sábado, 5 de marzo de 2016

Julio César, el conquistador conquistado




Gallias Caesar subegit, Nicomedes Caesarem.

Ecce Caesar nunc triumphat, qui subegit Gallias:

Nicomedes non triumphat, qui subegit Caesarem.


Según Suetonio, el historiador y biógrafo de los doce césares, éstos eran los versos que cantaban los soldados en son de burla en la ceremonia del triunfo a Julio César en Roma, cuyo prenombre propio daría nombre a julio, el séptimo mes del año (antiguamente llamado Quintil), y cuyo nombre César llegaría a ser sinónimo de emperador que se adjudicarían todos sus seguidores, y pasaría como tal a diversas lenguas (Kaiser, césar, zar, e incluso sha, en el caso de Persia). El atrevimiento que muestra la soldadesca no estaba mal visto durante dicha ceremonia, muy similar al de nuestras murgas carnavaleras.  Durante el desfile del triunfo se le permitía a la tropa ridiculizar al general victorioso mediante pullas como ésta o similares a fin de rebajarle, como suele decirse, los humos.


César sometió a las Galias, Nicomedes a César.

Ved que ahora triunfa César, que las Galias sometió.

Y no triunfa Nicomedes,  que a César se la metió.


 Hay un significado erótico indudable en el verbo “subegit” que propiamente significa “empujar hacia arriba” y “poner debajo porque uno se pone encima”, por eso creo que no es muy descabellada la doble traducción que propongo “sometió” / ”se la metió”, ya que admite una doble lectura. Los versos aluden, pues, a la victoria efectiva que se estaba celebrando de Julio César sobre las Galias, que pasaban a engrosar el imperio romano. La ironía de la tropa está en recordarle al divino general que él también, el invencible, había caído rendido ante el rey de Bitinia Nicomedes. En efecto, según el biógrafo nos transmite, César habría tenido en su juventud un íntimo trato con dicho monarca oriental, que habría dañado seriamente su reputación, dado que César había entrado revestido de púrpura en la cámara real y se habría acostado desnudo en un lecho de oro a merced del monarca de Bitinia, que lo habría poseído. 


 Suetonio dice que pasa por alto las acusaciones de Dolabela y de Curión, que no deja de mencionar sin embargo: según Dolabela César fue el “rival de la reina de Bitinia”, es decir, que ocupó el lugar femenino, y según Curión el “establo de Nicomedes” y la “furcia o putilla de Bitinia”. Gayo Memio lo acusa incluso, según el citado autor, de haber servido la mesa de Nicomedes en compañía de los eunucos del rey, y de haberle ofrecido la copa y el vino para que bebiera, recordando a Ganimedes, el copero celestial de Júpiter, como si de un catamito se tratara.

Lo que dañó seriamente la reputación de César no es haber tenido relaciones homosexuales, como diríamos hoy con un lenguaje que extrañaría al propio César, con el rey de Bitinia, pues eso hubiera sido un signo de virilidad y no un reproche si hubiera sido César el agente y Nicomedes el paciente, por así decirlo; lo que le reprochan los soldados es lo contrario: que César haya sido penetrado por el citado monarca. Las relaciones sexuales se ven, por lo tanto, como relaciones de dominio, en las que el macho dominante penetra a otro para ejercer sobre él su dominio. Lo malo del divino Julio no es que hubiera sido el marido de todas las mujeres, como también le decía la soldadesca, sino la mujer de todos los maridos.

El moralizante Salustio, contemporáneo de César y tan inmoral en su comportamiento como suelen ser por lo general los muy moralistas, lamenta que la sociedad romana haya incurrido abiertamente en la inmoralidad: “Los varones se entregaban como mujeres, las mujeres tenían su pundonor en venta”. Los dos síntomas de indecencia que enumera Salustio son en cuanto a las féminas la prostitución, y en cuanto a los varones las práctica sexuales pasivas, lo que él denomina con un eufemismo “muliebria pati”. Lo que está mal visto en un hombre hecho y derecho es su comportamiento sexual pasivo, porque eso supone sumisión a otro hombre que adopte un rol activo, y por lo tanto, una humillación cuando no una vejación.



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