martes, 10 de febrero de 2015

Pedagogos y demagogos

El “paedagogus” era en Roma un esclavo griego que se encargaba de llevar al niño al colegio. Eso es lo que quiere decir la palabra griega “pedagogo”: el que acompaña y guía al niño. La palabra es similar a “demagogo”, ese insulto que los políticos se lanzan a la cara unos a otros no sin motivo, porque todos y cada uno tienen su parte de razón cuando se lo espetan a un adversario, y por eso está teñida de un fuerte matiz despectivo: el demagogo sería el político que, so pretexto de encarnar y representar la soberanía popular, conduce al pueblo por el mal camino, se sobreentiende: el que lo manipula, el que sólo busca su voto para aprovecharse de él y traicionarlo. Y es que “agogós” quiere decir conductor en la lengua de Homero;  “ped(o)” es niño, como en pediatra o pederasta, y “dem(o)” pueblo, como en democracia. Pueden relacionarse sin mucho escándalo, por lo tanto, la pedagogía y la demagogia, los pedagogos y los demagogos, por el elemento que tienen en común, que es la "agogé": lo que en el primer caso nos ha quedado como "agogía" con un resplandor angelical y bondadoso,  y en el segundo como "agogia" con aura maligna, sílaba menos y tufillo demoníaco. Lo uno y lo otro serían dos caras de la misma moneda: el niño o, en el segundo caso, el pueblo, tendrían en común una cosa: se caracterizarían como algo que debe ser conducido a alguna parte por algún experto, llámese "leader", "duce", "caudillo", "Führer", pedagogo o demagogo. 


La connotación positiva de la que se ha impregnado la palabra pedagogo, al contrario de la de demagogo, ya le chirriaba a don Antonio Machado, ya que se entiende modernamente por pedagogo el que conduce al niño hacia la madurez, el Mentor que lo educa y lleva por el buen camino, es decir, el que saca de él lo mejor para que se conduzca bien en la vida… Pero ya nos alertó el poeta de los campos de Castilla y las soledades, a través de su heterónimo Juan de Mairena: Un solo pedagogo hubo, y se llamaba Herodes. Y es que los pedagogos saben a dónde llevan al niño, conocen la meta, que es la integración en el sistema: tratan de hacer que el niño pase por el aro, se domestique, se adultere, y , en definitiva, se convierta en adulto, domándolo como a un potrillo salvaje y rebelde y, en suma, asesinándolo. Ya lo dijo el novelista maudit Jean Genet en alguna parte: "Vivre c´est survivre à un enfant mort". Ellos, los pedagogos, son los que llevan al niño al matadero, los modernos ejecutores de la matanza de los inocentes.

Los adultos deberíamos abandonar la pretensión pedagógica (y ya puestos también la demagógica de gobernar a nuestros semejantes) de educar a los niños maleándolos, como solemos hacer, integrándolos en el sistema y, angelitos que son, corrompiéndolos. No hay nada peor que un pedagogo, porque cree que sabe lo que le conviene al niño, que es desvivirse por un futuro que no existe más que como promesa o amenaza, morir, esto es, dejar de ser un niño, para lo que le lleva a la escuela, ese moderno servicio militar obligatorio, antesala de la esclavitud del trabajo asalariado, o sea de la prostitución mercenaria, que es lo mismo. 

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