domingo, 10 de julio de 2016

El caso Metroclés

Se cuenta que Metroclés, antes de emprender el camino de la filosofía, era hombre de letras muy refinado, culto y discreto. Una vez, haciendo una pausa solemne en medio de una declamación pública de poesía épica ante un auditorio selecto, se le escapó un pedo, que al poco de escaparse resonó estentóreo, es decir, con la altisonancia de Esténtor, que ahogaba con su voz la de cincuenta, según el divino Homero, lo que fue motivo de irrisión general entre su distinguida audiencia, pública chacota y cachondeo.


Sopla, capricho 69, Francisco de Goya (1799)
El conferenciante, abochornado, interrumpió el recital de retórica rojo como un pimiento y huyó apresurado, encerrándose en su casa a cal y canto, corrido de la vergüenza, con la intención de no volver a salir nunca más, pudriéndose de vergüenza en su encierro.
Cuando se enteró Crates, el filósofo quínico(1), por Hiparquia, la hermana de Metroclés y mujer, ya que no esposa, de Crates y, como Crates, también acólita de la secta de Antístenes y de Diógenes el Perro, se atiborró adrede de un buen cocido de chochos o altramuces del puchero. No hay una sola habichuela de estas que sea inocua y que no cante, dicen las gentes del pueblo. Así que, ni corto ni perezoso, se presentó en casa de su atrabiliario cuñado que hacía días que ni salía ni quería recibir a nadie, y sólo deseaba que se abriera la tierra, se lo tragara y lo acogiera en su seno. Hiparquia le había comentado a Crates que su hermano había iniciado además, con la insana intención de dejarse morir, una doble huelga de hambre y de silencio. 
 
 Crates de Tebas despreciando las riquezas (365-285 a. de C.)
Intentó Crates en primer lugar, hablándole sin rebozo con palabras castizas y llamando llanamente a las cosas por su nombre, persuadirlo de que no era nada vergonzoso dejar salir los gases de las mazmorras de las tripas para que camparan por sus respetos, sino la cosa más natural del mundo, con sofisticados razonamientos. Le repetía en todos los tonos que no había nada de malo en ventosear, que era algo a lo que había que dar carta de naturaleza, porque peerse no era algo reservado exclusivamente a la vida privada, sino que podía y debía hacerse en público y no era una falta irreverente de respeto. Instaba a su deprimido y lacónico cuñado a que hiciera caso omiso de las conveniencias sociales y ridículos prejuicios, ya que dejar salir las flatulencias era algo muy saludable y sano, al igual que los regüeldos,  por lo que prohibían tajantemente su continencia los galenos.
-Se cuenta y yo lo sé de muy buena tinta -sentenció Crates- que las ventosidades reprimidas y contenidas en el calabozo de nuestros adentros se suben a la cabeza y provocan retortijones y mareos, y ha habido algunos, más tercos que las mulas, que por no querer soltar prenda, se han asfixiado y muerto...
Pero como nada de lo que decía convenciera al abatido y silencioso Metroclés, comenzó Crates  a tirarse uno detrás de otro, a posta,  con toda la naturalidad del mundo, una ruidosa sarta de pedos, bien sonoros y nada disimulados, contundentes y bien fétidos. Los desembuchó, como suele decirse, ante las propias narices de su tácito interlocutor, para que Metroclés se enterara de lo que le estaba diciendo y aprendiera, ya que no del sermón de sus palabras, de su ejemplo. Mezclaba así, con un alarde pedagógico moderno, la teoría en congruencia con la práctica del hecho.
 Crates e Hiparquia, supuestamente, según pintura del siglo I del jardín de Villa Farnesia
Metroclés no sabía cómo reaccionar ante aquella actitud desafiante e irreverente de Crates que soltaba tantos y tamaños pestilentes vientos. Mostró en principio un semblante de rechazo, ira y contrariedad muy severo, pues era lacónico y bastante seco y no poco serio; su reacción era imprevisible... Crates arrimó entonces el culo a la débil llama de la candela que iluminaba la estancia, soltó un cuesco y se produjo tal llamarada que estuvo a punto de provocar un incendio. 

Metroclés rompió inesperadamente el silencio, se echó, agradecido, a reír como pocas veces en su vida a carcajada limpia y a mandíbula batiente, y con aquella risa franca y sincera, que le contagió a Crates, se le quitó la murria que le había entrado, se unió a su amigo y cuñado, y le hizo coro soltando por su parte un par de cuescos. Según se peían ambos se partían de la risa, como suele decirse, los pechos, igual que un par de niños traviesos que competían a ver quién desencadenaba, en medio de la común flatulencia, la furia liberadora del gas de mayor estruendo.
Desde entonces se hizo Metroclés íntimo de Crates y otro más, como su cuñado y su hermana de los seguidores del divino Diógenes, el Perro. Emprendió así el camino liberador de la filosofía, que le resultó tan provechoso, ya que le libró de la depresión de la congoja, por lo que hizo pronto en ese campo muchísimos progresos.
Así como por el humo se sabe donde hay fuego y por los celos dónde amor verdadero, no hay mejor prueba de intimidad y de confianza,  que soltar delante de algún conocido, familiar o amigo, dos rotundos pedos; no uno solo, que uno no es ninguno, sino algo tan singular que puede pasar desapercibido como incidente aislado, o sea que puede ningunearse o hacer como que no se ha oído, sino dos o tres estruendosos por lo menos.



A nadie le huelen mal los suyos, dice la voz popular a propósito del pedo,  pero sí, por el contrario, y mucho, los ajenos. Cuanto más sonoro sea, además, más habrá de ofendernos. No hieren tanto la sensibilidad ajena los zullones o follones, que son las ventosidades mudas y discretas que nacen sordas y degolladas, a decir de don Franbcisco de Quevedo, aunque no huelan precisamente a rosas e incienso, sino los vientos atronadores y aparatosos, que a veces son los más inodoros, porque lo que nos ofende no es tanto el cuesco en sí como su carácter ajeno. L´ enfer c´est les autres, que dijo Sartre, lo que viene a decir algo así como que los otros y no uno mismo, él sabrá por qué hace tanta diferencia entre uno y otros, son el infierno.

 

(1) Tomo el neologismo "quínico" de Pedro García Olivo, para referirme a la escuela filosófica que fundaron Antístenes y Diógenes y distinguirlo del moderno "cínico"; algo parecido a lo que sucede en alemán donde Kyniker es el miembro de la escuela filosófica, y Zyniker es el moderno cínico, que actúa con falsedad.

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