce años, cargo que desempeñará del 218 al 222 de la era cristiana, no llegó a cuatro años. Su verdadero nombre era otro que ahora no importa. Lo relevante es que él se hizo llamar enseguida Elagábalo, que se reinterpretó como Heliogábalo en alusión al sol al que adoraba. Este Rey Sol avant la lettre quiso pasar a la historia como el Sumo Pontífice, o quizá la suprema sacerdotisa, del dios del Sol El-Gabal de Emesa, importando de oriente este culto solar para ponerlo en vigor en Roma como religión de estado, por encima del culto oficial a Júpiter, para lo que hizo traer de Emesa una piedra negra de origen meteorítico, un betilo negro de forma inequívocamente fálica, que representaba a El, la principal divinidad semítica, instaurando un monoteísmo solar, que, de alguna forma, encarnaba también la falocracia del imperio romano.

La belleza de Heliogábalo era radiante, deslumbrante, como los rayos del astro rey que adora, como la de Adonis o Apolo, una belleza femenina, venusina, afrodisiaca, ambigua; oriental, en el sentido etimológico y primario de la palabra, porque viene del sol naciente, desde levante a poniente, a este occidente crespuscular y mortecino: a este occidente desorientado.

El emperador antioqueno, que desprecia la ruda toga romana, habituado como está su cuerpo adolescente al contacto de la fina seda de Damasco, viene a orientarnos, es decir, a orientalizarnos; y nos trae la belleza de un amanecer –Lawrence Alma-Tadema soñó y pintó la corte de Heliogábalo rebosante de pétalos de rosa. Nos trae también, la anarquía, bendita sea, al corazón del imperio romano, representada por un obelisco que los romanos siempre verán con desconfianza.



Las rosas de Heliogábalo, Lawrence Alma-Tadema (1888)

 Enseguida se verá que el joven emperador era un afeminado en el peor sentido que puede tener esta palabra para un antiguo romano tradicional y conservador de la estirpe de Catón el Viejo. Los romanos toleraban que sus emperadores tuvieran, paralelamente a sus relaciones femeninas destinadas a la procreación, algún escarceo amoroso, incluso algún amante masculino o  catamito. Era una moda griega y por lo tanto extranjera, pero no se sentía como bárbara, sino como propia del refinado mundo de la cultura y de la filosofía helénicas. Un ilustre precedente de esta costumbre era el mujeriego Zeus, que se había enamorado de Ganimedes, al que había raptado y subido al Olimpo para que le escanciara el divino licor. Podía verse incluso como un síntoma de virilidad siempre y cuando el emperador adoptara el papel activo, fuera el amante y no el amado.

Se comentaba que algunos de sus ilustres predecesores, el propio Julio, Calígula y quizá  Nerón se habían entregado a tales prácticas alguna vez, pero no dejaban de ser habladurías y chismorreos no siempre dignos de crédito. ¿Cómo el descendiente del divino Augusto iba a ser sodomizado por un esclavo,  como enseguida hizo Heliogábalo, como si en vez de ser el primer ciudadano de Roma fuera él, el emperador, un vulgar catamito afeminado, un concubino destinado al placer estéril de su dueño? ¿Cómo iba a ser  sometido por un  negro dotado de un miembro viril de considerables dimensiones? Ya se encargaba el propio Heliogábalo de ello, pues era requisito indispensable que los amantes del emperador, reclutados entre los forzudos gladiadores, rudos marineros, ágiles atletas y rufianes y sinvergüenzas de los bajos fondos, estuvieran dotados de atributos sexuales de considerables dimensiones –onóbelos, que literalmente significa “miembro de burro-, gentes a veces de la más baja estofa y condición social a los que ofrecía cargos públicos en la administración romana a cambio de sus favores. ¿Dónde se había visto una cosa igual? 

 Busto de Heliogábalo, Museos Capitolinos, Roma

No era habitual que el emperador, la máxima autoridad del imperio romano y dios viviente, fuera poseído por cualquiera de sus súbditos más plebeyos. Pero más intolerable aún era que Heliogábalo, además, para colmo, hiciera público alarde y se sintiera orgulloso de ello. El senador, historiador y contemporáneo Dión Casio nos habla de Hieroclés, un rubio esclavo de la Caria, como el “marido” favorito de Heliogábalo.

Dice la Historia Augusta y, a través de ella, el historiador que la escribe y que se avergüenza de narrar la depravada vida de este personaje: quis enim ferre posset principem per cuncta caua corporis libidinem recipientem, cum ne beluam quidem talem quisquam ferat? Lo que signfica algo así como: “¿Quién, en efecto, podría tolerar a un príncipe que recibiera –atención a la sugerencia: recipientem- placer –libidinem- por todos los orificios de su cuerpo, cuando nadie soporta que ni siquiera un monstruo sea así?”

La voracidad de Heliogábalo se ha hecho proverbial prestándole nombre a la gula casi lujuriosa y sin freno. Se habla, todavía hoy, de comidas opíparas o de ágapes dignos de Heliogábalo porque el emperador de refinados gustos orientales disfrutaba de la buena mesa como buen sibarita “bon vivant”.  El Diccionario de la Real Academia Española dice que un heliogábalo (sic, con minúscula) es una "persona dominada por la gula", y explica que es así "por alusión a Heliogábalo, emperador romano, que fue voraz". 

El poeta francés Antonin Artaud le dedicó al emperador Heliogábalo un elogioso libro poético a medio camino entre el ensayo y la novela histórica, titulado “Heliogábalo o El anarquista coronado”, donde celebra que su misión fuera llevar la anarquía a Roma: “Todo tirano en el fondo no es sino un anarquista que se ha puesto la corona y que impone su ley a los demás.”


Pero Roma no podía tolerar que su emperador fuera un anarquista coronado que había hecho dejadez de toda virilidad. Heliogábalo, en efecto, no era Sumo Sacerdote del dios del Sol, sino su sacerdotisa; no era el emperador del Senado y Pueblo Romano, sino su emperatriz.

No es difícil suponer el cruento final del la vida de este adolescente que adoraba al sol: dejó de brillar enseguida, siendo asesinado a los dieciocho años de edad y su cadáver insepulto arrojado al Tíber a su paso por la ciudad eterna, en cuya corriente, en cuya grandeza y hermosura –recordemos aquí a nuestro Quevedo para acabar- huyó lo que era firme y solamente lo fugitivo, que es el nombre, su propio nombre, permanece y dura.

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