viernes, 9 de septiembre de 2016

Cuatro cosas a propósito de Martín de Tours

1.- La capa y la capilla: Escribe Sulpicio Severo (siglos IV-V de la era cristiana) una biografía de Martín de Tours, obispo y confesor, que se convierte en hagiografía, es decir en la crónica de la vida de un santo. En el capítulo III nos cuenta la anécdota que lo ha hecho universalmente famoso. En mitad de un invierno (media hieme) más riguroso de lo habitual, se encontró Martín, a la sazón joven soldado romano, en las puertas de la ciudad de Amiens en Francia, a un mendigo desnudo (pauperem nudum). Martín no tenía nada excepto la capa militar con la que estaba revestido (nihil praeter clamydem, qua indutus erat, habebat). ¿Qué hizo Martín? Desenvainada la espada (arrepto ferro), partió su manto por la mitad (mediam dividit), y le dio una parte al pobre (partemque eius pauperi tribuit), quedándose él con la otra mitad, lo que provocó las risas de no pocos al ver de esa guisa al militar romano. La anécdota puede ser cierta y tiene algunos visos de verosimilitud. Lo que ya no es tan seguro es que esa noche se le apareciera Cristo cuando se había entregado al sueño (cum se sopori dedisset) vestido con la clámide que él había dado al mendigo y que era la mitad de la suya (Christum chlamydis suae... parte vestitum), rodeado de una muchedumbre de ángeles, y diciéndole con clara voz (clara voce): "Martín hasta ahora catecúmeno aquí me ha vestido con su traje". Martín, que contaba entonces veintidós años, corrió a recibir las aguas del bautismo. 

 San Martín y el menndigo, Gustave Moreau (1882)

Esa media capa soldadesca, que Martín había cortado con la espada para dársela al mendigo, todavía no se denominaba CAPPA, con el significado de ”capucha, capuchón”, relacionado tal vez con CAPUT “cabeza”, como ha pasado después a denominarse en el latín tardío del siglo VI y en las lenguas romances,  sino, como dice el hagiógrafo de Martin de Tours, chlamys, chlamydis: clámide,  con nombre griego, que designa tanto al manto griego como al sayo militar romano.

El caso es que la clámide pasará con el tiempo a llamarse cappa, y también, usando su diminutivo, cappella. Pues bien, la capa que Martin le dio al mendigo fue guardada en una urna y se le construyó un santuario para conservarla como reliquia, a donde los cristianos se dirigían a orar. Iban “ad cappellam”, es decir, a la capilla, nombre que se reservaría de entonces en adelante a todos los oratorios o pequeños santuarios a los que se iba a rezar. De cappella deriva además de capilla, capellán. Y de cappa nos vienen también: capear, capeo, caperuza, capirote, capote.

 San Martín y el mendigo, Doménico Teotocópulo, alias El Greco

El lienzo de El Greco nos muestra a un Martin de Tours que no es un soldado romano del siglo IV, sino un caballero medieval estilizado sobre un caballo blanco que comparte su manto de color verde con el también estilizado y desnudo mendigo.

2.- Objetor de conciencia: Su padre, que fue tribuno militar, hizo que se alistara en el ejército romano a la edad de quince años, donde sirvió como caballero. Martín decidió, por su parte, dejar enseguida el ejército y servir a Dios, lo cual no puede hacer de inmediato, al negarle su licencia de retiro el emperador Juliano. Cuando las legiones romanas se alistaban para entrar en combate contra los invasores bárbaros, Juliano decidió dar un incentivo económico a cada soldado. Martín le dijo: "Hasta ahora, César, he luchado por ti; permite que ahora luche por Dios. El que tenga intención de continuar siendo soldado que acepte tu donativo; yo soy soldado de Cristo, no me es lícito seguir en el ejército". Christi ego miles sum: pugnare mihi non licet. Tachado de cobarde por el emperador, le dijo: "Mañana, al amanecer, en primera línea me colocaré desarmado (crastina die ante aciem inermis adstabo), y en el nombre de nuestro señor Jesucristo, con la señal de la cruz, (signo crucis), sin la protección de un escudo o de un caso (non clipeo protectus aut galea), me adentraré seguro en las filas enemigas (hostium cuneos penetrabo securus). Quería Martín probar su valor y su lealtad y demostrarle al emperador que no tenía miedo a su propia muerte, sino a derramar la sangre de otros hombres. Al día siguiente los enemigos se rindieron y pidieron la paz sin necesidad de lanzarse Martín inerme a las tropas enemigas. 

 Renuncia a las armas de san Martín, Simone Martinno (c. 1317)

3.- Fundador de un monasterio donde se abolió la propiedad privada y el dinero: Con ochenta discípulos fundó un monasterio, donde no existía la propiedad privada (nemo ibi quicquam proprium habebat) y donde todas las cosas se ponían en común (omnia in medium conferebantur). Allí no existía el dinero porque no estaba permitido ni comprar ni vender nada (non emere aut vendere... quicquam licebat). Puso en práctica la comunidad de bienes y la abolición del dinero, lo que podría considerarse algo imposible, que, sin embargo, se llevó a cabo. Podemos considerar que se trata de un hecho histórico, dada su verosimilitud, lo que, de ser cierto, viene a desmentir que sea una utopía vivir sin dinero. Tuvo lugar, al menos, en el monasterio medieval que fundó Martin de Tours. 

4.- Luchó contra el paganismo: Fundó iglesias y monasterios por doquier, intentando borrar siempre la huella preexistente del paganismo: nam ubi fana destruxerat, statim ibi aut ecclesias aut monasteria construebat. A menudo el diablo, nos dice su hagiógrafo, intentó burlar a Martín adoptando numerosísimas formas, no sólo masculinas como la de Júpiter o más a menudo la de Mercurio, el mensajero de los dioses (in Iovis personam, plerumque Mercuri), sino también femeninas transfigurándose ante él con los rostros de Venus y de Minerva (Veneris ac Minervae... vultibus). Él siempre se protegía de estos fantasmas diabólicos haciendo la señal de la cruz. Pero el diablo, en otra ocasión, se presentó ante el santo en vuelto en una luminosidad purpúrea (luce purpurea), ataviado con un rico ropaje propio de un monarca (veste etiam regia indutus) y con una corona de piedras preciosas y de oro (diademate ex gemmis auroque redimitus), de forma que pareciera cualquier personaje menos el que en realidad era, el mismísimo diablo. Le dijo incluso al santo: Christus ego sum. Yo soy Cristo. Y volvió a repetírselo. Pero el santo le dijo que no lo creía, que Cristo no podría presentársele así nunca, con esa arrogancia (in eo habitu formaque), sino mostrándole las huellas de su sufrimiento (crucis stigmata). Ante lo cual, la imagen se desvaneció como el humo (ut fumus evanuit) y dejó en la celda del santo tal hedor (cellulam tanto foetore complevit) que estaba claro que era el diablo y no Cristo quien se le había aparecido, lo cual, dice Sulpicio Severo, el hagiógrafo de san Martín, es decir, el que convirtió a Martín en un santo al escribir su vida (vitam illius scribere), no debe ser juzgado fabuloso o ficticio porque él lo supo de boca del propio Martín (ex ipsius Martini ore cognovi). Sin embargo, la noticia carece de todo rigor histórico. Aunque Sulpicio Severo la haya oído de labios del propio Martín, y se trate de un testimonio directo, no podemos considerar que haya sucedido dado su carácter sobrenatural; debe tratarse, más bien, de alguna alucinación crónica del propio Martín al que se le presentan en su imaginación, en primer lugar, las figuras de los dioses paganos, y finalmente la del propio Cristo, que es un trasunto como descubre enseguida Martín del mismísimo diablo, que se desvanece como el humo cuando se descubre su identidad y deja un olor fétido, probablemente a azufre y huevos podridos. 

 San Martín desenmascarando al diablo

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada