sábado, 16 de mayo de 2015

"¿Y para qué?" (Una lección de economía)





Un pueblecito blanco y azul de una minúscula isla griega. Un entrometido turista norteamericano o nipón o germánico –vaya usted a saber su procedencia, en todo caso extranjero y de mentalidad anglosajona, japonesa o alemana, uno de esos que  sólo se preocupa de trabajar y descansar e irse de vacaciones para recargar las pilas y poder así volver a trabajar-, se acerca a un paisano adormecido. Un griego.  Podría tratarse de un mexicano, o un andaluz o un italiano del sur, quizá un siciliano, alguien de mentalidad latina. En todo caso, duerme apaciblemente en la playa, junto al mar. El turista le despierta de su siesta, y entabla la siguiente conversación:

—Oiga, usted, ¿a qué se dedica, si puede saberse?

—Soy pescador. –Responde el griego frotándose los ojos.

—¡Vaya, pues debe ser un trabajo muy duro y muy esclavo el suyo! Trabajará usted muchas horas.

—Sí, muchas horas, -replica el paisano de Homero.

—¿Cuántas, si no es indiscreción? –Pregunta el curioso turista impertinente que ni siquiera estando de vacaciones como está puede desconectar y olvidarse del trabajo embrutecedor.

—Bueno, trabajo unas tres o cuatro horitas al día.

—Pues no me parece a mí que sean muchas, sino todo lo contrario: muy pocas me parece a mí que son. ¿Y qué hace el resto del tiempo, si no le parece mal que le siga preguntando?


—Bueno, me levanto tarde. Voy a pescar un rato, ya le digo, juego con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer y luego, al atardecer, salgo a tomar unas cervezas y a tocar el buzuqui con los amigos en la taberna.

El turista extranjero reacciona inmediatamente de forma airada y le reprocha:—Pero hombre, ¿cómo es usted así?

—¿¡Qué quiere decir!?

—¿Por qué no trabaja usted... más…  horas?

—¿Y por qué iba a trabajar más horas?, ¿qué necesidad tengo yo de hacer una cosa así?, responde preguntando el griego.

—Porque así al cabo de unos años podría comprar un barco más grande que esa barca que tiene y que da pena verla, la pobre.

—¿Y para qué quiero otra barca mejor que mi “Irene”?

—Para poder aumentar así sus capturas y, si lo hace, poder contratar a algún empleado y llegar a abrir su propio negocio de pescadería en este pueblecito griego.

—¿Y para qué?


—Pues, para  poder abrir luego una pescadería en la capital, en Atenas.

—¿Y para qué?

—Para más adelante montar una industria de pescado en conserva y abrir delegaciones en Estados Unidos y en Europa, por ejemplo.

—¿Y para qué?

—Para exportar pescado griego y que las acciones de su empresa coticen en bolsa y hacerse usted inmensamente millonario.

—¿Y para qué todo eso? –Preguntó el griego un poco molesto ya por tanto interrogatorio.

—Pues para poder jubilarse tranquilamente el día de mañana, levantarse tarde sin tener que madrugar, jugar un rato con sus nietos, venir aquí a echar la siesta a la vera del mar, si quiere, salir al atardecer a tomarse unas cañas de cerveza y a tocar el buzuqui con los amigos en la taberna...

—¿Y no se da usted cuenta de que eso es lo que hago yo ya precisamente aquí y ahora sin trabajar tantas horas y sin esperar al día de mañana para poder disfrutar?



 
(Tengo noticia de que el escritor John dos Passos en su “Rocinante vuelve al camino”, que no he podido leer todavía,  narra una anécdota muy parecida en su viaje a España con unos arrieros que van con unos mulos por la provincia de Granada. Lo que yo he leído en la Red era un diálogo anónimo entre un pescador mexicano y un turista gringo, y lo he transformado, más a mi gusto, en un pescador de un pueblecito griego. Él, que recuerda un poco al Zorba de Cachanchaquis,  nos da una inmejorable lección de economía sobre cómo superar la famosa crisis, ahora que tanto se valora esta asignatura incrustada a machamartillo en nuestro sistema “educativo”).


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