lunes, 6 de abril de 2015

La paradoja de la nave de Teseo



Es conocida por cualquier alumno del Bachillerato de Humanidades la historia de Teseo, hijo del rey Egeo, soberano de Atenas,  que, tras abatir al Minotauro, logró salir del Laberinto de Creta con ayuda del hilo de Ariadna,  y regresar sano y salvo a su ciudad de origen. Es sabido que se le olvidó cambiar las velas de la nave. Su padre le había dicho que arriara las velas negras que llevaba si volvía a salvo de su misión, y que izara en su lugar unas blancas, olvido que acarreó el suicidio de su padre,  que se precipitó al mar que lleva su nombre.  
 
Hay, según quien lo cuente, muchas versiones sobre la causa de este olvido. Para Plutarco es la alegría de la hazaña heroica; para Diodoro, Apolodoro, Pausanias e Higino, la pena que lo embargó de añoranza por la pérdida de Ariadna. Para Catulo se trata de un castigo divino de Júpiter como venganza por el abandono de Ariadna. Podemos incluso llegar a pensar, siguiendo a Sigmund Freud, que se trata de un ajuste de cuentas: el olvido del héroe no sería un acto involuntario, sino la afloración del deseo inconsciente de matar al padre que todo hijo lleva consigo debido al complejo de Edipo. En efecto, al desembarcar en el Ática el príncipe heredero, una vez fallecido el monarca, sería coronado rey él mismo: a rey muerto, rey puesto.
El caso es que, leyendo la biografía de Teseo que escribió Plutarco, que traza un paralelismo con la de Rómulo, me encuentro con la célebre paradoja de la nave de Teseo.  Los atenienses habrían conservado esta nave desde tiempos inmemoriales. Suponemos que esta era la nave que los atenienses enviaban a la isla de Delos todos los años en procesión como agradecimiento al dios Apolo, que había nacido allí, por haberse salvado Teseo y sus compañeros, los siete muchachos y las siete doncellas que viajaron con él a la isla del rey Minos, y haber librado a la ciudad de su tributo de sangre humana.

Cedamos la palabra a Platón, que nos cuenta en el Fedón: “Esta es la nave, según cuentan los atenienses, en la que zarpó Teseo antaño hacia Creta llevando a las famosas siete parejas, y los salvó y se salvó a sí mismo. Así que le hicieron a Apolo la promesa entonces, según se refiere, de que si se salvaban, cada año llevarían una procesión a Delos. Y la envían, en efecto, continuamente, año tras año, hasta ahora en honor al dios… El comienzo de la procesión es cuando el sacerdote de Apolo corona la popa de la nave”.

La víspera del día del juicio en que Sócrates fue condenado a muerte por la democracia ateniense comenzó la procesión de la nave de Teseo a Delos, donde se hallaba uno de los principales santuarios del dios. Durante ese tiempo no se puede ejecutar públicamente a nadie hasta que no haya regresado la nave de vuelta a Atenas, lo que a veces tardaba mucho tiempo, treinta días en el caso de Sócrates, que murió en el 399 antes de Cristo. La nave seguiría existiendo hasta los tiempos de Demetrio de Falero, según cuenta Plutarco, es decir, al menos unos ochenta y dos años más de los que tenía entonces.

Pero, en este punto, debemos preguntarnos: ¿Era la misma nave? He aquí la paradoja de la nave de Teseo, una paradoja que, como veremos, afecta a todas las cosas y personas, incluidos también nosotros mismos, por muy extraño que nos parezca a simple vista. Cedamos la palabra a Plutarco, que así escribió en la lengua de Homero en Vidas paralelas, Teseo, 23:



Y su traducción  dice aproximadamante lo siguiente: Y la nave en la que (Teseo) navegó con los jóvenes y regresó a salvo, la de treinta remeros,  la conservaron los atenienses hasta los tiempos de Demetrio de Falero (gobernador de Atenas entre 317 y 307 a. de Cristo),   quitándole las tablas deterioradas de la madera y poniéndole otras sólidas y resistentes de modo que  la nave también les servía a los filósofos como ejemplo del  muy discutido argumento de la renovación por sustitución (auxómenos logos), ya que unos decían que seguía siendo la misma y otros que no.    


Los atenienses conservaron la embarcación de Teseo eliminando tablas estropeadas y reemplazándolas por otras nuevas según se iban deteriorando. El  barco se convirtió así  en un paradigma filosófico sobre la identidad de las cosas que cambian, sobre la necesidad incluso, diríamos, de que las cosas cambien para poder seguir igual.



Recordemos aquí la célebre paradoja que formuló Giuseppe di Lampedusa en su novela Il Gatopardo, puesta en boca del príncipe Fabrizio Salina, llevada magistralmente a la gran pantalla por Luchino Visconti en la película homónima: Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi.   Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.


¿Hasta qué punto seguía siendo la misma nave si se iban reemplazando cada una de las tablazones, cuadernas o costillas del casco,  varengas, remos y mástiles? Si las partes de ese todo que es la nave van cambiando gradualmente una tras otra ¿cómo se mantiene la unidad del conjunto, o la identidad de la propia nave?

De manera similar en todo ser vivo se producen cambios fisiológicos y aun psicológicos. Hagamos un pequeño experimento filosófico cuando nos estamos cepillando los dientes, por ejemplo, frente al espejo, consistente en una simple pregunta: ¿Somos nosotros mismos? ¿O somos otros? Estamos formulando el principio de identidad A = A, pero con el solo hecho de formularlo lo estamos contradiciendo: ¿Cómo va a ser la primera A, la de la izquierda de la ecuación,  igual a la segunda A, la de la derecha, si ni siquiera son una sola A, si estamos escribiendo y pronunciando dos aes? ¿Cómo voy a ser yo mismo igual a la imagen que me refleja en el espejo, si una cosa soy yo y otra muy distinta, aunque se me parezca,  mi reflejo?

No vamos a decantarnos por una respuesta unívoca y única, vamos a dar una respuesta contradictoria como la misma paradoja, es decir, una respuesta que no anule la contradicción, sino que la mantenga  viva.

La respuesta fácil, apelando a Heráclito y su famoso río en el que uno no puede bañarse dos veces seguidas, porque ni el hombre ni el agua del río serán los mismos la segunda vez, sería que somos otros, que hemos cambiado. El río es, sin embargo,  siempre el mismo río, aunque sus aguas no dejen nunca de fluir y no vuelvan nunca a bañarnos. Y, como el río, también nosotros, que nos bañamos en sus aguas, somos, a pesar de nuestros cambios fisiológicos y psicológicos, los mismos cada vez que entramos en él.   

Sin embargo, la otra mitad del sentido común que todos albergamos, pese al dicho de que el sentido común es el menos común de todos los sentidos, nos dice que todo cambia, también nosotros mismos. Machado corrigió el "todo fluye" que suele atribuirse a Heráclito añadiéndole un segundo término que lo contradecía: "Todo pasa y todo queda". 

Si no somos el mismo personaje que nació hace unos años, si estamos cambiando cada dos por tres, ¿por qué ese empeño e insistencia en seguir siendo el mismo y en seguir llamándonos igual y en adscribirnos un número en el DNI, en hacer las mismas cosas, en repetir la misma historia una y otra vez, en responsabilizarnos de nuestros actos y culpabilizarnos incluso por ellos? No es una pregunta ingenua. No debería escapársenos el hecho bastante importante desde un punto de vista político, sí, político y no sólo metafísico, de que existe la imposición de que sigamos siendo nosotros mismos, de que cambiemos para seguir siendo los mismos, de que todo cambie periódicamente para que permanezca igual a sí mismo, como la nave de Teseo.


 

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