viernes, 30 de septiembre de 2016

Heraclés ante la duda

Cuando Heraclés estaba apunto de saltar de la niñez a la juventud, se encontró como nos encontramos todos alguna vez en la vida ante una encrucijada de dos caminos, se sentó, dudoso sobre cuál de ellos debería tomar. La anécdota la contaba el sabio Pródico, y nos la ha transmitido Jenofonte en sus Recuerdos de Sócrates. Se le aparecieron entonces al héroe griego que todavía no había dado muchas pruebas de su heroísmo dos mujeres muy distintas la una de la otra tanto en su forma física como en su atuendo, aspecto y personalidad.

“Veo que estás, Heraclés, -le dijo la primera- metido en la duda de por qué camino debes tirar en tu vida; pues mira: si me tomas a mí por amiga, te guiaré por el camino más placentero y el más fácil, y no te quedarás sin probar ninguno de los placeres.”

Heraclés le preguntó a aquella señora, epicúrea avant la lettre,  que cuál era su nombre y ella le contestó que  unos, sus amigos, la llamaban Felicidad, pero que sus enemigos le decían Maldad.

La otra mujer, estoica por su parte avant la lettre también, se acercó a él también y le dijo: “Si quieres que una tierra te dé frutos tendrás que trabajarla; si quieres enriquecerte con el ganado, tendrás que ocuparte del ganado; si quieres ser agasajado por tus amigos, tendrás que hacerles bien; lo mismo que si quieres tener un cuerpo robusto, tendrás que ejercitarlo y trabajarlo…”

A lo cual le replica la primera dama: “¿Te das cuenta, Heraclés, del camino tan áspero y triste que te propone esta triste? Si te vienes conmigo, yo te llevaré a la felicidad por el camino más placentero, como te he prometido.”  

Pero, la otra, por su parte, a la que le llamaban Virtud sus amigos y Desgracia sus enemigos le decía que no hiciera caso de la primera, que si quería alcanzar la verdadera felicidad, tendría que ser a través de su propio esfuerzo y de su trabajo, palabras claves para conseguir ese objetivo. Y ambas señoras, la epicúrea y hedonista y la estoica y sufrida, se enzarzaban en una discusión interminable intentando llevarse conmigo al dubitativo Heraclés, que se hallaba en la coyuntura de esa encrucijada.

Muchos pintores se han hecho eco de esta difícil decisión que tuvo que tomar Heraclés cuando estaba a punto de dejar de ser un niño.

Aquí tenemos el tratamiento moderno que hace el norteamericano  David Ligare de Hercules in bivio, que es como se dice en latín Heraclés en la encrucijada, y que en inglés se titula Hercules at the Crossroads (1993). Casi no se notan las sendas, pero el buen observador comprobará que hay dos y que una lleva a las ásperas rocas -el pedregoso camino de la virtud- y la otra conduce a un deleitoso valle que se pierde en el horizonte como un locus amoenissimus -la placentera senda del hedonismo. El héroe, caracterizado ya con su célebre maza, es joven aún y todavía no ha cumplido ninguna de sus doce célebres hazañas, por lo que aún no viste la piel de su primera víctima, el león de Nemea. 


Un tratamiento más clásico, con las dos mujeres que personifican el vicio y la virtud,  del tema de Heraclés o Hércules en la encrucijada lo presenta Annibale Carraci (circa 1597) en su "Ercole al bivio": a su derecha la dama recatadamente vestida le señala el camino difícil y pedregoso que le exigirá no pocos esfuerzos, y a su izquierda, la señora más sensual, que enseña el hombro y parte de su blanca espalda, así como sus piernas y sensuales muslos el camino fácil.


Hércules (o Heraclés, si queremos llamarlo por su nombre griego) salió de la duda eligiendo el camino áspero y pedregoso de la virtud. Nosotrros, más escépticos que él  porque damos cabida a la duda -nunca decimos "no cabe duda"-, lo tenemos un poco más difícil. Hagamos la elección que hagamos, nunca estaremos del todo seguros de haber acertado, porque no tenemos nunca la certidumbre absoluta de haber elegido el mejor camino por aquel socrático saber que no sabemos nada.

Aquí podéis ver los textos originales y su traducción así como más imágenes de pintores que han tratado el mismo tema.

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