martes, 7 de junio de 2016

De reyes y leyes

Plinio el Joven alcanzó en el año 100 d. de C. el consulado y pronunció ante el Senado romano un discurso de acción de gracias al emperador Trajano, que ha llegado hasta nosotros. Inaugura así Plinio, con esta pieza oratoria, un nuevo género literario: el panegírico, un discurso en alabanza del jefe del Estado, un elogio desmesurado hasta la hez de la adulación.

La palabra panegírico procede del griego  panhguriko/v, adjetivo derivado de panh/guriv, que significa propiamente asamblea o reunión de todo el pueblo para la celebración de una solemnidad, de donde procede su significado actual de elogio público. El panegírico de Trajano que pronuncia y escribe Plinio el Joven se convertirá en modelo de futuros panegíricos. Desde el punto de vista estilísito, puede afirmarse que es un completo arsenal de figuras retóricas y estilísticas como dice Victor José Herrero Llorente en la introducción a su traducción española: “Abundan la disimetría y la variatio, las imágenes y los epítetos, las braquilogías y las antítesis”.

 Columna trajana, símbolo del poder imperial

Entre los muchos elogios que prodiga Plinio el Joven al emperador Trajano destaca el de que como príncipe que es no está por encima de las leyes, sino que las leyes están por encima de él (LXV): non est princeps supra leges, sed leges supra principem.

En un principio la palabra príncipe=princeps era una abreviación de la expresión princeps senatus: el primero del senado. Así, personajes de la antigua República romana como Escipión son frecuentemente denominados con el título de principes. El mismo Augusto escogió, entre todos, este título para disfrazar el poder absoluto de su monarquía, rehuyendo el ominoso de rex=rey.  Ser príncipe del Senado confería el privilegio de estar inscrito el primero en la lista de los senadores y de votar, por lo tanto, el primero en el Senado. Princeps est qui primum locum capit: Príncipe es el que ocupa el primer lugar.  El principado, fue, pues, el título de la nueva constitución, mezcla de monarquía que no osa decir su nombre y de aristocracia, que guardaba las viejas formas, sólo las formas, republicanas.

 La palabra imperator sólo significa en su origen jefe del ejército y se usaba, según Tácito, para todos los jefes militares victoriosos que hubieran sido aclamados por sus propias tropas. De ahí viene nuestra palabra “emperador” y “emperatriz”, con los sufijos de agente masculino –tor y femenino –trix, que encontramos en ac-tor y ac-trix, y la raíz del verbo “imperare” que en principio quiere decir “mandar, gobernar”.

Como es bien sabido, la inexistencia de responsabilidad política del Jefe del Estado es una característica común de todos los regímenes políticos contemporáneos, ya sean Monarquías, ya Repúblicas. En el caso de los regímenes monárquicos, la falta de responsabilidad es absoluta, llegando a extenderse la irresponsabilidad a los ámbitos civil y penal.


Según el artículo 56.3 de la constitución española de 1978, hoy vigente: “La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad.” No se puede perseguir criminalmente al monarca y, en cuanto se refiere a la responsabilidad civil, no se le puede demandar ante la jurisdicción ordinaria, por lo que, a diferencia de la situación que describe Plinio, aquí y ahora, en nuestra España hodierna,  princeps supra leges est, non leges supra principem: el monarca está por encima de las leyes, no las leyes por encima del monarca.

Esto entra en conflicto con el artículo 14 de la citada constitución,  que reza: Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social. La propia constitución se contradice: Todos los españoles no somos iguales ante la ley, el Rey está por encima de ella: rex supra leges est.

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