martes, 21 de julio de 2015

"Perdónanos nuestras deudas..."

Todavía recuerdo que cuando aprendí el Padre nuestro de memoria, hace casi ya la friolera de cincuenta años,  decía hacia el final de la oración: "Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores". Mi sopresa ha sido grande al comprobar que ya no se dice así. La letanía que se cacarea machachonamente ahora, según he oído rezar en misa,  es: "Perdónanos nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Ante este cambio significativo, me pregunto yo ¿qué dicen las divinas palabras del Maestro recogidas en las sagradas escrituras? Vayamos al texto en su versión original, que es lo que hay que hacer en estos casos, y así encontramos en el evangelio de Mateo capítulo 6, versículo 12 lo siguiente, escrito en griego, por cierto:


¿A qué se debe esta doble traducción, en primer lugar "deudas", que era la que yo recordaba,  y ahora "ofensas"? Se debe al parecer a que en griego la misma palabra "opheilémata", que figura en el texto de Mateo,  (su forma alternativa "opheilé" sigue existiendo en griego moderno) significa ambas cosas y se puede entender de ambas maneras.

Resulta curioso que algo parecido pase en alemán. La misma palabra Schuld significa, en singular, "culpa", y Schulden en plural "deudas", con lo que en la lengua de Goethe se da a entender que quien tiene deudas es culpable, tiene la culpa, y por lo tanto tiene que pagarlas irremediablemente, lo que hace difícil, si no imposible,  el perdón, la Entschuldigung.

   


Pero esto que pasa en griego y en alemán, no sucedía en latín (y por ende en las lenguas derivadas, incluido en este caso el inglés), donde "culpa" -en el sentido de ofensa o falta- y "deuda" son dos palabras completamente distintas, por lo que había que elegir, a la hora de traducir con una sola palabra entre una u otra opción. En la primera versión que se hizo al latín de la Biblia,  la Vulgata, se optó por la palabra "débita", y de ahí vienen nuestras "deudas" y el Padre nuestro que yo recordaba, pero en la oración  que se reza en la actualidad en las iglesias se ha preferido el otro significado de la palabra: no se perdonan las deudas -con el dinero no se juega- sino las ofensas.  Algo muy significativo y que, en todo caso, puede explicar la política económica europea, dirigida por Alemania, en su relación con la deuda griega.

En latín, pues, hay dos palabras culpa y débitum para lo que en griego y en alemán sólo una. La palabra "culpa" se conserva tal cual en español, con la misma forma y significado. Cuando la misa se celebraba como Dios manda, o sea, en latín precisamente,  se entonaba aquello de "Mea culpa, mea maxima culpa...". Yo no llegué a oírlo así nunca porque, cuando yo era pequeño, la eucaristía ya no se celebraba en latín y con el sacerdote vuelto de espaldas a la congregación de los fieles, sino en román paladino. En su lugar se decía, golpeándose los feligreses el pecho: Por mi culpa, por mi grandísima culpa... Del verbo "culpare", que quería decir en principio reprochar una falta, y depués acusar,  inculpar, echar la culpa, tenemos en castellano los compuestos: in-culpar, dis-culpar y ex-culpar

La palabra débitum deuda nos lleva mucho más lejos. Si examinamos nuestros verbos "haber" y "deber" tan gratos a los economistas vemos enseguida que hay una estrecha relación entre ellos. Ambos proceden del latín habere y debere respectivamente. Hasta aquí nada de particular. Lo curioso es que debere es un compuesto del primero con el prefijo de delante. En efecto debere es etimológticamente *de-habere, lo que en términos de significado quiere decir que si habere es tener algo, debere es  tener algo que no es propio de uno, sino de otro, ajeno.

Del participio de este verbo, que es débitum viene nuestro cultismo "débito" (debt en la lengua del Imperio) y nuestra palabra patrimonial "deuda".    Débito se contrapone a crédito, como débitor -deudor-  se contraponía en la lengua del Lacio a créditor -acreedor-, lo que en términos económicos modernos significa que el deudor -aquel que tenía algo que no era suyo- había contraído una deuda porque el acreedor le había hecho un préstamo interesado, es decir, con intereses.

 El interés del Capital es que este se multiplique con el paso del  tiempo: i = c . r. t.

Debere se empleó en latín con  infinitivo para indicar la obligación de hacer algo, uso que hemos heredado en español: debeo ire > debo ir > tengo que ir.  En este sentido competía con habere, que sirvió para la creación del futuro en nuestro verbo: habeo ire > he de ir > ir hé > iré.

Volviendo a nuestro Padre nuestro que estás en los cielos...  Si la palabra "opheilémata", como hemos visto, se traduce por "débita" en la Vulgata, ¿no deberíamos mantener, al lado de "ofensas",  la traducción "deudas" en español? ¿Por qué no lo hacemos? ¿No será porque no interesa que se perdonen las deudas en estos tiempos en los que la economía ha desplazado a la política de la faz del mundo y en los que Don Dinero no sólo es el más poderoso de todos los caballeros sino que parece que es, si no lo es de hecho ya, el único dios real y verdadero, aunque algo nos diga por lo bajo que nunca verdadero, sino más falso que Judas? ¿No deberíamos, sin embargo, perdonar cristianamente no sólo a los que nos ofenden sino también a nuestros deudores? ¿No es eso lo que Dios manda?


2 comentarios:

  1. Entrada muy interesante. Gracias por la aportación. El teólogo y economista Franz J. Hinkelammert ha llamado la atención sobre la relación que hay entre la teología y la economía. Dice que al final de la década de los sesenta, cuando creció la deuda externa del Tercer Mundo y de América Latina, todas las iglesias cristianas, la católica y las protestantes, cambiaron el Padre Nuestro para favorecer al Fondo Monetario Internacional. Hay un artículo suyo en internet: http://www.deicr.org/IMG/pdf/pasos23.pdf

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    1. Gracias a ti por la oportuna aportación. No es sólo un problema de traducción, por lo que dice el artículo de Hinkelammert, sino mucho más lo que hay detrás: otra concepción del mundo y la humanidad que es para echarse a correr y no parar.
      Un saludo.

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