martes, 11 de octubre de 2016

Sembrando dudas



Según una investigación citada por Dar Al-iftaa, una institución encargada de emitir edictos islámicos que tiene su sede en El Cairo,  el número exacto de ateos en el mundo árabe era de 866 en Egipto, 325 en Marruecos, 320 en Túnez, 242 en Iraq, 178 en Arabia Saudí, 170 en Jordania, 70 en Sudán, 56 en Siria, 34 en Libia, y 32 en el Yemen, lo que hace un total de 2.293 de una población de 300 millones aproximadamente, un dato francamente poco significativo, si no insignificante, si hemos de darle crédito.

Pero ¿cómo se puede precisar, con una exactitud tan fehaciente y matemática el número de ateos? ¿Cómo se puede afirmar que una persona es atea siempre en su totalidad, digamos en un cien por cien, sin albergar ningún resquicio de duda? Igualmente, ¿cómo se puede aseverar, por el contrario, que los que no se declaran ateos, bien porque no se atreven a hacerlo o bien porque consideran que no lo son y se definen como fieles, son creyentes en su integridad, sin que asome en sus sagradas creencias un solo atisbo de duda?

¿No habrán nacido otros ateos y muerto algunos desde entonces, condenadas como estamos las generaciones de los hombres, al decir de Homero, como las generaciones de las hojas de los árboles a la caducidad y renovación? Oigamos  a Glauco en el canto VI de la Ilíada de Homero, versos 146-149, en traducción rítmica y rimada de Agustín García Calvo:

Tal como raza de hojas, las vidas de hombre otro tanto:
las hojas un viento a tierra derrueca, y va otras criando
el bosque al reverdecer, de que apunta el dulce verano:
tal razas de hombre, la una naciendo, la otra acabando.

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Abdulá al-Qasemi, escritor saudí, ha dejado dicho: «La ocupación de nuestro cerebro por los dioses es la peor forma de ocupación». Pero no sólo hemos de ver tras la expresión “dioses” los viejos rostros de Jehová, Yahvé o Alá. Hay dioses también laicos, si se me permite la expresión, que son más difíciles de desenmascarar que las divinidades tradicionales monoteístas. Estos dioses radican en Occidente sobre todo y su última epifanía es la economía, el dinero, los mercados, la bolsa y sus índices bursátiles… Los devotos o creyentes de estos nuevos dioses no son conscientes de que su cerebro, liberado de las viejas divinidades monoteístas tradicionales, está siendo ocupado por otros dioses camuflados. No están, pues, libres de la religión, han caído víctimas de otra religión, de otra secta.
  
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Un joven sudanés, cuyo nombre propio no importa ahora, uno de tantos, pero que se llamaba,  para que se vea que tiene nombre propio y apellidos como todo hijo de vecino,  Amid Ahmad Nasr lo ha expresado escribiendo un libro donde cuenta que el fundamentalismo de la fe islámica se apoderó de su mundo, se lo escamoteó, pero la duda liberó su alma. Cuenta que cuando tenía doce años, le expuso sus dudas religiosas a su jeque, el imán de una mezquita en Qatar. La respuesta que recibió es que la duda era pecado, un pecado que ofendía a Alá como la mayor de las blasfemias y que sólo podía ser inspirada por el diablo. Y es que efectivamente Dios, Alá en su caso, es la certidumbre, el diablo aporta la duda, siembra las dudas que pueden liberarnos del fundamentalismo de cualquier fe desintegrándola. La duda es el mejor antídoto contra el integrismo porque desintegra la creencia.

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A la pregunta que Dios en la viñeta de Montt le hace al Diablo sobre qué es lo que está haciendo en el cerebro de un ser humano, éste responde en nuestra versión latina "dubia sémino" a la vez que implanta signos de interrogación en la materia gris que harán que esa masa encefálica se cuestione, al aflorar la incertidumbre, todas sus supuestas certezas o creencias, todas sus fes, esencialmente ciegas como son todas a la luz de la razón, poniéndolas en tela de juicio. 

La palabra "dubia" es el plural de "dubium" que significa "duda" (de la que deriva el adjetivo culto castellano dubitativo), y que conservamos en el viejo aforismo judicial del derecho romano "in dubio pro reo", que quiere decir que el juez, en caso de duda, dictamina a favor del acusado.

Precisamente con la palabra latina "dubium" está relacionado el verbo "dubitare" de donde viene nuestro dudar (dubitar, dubidar, dubdar, dudar), relacionado en su orgien con el número dos ("duo"), por lo que significa "estar dividido entre dos posibilidades", ya que el número dos representa la duda, el descubrimiento de que el uno no es ninguno (y que no hay una sola y única cosa, sino múltiples y varias) y que, por lo tanto, la unidad no existe de por sí, sino que es fruto de la dualidad, lo que nos lleva, mucho más lejos, al posible descubrimiento ontológico de que yo (y el Yo) no soy uno, sino, por lo menos, dos.

También las lenguas hermanas dan razón de este origen: en italiano tenemos dubbiare, en portugués duvidar y en francés douter (y de ahí redouter, con el significado añadido como efecto secundario de "temer").

En cuanto a la otra palabra que utiliza Satanás: "sémino",  es la primera persona del presente de indicativo del verbo "seminare", es decir, "siembro, estoy sembrando". Precisamente de este verbo procede nuestro sembrar (seminare, seminar, semnar, semrar, sembrar) y los cultismos inseminar e inseminación, diseminar (sembrar al vuelo, esparcir) y seminario, lo que nos remonta a la antigua raíz indoeuropea *see- de la que derivan también semen, simiente y semilla, pertenecientes todas al mismo campo semántico.

Y es que frente a las certezas y a las verdades divinas que nos inculca Dios (o Alá o Jehová), el diablo, por su parte, siembra la  fecunda semilla de las dudas.

Sirva como colofón esta reflexión magistral de Rafael Sánchez Ferlosio: Predicar una nueva fe entre practicantes de un viejo culto animista, tibio y desgastado puede ser un propósito con esperanza de éxito, pero proponer el escepticismo y el agnosticismo entre gentes entusiasmadas y enfervorizadas con sus propios dioses patrios no sólo parece tarea desesperada, sino también el mejor modo de atizar el fuego, ya que para la llama de la creencia no hay mejor leña que el hostigamiento, porque permite inflamarse a los creyentes en eso que suele llamarse santa indignación.

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