martes, 5 de enero de 2016

Todo cambia. ¿Cambia todo?

          La importancia de una lengua no radica en el criterio cuantitativo del número de hablantes que la usen, sino en lo que estos acierten o hayan acertado a decir de razonable a través de ella, es decir, en el hecho de que sus usuarios hayan dejado que la razón, que es común y universal y está por debajo o,  según cómo se mire,  por encima de todas las lenguas, hable por su boca.



         Según lo dicho, sería más interesante el estudio del griego clásico, por ejemplo, tan relegado en la última reforma educativa y condenado a su práctica desaparición en el bachillerato español, que el del inglés contemporáneo, cuya importancia radica principalmente en su utilidad pragmática “comunicativa” inmediata. Hoy la lengua anglosajona es la lengua del Imperio,  la lengua franca del mundo entero, como el latín lo fue en otros tiempos para Occidente y la cristiandad. 

          Se necesita saber inglés para entenderse, para poder encontrar un trabajo, para poder “comunicarse” con los demás, como si la “comunicación”  en sí misma, sin más,  fuera un valor esencial, que lo es, en una sociedad como la nuestra, donde los denominados "mass media" sirven, paradójicamente, para aislarnos e incomunicarnos masivamente.

          Por otra parte, que se imparta inglés, como se hace en nuestro sistema educativo, donde apenas se estudia ya francés y donde hay muy poco alemán o italiano,  no significa que se aprenda esta lengua mayoritariamente estudiada. De eso, de que no se aprenda, ya se encarga, el propio sistema de enseñanza y aprendizaje con sus exámenes y evaluaciones que les hacen la vida imposible a los estudiantes desde sus más tiernos años. No llegarás muy lejos, chaval, si no sabes inglés…

            El problema es que podemos saber mucho inglés y no tener nada que comunicar, es decir, nada razonable que decir y poner en común, aparte de nuestro nombre, edad, nacionalidad y gustos personales e ideas propias… Es lo que sucede ordinariamente. Pero esto no depende tanto de las lenguas, porque existe el fenómeno de la traducción o trasvase de unas a otras,  como de sus usuarios y de lo adocenados que estén por los sedicentes medios de adoctrinamiento.
  


           El estudio del griego clásico nos permitiría adquirir otra cosmovisión, lo mismo que el estudio de cualquier otra lengua viva como el inglés o muerta, pero además nos daría acceso en versión original a unos textos que configuran lo más importante de nuestra cultura, porque en esta lengua comenzó a expresarse por primera vez la razón mostrando sus contradicciones: sobre todo entre los presocráticos -Heraclito de Éfeso, Parménides y su fiel escudero Zenón de Elea… -y el propio Sócrates, que no dejó nada escrito, por cierto.



         Para que no se me llame defensor a ultranza de lenguas muertas –aunque algunas estén más vivas que muchas de las actuales- y frente a la hegemonía del inglés voy a proponer otra lengua moderna mucho más minoritaria, una lengua romance, es decir románica o derivada del latín de Roma, pero no tan hablada ni escrita en el mundo actual como el castellano, el francés o el portugués, con las que guarda un enorme parentesco genético sin embargo de consanguinidad: el italiano. 


         En esta lengua ha llegado a decirse alguna cosas valiosa que comprobamos enseguida que es de razón común, es decir, razonable, y que, por lo tanto debería ser de dominio público, como este apotegma precioso que traigo aquí como ejemplo: «Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi».



         Este  aforismo, que puede decirse en cualquier lengua, ha alcanzado una formulación precisa y exacta en italiano, tanto en la novela “El Gatopardo” de Giuseppe Tomasi di Lampedusa como en la espléndida versión cinematográfica que Luchino Visconti hizo de ella. Quiere decir: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. 



         De esta cita corre en castellano una versión alterada: La modificación, bastante significativa, introducida por algunos traductores, no sé si intencionadamente o no, ha consistido en cambiar el segundo "todo" y sustituirlo por "algo", un supuesto "qualcosa" que no se dice en italiano. Es frecuente, en este caso, que también hayan invertido el orden de las dos oraciones pasando la apódosis del período hipotético al lugar de la prótasis, lo que no tiene tanta importancia como lo primero. En resumen, la cita así adulterada ha quedado más o menos como: «Es necesario que algo cambie, si queremos que todo siga como está». 


         Pero no es lo mismo. La  adulteración del “dictum” lampedusiano destruye la fuerza de la paradoja, y nos muestra no una contradicción de la realidad, sino una banalidad que no produce ningún sobresalto ni hace que se tambaleen nuestras firmes y sagradas creencias. Sin necesidad de prestarle atención, nos informa de lo que ya sabíamos, de lo que no hacía falta decir porque ya estaba dicho de alguna manera y era consabido de antemano.


         Para entender el contexto en que surge la frase, debemos echar mano de la historiografía y comentar algo de la situación política que la novela y la  película de Visconti reflejan: En la Italia de 1860, anunciar que se avecinaba la sustitución de (toda) una clase social por otra, aceptar el envite integrándose en la clase emergente, para seguir disfrutando de privilegios análogos a los que se tenían, era exactamente cambiarlo todo para conservarlo todo, cambiarlo todo para que todo siguiera igual. Sin embargo, lo bueno de la paradoja es que, surgida en un determinado momento histórico como el  mencionado, es válida para cualquier otra coyuntura. 


         La alteración de la cita es, como ahora se dice, políticamente correcta. Lo que ordinariamente nos toca presenciar en la política contemporánea del día a día es precisamente la del algo por el todo, la versión alterada del  apotegma italiano. 


         Y esto es lo que la razón que a todos nos es común nos dice a la gente de abajo cuando se produce, por ejemplo, un cambio de gobierno en las alturas, o cuando como ha sucedido recientemente se elige un nuevo papa: es necesario que todo cambie para poder seguir igual… 


         No olvidemos lo que contesta don Fabricio, el sobrino del Príncipe de Salina, a éste  «e dopo sarà diverso, ma peggiore»: “y después será distinto, pero peor”. Y ¿por qué esto resulta después de todo peor que antes? 

 

       La respuesta a esta pregunta no es muy complicada: cuando han cambiado aparentemente las cosas, es difícil denunciar que por lo bajo y de verdad siguen siendo como eran, es difícil denunciar la opinión mayoritaria y comúnmente aceptada e impuesta de que se ha producido un cambio.



         Un ejemplo que a los españoles de cierta edad no nos resulta indiferente es la tan cacareada transición política que tanto alaban los medios de formación de masas como modelo cívico de paso de un régimen dictatorial a otro democrático sin demasiados sobresaltos, es decir a uno más evolucionado pero no menos pernicioso para el pueblo, habida cuenta de lo beneficioso que era para el capital, que ya no tolera dictaduras del siglo XX, la sustitución de una dictadura trasnochada por una democracia más moderna y tolerable. 



            Por eso es peor, como decía don Fabricio, lo que ha venido después, porque sólo es aparentemente distinto. Sólo han cambiado las formas. Y si no nos damos cuenta de que todo sigue igual es porque cometemos el inveterado vicio de juzgar sólo por las apariencias. Y esto, lo que hay ahora es peor en el fondo que lo que había porque no se ve como lo que es, una continuación o reencarnación de lo que había antes, que ha sufrido una metamorfosis para poder seguir siendo lo mismo: estos perros de ahora, no dejan de ser, como se dice en castellano,  los mismos de antes con collares diferentes.

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