domingo, 31 de julio de 2016

Vencedores y vencidos

«(…) la creencia de que las causas que triunfan tendrían que ser las únicas de interés para los historiadores conduce, como James Joll observó recientemente, al menosprecio de muchos aspectos del pasado que son estimables y tienen interés, y reduce nuestra visión del mundo.»
Cita del clásico libro de Paul Avrich Los anarquistas rusos, que podría aplicarse, como hace el historiador Julián Vadillo en su artículo “Y el 18 de julio estalló la revolución en España”, a lo que sucedió en nuestro país en julio de 1936, hace ahora ochenta años, como respuesta al golpe militar de Franco contra la República española. 

 

En algunos lugares, en efecto, de la resistencia antifranquista, por ejemplo en Aragón, se llegó a abolir el dinero y a establecer una sociedad horizontal y comunista libertaria, gracias a la CNT, experiencias estas que fueron abortadas con la derrota militar, y olvidadas después, porque la historia la han escrito los vencedores. Ahora algunos dicen que esas experiencias son utópicas, no han existido nunca, son imposibles. Y no es verdad.
 
Se tacha a veces el comunismo libertario de utópico, es decir, de que no tiene lugar, y se cree que si no se da en la realidad la abolición del dinero y la comunidad de bienes es porque es imposible y, por lo tanto, no puede darse. Sin embargo, las cosas no son así. Lo imposible es, por el contrario, lo tópico, lo que ya tiene lugar, no lo utópico. Lo que no puede ser es vivir bajo el régimen del dinero, porque eso es lo que hay ya, lo que ya es, lo que por lo tanto no entra dentro de las posibilidades, sino de la cruda y dura realidad. Todo es posible menos lo real. Lo imposible, por otra parte, es vivir bajo el régimen del dinero y del gobierno, porque bajo este régimen no hay vida posible que valga.


Y es aquí donde nos viene en ayuda el verso de Lucano dedicado a Catón: VICTRIX CAVSA DIIS PLACVIT, SED VICTA CATONI: Quiso Dios la razón que venció, mas Catón la vencida. A Catón no le agradó la causa vencedora, la dictadura de Julio César que acabó con el régimen republicano, sino la vencida. Lo mismo podríamos decir aquí de la dictadura y la república. Pero la guerra civil española no sólo acabó con la república, sino con la experiencia revolucionaria anarquista. 



La lección que debemos sacar de aquí es que la nobleza de una causa no se mide por su éxito o su fracaso, criterios estos más propios de las empresas capitalistas o de las competiciones deportivas en las que importa más el resultado de un partido de balompié, por ejemplo, que el propio juego en sí del balón en el campo, sino por su pretensión. Y en este sentido el hecho de que el experimento libertario haya fracasado no debe hacernos olvidar ni perder de vista la nobleza del intento. En este caso, era sin duda ética- y moralmente superior la causa abortada -y no sólo la republicana, sino la revolucionaria- que la vencedora. 

 

La historia, sin embargo, la han hecho y escrito los vencedores, condenando al olvido las mejores lecciones del pasado que, por eso mismo, no deberíamos olvidar.

jueves, 28 de julio de 2016

Del efebo de Antequera y la efebofilia

El efebo de Antequera es una escultura romana del siglo I tallada en bronce que representa a un adolescente desnudo y que se encontró casualmente en un cortijo cerca de Antequera (Málaga) en 1955.   

Ha salido el sol, un sol pagano de bronce antiguo
desenterrado de las ruinas del pasado
por Antequera,  esplendoroso y deslumbrante,
contra el oscurantismo de estos tiempos nuestros.
El efebo de Antequera tiene a sus espaldas
casi dos mil años. Representa la belleza
masculina sin tapujos de la juventud
en la plenitud de la edad y vida, sin pudor,
y la rebeldía contra el orden establecido
y la moral cristiana que ensombrecerá
durante dos milenios este mundo nuestro
y que revestirá los cuerpos de ignominia
y los espíritus de ignorancia y ciega fe.
Ha resurgido de la noche de los tiempos
y el olvido, fruto de un feliz renacimiento.
Salió, quién iba a imaginarlo, por Antequera, 
para resplandecer ahora donde quiera. 

Así define la RAE "efebo": Del lat. ephēbus 'adolescente', y este del gr. ἔφηβος éphēbos. m. Mancebo o adolescente de belleza afeminada.

El observador permanente de la Santa Sede ante la ONU, cuyo nombre propio omito por cortesía, ha inventado y puesto en circulación un neologismo o nuevo palabro. Ha dicho el representante de la Iglesia Católica que “no se debería hablar de pedofilia sino de homosexuales atraídos por adolescentes.” Y a esta atracción la ha bautizado con el término griego hasta ahora inusitado por lo que a mí se me alcanza de “efebofilia”,  y ha definido su práctica como las relaciones que establecen varones mayores de edad con congéneres de su propio sexo que están en la efebía, o sea que tienen de los 11 (sic) a los 17 años”. Ha dicho que los clérigos menoreros acusados de pedofilia no son pedófilos sensu stricto sino efebófilos, propiamente hablando, como si pretendiera quitarle así un poco de hierro a la acusación. 

Resulta por lo menos curioso que alguien haya introducido este término que obliga a que se reserve exclusivamente el de pedofilia para los menores de 11 años, desgravando a la Iglesia que dejaba que los niños se acercaran a ella para meterles mano y algo más, de algunos de sus pecados capitales, y poniéndolo en circulación para los mayores de 11 pero menores de edad o preadolescentes todavía, como si fuera menos grave violar a un (pre)adolescente, abusando de él, que a un niño.

 "-Sinite parvulos venire ad me, ne prohibueritis eos"
(Dejad que los niños vengan a mí,  no se lo impidáis)

No se puede estar de acuerdo con el representante de la curia vaticana, donde asienta sus posaderas el actual pontífice y vicario de Cristo, en su definición de la franja de edad que corresponde a la efebía, porque choca con la consideración clásica, que cifraba este período en los dieciocho años en Esparta, o, por lo menos, en los dieciséis, según otros autores,  en Atenas, pero nunca en lo que hoy llamaríamos la preadolescencia. 

Entiendo, como los griegos, que la efebía comienza a los dieciséis años, cuando el niño ya ha alcanzado la corpulencia definitiva, es decir, el desarrollo, la altura y el peso que lo caracterizarán en adelante, es apto para el servicio militar y ya es capaz de levantarle la mano a su padre  pues está en la plenitud de su fortaleza física, aunque no haya nada más feo por otra parte que pegar a un padre

Los efebos estaban bajo la protección de la divina Hebe. Era Hebe, precisamente, la hija de Zeus y de Hera, diosa de la mocedad que, esposa de Heraclés en el Olimpo, servía el néctar a los inmortales antes de la llegada del efebo Ganimedes. Y eran los efebos los que habían alcanzado el estado de gracia de Hebe.

 Hebe, Carolus Duran (1837-1917)

domingo, 24 de julio de 2016

El quinto jinete del Apocalipsis



Apocalipsis es palabra griega que significa: apo des calip(t) cubri  sis miento. Se denomina así al último libro del Nuevo Testamento de la Biblia escrito por Juan evangelista en la isla griega de Patmos, donde tuvo una visión reveladora o descubridora -de ahí apocalíptica- de lo que sería el fin del mundo. Así pintó Hans Memling a Juan el evangelista recibiendo la revelación. En el primer plano de la visión de Juan pueden verse los cuatro jinetes del apocalipsis:

   Juan recibiendo la revelación, Hans Memling (1433-1494)

Buñuel, clarividente, dejó escrito en alguna parte que la Información era el quinto jinete del Apocalipsis que no acertó a ver Juan el evangelista, y que era el que se iba a tragar a todos los demás. Y acertó. ¿Qué iba a ser, en efecto, de los otros cuatro jinetes apocalípticos sin la Información? ¿Qué habría sido del caballo blanco cabalgado por la Victoria, del rojo de la Guerra, del negro del Hambre y del pálido montado por la Muerte sin los medios de comunicación que constantemente nos bombardean con las tropelías de los otros jinetes: las victorias relativas que hay en el mundo, los derramamientos de sangre en esas guerras que ahora se denominan "misiones humanitarias" con lenguaje políticamente corregido, las hambrunas y, en definitiva, las muertes?

 Apocalipsis, Viktor Anetsov (1887)

Los otros jinetes apocalípticos no son nada sin el más apocalíptico o revelador de todos ellos: los medios de formación de masas, según la denominación de Agustín García Calvo. Los media serían el cuarto poder, el único poder, una vez que ejecutivo, legislativo y judicial, que son los tres poderes clásicos del Estado que distinguió Montesquieu, han demostrado su radical impotencia, frente al poder del dinero. De los tres poderes fácticos: iglesia, ejército y banca... sólo queda la banca, que, pase lo que pase, siempre gana y no se declara nunca en bancarrota.

Los media, que ya no son sólo la prensa escrita en el papel sino lo que aparece en nuestras pantallas individuales, vía internet,   son el cuarto poder. Los media nos informan, crean el fantasma de la opinión pública o mainstream, es decir, conforman nuestras opiniones políticas idiotizándonos, nos manipulan e inoculan el miedo, a fin de que nos acostumbremos a malvivir con él, o, lo que es lo mismo, para que no vivamos y nos limitemos de ese modo sólo a existir.

Pero algo de rebeldía contra el orden establecido que nos condena al consumo masivo de información terrorista late todavía acaso en nuestros corazones. Hace tiempo que no reivindicamos ya como los cristianos bienintencionados pero errados que se dispense un trato humanitario a los esclavos, sino la abolición efectiva de toda forma de esclavitud de una vez por todas. Y es que con el paso del tiempo, los esclavos se convirtieron en siervos,  y los siervos en empleados -eufemismo que oculta la verdad, y la verdad es que sólo han cambiado las denominaciones, pero que perdura inalterable lo esencial de las cosas hasta el fin de los tiempos.

 Los cuatro jinetes del Apocalipsis, Beato de Liébana (circa 798)

miércoles, 20 de julio de 2016

De Sócrates, Alcibíades etcétera




El auténtico seductor, escribe Marguerite Yourcenar, no es Alcibíades sino Sócrates. Alcibíades, como se sabe, era un joven efebo aristócrata ateniense, bellísimo al parecer,  mientras que Sócrates era un viejo y caduco pederasta en el sentido más noble de la palabra, al que le gustaba rodearse de los jóvenes por lo que ellos tienen de rebeldía contra el futuro, y si había algo en él que sonaba a canto de las sirenas era el reconocimiento de su ignorancia, su sólo sé que no sé nada. Por eso Sócrates es el auténtico corruptor de la juventud, decimos nosotros, en el sentido más profundo y no sólo sexual de la palabra,  porque parafraseando a la divina Marguerite, el órgano sexual más erótico no es el cuerpo -Alcibíades- sino el alma,  la cabeza que anima a ese cuerpo –Sócrates.

 Sócrates y Alcibíades, Ch.  W. Eckersberg  (c.1813-1816)


oOo

El lenguaje no es machista ni feminista de por sí, el que es machista o feminista es el hablante de un idioma, independientemente del idioma que hable. En inglés no existen los géneros gramaticales: el adjetivo es invariable. Da igual que hablemos de ellos o de ellas, si queremos decir que están contentos no hace falta decir la consabida gilipollez feminista de contentos y contentas (en español en realidad tampoco, porque el masculino es el género no marcado que vale también por el femenino, pero los feministas se empeñan en redundar en femenino), porque se dice de la misma manera: happy (sin variación de género ni de número). Y de eso no se puede concluir que la lengua inglesa sea menos machista o más feminista que la española, ni los angloparlantes tampoco por supuesto.

oOo

  oOo

Nuestro idioma es mejor que otros (póngase aquí cualquier otro idioma que no sea el nuestro, por ejemplo el alemán) porque el nuestro se entiende fácilmente, sin necesidad de estudiarlo, mientras que el otro no. Si lo oímos hablar, no entendemos ni papa. ¡Qué gran engaño! Y lo peor de todo es que el idioma conforma un nacionalismo cerril no menos odioso, falso y patriótico que el político. ¡Qué gran negocio para los nacionalistas es que los nacidos en una nación hablemos por lo general el mismo idioma!

oOo

El siglo XX, bárbaro y brutal, ha sido testigo de un cambio espectacular: la imagen ha avasallado las sociedades humanas, la imagen se ha apoderado del lenguaje humano, supeditando el texto escrito o literario y el sonido de la voz y la música, que están a su servicio, creando una verdadera “realidad virtual imaginaria”.  Hemos pasado del culto a las imágenes exclusivamente sagradas,  a la sacralización o consagración de todas las imágenes. Somos esclavos de las imágenes, a las que rendimos un culto divino: iconodulía. La imagen se ha convertido en el elemento determinante de los medios de comunicación y formación de masas de individuos, sustituyendo a la voz y la palabra. Ello ha servido tanto para impulsar la expansión del mercado, como para garantizar la gobernabilidad de las distintas sociedades democráticas, las dictaduras más perfectas que hay.

oOo

La conciencia tribal, que ha sido exaltada a la condición de conciencia nacional, y que nos está destruyendo, lejos de trascender el ego, lo que hace es robustecerlo, darle unas nuevas y vigorosas alas a modo de señas de identidad, por eso somos antinacionalistas.


oOo 

La idea de autosuperación  es una vía errónea: solo provoca inflación egocéntrica, hinchazón y egolatría.

oOo

Siempre que hay un proyecto, hay un conflicto entre lo que es y lo que creemos que debería ser. No habría que plantearse la lucha entre lo que es y lo que debe ser, sino dejar de tener empeño en ser y dejar de hacer planes para el futuro inexistente esencialmente. 



domingo, 17 de julio de 2016

Las tres edades de la vida



Cuenta Aulo Gelio, que cita a Quinto Elio Tuberón y su libro hoy perdido sobre la historia de Roma,  que el prudentísimo y legendario rey de Roma que fue Servio Tulio estableció con admirable precisión que la vida del hombre se dividía en tres etapas, a las que denominó niñez, juventud, y vejez.

Determinó que la primera edad era la que iba desde la cuna hasta los diecisiete años y él la llamó puericia (pueritia) o infancia en sentido amplio. Quizá la mejor época de la vida humana, la niñez, aunque sólo sea porque en ella se abren por vez primera los ojos a las cosas.

 Las tres edades de la mujer, Gustave Klint 1905

La segunda edad iba de los diecisiete a los cuarenta y seis años cumplidos, período en que los romanos eran considerados aptos para el servicio militar o de Estado (idoneos reipublicae), y la llamó iuuenta, es decir, la juventud del hombre en el sentido más generoso del término "iunior".

A partir del cuadragésimo sexto año de edad, consideraba el sabio rey que los hombres entrábamos en la categoría "senior" de los más viejos, en la senecta donde me encuentro yo escribiendo esto, después de haber atravesado la niñez y de haber servido contra mi voluntad al Rey y a la Realidad, malditos sean ambos, tan falsos los dos como reales sin embargo.

Alegoría del Tiempo gobernado por la Prudencia, Tiziano (h. 1550 ó 1565)

Me veo, pues, instalado en la vejez que algunos prefieren llamar, para quitarle hierro, la edad de los mayores, que se reconoce por primera vez cuando un niño te llama "señor". Otros la llaman con un eufemismo políticamente más correcto o cortés "madurez". Es la tercera edad, término ominoso que nos recuerda la distribución que hizo Servio Tulio,  la etapa final, la del desengaño, la del descubrimiento de que todas nuestras certidumbres y certezas, incluidos nosotros mismos, eran mentira; y que, por lo tanto, los rostros eran máscaras.

¿Por qué renegar de la vejez? Es hermosa esta última edad y etapa de la vida: son hermosas las canas y las arrugas y la vista cansada de ver que las cosas son como son, y el desengaño que nos hace reencontrarnos con el niño que llevamos dentro, con nosotros mismos.

 Las tres edades y la muerte,  Hans Baldung Grien 1541-1544

La senectud, o "tercera edad"  vive, sobre todo, del recuerdo de tiempos pasados; nada más dulce que el recuerdo, y nada más amargo que la memoria. Tengamos mala memoria a fin de que afloren los buenos recuerdos.


viernes, 15 de julio de 2016

De la publicidad y el suplicio de Tántalo

La publicidad además de ser una actividad comercial es un lenguaje. Tiene sus propios códigos. Como todo lenguaje, sirve para comunicar algo, generalmente que consumamos algún producto. Hoy en día la publicidad tiene un poder tan fuerte que no se puede explicar nuestra realidad y ciertos hábitos de comportamiento de las personas sin tenerla en cuenta.

Tántalo con el agua al cuello intentando tomar las manzanas

Pero la publicidad no sólo nos invita a consumir creándonos necesidades que no teníamos, sino que sirve también para transmitir determinadas formas de ver o entender la vida. Y aquí es donde radica su mayor éxito y su mayor peligro: la publicidad influye cada día, incluso sin darnos cuenta, en nuestra forma de pensar y de actuar.


Tántalo, Justin McElroy (diseñador gráfico)

Eduardo Galeano escribió en "Lecciones de la sociedad de consumo": El suplicio de Tántalo atormenta a los pobres. Condenados a la sed y al hambre,están también condenados a contemplar los manjares que la publicidad ofrece. Cuando acercan la boca o estiran la mano, esas maravillas se alejan. Y si alguna atrapan, lanzándose al asalto, van a parar a la cárcel o al cementerio. Manjares de plástico, sueños de plástico. Es de plástico el paraíso que la televisión promete a todos y a pocos otorga. A su servicio estamos. En esta civilización, donde las cosas importan cada vez más y las personas cada vez menos, los fines han sido secuestrados por los medios: las cosas te compran, el automóvil te maneja, la computadora te programa, la TV te ve.


Tántalo, Giambattista Langetti (1625-1676)

Tántalo es célebre en la mitología por el castigo que tuvo que sufrir en los Infiernos. Sin embargo no hay acuerdo entre los autores sobre cuál fue el motivo de su castigo. De la descripción de su tormento hay también dos versiones: se hallaba en los Infiernos colocado debajo de una enorme roca que amenazaba siempre con caer, a modo de espada de Damoclés; pero que se mantenía en eterno equilibrio; o que, sumergido en agua hasta el cuello, no podía beber y calmar su sed porque el líquido elemento retrocedía cada vez que trataba de introducirlo en su boca; y una rama cargada de frutos -generalmente manzanas- pendía sobre su cabeza, pero si levantaba el brazo e intentaba tomar la fruta para saciar su hambre, la rama se levantaba bruscamente y quedaba fuera de su alcance. Es este último tormento el que más han reflejado las artes gráficas y al que se refiere Eduardo Galeano en el texto que hemos leído.

Lucrecio en su De rerum natura versos 980 y 981 se hace eco del primero: "nec miser inpendens magnum timet aëre saxum / Tantalus, ut famast, cassa formidine torpens": ni Tántalo,el pobre, está colgada en el aire temiendo / la enorme roca que caiga, en vano helado de miedo. Reflexiona en ese texto Lucrecio sobre cómo los tormentos infernales, que de por sí son imaginaciones absurdas, trasladan las penas y miserias de esta vida al reino de los muertos. Por eso dice: "Y aquello, sin duda, todo que en los profundos infiernos / contado nos han que lo hay, todo en vida aquí lo tenemos". Es decir que el suplicio de Tántalo es nuestro propio suplicio. Sólo hay que cambiar el nombre de Tántalo por el nuestro propio, como nos advirtió Horacio: Quid rides? Mutato nomine de te fabula narratur.

miércoles, 13 de julio de 2016

El arquitecto del Pont du Gard

Hace mucho tiempo de esto, allá en la Provenza, el río Gardón, impetuoso y traicionero como sólo él suele serlo,  no podía vadearse porque no había puente alguno que resistiera sus embestidas y lo atravesara. Construir uno era una empresa tan ardua que, cada vez que los lugareños plantaban unos cimientos, venía de pronto una gardonada como allí le decían a la riada, y se lo llevaba por delante sin misericordia.

-Ya es la tercera vez que lo intento, maldita sea, y nada. ¡Parece cosa del diablo! .- Rugió el ingeniero.
Nada más conjurar el nombre del maligno, se apareció como por arte de magia allí Satanás mismo con un ligero  hedor a azufre en el rabo.
 
-Si tú quieres, yo te construyo en un abrir y cerrar de ojos un puente que ni Dios ni el río Gardón, fíjate en lo que digo,  podrán derribarlo nunca mientras el mundo sea mundo.


-Bien quisiera. Pero ¿cuánto me costaría?

-Poca cosa, sólo quiero que me ofrendes al primer transeunte de tu casa que lo cruce, dijo el diablo, con la condición de que no seáis ni tú ni tu mujer.  -Y le brillaban rijosa y maliciosamente las pupilas al Maligno.

-¡Trato hecho! –Se apresuró a decir el ingeniero, codicioso de la fama inmortal que alcanzaría su nombre propio, sin pensar en lo que estaba prometiendo a cambio al diablo Belcebú.

-El puente estará acabado mañana mismo antes de que cante el gallo. Pero no olvides tu promesa.

Y el diablo comenzó a arrancar rocas y construyó a una velocidad increíble un puente monumental,  todo un prodigio de ingeniería en el que no empleó argamasa. Levantó rocas de seis toneladas que unió con grapas de hierro;  ejemplo eximio de aprovechamiento del terreno, un puente así no se había visto nunca por aquellos lares, bien incrustado en el seno del río, con una triple arcada: en el nivel inferior se abrían seis arcos, en el intermedio once y en el superior nada más y nada menos que treinta y cinco, sobre los que discurría, además... un acueducto.























El arquitecto, apesadumbrado por el sacrificio que había prometido, fue a hablar con su mujer y le contó el trato que había pactado con el diablo.  No le hubiera importado ser él el chivo expiatorio del puente del diablo, le dijo a su esposa, con tal de que las gentes recordaran en el futuro su nombre propio. Pero no podía ser. Ni él ni su mujer. y sin embargo tenía que ser alguien de su casa... Así que tendrían que ser o su primogéntio o su hija la tierna criatura que quería a cambio Satanás llevarse a los infiernos,  sólo él sabe para qué, pero seguro que para nada bueno.

Se lo contó con las lágrimas en los ojos a su mujer. Y ésta, mucho más astuta que su marido como suelen ser las mujeres de los hombres por lo general, le enseñó una liebre todavía viva que había cazado el perro, y le sugirió que fuera el hijo mayor o su hermana, fingienndo que iban a ser la ofrenda, que llevaran la liebre metida en el saco y,  llegado el momento de atravesar el puente, que soltaran la liebre…A los dos les pareció muy buena la idea. Y así se hizo.


El hijo del ingeniero, que era doncel, muy valiente y muy buen mozo, metió la liebre en un saco, fue al puente e hizo ademán de cruzarlo. Cuando estaba a punto de sonar el ángelus, el diablo vio al mozalbete y ya se relamía imaginando la presa que iba a cobrarse, aunque hubiera preferido que se tratara de su hermana... Más de una vez, sin embargo,  había visto al muchacho bañarse en el río, y  había codiciado sus blancas y rotundas nalgas.

Hay que mencionar también, dicho sea de paso, que, aunque lo que le interesa al diablo era propiamente el alma inmortal del joven, que se llevaría consigo al infierno para toda la eternidad, no hacía ascos, sin embargo,  al hecho de sodomizar al vástago del ingeniero. Al fin y a la postre, consideró, el diablo también era un ser de carne y hueso.  Y no era mala perspectiva la de obtener el fruto prohibido de un placer efímero que perduraría en su recuerdo  toda la eternidad; ya tendría todo el tiempo del mundo para disfrutar del alma inmortal del muchacho atormentádola día y noche en las calderas del infierno. La práctica de la sodomía, como puede verse, no es algo que repugne a los diablos ni a lo que hagan ascos y que juzguen contrario a su naturaleza, sino todo lo contrario.

El hijo pues del ingeniero abrió el saco y soltó la liebre. Y el diablo atrapó entre sus garras aquella juventud que corría asustadiza y veloz hacia él. Cuando se supo burlado, pues no era lo que él esperaba, ni doncella ni doncel, sino un vulgar conejo la tierna criatura de casa del ingeniero el transeunte que cruzaba  a todo correr, atrapó la liebre, la lanzó y la estampó contra el puente que acababa de levantar, donde todavía puede apreciarse, según dicen, si se fija uno bien,  su imagen en la roca.

Algunos hay, sin embargo, que afirman que lo que quedó petrificado y todavía puede verse en el puente, si uno se fija mejor, no es una inocente liebre, sino la propia verga arrecha del diablo que se quedó literalmente de piedra ante aquel chasco.

Esta historia puede creerse o no, pero hay que reconocer que nadie conoce el nombre propio del arquitecto ni del ingeniero de esta obra maestra, digna del mismísimo demonio, por lo que siempre se consideró que fueron los romanos los que la levantaron.  El puente ha resistido a lo largo de los siglos las embestidas, que no han sido pocas, del tiempo y las crecidas tumultuosas del Gardón.


Pont du Gard

domingo, 10 de julio de 2016

El caso Metroclés

Se cuenta que Metroclés, antes de emprender el camino de la filosofía, era hombre de letras muy refinado, culto y discreto. Una vez, haciendo una pausa solemne en medio de una declamación pública de poesía épica ante un auditorio selecto, se le escapó un pedo, que al poco de escaparse resonó estentóreo, es decir, con la altisonancia de Esténtor, que ahogaba con su voz la de cincuenta, según el divino Homero, lo que fue motivo de irrisión general entre su distinguida audiencia, pública chacota y cachondeo.


Sopla, capricho 69, Francisco de Goya (1799)
El conferenciante, abochornado, interrumpió el recital de retórica rojo como un pimiento y huyó apresurado, encerrándose en su casa a cal y canto, corrido de la vergüenza, con la intención de no volver a salir nunca más, pudriéndose de vergüenza en su encierro.
Cuando se enteró Crates, el filósofo quínico(1), por Hiparquia, la hermana de Metroclés y mujer, ya que no esposa, de Crates y, como Crates, también acólita de la secta de Antístenes y de Diógenes el Perro, se atiborró adrede de un buen cocido de chochos o altramuces del puchero. No hay una sola habichuela de estas que sea inocua y que no cante, dicen las gentes del pueblo. Así que, ni corto ni perezoso, se presentó en casa de su atrabiliario cuñado que hacía días que ni salía ni quería recibir a nadie, y sólo deseaba que se abriera la tierra, se lo tragara y lo acogiera en su seno. Hiparquia le había comentado a Crates que su hermano había iniciado además, con la insana intención de dejarse morir, una doble huelga de hambre y de silencio. 
 
 Crates de Tebas despreciando las riquezas (365-285 a. de C.)
Intentó Crates en primer lugar, hablándole sin rebozo con palabras castizas y llamando llanamente a las cosas por su nombre, persuadirlo de que no era nada vergonzoso dejar salir los gases de las mazmorras de las tripas para que camparan por sus respetos, sino la cosa más natural del mundo, con sofisticados razonamientos. Le repetía en todos los tonos que no había nada de malo en ventosear, que era algo a lo que había que dar carta de naturaleza, porque peerse no era algo reservado exclusivamente a la vida privada, sino que podía y debía hacerse en público y no era una falta irreverente de respeto. Instaba a su deprimido y lacónico cuñado a que hiciera caso omiso de las conveniencias sociales y ridículos prejuicios, ya que dejar salir las flatulencias era algo muy saludable y sano, al igual que los regüeldos,  por lo que prohibían tajantemente su continencia los galenos.
-Se cuenta y yo lo sé de muy buena tinta -sentenció Crates- que las ventosidades reprimidas y contenidas en el calabozo de nuestros adentros se suben a la cabeza y provocan retortijones y mareos, y ha habido algunos, más tercos que las mulas, que por no querer soltar prenda, se han asfixiado y muerto...
Pero como nada de lo que decía convenciera al abatido y silencioso Metroclés, comenzó Crates  a tirarse uno detrás de otro, a posta,  con toda la naturalidad del mundo, una ruidosa sarta de pedos, bien sonoros y nada disimulados, contundentes y bien fétidos. Los desembuchó, como suele decirse, ante las propias narices de su tácito interlocutor, para que Metroclés se enterara de lo que le estaba diciendo y aprendiera, ya que no del sermón de sus palabras, de su ejemplo. Mezclaba así, con un alarde pedagógico moderno, la teoría en congruencia con la práctica del hecho.
 Crates e Hiparquia, supuestamente, según pintura del siglo I del jardín de Villa Farnesia
Metroclés no sabía cómo reaccionar ante aquella actitud desafiante e irreverente de Crates que soltaba tantos y tamaños pestilentes vientos. Mostró en principio un semblante de rechazo, ira y contrariedad muy severo, pues era lacónico y bastante seco y no poco serio; su reacción era imprevisible... Crates arrimó entonces el culo a la débil llama de la candela que iluminaba la estancia, soltó un cuesco y se produjo tal llamarada que estuvo a punto de provocar un incendio. 

Metroclés rompió inesperadamente el silencio, se echó, agradecido, a reír como pocas veces en su vida a carcajada limpia y a mandíbula batiente, y con aquella risa franca y sincera, que le contagió a Crates, se le quitó la murria que le había entrado, se unió a su amigo y cuñado, y le hizo coro soltando por su parte un par de cuescos. Según se peían ambos se partían de la risa, como suele decirse, los pechos, igual que un par de niños traviesos que competían a ver quién desencadenaba, en medio de la común flatulencia, la furia liberadora del gas de mayor estruendo.
Desde entonces se hizo Metroclés íntimo de Crates y otro más, como su cuñado y su hermana de los seguidores del divino Diógenes, el Perro. Emprendió así el camino liberador de la filosofía, que le resultó tan provechoso, ya que le libró de la depresión de la congoja, por lo que hizo pronto en ese campo muchísimos progresos.
Así como por el humo se sabe donde hay fuego y por los celos dónde amor verdadero, no hay mejor prueba de intimidad y de confianza,  que soltar delante de algún conocido, familiar o amigo, dos rotundos pedos; no uno solo, que uno no es ninguno, sino algo tan singular que puede pasar desapercibido como incidente aislado, o sea que puede ningunearse o hacer como que no se ha oído, sino dos o tres estruendosos por lo menos.



A nadie le huelen mal los suyos, dice la voz popular a propósito del pedo,  pero sí, por el contrario, y mucho, los ajenos. Cuanto más sonoro sea, además, más habrá de ofendernos. No hieren tanto la sensibilidad ajena los zullones o follones, que son las ventosidades mudas y discretas que nacen sordas y degolladas, a decir de don Franbcisco de Quevedo, aunque no huelan precisamente a rosas e incienso, sino los vientos atronadores y aparatosos, que a veces son los más inodoros, porque lo que nos ofende no es tanto el cuesco en sí como su carácter ajeno. L´ enfer c´est les autres, que dijo Sartre, lo que viene a decir algo así como que los otros y no uno mismo, él sabrá por qué hace tanta diferencia entre uno y otros, son el infierno.

 

(1) Tomo el neologismo "quínico" de Pedro García Olivo, para referirme a la escuela filosófica que fundaron Antístenes y Diógenes y distinguirlo del moderno "cínico"; algo parecido a lo que sucede en alemán donde Kyniker es el miembro de la escuela filosófica, y Zyniker es el moderno cínico, que actúa con falsedad.

jueves, 7 de julio de 2016

De la Inmaculada Concepción a Eurovisión y la Unión Europea

El logotipo de la Unión Europea que consiste en doce estrellas doradas de cinco puntas dispuestas en círculo sobre un fondo azul fue diseñado por el pintor estrasburgués Arsène Hetiz en 1955 y tiene un claro simbolismo religioso, católico y mariano para más señas como veremos. 

 
Según la Wikipedia sabelotodo, el artista se inspiró en un texto del Apocalipsis XII, 1, sobre la inmaculada concepción de la virgen María, que dice en la versión vulgata en latín: et signum magnum paruit in caelo: mulier amicta sole et luna sub pedibus eius et in capite eius corona stellarum XII (duodecim), o lo que es lo mismo en castellano: Y una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas.

Es decir, se inspiró en algo como esto, donde vemos a la virgen María resplandeciendo como un sol con una corona de doce, precisamente una docena de estrellas sobre su cabeza -doce son los meses del año, doce las horas del día y doce las de la noche, doce los apóstoles, doce las tribus de Israel, doce los dioses del panteón olímpico, doce los trabajaos de Hércules, doce los signos del zodíaco...-, y el niño Jesús en sus brazos. Encima, debajo y a los lados el texto apocalíptico latino.


O, como esta Inmaculada Concepción de Murillo, que tiene la luna a sus pies, resplandece como un sol y está coronada por la docena de estrellas doradas. Todo ello nos lleva a la sugerencia de que Europa, que ya no es la princesa fenicia raptada e inseminada por el rijoso toro de Zeus/Júpiter de la vieja fábula mitológica, sería la virgen María que está a punto de concebir ("inmaculada" -sin mácula, sin mancha- concepción) un engendro político y económico, tanto monta, denominado Unión Europea.



El número de estrellas del logotipo europeo no alude a los países que forman dicha unión, que creo que son 28 en la actualidad, 27 si excluimos al Reino Unido tras su salida decidida en referéndum, sino a las estrellas de la corona de la Virgen que son tradicionalmente doce desde el texto apocalíptico de la mujer  preñada que clamaba con dolores de parto y sufría tormento por parir, mientras que el Dragón -el diablo- esperaba ese momento para devorar a la criatura recién nacida, que sería un hijo varón... Pero los ángeles, capitaneados por el arcángel Miguel, lucharán contra el Dragón, la serpiente antigua, lo arrojarán a la tierra, y lo llamarán Diablo y Satanás.

Siempre que TVE conectaba con eurovisión en los años setenta para ofrecer algún evento, por ejemplo el indecente festival de la canción,  la pantalla se ocupaba con un logotipo con las doce estrellas en círculo mientras se oía el Te Deum de Charpentier a guisa rimbombante de himno. Aquí puede observarse esta relación simbólica religiosa, católica en concreto y mariana más específicamente, de las doce estrellas unidas en círculo que coronaban la cabeza de María santísima.



Sin menoscabo de todo lo anterior, me gustaría resaltar la similitud existente entre el logotipo de la Unión Europea y el Ícaro de Matisse, que simplifica al máximo la historia mitológica que subyace: el vuelo de Ícaro que dotado de unas alas se acercó tanto al sol que éste derritió la cera que las ligaba, precipitándose al mar donde morirá ahogado el desafortunado volador. Matisse, utilizando la técnica del collage, con una mínima expresión plástica, nos hace ver una gran figura negra humana, cuyas extremidades superiores podrían ser tanto sus brazos como sus alas,  entre estrellas amarillas sobre un fondo de azul celeste oscuro, sin olvidar el pequeño punto rojo de la silueta humana que simbolizaría sin duda el corazón.

   Ícaro, Henri Matisse (1944)


Quien no conozca la historia de Dédalo e Ícaro puede pensar que se trata de la caída del ángel, o del ángel caído, es decir, de Lucifer, expulsado del cielo por rebelarse contra los mandatos de Dios y desobedecerlos. Otra vez Dragón, la vieja serpiente del paraíso... Su nombre Lucifer significaba "portador de la luz". También era conocido como Luzbel, "el de bella luz", pero desde su expulsión pasó a llamarse Satanás o Satán.

Sin embargo, el cuadro de Matisse no deja lugar a la duda. Se titula "Ícaro" y refleja la caída de Ícaro, y la reflexión de que sólo el que se eleva, el que levita y alcanza el cielo puede sucumbir a la dura ley de la gravitación universal y caer, después de tocar con su mano las estrellas, en las profundidades del océano. Pese a su fracaso,  un puntito rojo, su corazón, sigue latiendo en su pecho todavía.

Otro tratamiento moderno de este mito, mucho más convencional, sería el que hizo Marc Chagall en 1975, que reflejó así la caída de Ícaro, entre una multitud de gente que lo observa y que no hace o no puede hacer nada por evitarlo, reducida a su condición de telespectadora.  

La caída de Ícaro, Marc Chagall (1975) 

¿Estará el engendro político-económico o económico-político de la Unión Europea, abocado como Ícaro, tras haber alcanzado las doce estrellas del firmamento, una vez abrasadas sus frágiles alas por haberse acercado demasiado al astro rey,   abocado a precipitarse en el mar y ahogarse ante el asombro y la indiferencia de todos? ¿Será retransmitida su caída y el hundimiento de todas las bolsas europeas por eurovisión? Permaneceremos atentos a las pantallas de nuestros teléfonos inteligentes en las próximas horas de los próximos días... 


lunes, 4 de julio de 2016

Aquella primera clase de griego

Si no me falla la memoria, hace más de cuarenta años, cursando yo 5º de Bachillerato de Letras, curso 1974-1975, asisití a mi primera clase de griego en el Instituto Nacional de Enseñanza Media Mixto de Camargo. Entonces los institutos no se llamaban IES, como ahora, sino INEM, porque se pretendía que fueran centros de enseñanza y aprendizaje, no de educación. Ya conocía a la profesora, Margarita Martín Díaz. Durante el curso anterior, aquel cuarto, que era el último del bachillerato elemental, nos había dado clase de latín y había sido nuestra tutora. Yo había elegido letras porque me gustaba el latín, y, además, no se me daba mal. Pero lo que me viene a la memoria ahora, como si fuera ayer, fue la primera clase de griego. La profesora escribió una frase en la pizarra en un extraño alfabeto... Y entonces comenzó una fascinación que no ha terminado todavía. 


Eran las últimas y misteriosas palabras de Sócrates al afrontar el trance postrero de su condena a muerte: "Oh Critón, a Asclepio le debemos un gallo". Era el primer texto griego que aprendíamos a leer y a escribir. Divinas palabras. Eran unas letras desconocidas que nos abrían a un mundo por un lado lejano y ajeno, pero por otro muy próximo. A la vez que aprendíamos los nombres de las letras y sus grafías mayúsculas y minúsculas, oíamos hablar de aquellos acentos agudos, graves y circunflejos, aquellas iotas suscritas, y aquellos espíritus suaves y ásperos, que habían dejado el recuerdo imborrable de una hache en nuestra lengua, y oíamos hablar por primera vez de Platón, que había escrito esa frase, y de Sócrates, que la pronunció pero que no había escrito nada por su parte, condenado a muerte por un tribunal democrático ateniense por corromper a la juventud y no creer en los dioses en que creía la ciudad, y de Critón, su amado discípulo, y del dios de la salud Asclepio o Esculapio, al que Sócrates encargaba consaagrarle un gallo. Tal vez se trataba de un sacrificio de acción de gracias, quizá era una manera de desdramatizar la propia muerte. Aquella clase fue una experiencia inolvidable. Era como aprender a leer otra vez, aprender a leer en una nueva lengua hermética, pero a la vez muy nuestra; en una lengua en la que se ha dicho todo o casi todo lo que puede decirse e imaginarse. Aprender griego es descubrir la filología, el amor -filo- por las palabras -logos-, que son lo más valioso que tenemos, gratuito como es el lenguaje como el aire que respiramos, porque sirven para preguntarnos una y otra vez según la costumbre socrática qué son las cosas.

Viñeta de El Roto, aparecida en El País el 4 de julio de 2016

El griego no es sólo la lengua muerta en la que hablaron Sócrates y Platón, entre otros. Sigue hablándose hoy día en Grecia y en Chipre. Y sigue escribiéndose. Y cantándose, amantes como son los griegos actuales de la poesía que se canta. Prueba de ello son los dos premios Nobel de literatura que han cosechado en el siglo XX: el poeta Yorgos Seferis en 1963 y el también poeta Odiseas Elitis en 1979. De este último os dejo el poema Marina, cantado por  María Faranduri, y musicado por Mikis Theodorakis.  Las imágenes del vídeo recogen secuencias de la película "Ifigenia" de Cacoyannis.

Con la venia de las espléndidas traducciones al castellano de Cristián Carandell y Román Bermejo, os ofrezco esta otra aproximación al poema de Elitis que pretende conservar no sólo la letra sino también la musicalidad del original, apta para cantar con la misma melodía.
       

 Marina


Dame a mí hierbabuena, luisa
            y albahaca que pueda oler,
que yo te bese de esta guisa
qué en el recuerdo tener

La fuente y palomas aquellas,
            la espada arcangelical,
el  sembrado de las estrellas,
            y el  hondo pozo sin final.

Las noches que te paseaba
al otro confín celestial
y tu ascenso yo contemplaba,
            hermana de Venus carnal.

Marina, verde estrella mía,
Marina, Venus matinal,
Marina, paloma bravía,
            y azucena primaveral.