sábado, 9 de abril de 2016

La tinaja de las danaides

-Fíjate un poco, si tienes un rato, en este cuadro que pintó J. W. Waterhouse en 1903. ¿Qué ves?



-...Hay  cinco mujeres, cuatro de frente y  otra de perfil, que se da la vuelta, cargadas con ánforas. Dos están vertiendo el líquido -agua parece- en una como tinaja enorme de bronce. Las otras tres cargan con sus cacharros a hombros. Son  guapas, muy parecidas entre sí las unas a las otras como gotas de agua.

-¿Te parece que están tristes o contentas?

-Tristes, muy tristes. Tienen todas una expresión de tanta tristeza en los ojos y en la cara, que es el espejo del alma, que se diría que no pueden con ella. Tienen aire como de resignación,  de estar haciendo lo que hacen por obligación, no por gusto.

-¿Dirías que están vivas?

-No, muy vivas no parece que estén. Todo lo contrario.

-Repara ahora un poco en el depósito donde están echando el agua, y observa cómo deja salir por una enorme boca y por dos agujeros laterales el líquido que ellas derraman.

-Sí, es cierto. No me había fijado. Quizá esa sea la causa de su tristeza, ahora que lo pienso. Esas mujeres están haciendo un trabajo completamente inútil, una tarea  interminable.

-¿Te parece que están sufriendo un castigo?

-Sí, sin duda.  ¿Cómo se titula el cuadro del Waterhouse este?

-Se llama "La tinaja de las danaides". Las danaides eran las hijas del rey Dánao. Eran cuarenta y nueve. Bueno, no exactamente. Eran cincuenta hermanas, pero una se salvó de ese castigo.

-¿Por?

- Por amor... Y por desobedecer a su padre. Tuvo el rey Dánao según la leyenda cincuenta hijas como cincuenta soles, y su hermano Egipto cicuenta hijos varones. El padre las casó a todas con sus primos, las hijas de su hermano. Ellas, por consejo paterno, mataron con una daga a sus maridos durante la noche de bodas, salvo una, Hipermnestra, que, enamorada del que le había tocado, perdonó al suyo. Las cuarenta y nueve restantes fueron condenadas por su crimen en el Juicio Final a llenar de agua en los infiernos un depósito que estaba agujereado como una criba.

-Ah, claro. Por eso parece que no están vivas, porque están en los infiernos y son unas ánimas del purgatorio o algo así.

-Su condena es llenar de agua una tina que pierde el líquido porque es como un pozo sin fondo. Su esfuerzo resulta baldío. Además, la escena sucede en los dominios de Hades, es decir, donde no existe el tiempo, sino ese sucedáneo suyo que es la eternidad.

-¿Crees que podríamos identificarnos con ellas?

-No es que podamos identificarnos, es que yo creo que somos ellas mismas. Nos estamos mirando en su espejo y reflejando en él. Mutato nomine, fabula de te narratur, que creo que dijo Horacio. Si cambias su nombre por el tuyo, su historia es la tuya. Las danaides somos nosotros mismos, porque ellas representan la insatisfacción de nuestra época producida por el ritmo de vida sin sentido que llevamos. Podemos decir a lo grande que estas danaides son, como Sísifo, una alegoría metafórica de nuestra condición humana.

-Me estaba acordando de un refrán que oí una vez decir a mi abuela: En vasija taladrada, o algo así,  no eches agua.

-Sí, muy oportuno. Lo malo es que no podemos evitarlo, porque eso es lo que hacemos todos los días a todas las horas, condenados como estamos a vaciar nuestra cuenta corriente que recargamos con el salario de nuestro trabajo sin alcanzar nunca la plena satisfacción, consumidores que nos consumimos en la sociedad del espectáculo y del consumo, condenados al desencanto.

-Parece que el tonel ese de las danaides es como el placer y el gozo: nunca saciamos nuestra sed, que renace siempre insatisfecha. El deseo nunca se ve cumplido porque, apenas realizado, se apresura a renacer.

-Es como si tuviéramos una memoria que no guardara ningún recuerdo, un corazón al que nada llenase plenamente, un estómago voraz que nunca ve saciada su hambre, un deseo que se desplaza de un objeto a otro y que nos condena a una  decepción  radical.

-Una historia bastante deprimente la de las danaides, la... nuestra.

-Bueno, no lo es tanto si tenemos en cuenta  que en una ocasión al menos,  las danaides dejaron de hacer lo que estaban haciendo mecánicamente. Revivieron como por arte de magia cuando escucharon la música encantadora de Orfeo, que había bajado a los infiernos a rescatar a Eurídice. Sólo la música puede hacer que resuciten los muertos. Lo mismo que revive Jeff Buckley, muerto trágicamente, y nos hace resucitar, como Orfeo,  a nosotros,  los muertos vivientes,  con su voz y su guitarra cuando oímos  la espléndida e inolvidable versión que hizo del Aleluya de ese otro gran poeta y músico que es Leonard Cohen, por ejemplo. Sólo la música puede devolvernos el recuerdo de la vida que no hemos vivido.


 



2 comentarios:

  1. Muy buena la entrada. Nunca estamos ni estaremos satisfechos, menos aún en esta sociedad actual, en la que ya no solo es el ansia por los bienes materiales la que nos corroe, sino también la prisa. Lo queremos todo de inmediato y para mayor inri haciendo uso de la ley del mínimo esfuerzo. Pero como bien dices la música es nuestra vía de escape, y ojalá nos resucite todas las veces que haga falta.

    Muchas gracias Guillermo

    P.D: Siempre disfruto mucho y aprendo algo nuevo leyendo tu espacio.

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    1. Gracias por el comentario, Ángela. No sé si te gusta Jeff Buckley, pero, por si acaso, acabo de enterarme de que acaban de sacar un disco póstumo del gran Jeff diecinueve años después de su muerte con algunos temas inéditos grabados en 1993. Se llama You and I, y entre otras joyas incluye una versión soberbia del Just like a woman de Bob Dylan, una auténtica joya que Bob dedicó a Eddie Sedwick, la chica preciosa de la Warhol Factory que puso fin a su vida suicidándose, y que Jeff Buckley canta como los ángeles.

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