miércoles, 28 de septiembre de 2016

"Le debemos un gallo a Asclepio"

(In memoriam Elías García Pérez, profesor de filosofía).

Georges Dumézil publicó un “divertimento” sobre las últimas palabras de Sócrates, que son las primeras palabras griegas que, casualmente, aprendí yo cuando empecé a estudiar griego clásico en mi bachillerato: “Critón, debemos un gallo a Asclepio. Pagad la deuda y no os olvidéis”. No hay ninguna explicación satisfactoria del significado de esta frase.

La más habitual, pues se ha escrito mucho, es la de Lamartine, que la puso en verso como buen poeta que era:
¡A dioses que liberan, dijo, ofrenda debida!
¡Me han curado! -¿De qué? Diz Cebes. -¡De la vida!

Sócrates querría sugerir que la muerte es el remedio de la enfermedad que es la vida misma, cualquier vida humana, y como él ya está alcanzando ese beneficio pues se está muriendo después de haber tomado la ingesta de cicuta que empieza a hacerle efecto les pide a sus discípulos que se lo agradezcan a Asclepio consagrándole un gallo.

 
Dumézil no está de acuerdo con que la enfermedad de la que el dios de la salud Asclepio -Esculapio latino- ha curado a Sócrates sea la vida, otorgándole la muerte como remedio.

Dice Dumézil: “Asclepio no desempeña, en el mundo de los hombres, más que un único servicio. Sólo se ocupa de los enfermos; si pasan una noche acostados en su santuario, reciben allí, a través de un sueño, la receta que los curará”. 

Suele representarse a este dios con el báculo o la vara de Esculapio, un bastón por el que sube enroscada una serpiente, que, a diferencia del caduceo de Hermes, símbolo del comercio, no lleva alas.   

 
 Estatua de Asclepio o Esculapio, dios de la medicina.

¿De qué enfermedad, de qué receta de cura se trata en el caso de Sócrates? He aquí la verdadera cuestión.

Hay quienes piensan que esta “ultima sententia” del filósofo no tiene mucho sentido, porque se trata de la última frase de un hombre que está moribundo bajo los efectos de un veneno letal como es la cicuta.

Otros creen que Sócrates quiere agradecer a Asclepio una especie de “curación por adelantado” al ahorrarle los achaques propios de la vejez matándolo cuando contaba setenta años. Pero Asclepio sólo cura las enfermedades actuales, declaradas, no las presuntamente futuras y por lo tanto inexistentes: no es un dios profiláctico.

Leo en Eva Cantarella que la americana Eva C. Keuls en su libro The Reign of the Phallus, publicado en Nueva York en 1985, y traducido al italiano como Il regno della Fallocrazia, considera que el gallo era un regalo típico entre homosexuales y avanza la hipótesis de que Sócrates, sátiro hasta el final, en el momento en que los efectos de la cicuta alcanzan el bajo vientre, descubre las ingles para mostrar, una erección provocada por la acción del veneno, con lo que la frase concordaría bien con la ironía socrática, como si les dijera a sus discípulos “mirad lo que me pasa en el trance postrero de mi muerte: una milagrosa erección contra la disfunción eréctil: agradecédselo a Asclepio”. 
 


Dumézil, sin embargo, que no conocía la tesis desmitificadora de la americana, opina que la curación que merece el sacrificio de un gallo a Asclepio no es la de Sócrates, sino la de Critón. Sócrates, como si fuera su médico, le ha hecho desembarazarse de una opinión errada, y éste ha recobrado la salud mental. Y no es que Sócrates posea la verdad, que no la tiene, pero es consciente al menos de su ignorancia. 

Critón quería que Sócrates escapara de la cárcel. Le habían él y otros amigos preparado la fuga. Consideraba Critón que la muerte de Sócrates era un mal. Y para él desde luego que lo era, porque se vería privado de su maestro. Pero Sócrates le hace ver lo mismo que a los jueces en su discurso de defensa: que pensar que la muerte es lo peor que le puede pasar a uno es una idea equivocada, lo que no quiere decir tampoco lo contrario, que sea lo mejor. Pero en ese trance él prefiere obedecer a las leyes de la ciudad y que se cumpla la sentencia de muerte que sobre él ha caído, consciente de que qué es lo mejor par los hombres “sólo lo sabe el dios”, o diríamos hoy con flagrante anacronismo “sólo Dios -con mayúscula como nombre propio que es- lo sabe”, es decir, nadie.

Marsilio Ficino tradujo las últimas palabras de Sócrates al latín: “O Crito, Aesculapio gallum debemus, quem reddite neque neglegatis”.

Se cumplía así el terrible silogismo que nos condena a los seres humanos a muerte: “Todos los hombres son mortales; Sócrates es un hombre, luego Sócrates es mortal”. 


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