domingo, 29 de marzo de 2015

¿Quién orienta a los orientadores?

Me cuentan que un Departamento de Orientación bastante desorientado, por cierto, es decir, que no sabe muy bien por dónde sale el Sol ni dónde está el poniente, y, además,  no poco desnortado, o sea que ha perdido el norte, de un IES o Instituto de Educación Secundaria (¡lástima que se haya sustituido la E de enseñanza por la de educación, lo que no deja de ser poco significativo!),   de cuyo nombre no quiero ni acordarme ni hacer aquí mención, pero que no es un caso único sino, por desgracia, bastante generalizado en estos malos tiempos para la lírica que corren, pretende que los alumnos y las alumnas, cedamos a la moda, de su Centro estudien todos y todas Ciencias, a ser posible, porque tienen más salidas (laborales, se entiende) que las Letras, lo que implica que están dirigiendo a los alumnos (y a las alumnas) como si se tratara de una recua hacia el mercado laboral, a ganarse el pan con el sudor de su frente, como Dios manda, un mercado laboral que, por otra parte, nunca es idéntico a sí mismo, porque sujeto como está a los vaivenes de la oferta y la demanda es esencialmente inestable y voluble como él solo.

Como mal menor se aconseja a los que tengan problemas con Física y Química que estudien Ciencias Sociales, no vayan a econtrarse con un escollo insuperable; y en último extremo Humanidades, o sea, Latín, Griego y Literatura Universal, por ejemplo, porque es la opción que menos salidas (laborales) tiene, la que más puertas comerciales les cierra a los estudiantes, y la que no sirve absolutamente para nada, una chifladura. No es nada nuevo: Ya en mis tiempos, que siguen siendo estos mismos, por aquello de don Antonio Machado de que "hoy es siempre todavía", nos  espetaban a los de Letras aquella vieja afrenta de: "El que vale, vale; y el que no para Letras".

Así hemos llegado a la precaria siutación presente, en que muchos de nuestros jóvenes ingenieros,  académicamente bien preparados, se convierten en pre-parados, y tienen que ponerse a estudiar apresuradamente alemán para emigrar allende nuestras fronteras a encontrar el trabajo que les prometieron aquí.


 Estos consejos, hechos con la mejor voluntad posible, cabe suponer, no voy yo a dudarlo, son sin embargo un auténtico despropósito pedagógico porque no tienen en cuenta las capacidades y cualidades del alumnado: pretenden que los intereses de los alumnos y sus consiguientes demandas se acomoden a lo que hay, a la realidad existente, es decir, al Mercado. De este modo, nunca se cuestiona la realidad existente, porque, como suele decirse, no sin cierta resignación cristiana, "esto es lo que hay, o lo coges o lo dejas". Sin embargo, hay muchas otras posibilidades de estudio: hay carreras o grados, como dicen ahora, interesantísimos que no sirven para nada práctico, hay saberes improductivos, como estas humanidades nuestras, que nos recuerdan el significado original de la palabra STUDIUM: lo que se hace por gusto y por amor, pero no por interés económico. En nuestra época se ha perdido el gusto por el STUDIUM como tal (así lo define un diccionario escolar de latín: empeño, afición, afán, afecto, desvelo, incluido el político, como cuando un historiador como Tácito decía que escribía "sine ira et studio", o sea, sin encono ni parcialidad política, sin odio ni amor, dicho con otras palabras). Se pretende que el STUDIUM sirva para algo práctico como es la inserción del alumnado en el mundo y la cadena laboral, lo que lo desvirtúa como tal actividad que se hacía por puro placer, desinteresadamente, sin ánimo de lucro.

Si les dicen a los padres que lo que quieren estudiar sus hijos "no tiene salidas", estos, como es natural, se llevan las manos a la cabeza considerando que cómo van a permitir que sus hijos se metan en un callejón sin salida, como se supone que son las Humanidades, unos saberes gloriosamente inútiles que nunca han servido para nada práctico, totalmente improductivos, nada rentables.

Pero, puesto que todo lo que diga yo aquí, que soy profesor de lenguas clásicas, parecerá interesado y corporativista, le cedo la palabra a Antonio Gramsci, el teórico marxista, filósofo y periodista, que opinaba lo siguiente sobre la enseñanza del latín y el griego allá por el año 1932 en una página de sus Cuadernos de la cárcel:



En la vieja escuela, el estudio gramatical de las lenguas latina y griega, unido al estudio de las literaturas e historias políticas respectivas, era un principio educativo en cuanto que el ideal humanístico, que se personifica en Atenas y Roma, estaba difundido en toda la sociedad, era un elemento esencial de la vida y de la cultura nacionales. Incluso la mecanicidad del estudio gramatical era animada por la perspectiva cultural. Las nociones aisladas no se aprendían con un objetivo inmediato práctico-profesional: el objetivo parecía desinteresado, porque el interés era el desarrollo interior de la personalidad, la formación del carácter a través de la absorción y la asimilación de todo el pasado cultural de la moderna civilización europea. No se aprendían el latín o el griego para hablarlos, para trabajar de camarero, de intérprete, de corresponsal comercial. Se aprendían para conocer directamente la civilización de ambos pueblos, presupuesto necesario de la civilización moderna; es decir, para ser uno mismo y conocerse uno a sí mismo conscientemente […] 


El latín no se estudia para aprenderlo; desde hace mucho tiempo […] se estudia como elemento de un programa escolar ideal, elemento que engloba y satisface una serie de exigencias pedagógicas y psicológicas; se estudia para acostumbrar a los niños a estudiar de un modo determinado, a analizar un cuerpo histórico que puede tratarse como un cadáver que se recompone continuamente en la vida, para acostumbrarlos a razonar, a abstraer esquemáticamente –capacitándolos para pasar de la abstracción a la vida real inmediata-, para ver en cada hecho o en cada dato lo que tiene de general y de particular, el concepto y el individuo.


Me permitiré, para acabar, recordar aquí también a Marcel Duchamp  y su famosa puerta del portal número 11 de la calle Larrey de París,  el apartamento donde vivió el artista, que utilizaba para dos pasos: entre el estudio y el dormitorio, y entre el estudio y el baño, de manera que la puerta  nunca estaba cerrada sin estar  paradójicamente abierta al mismo tiempo. La puerta nunca podía cerrar una habitación sin abrir otra. Y es que siempre que se cerraba una puerta se abría otra, y ¿quién le pone puertas al campo? Siempre que se afirma algo se oculta otra cosa: cuando se cierra la puerta de Duchamp, queda cerrada una habitación, es cierto, pero se ha abierto otra.

 La puerta del número 11 de la calle Larrey de París, Marcel Duchamp (1927)

Lo mismo que Juvenal se preguntaba en una de sus sátiras:  Quis custodiet ipsos custodes?  (¿Quién vigilará a los propios vigilantes?) me pregunto yo ahora: ¿Quién orientará a los orientadores?

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