sábado, 30 de mayo de 2015

La curiosa historia del sufijo *-tlo-



Los sufijos son morfemas que se unen a una palabra para formar otra que modifica el significado de la primera, precisando o imprecisando su significado cuantitativa o cualitativamente. El sufijo del diminutivo difumina el significado empequeñeciéndolo y añadiéndole a veces un indudable valor afectivo que revela el cariño por las cosas pequeñas. En castellano tenemos -ito, por ejemplo, y cuando decimos  "dentro de una horita" en lugar de "dentro de una hora" estamos intentando disminuir la duración de esa hora para que no se haga tan larga la sucesión de sus sesenta minutos. Hay también sufijos de diminutivo regionales como -ino, -ico,  o -uco, que usamos en Cantabria, donde predomina el valor afectivo: "mi casuca" sería algo así como "mi pequeña casa donde yo me siento muy a gusto o que yo tanto quiero pese a lo humilde que es". 

Distribución geográfica de algunos diminutivos en la península ibérica e islas Canarias



En latín tenemos el sufijo de diminutivo  –culus –cula –culum, procedente del indoeuropeo *-tlo-, que evoluciona a *–klo-, de ahí a *-kolo- y finalmente a –culus –cula –culum. El asterisco que le colocamos al sufijo indica que no está atestiguado por escrito, dado que la lengua indoueropea no conoció la escritura y por lo tanto no hay testimonios materiales de ella, pero podemos reconstruir sus raíces aplicando el método comparativo: la comparación de las lenguas derivadas de ella nos ayuda a reconstruirla, lo mismo que podríamos reconstruir el latín,  aunque no nos hubiera dejado una rica literatura,  comparando las lenguas que de él derivan. Cuando reconstruímos una raíz le ponemos delante un * para indicar su carácter hipotético.    Este sufijo *-tlo-, conservado por la vía culta en castellano como -culo,  ha servido, además de para indicar el diminutivo (montículo, montecillo), también para aplicarlo a nombres de instrumentos con la connotación de finalidad (vehículo, medio de transporte), como veremos.

Precisamente era característica del latín vulgar su marcada preferencia por el uso de estos diminutivos, como se ve en la evolución fonética de algunos términos de nuestra lengua.  Abeja, por ejemplo, que se decía en latín clásico apis,  no procede directamente de ahí, sino de su diminutivo apícula; lo mismo le sucede a aguja,  que viene de acúcula, diminutivo de acus; a hinojo, que usamos en la expresión ponerse de hinojos, que procede de genúculu y no de genu, que es como se decía normalmente rodilla en latín;  a oreja, de aurícula y no de auris;  a oveja de ovícula y no de ovis. 


Algunos ejemplos recogidos aquí y allá sin pretensión de ser exhaustivos, y presentados en orden alfabético, serían: artículo y artejo de artus (miembro), aurícula de auris (oreja), cálculo de calx calcis (piedra, los famosos "cálculos de riñón" o el hecho de "calcular", que consistía en enseñar a contar a los niños con guijarros), canícula de canis (perro, por la forma de perrito de la constelación veraniega),  círculo de circus -i (redondel), clavícula de clavis (clave y llave), corpúsculo de corpus (cuerpo), cuadrícula de quadrum –i (cuadrado, cuadro),  cutícula de cutis cutis (piel),  dentícula de dens dentis (diente), fécula de faex faecis (hez), febrícula de febris -is (fiebre), funículo o funicular de funus (cuerda, como en funámbulo, que es el nombre del que camina sobre una cuerda), homúnculo de homo (hombre), másculo o masculino de mas (macho),  matrícula de matrix matricis (matriz, con el significado de molde), mayúsculo de maius (mayor),  minúsculo de minus (menos),   molécula de moles (masa, volumen) montículo, de monte, músculo y su palabra patrimonial muslo de mus muris (ratón, por la forma de ratoncito que aparece en el brazo o en la pierna, por ejemplo, al hacer una flexión), opúsculo de opus (obra, generalmente literaria), ósculo de os oris (boca, y de ahí beso),  partícula de pars partis (parte), película de pell pellis (piel),  retícula de rete (red), tabernáculo de taberna (tienda de campaña), testículo de testis  (testigo o testimonio del sexo en un recién nacido), tubérculo de tuber tuberis  (hinchazón, protuberancia),  ventrículo de venter ventris (vientre),  vernáculo de verna –ae (esclavo nacido en casa) y versículo de versus -us (verso).

Concurre con este sufijo, y aplicado sobre todo a palabras de la primera y segunda declinación la forma –ulus –a –um,. que encontramos en cápsula de capsa (caja), capítulo de caput capitis (cabeza), escrúpulo de scrupus –i (piedrecilla puntiaguda y, de ahí, en sentido figurado, inquietud, preocupación, ansiedad), folículo y hollejo de follis (fuelle, odre), glándula de glans glandis (bellota),  glóbulo de globus –i (globo), gránulo de granus –i (grano),  libélula de libra –ae (balanza) o más propiamente de libella -ae (balancita, hipercaracterizado como diminutivo), lóbulo del griego lobós (perilla de la oreja), lúpulo de lupus –i (lobo), módulo de modus –i (modo), nódulo de nodus –i (nudo), ondular de unda –ae (onda, ola), óvulo de ovum –i (huevo), párvulo de parvus –a –um (pequeño), pómulo de pomum –i (manzana), régulo de rex regis (rey), rótula y rótulo, rodilla y rollo de rota –ae (rueda), ruiseñor de luscinius –i, a través de su diminutivo lusciniolus, ungulado de unguis –is (uña),  válvula de valva –ae (puerta) y viejo de vetulus (diminutivo de vetus veteris: anciano, viejo).


                                              
Entre los diminutivos latinos en -ulus hay uno tan curioso que casi pasa desapercibido, es ullus, derivado de *oin-lus>*unlus>ullus, que en princpio significa “alguno” y que ha sobrevivido en castellano bajo su forma negativa nullus, que significa “ninguno” y que evoluciona a “nulo”, como por ejemplo en la frase de Plinio el Viejo, que se ha convertido en máxima proverbial para todos aquellos que gustan de la escritura y de la lectura nulla dies sine linea: ningún día sin una línea. 

También, como se decía más arriba, hay un sufijo latino –culum, que aplicado a raíces verbales significa instrumento que sirve para desarrollar la acción de un verbo: cubículo y la palabra patrimonial cobijo de cubo (dormir), currículo de curro (correr),  espectáculo de specto (contemplar), espejo de spec-ulum (la misma raíz),  habitáculo de habito (vivir), obstáculo de obsto (impedir), oráculo de oro (proclamar), milagro de *miraculo de miror (admirar), receptáculo de recepto (recibir), ridículo de rideo (reír), tentáculo de tempto (tocar),   vehículo de ueho (llevar) y vínculo de uincio (atar).

Con ese mismo valor instrumental concurría otro sufijo *-dhlo- que evolucionó a –bulum, como en conciliábulo, lugar para reunirse, estab(u)lo,  lugar para estar el ganado, pábulo, comestible (de la raíz de pasto, pan, y el verbo pasco), patíbulo,  lugar que está patente a la vista,   prostíbulo lugar delante del cual se planta alguien de pie para ejercer el oficio más viejo del mundo,  venab(u)lo, instrumento para cazar,  vestíbulo, lugar para vestirse, vocab(u)lo, que sirve para llamar. La forma femenina –bula, añadida a la raíz del verbo fari “hablar”, nos da fabula, de donde viene habla. Otra forma femenina en –bula es mandíbula, instrumento para masticar. También  el sufijo –ulo se aplica a raíces verbales  y da origen a adjetivos como crédulo  de credo (creer) o trémulo de tremo (temblar) y a sustantivos como cíngulo, cincho o cincha de cingo (ceñir) o péndulo de pendeo (colgar).

A través de estos avatares, el sufijo indoeuropeo *-tlo- se ha conservado en castellano en su forma culta terminado en -culo tanto en diminutivos como en instrumentales y en su forma popular evolucionado a -jo, tras la caída de la /u/ átona postónica y la conversión de /c/ en yod,  en diminutivos como canijo (del latín canículum, perrito) o botija (de butticula, pequeña vasija)  e instrumentales como cobijo (del latín cubículum, lugar para dormir).

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