jueves, 15 de septiembre de 2016

Iconografías modernas de Cupido

Tradicionalmente, se representa al dios del amor (Eros, en su versión griega,  o Cupido en la vulgata latina) como un niño o adolescente ciego, porque el amor es caprichoso y ciego, es decir, infunde una pasión irracional, armado con arco y flechas que nos enamoran si nos hieren, y alado, porque es como el viento que viene y va volando de uno a otro corazón. Aunque hay varias teorías sobre su origen (algunas anteriores a la propia teogonía), la más extendida lo hace hijo de la diosa de la belleza y el sexo,  Afrodita o sea Venus,  y de Ares/Marte, el dios de la guerra.

Bajo la apariencia de un niño inocente, se esconde un dios poderoso, una fuerza telúrica y cósmica que mueve el mundo, una divinidad que se divierte infundiendo desasosiego en los corazones humanos y divinos.

Hay dos leyendas especialmente relacionadas con él: una es la de Dafne y Apolo. Cuando Apolo se ríe de este dios y se enorgullece de ser mejor arquero que él porque ha matado a la monstruosa serpiente Pitón, el dios del amor, nos cuenta el poeta Ovidio, le dispara una flecha de oro, para que sufra en sus carnes su poder. El flechazo hará que se enamore del primer ser que vea, de la ninfa Dafne –cuyo nombre significa “laurel” en griego, digamos Laura-. Para que su venganza sea completa, dispara asimismo una flecha de hierro a la ninfa que hará que aborrezca al primer ser que se le aparezca. Es decir que Cupido no sólo maneja las flechas áureas del amor, como de ordinario se piensa, sino también las del odio férreo, hasta tal punto están tan próximos unos sentimientos tan intensos y contrapuestos, como demostró Catulo con su célebre "odi et amo".

La otra leyenda es la de Psique y Cupido o también llamada Alma y Amor, ilustre antecedente de la Bella y la Bestia, un cuento popular de tradición oral que nos transmite Apuleyo en su novela Metamorfosis o El asno de oro, que podéis leer aquí en traducción castellana. La diosa de la belleza quiere castigar la insolente hermosura de una joven princesa llamada Alma (Psyché en griego) a la que todos los hombres veneran, nunca mejor dicho, más que a la propia diosa. Ordena a su hijo que haga que se enamore de ella el mayor monstruo que haya en el mundo. Pero cuando el dios alado ve a la víctima que va a ser la joven y linda princesa, cae bajo su hechizo enamorándose de ella, lo que nos da a entender de paso que el monstruo, es decir, la Bestia,  es el Amor. El dios rapta a la Bella y la transporta a un palacio y a un mundo de ensueño, donde por el día la joven tiene todo aquello que se le antoja y por la noche recibe la visita de su misterioso esposo, que le hace el amor.

Alma no conoce el rostro del esposo, que al amanecer abandona el palacio, y ni falta que le hace para ser feliz porque es la mujer más dichosa del mundo. Cuando, movida por la curiosidad que le infunden sus envidiosas hermanas,  que quieren empañar su felicidad, decide alumbrar una noche el rostro vedado del divino esposo con una candela, descubre que el monstruo con el que ella temía que se acostaba, es el mismísimo Amor, un dios que nada desmerece de su belleza.


Pero en ese momento en que ella descubre el amor, lo pierde: ha faltado a la promesa que le hiciera al marido. Una gota de aceite de la candela despertará al amado y éste, enfurecido, abandonará a su bienamada. Comienza entonces la desdicha, la infelicidad, el desamor: el amor que se sabe a sí mismo y que se odia, que se reconoce como tal, deja de ser el amor que se sentía. Alma vagará por el mundo en busca del amor perdido, tendrá que superar innumerables pruebas hasta que finalmente sea perdonada y se una al Amado esta vez para siempre, recibiendo de los dioses el don de la inmortalidad.

La escultura de Psique y Cupido (o Alma y Amor) de Canova representa con suma delicadez el momento anterior al beso. Destacan las alas desplegadas de Cupido y elevadas en un alarde de espiritualidad hacia el cielo. El grupo escultórico, por detrás, nos muestra la aljaba y las saetas del dios, el otro de sus inconfundibles atributos.

Os propongo analizar dos representaciones modernas de Eros/Cupido, que nos vienen una del mundo de la publicidad (Eros, una nueva fragancia para hombres de la casa Versace) y la otra de la cinematografía, en concreto de la factoría de Walt Disney, ese corruptor de tantas infancias que nos hizo creer que los malos eran malísimos y los buenos buenísimos.

El Eros de Versace: La firma Versace se inspiró en la mitología griega desde el momento en que tomó a Medusa como símbolo y logotipo de la marca en todos sus productos. El último lanzamiento de esta casa de alta costura, un nuevo perfume masculino, llamado “Eros” evoca al dios más pasional que nos infunde el deseo erótico. El perfume se presenta en un frasco color turquesa con la cabeza de Medusa en el cuerpo de la botella y en la parte superior del tapón.

Donatella Versace ha explicado así la elección del nombre de la fragancia:  “Tenemos un motivo griego que nos hace pensar en la Grecia antigua, en las antigüedades y la mitología, mientras que el color turquesa representa el Mediterráneo. ¡Eso es Versace!”.

La campaña publicitaria de la casa ha optado por cambiar la iconografía tradicional de Cupido, sustituyéndola por la de un gladiador, pero no la de un Espártaco que lucha por su libertad, sino la de un gladiador que lucha por otra causa: nos presentan a un arquero viril que avanza resuelto y decidido, sin alas a sus espaldas, entre estatuas que rememoran la antigüedad grecorromana. No está ciego, sabe muy bien a dónde va. Con paso firme, el  héroe se abre paso entre las ruinas, para subirse a un pedestal,  y lanzar con su potente arco una flecha que, disparada al vacío,  atravesará el frasco de perfume y nos inundará con la nueva fragancia presentada por Versace. Se sugiere, a buen entendedor pocas palabras, que lo que hará que se enamoren de nosotros será el perfume difuminado gracias al flechazo. Asistimos, una vez más, a la utilización  del cuerpo masculino en su juventud y esplendor como reclamo publicitario, para lo que se recurre a evocaciones clásicas.



El Cupido de Disney: Hace unos años la factoría Disney sacó una adaptación del cuento Rapunzel de los Hermanos Grimm, que se tituló en España "Enredados" (Tangled en la lengua del Imperio).  Entre los malvados rufianes que aparecen en la película, hay uno, Retaco (Shortly en inglés), que se disfraza de Cupido, y que resulta un simpático borrachín. La imagen ha tenido tanto éxito que, aunque sólo aparece fugazmente en alguna escena, se ha reproducido enseguida por todos los medios con no poco éxito como nueva representación del amor: un Cupido entrado en años, "ciego" en el sentido figurado de la palabra y no en el literal,  y pendenciero, como corresponde a un rufián.

Se trata de un Cupido alado -volvemos a la iconografía tradicional de las alas, que hace que se confunda a veces este diablillo del amor con un ángel cristiano en muchas representaciones iconográficas-,  armado con arco y flecha y semidesnudo, como mandan los cánones, pero prácticamente calvo y con una larga y canosa barba.  El otro detalle original es que la punta de la flecha que está a punto de disparar tiene forma de corazón, lo que sugiere que está destinada a hacer  llaga en el corazón humano atravesándolo de amor.



Otros detalles de este simpático Cupido son su nariz roja, pendiente en forma de aro en la oreja y que, como fruto de su avanzada edad, está desdentado, como puede comprobarse en este fotograma de la película.
oOo
Para acabar os dejo este estupendo vídeo francés "Cupidon" de la ESMA (École Supérieure des Métiers Artistiques de Montpellier 2012)  sin palabras, sólo con música e imágenes sobre Cupido, un Cupido bastante tradicional en su iconografía, que, distraído como es, clava sus flechas por error, y hace que Narciso (otra referencia clásica) se enamore de sí mismo herido de amor propio. La acción está ambientada en un París de tejados de pizarra y de buhardillas, presidida por la inconfundible silueta a lo lejos de la torre Eiffel.  Pero, aunque se trata de una recreación moderna del mito de Narciso, esto es, del narcisimo, tiene un final sorprendente. Espero que os guste. 


 oOo
Y por último una imagen de Cupido que he encontrado casualmente navegando por la Red (así es como se hacen a veces algunos descubrimientos), cuya autoría no he podido averiguar, y que representa a Cupido muerto de un flechazo. Es lógicamente una representación de la muerte del amor.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada