miércoles, 30 de noviembre de 2016

El homo digitalis está on line (y 2)

“El sujeto de hoy es un empresario de sí mismo que se explota a sí mismo. El sujeto explotador de sí mismo se instala en un campo de trabajo en que es al mismo tiempo víctima y verdugo”. (Byung-Chul Han, Psicopolítica, traducción de Alfredo Bergés, editorial Herder, pág. 93)

 El homo digitalis, siempre on line, incluso cuando duerme, si es que duerme pendiente como está las veinticuatro horas del día de la minúscula pantalla, depende tanto del hilo de la red que lo enreda que cada vez se relaciona menos con las personas que tiene alrededor, o, mejor dicho,  sólo se relaciona con quienes están a su lado  virtualmente, convirtiéndolos en sus contactos,  con los que no tiene, paradójicamente,  ningún contacto físico, sino sólo el táctil a través de la pantalla de su smartphone.

 Hay quien dice que no es el uso de las redes sociales, sino el mal uso o abuso de ellas lo que fomenta la soledad y el egocentrismo narcisista, así como los falsos amigos, convertidos en followers que dan un “me gusta” (like en la lengua del Imperio),  pero en realidad todo uso lleva implícito en sí el abuso, y no sólo por hacer un uso excesivo, sino sobre todo porque no es el usuario, pese a su nombre, el que utiliza la Red, sino la Red la que utiliza al usuario.



El usuario se convierte de hecho en un empleado de la Red a tiempo parcial que se dedica a emitir y a recibir información a todas las horas, a producir y a reproducir, haciéndose eco de lo que otros proclaman. ¿Qué es esta información? Cualquier cosa que se publique en la Red. La superabundancia de información que circula por las redes nos desinforma paradójicamente, hace que no distingamos lo importante de los superficial.

El homo digitalis, que ha dado el paso de sujeto a objeto digital, se conviertre así en emisor y receptor de información, en agente de la Red. En definitiva, el usuario es un dependiente, alguien que tiene dependencia, que está subordinado a la Red, que lo obliga a confesarse públicamente y a leer las confesiones públicas de los demás en menos de ciento cuarenta caracteres, atrapados como están, por mensajes mínimos y raudos, algunos efímeros, en diversas pantallas estupefacientes en las que hay pocos vislumbres de razón común y muchas, demasiadas opiniones personales. 



Estamos asistiendo a la vieja polémica de la neutralidad de los medios. Quieren convencernos de que la tecnología no es ni buena ni mala, sino neutral, independiente de esas categorías morales; lo que puede ser bueno o malo es el uso que nosotros hagamos de ellas, por lo que nos ponen en guardia contra el mal uso de las tecnologías que podamos hacer, cuando lo que estamos diciendo aquí y se nos oculta es que es la tecnología la que nos usa a nosotros, la que nos convierte en sus empleados, en sus usuarios: sin querer estamos trabajando gratis et amore para Facebook, Twitter, Snapchat… y un largo larguísimo etcétera. ¿A cambio de qué? A cambio del mísero jornal (money is time lo mismo que time is money) de convertir nuestra vida en biografía on line que discurre a través de la línea imaginaria del tiempo, lo que se llama en la lengua del Imperio, time line.




Paul Van Haver, más conocido como Stromae, es un cantante, compositor y productor belga muy conocido en todo el mundo y especialmente en el ámbito de la francofonía por sus letras. He aquí su Carmen, una parodia del aria de la famosa ópera que es sobre todo una sátira del famoso pájaro azul que representa una de las redes sociales más populares.


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