domingo, 2 de octubre de 2016

Del martirio y suicidio de Apolonia de Alejandría

Entro, no sé muy bien por qué, en la iglesia de santa Ágata, en Bérgamo, y me encuentro por casualidad con un cuadro bellísimo e inesperado a la derecha del altar mayor que representa el martirio de otra santa, Apolonia de Alejandría, atribuido sin mucho fundamento, al parecer, a un tal Giavazzi da Poscante, que vivió en torno al 1500. Me conmueve enseguida la resignación de Apolonia ante el dolor que le están infligiendo. Diría incluso que hay cierta complacencia no poco masoquista en el sufrimiento propio por parte de la santa, como si se regodeara en su martirio. Me estremece asimismo el placer no poco sádico del verdugo, que está gozando del dolor que inflige a su víctima al extraerle uno a uno sus dientes y sus muelas con unas toscas tenazas sin bálsamo que alivie su dolor.

Apolonia, amarrada a un poste, sabe que ese sufrimiento está dando sentido a su vida, o, mejor dicho, la asunción del sufrimiento que gozosamente padece. Es como si negase religiosamente el dolor que está sufriendo y nos señalase a los demás el camino de la cristiana resignación, invitándonos a la mortificación. Un ángel, que porta la palma del martirio, símbolo pagano y cristiano de la victoria, corona a Apolonia como V. M.(uirgo martyr, virgen mártir), nombre propio que evoca sin querer al dios Apolo, y que a veces se ha abreviado en (A)Polonia, no sé si para deshacer el equívoco y alejar la reminiscencia pagana y no cristiana.

  Martirio de Santa Apolonia, iglesia de santa Ágata en Bérgamo.


Fue, al parecer, Eusebio de Cesárea (sigo III-IV post), considerado el padre de la historia de la iglesia católica, quien en el libro sexto de su Historia Ecclesiastica, escrita en griego, cita textualmente una carta del obispo Dionisio de Alejandría a Fabio de Antioquía donde le habla de los mártires de su ciudad en Egipto bajo el emperador Decio y menciona, entre otros, el martirio de la santa, convirtiendo con muy pocas palabras su breve biografía en hagiografía.

Ya de por sí una vida, al ser escrita, se convierte en una especie de cuento, en historia o crónica que se relata, en agua pasada que no mueve molino, y si se trata de la narración de la vida de una mujer abocada al martirio, es decir, a dar testimonio de su fe, la literatura le otorga a esa vida una finalidad y una santidad que le infunden sentido y así la justifican.

Era Apolonia, según el historiador, una muy admirable virgen (parthénos) Era ya de avanzada edad (presbýtis, es la palabra griega, que sobrevive en nuestro término “presbicia” con el que denominamos a la vista envejecida o cansada de ver las cosas, y en “presbítero”, término religioso que designa al “eclesiástico al que se le ha conferido la orden sagrada cuyo ministerio principal es celebrar la misa”, por lo que hay quien ha pensado que fue una diaconisa). Fue hecha prisionera, y le abrieron las mandíbulas sacándole todos los dientes y muelas.


 (Detalle)

Es lo que representa el bellísimo lienzo bergamasco. Pero el historiador nos cuenta algo más: sus verdugos prepararon una hoguera fuera de la ciudad y la amenazaron con quemarla viva “si no pronunciaba con ellos las proclamas de su impiedad”. Es de suponer que se burlaban de las creencias de Apolonia y le exigían que negara la divinidad de Cristo profiriendo blasfemias contra el Espíritu Santo, las más graves para un cristiano, y juramentos contra la virgen María y la santísima trinidad, o a invocar a dioses paganos, y a renegar en definitiva de su fe y creencias religiosas.

Ella “tras excusarse un poco” (hypoparaitesaméne brachý), es decir, rogándoles que desataran sus manos, y tras dejarla ellos sin saber muy bien cómo iba a reaccionar, acabará arrojándose por su propia voluntad a la hoguera con la que la amenazaban. Y lo hará con firme disciplina (syntónos, que en griego significa tanto tensión de cuerpo como del espíritu, intensidad y también acuerdo de sonidos, como nuestro “sintonizar”). Se arrojará voluntariamente al fuego, anticipándose al castigo, y será consumida por sus llamas.

Apolonia tardó en ser canonizada varios años después de su muerte. Lo fue en el 299. La tardanza pudo deberse al problema que plantea su “mors voluntaria”, ya que la iglesia católica considera el suicidio como un crimen. En su De la ciudad de Dios contra los paganos, Agustín de Hipona, san Agustín, se plantea el caso de Lucrecia, una matrona romana de la época monárquica, que tras ser violada por Tarquinio, un amigo de su esposo, decide darse la muerte, y se pregunta si hay que considerarla adúltera o casta (Adultera haec an casta iudicanda est?) Después de razonar que Lucrecia no cometió adulterio, porque no lo deseó, sino que fue obligada por la fuerza a cometerlo, y tras juzgarla inocente, calificándola de víctima y de casta, se plantea si no cometió otro delito: el de asesinato de un ser humano, de ella misma.

 Suicidio de Lucrecia (con el puñal), Lucas Cranach el Viejo (1538)

¿Por qué se elogia tanto entonces el suicidio de Lucrecia, que para los antiguos romanos era un ejemplo de virtud? Se plantea por lo tanto el santo por qué es alabada si ha cometido adulterio; y porqué asesinada si fue casta? ( Si adulterata, cur laudata; si pudica, cur occisa?). Afirma que las mujeres cristianas que han sufrido casos similares no se han quitado la vida vengando en sí mismas el ultraje ajeno. (Non hoc fecerunt feminae Christianae, quae passae similia uiuunt tamen nec in se ultae sunt crimen alienum). Y que el mandamiento de “no matarás” no sólo se refiere al prójimo, sino también a uno mismo, que es claro en su formulación: No matarás, ni a otro por lo tanto ni te matarás a ti mismo tampoco. Pues quien se mata a sí mismo mata a otro que es un ser humano”. (Non occides, nec alterum ergo nec te. Neque enim qui se occidit aliud quam hominem occidit). Y sin embargo, Apolonia, para no ser arrojada por sus verdugos a la hoguera, se arrojó ella misma, convirtiéndose en verdugo de sí misma. Y la iglesia la canonizó y santificó.

El propio San Agustín, afirma más adelante que algunas santas mujeres en la época de las persecuciones se arrojaron a un río para perecer ahogadas antes de caer en manos de sus violadores “y sus martirios se celebran con la mayor veneración en la iglesia católica” (earumque martyria in catholica ecclesia ueneratione celeberrima frequentantur). No quiere emitir un juicio precipitado, dice, pero aventura la posibilidad de que sea no un error humano (humanitus), sino la autoridad divina (diuina auctoritas), lo que las hubiera empujado a ese final. El suicidio en estos casos, según el santo de Hipona, no sería un pecado ni tal suicidio, sino obediencia a un mandamiento divino (diuinitus) que contradice paradójicamente el otro mandamiento de “no matarás”.

No parece que fuera el caso de Apolonia que, aunque representada como joven doncella en casi todas sus figuraciones posteriores, no fue amenazada con ser violada, sino quemada viva si no renegaba de su fe. Su popularidad llegó a ser tan alta durante la Edad Media que se conservaban casi por toda la cristiandad como reliquias sus dientes y muelas, llegando a contabilizarse hasta quinientas piezas dentales en una ocasión, y se convirtió en la santa a la que se reza para aliviar los dolores de muelas, convirtiéndose en la patrona paradójica -¿quién se lo iba a decir?- de los sacamuelas, dentistas, odontólogos y, más modernamente, estomatólogos.

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