viernes, 13 de mayo de 2016

Ifis y Yante, amores femeninos



Una de las transformaciones menos conocidas de las Metamorfosis de Ovidio es la de Ifis (IX, vv.666-797), que de mujer se convierte en varón.

Ligdo, un cretense que vive en la miseria más absoluta, espera un hijo de su esposa Teletusa. Desea que sea niño. En el caso de que nazca una niña, está dispuesto a deshacerse de ella por la carga económica insoportable que supondría aportar la dote de la hija a su futuro marido a la hora del matrimonio.

Una de las mujeres de una comedia de Plauto (Báquides, verso 41) exclama: miserius nihil est quam mulier: más miserable nada hay que una mujer:   En una sociedad patriarcal es una desgracia nacer mujer.  

Recordemos los relatos míticos de Pandora, y el de Eva del Génesis bíblico. La mujer es la responsable de la expulsión del paraíso en la tradición judeocristiana, y la causante de todos los males del mundo cuando no un mal ella misma según Hesíodo en la cultura clásica.

Pensemos en la legendaria Hélena de Troya, esposa del rey Menelao, como causante de la guerra. A propósito de ella comenta Horacio en sus Sátiras (I, 3, verso 3 y siguiente): nam fuit ante Helenam cunnus taeterrima belli / causa: que antes de Hélena el coño ha sido de guerra muy fiero / germen. Horacio se refiere con la mención del sexo femenino como figura retórica de sinécdoque de la parte por el todo a la mujer en general, aunque también puede entenderse en un sentido restringido y propio: la posesión del sexo de la mujer como si de una propiedad privada se tratara es causa de pelea entre los hombres, al menos de la primera guerra mundial del mundo antiguo, de la guerra por excelencia y por antonomasia, la de Troya.

 
Teletusa tiene un sueño durante su embarazo en el que se le aparece la diosa egipcia Isis en forma de Vaca Sagrada, identificada con Ío, y le ordena que críe a la niña que le anuncia que va a tener, desobedeciendo a su esposo. Nace, al cabo del tiempo, una niña y la madre se lo oculta a Ligdo, envolviendo al bebé en pañales y poniéndole un nombre, Ifis,  que cuadra a ambos sexos.

Ifis será educada como un niño. A los trece años se le impone por imperativo paterno el matrimonio con su compañera de juegos y estudios, la rubia Yante. El matrimonio en la antigüedad no era una elección libre de los novios sino una imposición familiar.  

Surge enseguida, si no lo había hecho antes, el amor entre Ifis y Yante. El amor es un sentimiento en cierto modo ajeno al sexo biológico, no brota porque nuestra protagonista haya sido educada como varón, sino porque Eros/Cupido ha herido los corazones de las dos muchachas,  nunca antes atravesados por las flechas del dios ciego y caprichoso.

El interés de esta historia radica en que es uno de los pocos testimonios literarios,  que la antigüedad nos ha dejado sobre el amor entre mujeres, si exceptuamos las decoraciones de algún vaso griego y los espléndidos versos de Safo de Lesbos, que canta la lira apasionada de esta mujer, lo que ha dado lugar a la creación del término “lesbianismo” en recuerdo de la poetisa.

 Ifis y Yante, Auguste Rodin (1890-1912)

No se puede hablar, no obstante, sin riesgo de anacronismo,  de homosexualidad masculina ni femenina en el mundo clásico porque este término es de creación moderna bastante reciente. Las palabras “homosexual” y “heterosexual” eran desconocidas antes de Krafft-Ebing y Havellock Ellis en 1897, y los conceptos que expresan son ajenos al mundo clásico. Si hablamos de ello, proyectamos unas categorías ideológicas que configuran nuestra mentalidad actual sobre un mundo que ya no es el nuestro, aunque su cultura, la cultura clásica, filtrada por la tradición judeocristiana, siga siendo la nuestra todavía. Lo cierto es que en la tradición bíblica la homosexualidad masculina se condena sin paliativos (Jehová destruye Sodoma y Gomorra porque sus habitantes quisieron violar a los ángeles del Señor, y rechazaron a las hijas de Lot que les ofreció a cambio) y la homosexualidad femenina se ignora completamente.

El conflicto se plantea porque la sociedad no reconoce estos amores femeninos como naturales, y los equipara a los de Pasífae y el toro. El poeta recrimina a la protagonista y le aconseja que abandone su locura de amor, que busque lo que es lícito y que ame lo que debe amar como mujer (ama quod femina debes), es decir que se someta a un varón que sea su dueño y señor. Ese es su deber, lo que está mandado, pero contra eso se rebela precisamente el corazón de Ifis, contra la sumisión y el papel reproductor que le impone la sociedad y contra la ley, que pretende fundarse en la naturaleza,  de que no hay hembras que amen a otras hembras. Ovidio está proyectando los sentimientos humanos sobre los animales, convirtiéndolos en lo que no son: un espejo de la sociedad humana que, por su parte,  pretende estar basada en la naturaleza.

Ifis llega a sentirse a sí misma como un monstruo por amar a Yante. Le parece que lo que ella siente, contra toda evidencia, no es natural. Pero ¿hay algo natural en la humanidad?, ¿qué es natural en el ser humano? Ifis rechaza sus sentimientos, que considera aberraciones, y los analiza tratando de comprenderse a sí misma, convirtiéndolos en lo que no son: ideas de sí mismos. Interioriza así y asume los  reproches que la sociedad le hace a ella a través del poeta.

Se acerca la fecha de la boda. Teletusa trata de aplazarla sin éxito. Finalmente le pide ayuda a la diosa Isis, que le dará a la historia un “happy end”, concediéndole la gracia del cambio de sexo a Ifis. Sólo un milagro podía obrar ese prodigio. Pero en realidad ni lo que la divinidad egipcia en el relato de Ovidio ni lo que la ciencia moderna pueden lograr con una operación quirúrgica es una solución efectiva del problema. ¿Por qué Ifis tiene que renunciar al sexo con el que ha nacido si ama y desea a otra mujer?

 La diosa Isis cambia el sexo de Ifis, grabado de J. W. Bauer

La transexualidad es ciertamente la forma más extrema de los problemas de identidad sexual, dado que alguien con un fenotipo y genotipo sexual determinados cree que pertenece psicológicamente al otro sexo, y desea cambiarse porque no se siente a gusto dentro del suyo. Se trata, por lo tanto, de una identificación absoluta con el estereotipo sexual cultural e ideológico del sexo opuesto, lo que conlleva el rechazo del sexo con el que se ha nacido.

La palabra estereotipo procede del griego stereós, que significa “sólido” y týpos ”molde”, por lo que es una idea poderosa aceptada comúnmente por la mayoría de la sociedad, lo que no quiere decir que sea verdadera. De hecho todas las ideas, pese a su realidad, son falsas.

El rechazo de un estereotipo adopta en su rebeldía la adopción de otro contrario. Las personas transexuales llegan a sentirse, según suelen afirmar, ellos mujeres dentro de un cuerpo de varón, y ellas varones dentro de un cuerpo de mujer. No comprenden en realidad lo absurdo y lo poco natural que es sentirse tanto “varones” como “mujeres” de cualquier forma. Me sublevo, por ejemplo, contra la imposición de la masculinidad que mi sexo parece que me exige adoptando la feminidad. La rebeldía contra un estereotipo refuerza al fin el otro. Finalmente, ambos chichés resultan fortalecidos. La rebeldía se ha convertido en sumisión.

Inculcados en la niñez por una educación sexista, los estereotipos sexuales suponen una distorsión de la realidad que la mayoría de la sociedad no se cuestiona, configurando una identidad sexual real pero falsa. ¿Qué es lo propio del varón y de la mujer? ¿El azul para los niños y el rosa para las niñas?

En el caso de las mujeres y en el mundo clásico, el estereotipo femenino abocaba mayoritariamente al matrimonio y la maternidad, a la asunción de los papeles de esposa y madre, aunque le quedaba el estatuto marginal de prostituta a la que no se acomoda al esquema; en el caso de los varones el estereotipo masculino era más heterogéneo y abierto, brindándoles más oportunidades de realización.

En todo caso, si nos rebelamos contra un estereotipo, no deberíamos hacerlo adoptando otro, sino luchando contra uno y otro conjuntamente, contra ambos –y de rechazo contra todos los estereotipos habidos y por haber y contra el fetiche de la identidad– porque al fin y al cabo ni la condición masculina ni la femenina son lo naturales que parecen.

 
Podéis ver aquí la recreación que hizo Martin Dace de la historia de Ifis y Yante de Ovidio, basándose en dibujos de cerámica griega. El texto está en la lengua del Imperio.

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