martes, 17 de marzo de 2015

El corazón y la sesera



Vamos a tratar de encontrarle el sentido a la palabra latina sensus y a la cosa que hay detrás, palabra que significa precisamente "sentido",  como puede verse en los latinajos fosilizados stricto sensu y lato sensu (“en sentido restringido” y “en sentido amplio” respectivamente),  que utlizan en castellano los cultiparlantes. Sensus   vino a desembocar enseguida en castellano en  seso, por asimilación del sonido nasal al silbante y posterior simplificación de ambos. Esta palabra pasó de querer decir, como señala Corominas, “prudencia, discreción”, uso del que deriva el adjetivo sesudo,  a “cerebro, masa encefálica”, de donde tenemos, además del susodicho seso, la coloquial sesera, que es la sede de los sesos pero también un sinónimo de buen juicio e inteligencia.

Conservamos también su raíz culta “sens-“ en palabras como sensual –referente a los cinco sentidos-, sensible, y, con cierto matiz despectivo, sensiblero, y, además, en  sensorial, sensación, sensitivo o sensato –prudente,  dotado de sentido común. Este sensus communis, por cierto, según la expresión que parece que acuñó Cicerón para referirse en el sentido intelectual a la manera ordinaria de pensar y concebir las cosas de las personas, a lo que también denominó vulgaris popularisque sensus  es, según el dicho moderno, el menos común de todos los sentidos, frase que parece que debemos atribuir al periodista norteamericano Horace Greeley,  quien dijo lapidariamente “common sense is very uncommon”, o, lo que es lo mismo, que el sentido común era muy poco común, algo no por contradictorio menos verdadero.

Pero la raíz latina e indoeuropea que está detrás de este vocablo, vamos a ponernos un poco sentimentales y a buscarle un poco el sentido a la cosa, o sea lo mismo, a la palabra, es "sent-", que es la del verbo sentire, ya que sensus es el participio de perfecto de dicho verbo. De ese verbo procede nuestro sentir, y sus compuestos asentir (de ad- en una dirección), consentir (de cum-, que denuncia complicidad), disentir (de dis- prefijo negativo),  presentir (de prae-, con antelación) y resentir (de re- prefijo intensivo y repetitivo), y también, no los perdamos de vista, asenso, consenso y disenso.

También la palabra centinela, pronunciada con ceceo,  tiene su origen en estos latines que estamos tratando, pues nos llega a través del italiano “sentinella”, que era la vigilancia que prestaba un soldado en su puesto de guardia, y, por extensión, el soldado mismo que “percibía”.



Es curioso y no ningún contrasentido cómo se han unido el corazón y la razón, el sentimiento y el pensamiento,  en la evolución del significado de la palabra sensus. Y es que sentire en latín no significaba sólo “percibir por los cinco sentidos, sentir”, sino, además, “pensar, opinar”, como se ve en algunos derivados suyos que todavía conservamos nosotros, por ejemplo en sentencia, sentenciar, sentencioso. 

Este uso se recoge en aquel célebre dicho del comediógrafo Terencio  quot homines, tot sententiae: cuantas personas, tantos pareceres u opiniones. Venía Terencio a decir algo que se ha convertido con el paso del tiempo en un lugar común, un tópico típico: que cada cual tiene su opinión, una opinión propia que sería tan respetable como si fuera una propiedad privada. Pero ya nos advirtió el filósofo de Éfeso cuando dijo que siendo la razón común la mayoría de las personas vivían sin embargo con una opinión personal que no dejaba de ser un idiotismo o una idiotez, un contrasentido o particularidad privada de razón precisamente por su propia pretensión de singularidad.

 

Pensar no quiere decir hacerse ideas de las cosas y expresar opiniones personales sobre las ideas que uno tiene y se va haciendo de las cosas, sino razonar sin pretender llegar a ninguna conclusión o meta, lo que suele traducirse, precisamente, en todo lo contrario: en irse desprendiendo de todas y cada una de las ideas previas que uno tiene guardadas en la sesera; lo mismo que sentir no quiere decir experimentar sensaciones o sentimientos previamente consabidos, sino  no saber  qué es lo que se siente. En ese sentido pensar y sentir vendrían a ser lo mismo: lo mismo razón y corazón, como demuestra la evolución del lenguaje popular, a diferencia de la jerga culta de los políticos, filósofos y pedantes en general, que tiende a separar ambas cosas, el corazón y la razón.

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