domingo, 29 de mayo de 2016

Varia uariorum


¿Qué es la apostasía?
Apostasía es el alejamiento (apo-) de lo establecido (-stasía). El abandono, por ejemplo, de la religión en la que uno ha sido iniciado. También la defección de un partido político en el que se militaba o la disidencia de la ideología que se profesaba. Históricamente, se ha llamado apóstata al emperador Juliano, que rechazó la religión cristiana cuando ya era oficial en el Imperio y restableció los viejos cultos. Pero como dice el escritor francés Anatole France(1) el verdadero apóstata es el emperador Constantino, que abandonó la religión pagana de Roma con anterioridad y abrazó el cristianismo.
(1) Anatole France Sobre la piedra inmaculada (1905)


Profilaxis
Huxley, el autor de Un mundo feliz, era además de escritor médico, y formuló hace cincuenta años, entre otras, esta interesante reflexión: “Ahora la medicina ha progresado tanto... que ya todos somos enfermos”. Todos, en efecto, nos hemos convertido en pacientes dentro del estado terapéutico en el que sobrevivimos, que mira por nosotros y vela por nuestra salud, siempre futura, como nuestra propia muerte. Más que dedicarse a curar los males que padecemos, la medicina -tanto ha progresado- se dedica a prevenir los que no tenemos. Ha dejado de ser curativa para pasar a ser única y exclusivamente preventiva, o profiláctica, que es lo mismo pero dicho en griego para que no se entienda bien la cosa de buenas a primeras.

Totalitarismo
Phillip Allot, un exdiplomático británico y profesor de la Universidad de Cambridge, ha dejado dicho algo que es importante partiendo de alguien que forma parte, como él, del tinglado del status quo: “La democracia y el capitalismo son sistemas más totalitarios que el nazismo o el estalinismo”. Explica el profesor que tanto la democracia como el capitalismo son sistemas que contienen en sí mismos sus propios valores que pretenden imponerse a la totalidad de la población. Esto obliga a que se acepten sin la menor resistencia crítica, sin rechistar. La opinión de la mayoría no admite discusión, se impone a todos. Si lo cree la mayoría es verdad; todos debemos aceptarlo. De lo contrario, no somos demócratas. Según el exdiplomático “el totalitarismo tradicional” se caracterizaba por controlar a las personas por la fuerza y la violencia -así el nazismo y demás regímenes fascistas, así el estalinismo-, pero la gente podía pensar lo que le viniera en gana en su fuero interno, mientras que bajo el sistema democrático y capitalista de dominación vigente no tenemos libertad de pensamiento ni de actuación porque tememos ser tachados de terroristas, antidemócratas, incorrectos políticamente, fascistas, anarquistas... Se trata de un autocontrol impuesto y asumido total, totalitario, que acaba con el libre pensamiento. No hay un dictador externo: el dictador está dentro. Si no pienso como la mayoría,  no soy demócrata, no soy de los buenos... Hasta nuestros deseos más íntimos están determinados y condicionados por el sistema interiorizado de dominio; sólo somos capaces de desear lo que la mayoría -manipulada como está- desea que deseemos, y eso es algo increíble que no había sucedido nunca hasta ahora en la historia de la humanidad.

Ideoclasta/Iconoclasta
Decía don Miguel de Unamuno que de todas las tiranías, la más odiosa era la de las ideas, y que no había cracia más aborrecible, por lo tanto, que la ideocracia. Decía que uno tenía que ser dueño de sus ideas, no su esclavo. Quizá, decía, era inevitable tener ideas, como ojos y manos, pero había que conseguir no ser tenido por ellas, liberarse de la esclavitud de las ideas fijas, estereotipadas, dogmáticas. Pensar es desembarazarse y abortar las ideas que tenemos. Unamuno declara aborrecer toda etiqueta, pero acepta la de ideoclasta, la de rompedor de ideas. "¿Que cómo quiero romperlas? Como las botas, haciéndolas mías y usándolas". Hoy en pleno siglo XXI, quedan muy pocas ideas, aunque sigue habiéndolas. En lugar de ellas nos venden e imponen imágenes que atrofian la imaginación y aumentan nuestra fe en la realidad. Por eso se impone la iconoclastia. Ideoclasta, de hecho, es un neologismo creado a partir de iconoclasta: rompedor de imágenes, es decir, de íconos. Iconoclasta: El que destruye los ídolos que producen en nosotros una admiración religiosa que supone sometimiento, que nos imponen cánones, modelos de conducta, pautas. Los ídolos son estrellas de la música, políticos, actores, top-models de alto standing, o santones revolucionarios. En nuestra época todas las imágenes, hasta las más inofensivas, han alcanzado la categoría de íconos, de imágenes sagradas, de "santos" como decía una abuela mía, a las que se rinde culto y veneración. Iconoclasta o ideoclasta. Es lo mismo. Destructor de todas las imágenes o ideas recibidas, impuestas, inculcadas, reales dentro de su esencial falsedad.


Escitas
Los escritores grecorromanos caracterizaron a las tierras comprendidas entre el Danubio y el Don, el Cáucaso y el Volga como salvajes y bárbaras. Sus habitantes eran nómadas, incivilizados pero atractivos en su primigenia simplicidad. Su cultura se basaba en el pastoreo nómada y la cría de caballos de monta. Los escitas fueron grandes jinetes y temibles arqueros a caballo. 

 Arquero escita en un plato griego de figuras rojas de Epicteto (c.520-500 a. de C.)

Os dejo un poco de música:  La (vertiginosa) marcha de los escitas de Noyer, interpretada por el prodigioso clavecinista Jean Rondeau.


Casa de citas
Byung-Chul Han cita a Hanna Arendt que a su vez cita a Cicerón, quien pone en boca de Catón en De Republica esta bella paradoja, atribuida a Publio Escipión el Africano: "numquam se plus agere quam nihil cum ageret; numquam minus solum esse quam cum solus esset": que nunca hacía más que cuando no hacía nada; y que nunca estaba menos solo que cuando estaba solo. Es decir, que estaba activo cuando estaba ocioso y entregado al dolce far niente, y que cuando estaba a solas consigo mismo es cuando menos solo estaba. El propio Cicerón recoge en otra parte la misma cita y comenta a propósito: "magnifica uero uox et magno uiro ac sapiente digna; quae declarat illum et in otio de negotiis cogitare et in solitudine secum loqui solitum, ut neque cessaret umquam et interdum colloquio alterius non egeret. ita duae res, quae languorem afferunt ceteris, illum acuebant, otium et solitudo": una admirable sentencia en verdad y digna de un gran hombre y sabio; esta da a entender que él en su ocio solía pensar en sus negocios y en su soledad hablar consigo mismo, de forma que nunca estaba desocupado y a veces no necesitaba la compañía de nadie. Así estas dos cosas que a los demás producen fastidio, el ocio y la soledad, a él lo estimulaban. Reivindica el maestro coreano Byung-Chul, frente a la "vita activa" y aun "hyperactiva" que llevamos (¡manda huebos!) en este siglo XXI, la "vita contemplativa". Y plantea esta consideración aparentemente contradictoria: "La hiperactividad es, paradójicamente, una forma en extremo pasiva de actividad que ya no permite ninguna acción libre".

Oración femenina
Y ya que hemos empezado con Anatole France, acabemos con otra cita suya: Una bella joven genovesa enamorada le rezó a la Virgen María la siguiente y conmovedora plegaria: "Santa madre de Dios, tú que concebiste sin pecar, concédeme a mí la gracia de pecar sin concebir".

viernes, 27 de mayo de 2016

Lo que le dijo un lobo a un perro doméstico



 Damoclés, Thomas Couture (1867)
 
El autor pintó y firmó con sus iniciales (T . C.) este melancólico lienzo que tituló "Damoclés". Escribió en la parte superior derecha en latín: POTIOR MIHI PERICULOSA LIBERTAS / QUAM SECURA ET AUREA SERVITUS. “Mejor para mí una libertad peligrosa que una servidumbre segura y dorada”. Sin esta divisa latina, inspirada seguramente en el final del discurso del cónsul Lépido de las Historias de Salustio (potior mihi visa est periculosa libertas quieto servitio: mejor me pareció una peligrosa libertad que una tranquila servidumbre) sería muy difícil interpretar el cuadro. Un cuadro que se titula "Damoclés" y en el que precisamente la espada brilla por su ausencia.

No hay, en efecto, ninguna espada: sólo riquezas y símbolos de poder y dinero. El personaje, sin embargo, está transido de melancolía. Investido con una corona apolínea de laurel, sentado sobre cómodos cojines, colocados los pies sobre un pedestal, no lejos de sus manos una lira laureada y fruta, rodeado en definitiva de todo lo que se cree que podría hacernos la vida más agradable, está triste. Su rostro está ensombrecido. Tal vez porque su mano y pie derechos están atados por los grilletes de unas pesadas cadenas a una argolla de la pared. Ahí radica el interés y la enseñanza moral de este melancólico prisionero, de este Damoclés que tiene todo lo que deseaba salvo quizá lo más valioso: la periculosa libertas

El simbolismo del cuadro es muy rico. Lo más destacable acaso son las cadenas, que nos llevan a pensar en la imagen de un perro doméstico, bien alimentado, lustroso y protegido de las inclemencias de la intemperie, pero que carece de algo que es la libertad -su falta está representada aquí por la presencia de las cadenas- y eso lo sume en la atra bilis de la melancolía.




Así dice la fábula de Fedro (III, 7):

En seguida diré lo dulce que es la libertad.
Con chucho bien cebado un lobo famélico
por caso se encontró. Tras saludar los dos,
cuando se pararon: -¿De dónde luces,dime, así?
y ¿de qué sustento has hecho tanto corpachón?
Me muero de hambre, siendo más robusto yo.
El perro, franco: -La misma tienes ocasión
si igual servicio a mi amo puedes dispensar.
-¿Cual? Dijo el lobo. –De su puerta ser guardián,
y cuidar de noche de ladrones su mansión.
Además me traen pan, de su mesa el amo a mí
me da los huesos; me echan sobras los demás
y la pitanza que desprecia cada cual.
Sin gran trabajo la panza se me llena así.
-Dispuesto estoy: soporto ahora nieves yo
y lluvias, llevando en el bosque una vida atroz;
¡cuánto más fácil bajo techo me es vivir
y saciarme ocioso de abundante colación!
-Ven, pues, conmigo. Mientras van, el lobo ve
la piel pelada del cuello al perro de un collar.
-¿Qué es eso, amigo? -Nada. –Dime,por favor.
-Como parezco fiero, me atan de día, a fin
de que duerma al alba y vigile yo al anochecer:
suelto por la tarde, a donde me parece voy.
-¿Y, si quieres ir a algún lugar, te dejan ir?
-No puedo. -Dijo. –Goza de eso que alabas, can.
No quiero un reino si no tengo libertad.

lunes, 23 de mayo de 2016

La espada de Damoclés

No recuerdo si fue en tercero o en cuarto de bachiller cuando oí hablar de aquella espada por primera vez. Supongo que nos contó su historia nuestro profesor de latín, aquel casposo dómine, aquel “señor mayor” de cuyo nombre no puedo acordarme, y al que sus alumnos apodábamos inmisericordemente Skippy, como el canguro australiano de una serie de televisión de aquellos años. El viejo profesor, que hablaba pausadamente, emitía una y otra vez un peculiar chasquido gutural a modo de tic nervioso, como la canguro cuando llama a sus crías, mientras explicaba la lección con su parsimonia habitual. Después de las vacaciones de Navidad el profesor no volvió a clase. Nunca más. Se nos dijo que había fallecido de repente. El ilustre catedrático, dijeron, había sido víctima de un ataque al corazón. Alguien comentó, no obstante, que se había quitado la vida aquejado de una larga depresión que arrastraba, aunque este hecho siempre se nos ocultó oficialmente a sus alumnos. Teníamos entonces trece o catorce años.


La espada de Damoclés, Antoine Dubost (c. 1804)


Quizá fue Margarita, que vino al curso siguiente, cuando estábamos en cuarto, la que nos contó la historia de la espada. Nosotros, sus alumnos, llamábamos a esta profesora la de latín, con una expresión impersonal de carácter técnico que revelaba que había venido a ocupar la casilla que había quedado vacante, a modo de compartimento estanco, dentro del Instituto Nacional de Bachillerato. A aquella joven profesora, que vestía de un modo moderno e informal, no le gustaba que la llamásemos la de latín, como es natural. Su nombre, como no dejaba de repetirnos, era Margarita, y así quería que la llamáramos. En aquellos años, sin embargo, no era muy habitual que un alumno tuteara a un profesor, ni se dirigiera a él por su nombre propio. Se consideraba casi una falta de respeto. A nosotros tampoco nos salía espontáneamente el tuteo, aunque quisiéramos hablar con un profesor con toda naturalidad. Siempre ustedeábamos a los profesores, y si era necesario dirigirse a ellos decíamos ¡profesor! o ¡profesora!. En este último caso no era infrecuente que se nos escapara un ¡señorita!, más propio de la escuela que del instituto.


La espada de Damoclés, Felix Auvray (1831)

La llegada de Margarita al centro supuso una ráfaga de aire fresco. Para nosotros, sus alumnos, fue un alivio aquel cambio. Pronto descubrimos que habíamos salido ganando mucho más de lo que en principio imaginábamos. Aquella profesora de una materia en principio tan árida y abstrusa como era el latín, cuya gramática era de estudio obligatorio en tercero y en cuarto de bachillerato elemental, se reveló enseguida como una excelente transmisora de leyendas mitológicas. No se limitaba a contarnos el mito (lo que ya era de por sí bastante de agradecer), sino que, además, profundizaba en él, desentrañándonoslo, suscitando en nosotros la reflexión, y haciendo que nos interesáramos por lo que quería decirnos...


La fuerza de los mitos no siempre es inmediata, aunque sí la fascinación que ejercen. A veces es preciso que pasen algunos años para que comprendamos su mensaje. Hay que dejarlos asentarse, como los posos del café. Cuando uno oye por vez primera un mito, se da cuenta de que siempre ha estado ahí, esperando que lo oyéramos y escuchásemos, durmiendo como la princesa del cuento, o como el arpa del salón que aguarda esa mano de nieve que sabe arrancarle sus notas musicales. Los mitos dejan en nosotros su huella, su impronta es como nuestra herencia genética, y, el día menos pensado, vuelven a nuestra memoria y a nuestro corazón -los re-cord-amos, literamente, de cor cordis "corazón"-, y nos recuerdan y ayudan a entender un poco mejor lo que nos pasa.


La espada de Damoclés, Cornelis Troost (1696-1750)

Lo cierto es que el resplandor de la espada de Damoclés me deslumbró la primera vez que oí hablar de ella y me ha acompañado a lo largo de muchos años y servido como una metáfora imprescindible a la hora de entender algunas cosas. Ha sido una imagen y una idea muy poderosa. Representa ese miedo que tenemos a que nos sobrevenga algo, ese pánico que nos impide disfrutar mínimamente de la vida.

Era Cicerón quien contaba la historia de Democlés/Damoclés, manteniendo la acentuación aguda griega, o Damocles según la latina más usual entre nosotros. Su nombre propio es un nombre parlante que significa orgullo o gloria del pueblo. Dioniso, el opulento tirano de Siracusa, que reinaba en la ciudad siciliana como un déspota, invitó una vez a su súbdito Damoclés, que era uno de sus aduladores, a ocupar su puesto y a comprobar lo que se sentía poniéndose en su pellejo, en medio de un lujo insultante: rodeado de diligentes sirvientes, vajillas de oro y plata, suculentos manjares... Damoclés aceptó encantado la propuesta de Dioniso. Aquello era precisamente lo que más deseaba en el mundo. El tirano complaciente le permitió a su súbdito ocupar su trono y su lugar, un lecho labrado en oro, entre mullidos cojines y tapices que representaban deliciosas escenas naturales y artificiales, auténticas obras de arte, para que experimentara personalmente lo que tanto envidiaba. Ordenó a sus sirvientes, bellísimas doncellas y efebos no menos bellos, que atendieran al mínimo gesto que hiciera su huésped, sirviéndole con prontitud y diligencia todo lo que se le antojara.


La espada de Damoclés, Richard Westall (1812)

No faltaban ungüentos ni el aroma de las guirnaldas de flores frescas. Se quemaban perfumes e inciensos. Siempre había música y baile. No faltaban exquisitos manjares en la mesa al alcance de la mano. Damoclés se creía el hombre más afortunado del mundo. Había conseguido, siquiera por un momento, hacer realidad su sueño más querido: vivir como un rey.

Pero el tirano ordenó, asimismo, que se colgara del techo una espada, sujetada por la fina crin de un caballo, sobre la cabeza justamente de Damoclés, de modo que amenazara caerse en cualquier momento y clavarse en la cerviz de aquel hombre aparentemente tan dichoso... Damoclés ocupó el regio trono y extendió la mano hacia aquellas viandas en medio de un suntuoso festín donde no faltaban ni la música ni el baile. No pudo, sin embargo, disfrutar de ellas sin que un sudor frío comenzara a recorrer su frente nada más ver lo que colgaba del techo... No podía apartar la vista de aquella brillante espada desenvainada y pendiente. Ya no miraba a los espléndidos efebos que nada tenían que envidiar al mismísimo Ganimedes. Tampoco las lindas jovencitas de voluptuosos cuerpos y lascivos movimientos atraían su atención. Ya no clavaba su mirada en aquellas delicias que colmaban la suculenta mesa.

La amenaza de la muerte que se cernía sobre su vida envenenaba todas las posibilidades de goce. Hasta la guirnalda de flores se le caía sola de la cabeza... Damoclés aborreció aquello que tanto había adulado: el poder y el dinero. Había descubierto, como el rey Midas, que el oro no proporcionaba la felicidad. Se dio cuenta inmdediatamente de que para ser feliz debía dejar aquel trono sobre el que pesaba aquella simbólica espada real,  y,  para no ser pobre abandonar aquellas riquezas.


La espada de Damoclés, Giuseppe Piattoli (1789-1807)

¿Qué simboliza esa espada? No es otra cosa más que la amenaza siempre futura de nuestra propia muerte... Sin embargo, mi propia muerte, siempre futura y siempre por venir, no existe más que en mi temor o en mi deseo, es decir, en el futuro imperfecto e interminable, lo que significa que no existe aquí y ahora. No es un hecho. Ni siquiera un hecho futuro. No hay, por definición y en rigor, hechos futuros. Mi muerte no existe en el presente. Existe la otra: la muerte de los demás, la muerte ajena. Esa sí que puede causarnos dolor, por la pérdida de los seres queridos que conlleva. Aunque la vida, la gran maestra, nos enseñe, con el tiempo que los seres queridos no pueden morir del todo así como así tampoco.

La muerte y yo somos incompatibles por definición.Ya nos lo advirtió el divino Epicuro. Si yo vivo, ella no vive; si ella vive, yo estoy muerto y, por lo tanto, no puedo vivirla ni saberla. Somos incompatibles. Yo, incapaz de comprenderla ahora mismo, porque es imposible e inconcebible, la proyecto en el futuro: imagino que, en cualquier momento,  puede sobrevenirme y caerme muerto yo aquí y ahora mismo por ejemplo.


Lo que aquel déspota nos quiso dar a entender a su súbdito Damoclés, y a través de él, a todos nosotros es que no hay nada dichoso, esto es, nada que sea fuente de gozo sincero y de placer satisfactorio en la vida, para aquel que alberga algún terror. No sólo para el poderoso y los que mandan, que son los más mandados. Para cualquiera de nosotros. Quizá también quiso hacernos ver que para ser feliz había que desembarazarse del deseo de querer serlo: el deseo de felicidad es un impedimento para gozar de ella.

Quid rides? Mutato nomine de te fabula narratur. (¿De qué te ríes? Cambiado el nombre, la historia se refiere a ti). Yo soy Damoclés. Damoclés soy yo. Esa es la gran enseñanza de este mito y de cualquiera, la moraleja de la fábula. No me identifico con él en cuanto adulador del poderoso, tampoco por la codicia de bienes materiales y riquezas, posición social o parcela de poder. Me identifico con él en lo fundamental: en ese miedo cerval y constitutivo que experimenta cuando descubre sobre su cabeza la amenaza pendiente (es decir futura, que va a ser) de su propia muerte, aquella que, por definición, él nunca verá. Y sin embargo pende de un hilo, como reza la expresión de estar pendiente de un hilo. El hilo es tan sutil que en cualquier momento puede romperse. Si se quiebra, la espada caerá con toda su contundencia provocando una muerte inmediata, fulminante.

La espada de Damoclés, Wenceslas Hollar (1607-1677)

La lectura de Lucrecio nos adentra en el pensamiento de que ese miedo a la muerte (o a la vida, que dirían otros: lo mismo da) es lo que ha empujado a muchos seres humanos al suicidio. La espada de Damoclés simboliza ese miedo indefinido que nos inculcan de pequeños cuando nos dicen "vas a morir" y nosotros lo asumimos formulándonos, sin querer, el famoso silogismo "Todos los hombres son mortales, yo soy un hombre; luego soy mortal".

Ahora comprendo mejor a aquel viejo profesor de latín y suicida posromántico que me enseñó a declinar el nombre latino de la rosa. Yo nunca supe para qué servía aprenderse aquella farragosa retahíla de memoria. Y me decía, y me digo, que no sirve para nada. Como las cosas más valiosas. Las cosas que no sirven para nada son las que más valen. La rosa siempre acaba ajándose. Si algo queda de ella, al fin y a la postre, no es la fragancia de su aroma, ni el color y frescura de sus pétalos, sino su nombre: sólo la palabra. ¿Para qué sirven las palabras? Para nada. Por eso son valiosas, porque gracias a ellas podemos preguntarnos una y otra vez por las cosas y podemos recordarlas trayéndolas a nuestra memoria y corazón.

sábado, 21 de mayo de 2016

El sueño de Endimión



La diosa Hera, identificada enseguida con la Juno de los romanos a la que se le consagró el mes de junio,  invoca en un pasaje de  Homero a Hipno, el dios del sueño, para rogarle que adormezca a Zeus después de unirse con ella, y no vaya en busca de otras correrías:  hýpne ánax pántoon te theôon pántoon t' anthróopoon, es decir: sueño, señor de todos los dioses y todos los hombres... Repasemos un poco las viejas palabras griegas del verso de Homero para comprobar cómo siguen vivas todavía entre nosotros.  

1.- Hypne: El verso comienza con un vocativo, una apelación a Hipno, que es la personificación del sueño que nos adormece, que nos hipnotiza, literalamente, mediante la hipnosis de su hipnotismo. Hipno era hijo de la Noche y del tenebroso Érebo, una divinidad infernal, y hermano de Tánato, o sea, de Muerte. Nuestra palabra "sueño" alude a dos cosas bien distintas: a la acción de soñar y a la de dormir.  El griego distingue con dos palabras diferentes ambas realidades: hypnos y óneiros

Entre los hijos de Hipno hay que destacar a Morfeo, divinidad que aparecía en los sueños de los hombres encarnando alguna de sus múltiples formas engañosas con una adormidera en la mano, como si fuera una personificación de la morfina.  Morfeo es la personificación de ese otro sueño, de óneiros. Cuando caemos en brazos de Morfeo, entramos precisamente en el mundo onírico, donde la morfología de nuestras visiones y pesadillas  incluye seres antropomorfos, zoomorfos o híbridos y amorfos  que pueblan nuestros más variados sueños.

2.- Ánax: No encuentro en castellano ninguna palabra relacionada con este viejo término micénico que significa "señor, soberano, jefe, rey", que deriva de wanakt- y que aparece en las tablillas de Micenas como wa-na-ka. Homero en la Ilíada califica a Agamenón de "ánax andróon" (caudillo de guerreros, comandante en jefe de, en su caso, las tropas aliadas griegas que desembarcaron en Troya) y también a Príamo, el rey troyano. Ambos eran reyes de reyes. En griego algunos nombres propios comenzaban así, por ejemplo los de los filósofos Anaxágoras, Anaximandro, Anaxímenes, y el nombre del hijo de Héctor y Andrómaca, que lo lleva como sufijo Astianacte, el desgraciado Astianacte que nunca llegaría a serseñor de la ciudad”.

3.- Pántoon: Es el genitivo plural masculino de pas pasa pan (género masculino, femenino y neutro de la palabra "todo"), del que tenemos en castellano un panorama bastante amplio y sobrado de helenismos derivados tanto de la forma abreviada pan- (panamericano, paneuropeo,  pangermánico y pan- la nacionalidad que se nos ocurra, tal es la vitalidad del prefijo panhelénico,  y, unido al nombre de la palabra siguiente, que es el nombre de la divinidad,  panteísmo y panteón, sin olvidar otras palabras como panoplia, pancracio,  pantera...) como de la forma panto-  (pantomima, pantocrátor).

4.- Theôon: Es el genitivo plural masculino de theós, que significa "dios" escrito con inicial minúscula, y no Dios con inicial mayúscula porque, en griego, esta palabra no es un nombre propio, sino un nombre común, y en su religión no hay un solo dios, sino muchos y varios dioses y aun diosas. La religión griega era politeísta, mientras que las religiones dominantes en la actualidad son monoteístas: el cristianismo con sus diversas sectas, el islamismo y el judaísmo. Excluiríamos quizá el budismo, que alguna vez ha sido calificada como una religión atea.

5.- Anthróopoon: Es el genitivo plural masculino de ánthropos, que significa "persona, ser humano". Es la palabra que más aparece en la literatura griega clásica conservada, lo que da idea del antropocentrismo, es decir de la consideración de que el hombre es el centro del universo, lo que da una idea de la filantropía,   y no del  teocentrismo, que considera a Dios o la religión el ombligo de todo,  de esta cultura, lo que conlleva de rechazo la misantropía.


Endimión, Diana y Cupido, de Langlois


A propósito del sueño, recordemos la vieja historia de Endimión y el rayo de Luna, a la que está consagrado el primer día de la semana laboral en todo el mundo, ese nefasto invento judeocristianouna: lundi, lunedì, Montag, monday, lunes

Cuentan que una noche la Luna, la misma diosa noctívaga que inspirará a los poetas románticos y que los griegos llamaron Selene, la reina de la nocturna bóveda celeste que nunca permanece idéntica a sí misma sino que experimenta cambios que la hacen crecer y menguar, la que desaparece durante tres noches del cielo para renacer al cuarto día, contempló a un joven y hermoso pastor que dormía descuidado y desnudo en un agreste paraje cercano a Mileto, en el Asia Menor, y se enamoró apasionadamente de él.

La casta divinidad que era la Luna, encarnación de Ártemis pudorosa o Diana virginal y cazadora, hermana de Apolo solar y luminoso, había hecho voto de eterna castidad, y se veía así perturbada ante la belleza masculina de un simple mortal, un joven efebo llamado Endimión.

Todas las noches que podía buscaba con sus rayos de plata al joven y lo iluminaba para que su belleza resplandeciera aún más con su luz argentina.

                                              
 Visión de Endimión, Edmund Poynter (1901)

Selene está íntimamente relacionada con la noche. Nox erat et caelo fulgebat Luna sereno, que cantó Horacio: "Era de noche y la luna brillaba en el cielo sereno". Sus rayos de luz lívida y cárdena desvelan, velándolas con un halo de misterio, las cosas del mundo. La casta diosa había concebido una pasión irracional que sólo logró algo de sosiego cuando una noche, rompiendo sus votos de castidad, se unió carnalmente con el codiciado mancebo en la intimidad de una gruta del monte Latmo, entregándole su doncellez.

El padre Zeus, a petición de Selene, le concedió a Endimión, paradigma de todos los poetas enamorados de la luna fantástica y soñada que vendrán después de él, la realización de un deseo, y él eligió, no podía elegir otro deseo más puro, la muerte: el don de dormirse en un sueño eterno, el sueño de la muerte, es decir, el don de la inmortalidad.

No en vano el hermano gemelo de Hypno, el sueño, se llama Thánato, la Muerte, que es masculina en griego como en alemán. En latín Mors es femenina, y por lo tanto en nuestras lenguas romances también,  pero tenía un sinónimo de género neutro, Letum de donde deriva nuestro adjetivo "letal", que significa "mortal". 

En alemán la Luna, en su lengua Der Mond tiene género gramatical masculino que se contrapone a Die Sonne, el Sol, que lo tiene femenino; no sería para los alemanes la Luna la encarnación de Diana, sino de su hermano Apolo, invirtiendo las tornas que en romance hacen masculino al astro rey y femenina a la reina de la noche. Sirva este lugar para denunciar, una vez más, la arbitrariedad de los géneros gramaticales. En aquellas lenguas que los tienen, como la nuestra -otras como el inglés carecen de ellos- sirven para clasificar el vocabulario, y el que una palabra sea de género femenino no se explica por su supuesta "feminidad", sino que, al contrario, muchas veces la "feminidad" se explica por alguna presunta característica de las palabras que tienen género gramatical femenino. Así se puede llegar a decir que la luna es "femenina" de por sí porque es pasiva, no tienen luz propia, sino que recibe la del sol, que sería "masculino" porque es activo, y la nota "actividad" pasaría a ser una característica de la virilidad... Pero ya vemos que lo que sucede en una lengua no sucede en las demás, y sería muy majadero y cerril considerar que lo que sucede en la nuestra es válido y lo demás no, sin percatarnos de lo relativo que es todo. 

Volviendo al joven amante de la luna, el lunático Endimión permanecería eternamente dormido de modo que la lozanía de su juventud no sufriese alteración, por siempre y para siempre joven. Cuentan que desde entonces, la Luna vela su sueño eterno todas las noches en lo alto del universo.


Sueño de Endimión, de Girodel


lunes, 16 de mayo de 2016

¡El caos y la anarquía!

En el principio de todo, canta Hesíodo en su Teogonía, fue el Caos. La palabra griega cháos significa abertura, sima, abismo. Un enorme agujero negro. Era el espacio inmenso, propiamente infinito y tenebroso que existía antes del origen de las cosas, equiparado enseguida por su oscuridad con el Tártaro y el inframundo. Una falsa etimología relacionaba este término con el verbo chéo, que significa derramar, de donde viene la noción moderna de masa confusa de elementos extendidos por el espacio, líquido vertido, totum revolutum o caos.  Pero el significado primero de la palabra es el de agujero, un enorme bostezo como el de una larga tarde de domingo. Y de ese caos originario surgió el mundo.

El caos, sin embargo, no está fuera del mundo, es consustancial a él: nada más caótico que este supuesto y pretendido cosmos, este mundo presuntamente ordenado. Ya nos advirtió Heráclito en su crítica a Hesíodo que "día" y "noche" son una sola y la misma cosa. Lo mismo puede decirse de caos/cosmos: su diferencia es su identidad en cuanto que no hay identidad sin oposición de un término al otro, y no hay diferencia sin identidad de ambos términos en aquello que les es común.

También dijo el efesio: "Tal como revoltijo  de cosas echadas al azar es el más hermoso revoltijo, así el mundo". (Heráclito, fragmento 124 D-K). O también, según otra interpretación: "El más hermoso de los mundos es como un montón de basura esparcida al azar". ¿No es este mundo precisamente con su obsesión por el orden el único y mayor de todos los caos habidos y por haber?


Pintada en una pared de Atenas
 
El término anarchía, por su parte, nace también en Grecia,  incorporando la negación (an- ante vocal y a- ante consonante; comparable al latín in- y al germánico un- por el origen común indoeuropeo de las tres lenguas)  dentro de la palabra "arché", que, además de comienzo y principio,  significa gobierno. Quiere decir, por lo tanto "no gobierno".

La primera mención en la literatura se encuentra en los Siete contra Tebas de Esquilo, que pone en boca de Antígona esta declaración (versos 1026-1030), donde la heroína expresa un acto de desobediencia y de rebeldía individual contra la decisión del tirano Creonte que ha prohibido que se dé sepultura a los restos de su hermano muerto, asumiendo el riesgo que conlleva la infracción.


Antígona (detalle), F. Leighton (1839-1896)

Y yo les digo a los que mandan a este pueblo:
si nadie más quisiera ayudarme a enterrarlo,
lo haré yo misma y el peligro afrontaré
de darle tierra a mi hermano, y no me da vergüenza
mostrar rebelde mi anarquía a la ciudad.

En la tragedia Antígona de Sófocles, sobre el mismo tema, encontramos otra mención (verso 672). La sentencia lapidaria está puesta en boca de Creonte: No existe, en cambio, mal mayor que la anarquía. ¿Qué iba a decir un tirano que fuera más congruente con su condición dictatorial?


viernes, 13 de mayo de 2016

Ifis y Yante, amores femeninos



Una de las transformaciones menos conocidas de las Metamorfosis de Ovidio es la de Ifis (IX, vv.666-797), que de mujer se convierte en varón.

Ligdo, un cretense que vive en la miseria más absoluta, espera un hijo de su esposa Teletusa. Desea que sea niño. En el caso de que nazca una niña, está dispuesto a deshacerse de ella por la carga económica insoportable que supondría aportar la dote de la hija a su futuro marido a la hora del matrimonio.

Una de las mujeres de una comedia de Plauto (Báquides, verso 41) exclama: miserius nihil est quam mulier: más miserable nada hay que una mujer:   En una sociedad patriarcal es una desgracia nacer mujer.  

Recordemos los relatos míticos de Pandora, y el de Eva del Génesis bíblico. La mujer es la responsable de la expulsión del paraíso en la tradición judeocristiana, y la causante de todos los males del mundo cuando no un mal ella misma según Hesíodo en la cultura clásica.

Pensemos en la legendaria Hélena de Troya, esposa del rey Menelao, como causante de la guerra. A propósito de ella comenta Horacio en sus Sátiras (I, 3, verso 3 y siguiente): nam fuit ante Helenam cunnus taeterrima belli / causa: que antes de Hélena el coño ha sido de guerra muy fiero / germen. Horacio se refiere con la mención del sexo femenino como figura retórica de sinécdoque de la parte por el todo a la mujer en general, aunque también puede entenderse en un sentido restringido y propio: la posesión del sexo de la mujer como si de una propiedad privada se tratara es causa de pelea entre los hombres, al menos de la primera guerra mundial del mundo antiguo, de la guerra por excelencia y por antonomasia, la de Troya.

 
Teletusa tiene un sueño durante su embarazo en el que se le aparece la diosa egipcia Isis en forma de Vaca Sagrada, identificada con Ío, y le ordena que críe a la niña que le anuncia que va a tener, desobedeciendo a su esposo. Nace, al cabo del tiempo, una niña y la madre se lo oculta a Ligdo, envolviendo al bebé en pañales y poniéndole un nombre, Ifis,  que cuadra a ambos sexos.

Ifis será educada como un niño. A los trece años se le impone por imperativo paterno el matrimonio con su compañera de juegos y estudios, la rubia Yante. El matrimonio en la antigüedad no era una elección libre de los novios sino una imposición familiar.  

Surge enseguida, si no lo había hecho antes, el amor entre Ifis y Yante. El amor es un sentimiento en cierto modo ajeno al sexo biológico, no brota porque nuestra protagonista haya sido educada como varón, sino porque Eros/Cupido ha herido los corazones de las dos muchachas,  nunca antes atravesados por las flechas del dios ciego y caprichoso.

El interés de esta historia radica en que es uno de los pocos testimonios literarios,  que la antigüedad nos ha dejado sobre el amor entre mujeres, si exceptuamos las decoraciones de algún vaso griego y los espléndidos versos de Safo de Lesbos, que canta la lira apasionada de esta mujer, lo que ha dado lugar a la creación del término “lesbianismo” en recuerdo de la poetisa.

 Ifis y Yante, Auguste Rodin (1890-1912)

No se puede hablar, no obstante, sin riesgo de anacronismo,  de homosexualidad masculina ni femenina en el mundo clásico porque este término es de creación moderna bastante reciente. Las palabras “homosexual” y “heterosexual” eran desconocidas antes de Krafft-Ebing y Havellock Ellis en 1897, y los conceptos que expresan son ajenos al mundo clásico. Si hablamos de ello, proyectamos unas categorías ideológicas que configuran nuestra mentalidad actual sobre un mundo que ya no es el nuestro, aunque su cultura, la cultura clásica, filtrada por la tradición judeocristiana, siga siendo la nuestra todavía. Lo cierto es que en la tradición bíblica la homosexualidad masculina se condena sin paliativos (Jehová destruye Sodoma y Gomorra porque sus habitantes quisieron violar a los ángeles del Señor, y rechazaron a las hijas de Lot que les ofreció a cambio) y la homosexualidad femenina se ignora completamente.

El conflicto se plantea porque la sociedad no reconoce estos amores femeninos como naturales, y los equipara a los de Pasífae y el toro. El poeta recrimina a la protagonista y le aconseja que abandone su locura de amor, que busque lo que es lícito y que ame lo que debe amar como mujer (ama quod femina debes), es decir que se someta a un varón que sea su dueño y señor. Ese es su deber, lo que está mandado, pero contra eso se rebela precisamente el corazón de Ifis, contra la sumisión y el papel reproductor que le impone la sociedad y contra la ley, que pretende fundarse en la naturaleza,  de que no hay hembras que amen a otras hembras. Ovidio está proyectando los sentimientos humanos sobre los animales, convirtiéndolos en lo que no son: un espejo de la sociedad humana que, por su parte,  pretende estar basada en la naturaleza.

Ifis llega a sentirse a sí misma como un monstruo por amar a Yante. Le parece que lo que ella siente, contra toda evidencia, no es natural. Pero ¿hay algo natural en la humanidad?, ¿qué es natural en el ser humano? Ifis rechaza sus sentimientos, que considera aberraciones, y los analiza tratando de comprenderse a sí misma, convirtiéndolos en lo que no son: ideas de sí mismos. Interioriza así y asume los  reproches que la sociedad le hace a ella a través del poeta.

Se acerca la fecha de la boda. Teletusa trata de aplazarla sin éxito. Finalmente le pide ayuda a la diosa Isis, que le dará a la historia un “happy end”, concediéndole la gracia del cambio de sexo a Ifis. Sólo un milagro podía obrar ese prodigio. Pero en realidad ni lo que la divinidad egipcia en el relato de Ovidio ni lo que la ciencia moderna pueden lograr con una operación quirúrgica es una solución efectiva del problema. ¿Por qué Ifis tiene que renunciar al sexo con el que ha nacido si ama y desea a otra mujer?

 La diosa Isis cambia el sexo de Ifis, grabado de J. W. Bauer

La transexualidad es ciertamente la forma más extrema de los problemas de identidad sexual, dado que alguien con un fenotipo y genotipo sexual determinados cree que pertenece psicológicamente al otro sexo, y desea cambiarse porque no se siente a gusto dentro del suyo. Se trata, por lo tanto, de una identificación absoluta con el estereotipo sexual cultural e ideológico del sexo opuesto, lo que conlleva el rechazo del sexo con el que se ha nacido.

La palabra estereotipo procede del griego stereós, que significa “sólido” y týpos ”molde”, por lo que es una idea poderosa aceptada comúnmente por la mayoría de la sociedad, lo que no quiere decir que sea verdadera. De hecho todas las ideas, pese a su realidad, son falsas.

El rechazo de un estereotipo adopta en su rebeldía la adopción de otro contrario. Las personas transexuales llegan a sentirse, según suelen afirmar, ellos mujeres dentro de un cuerpo de varón, y ellas varones dentro de un cuerpo de mujer. No comprenden en realidad lo absurdo y lo poco natural que es sentirse tanto “varones” como “mujeres” de cualquier forma. Me sublevo, por ejemplo, contra la imposición de la masculinidad que mi sexo parece que me exige adoptando la feminidad. La rebeldía contra un estereotipo refuerza al fin el otro. Finalmente, ambos chichés resultan fortalecidos. La rebeldía se ha convertido en sumisión.

Inculcados en la niñez por una educación sexista, los estereotipos sexuales suponen una distorsión de la realidad que la mayoría de la sociedad no se cuestiona, configurando una identidad sexual real pero falsa. ¿Qué es lo propio del varón y de la mujer? ¿El azul para los niños y el rosa para las niñas?

En el caso de las mujeres y en el mundo clásico, el estereotipo femenino abocaba mayoritariamente al matrimonio y la maternidad, a la asunción de los papeles de esposa y madre, aunque le quedaba el estatuto marginal de prostituta a la que no se acomoda al esquema; en el caso de los varones el estereotipo masculino era más heterogéneo y abierto, brindándoles más oportunidades de realización.

En todo caso, si nos rebelamos contra un estereotipo, no deberíamos hacerlo adoptando otro, sino luchando contra uno y otro conjuntamente, contra ambos –y de rechazo contra todos los estereotipos habidos y por haber y contra el fetiche de la identidad– porque al fin y al cabo ni la condición masculina ni la femenina son lo naturales que parecen.

 
Podéis ver aquí la recreación que hizo Martin Dace de la historia de Ifis y Yante de Ovidio, basándose en dibujos de cerámica griega. El texto está en la lengua del Imperio.

lunes, 9 de mayo de 2016

Tres claros de luna

Uno.- Empezamos con un apacible claro de luna de Ovidio. Los versos que vamos a leer, dos dísticos elegíacos de hexámetro y pentámetro dactílicos, forman parte de una carta que escribe Leandro a su amada Heró, donde le recuerda cómo atravesaba a nado el Helesponto todas las noches para ir a su amoroso encuentro en la torre donde ella habitaba, guiado por el faro de su antorcha.

Nada presagia todavía la tragedia que está a punto de desencadenarse y de poner fin a esta romántica historia de amor. Pronto se desatará, en efecto, una tormenta que mantendrá alejados a los amantes durante siete días. Leandro, impaciente por abrazar a su amada, no podrá contenerse más, y se echará a nadar en la noche. 

La antorcha de su amada que lo guiaba en aquella oscuridad  sin luna se apagará sin querer de repente,al amante le fallarán las fuerzas, y las olas arrojarán su cuerpo desnudo a la playa donde se alzaba la torre de su amada Heró, que no podrá, por su parte, tolerar el dolor de haber perdido a su amado y se arrojará por el acantilado al encuentro del amor imposible y de la muerte. Pero estamos aún en la calma que precede a la tormenta...

 Heró y Leandro, Etty William (1828)

Leamos los versos en los que destacan  la imagen de la luna reflejada en el agua del mar, y el silencio de la noche quebrado sólo por el chapoteo del agua batida por el cuerpo del nadador.

Unda repercussae radiabat imagine Lunae
et nitor in tacita         nocte diurnus erat.
Nullaque uox usquam, nullum ueniebat ad aures
praeter dimotae        corpore murmur aquae.
(Ovidio, Heroínas XVIII, 77-80)


       Heró y Leandro, Loius-Marie Baader (1866)

Unda radiabat imagine lunae repercussae: El agua del mar brillaba con la imagen de la luna reflejada; et in nocte tacita: y en la noche silenciosa; erat nitor diurnus: había un resplandor diurno; nullaque uox usquam, nullum murmur: y ninguna voz por ninguna parte, ningún murmullo; ueniebat ad aures: venía a los oídos; praeter (murmur) aquae; salvo el (murmullo) del agua:  dimotae corpore; removida por (mi) cuerpo.


Centelleaba el mar reflejando el claro de luna
y en muda noche fulgor     era de luz matinal.
Ni una voz ni murmullo venía allí a los oídos
salvo el del agua que yo    iba batiendo al nadar.

Dos.- Virgilio, por su parte, nos presenta otro claro apacible de luna en el mar en estos dos hexámetros dactílicos de su épica Eneida.  El héroe, después de celebrar los piadosos ritos fúnebres por su vieja nodriza Cayeta, cuando ve el oleaje en calma en alta mar, despliega las velas y abandona el puerto... Sopla una brisa ligera que favorece la navegación y brilla la luna en el agua.


Aspirant aurae in noctem, nec candida cursum
Luna negat; splendet tremulo sub lumine pontus.
(Virgilio, Eneida, VII, 8-9)



Aurae aspirant in noctem; las brisas  soplan en la noche; nec candida Luna negat cursum: y la blanca luna no rechaza (iluminar) la travesía; pontus splendet sub lumine tremulo: el mar resplandece bajo la luz temblorosa..
                       

Sopla la brisa en la noche, y no niega, blanca, la Luna
la travesía; relumbra el mar bajo luz que tremola.

Y tres.- Y acabamos con el Claro de Luna de la suite bergamesca para piano de Claude Debussy, una delicia para el oído:

 

sábado, 7 de mayo de 2016

Leyendo a Byung-Chul Han



Ha sido para mí más que una agradable sorpresa, todo un descubrimiento, el pensamiento de Byung-Chul Han, un coreano que escribe en alemán, una de las voces surgidas en Alemania recientemente más innovadoras y reflexivas sobre la sociedad y  condición humanas, una voz que me llega a través de la lectura de sus libros y artículos en los que ando sumergido últimamente.  

En el prólogo de  “La sociedad del cansancio” reflexiona Byung-Chul Han sobre el mito de Prometeo y el águila, y afirma que el águila que devora el hígado en constante crecimiento del titán no es un enemigo externo, sino “su alter ego, con el cual está en guerra”. Vista así, la relación del águila y Prometeo es una relación de autoexplotación: Prometeo es Prometeo y es también el águila que engulle su hígado, que, por su parte, se regenera para poder seguir siendo devorado día tras día: Prometeo es a la vez la víctima y el verdugo de sí mismo.

¿Hará falta traer a cuento aquí aquello de Horacio de Quid rides? Mutato nomine, fabula de te narratur; o sea: ¿De qué te ríes? Cambiado el nombre, la historia habla de ti mismo? No, no hace falta, creo yo. Donde se dice Prometeo y el águila pongamos nuestro nombre propio, y veamos enseguida cómo el sufrimiento que creíamos ajeno nos atañe más de lo que parecía a simple vista, nos resulta enseguida muy entrañable, en el verdadero sentido de la palabra, porque nace de nuestra propia entraña, porque esa historia es nuestra propia historia,  nuestra biografía.

 Prometeo, Theodoor-Rombouts (1597-1637)


Si en el siglo pasado la sociedad era disciplinaria y represiva, según la apreciación de Foucault, la actual del siglo XXI es permisiva. Hemos pasado de ser sujetos de obediencia a ser sujetos de rendimiento, en expresión de Byung-Chul Han, convirtiéndonos en emprendedores, lo que no quiere decir que seamos libres. Hace bien el autor en recordarnos la etimología de “sujeto”, del latín sub-iectus, es decir, “sometido, subyugado” a nosotros que vivimos bajo una ilusión de libertad. Byung-Chul Han hace hincapié en que el sistema democrático y neoliberal de dominación vigente, más sutil que los regímenes dictatoriales anteriores,  ”en lugar de emplear el poder opresor, utiliza un poder seductor, inteligente (smart), que consigue que los hombres se sometan por sí mismos al entramado de dominación”.

El paso de sujeto de obediencia (Foucault) a sujeto de rendimiento (Byung-Chul Han) no es una liberación, como podría parecer a primera vista, sino todo lo contrario: El sujeto de rendimiento sigue disciplinado, ha superado esa fase, pero en la superación se ha encontrado con una enfermedad: la depresión. El individuo ya no sigue un modelo autoritario y prohibitivo exterior a él, sino que él mismo se autoimpone la obligación de ser él mismo, entrando en lo que  Alain Ehrenberg llama “la fatigue d’ être soi-même”, el cansancio de ser uno mismo.

Según Byung-Chul Han lo que causa la depresión no es sólo esa fatiga de ser uno el que es, sino también la exigencia de rendimiento,  llegando a ser uno un “animal laborans” un ser que se explota a sí mismo, voluntariamente, sin coacción externa. Volvemos a Prometeo y el águila, nuestro alter ego

 Byung-Chul Han

El sujeto de rendimiento, que somos los hombres y mujeres asimiladas a los hombres del siglo XXI,  está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo. De esta manera, no está sometido aparentemente a nadie, o, mejor dicho,  está sometido a alguien, al dictador más difícil de desenmascarar: a sí mismo.

El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado sin ser consciente de su dualidad. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse. Vivimos en una fase histórica particular, en la que la propia libertad genera coerciones.

Para Karl Marx, el trabajo conducía a la alienación. Por eso decía que el trabajo era una autodesrealización. En nuestra época, el trabajo se presenta en forma de libertad y autorealización. Me (auto)exploto, pero creo que me realizo. Esta autoexplotación es más eficaz que la explotación ajena a la que se refería el marxismo, porque va acompañada de una ilusión –falsa como todas- de libertad. La lucha de clases sigue existiendo dentro de cada individuo.


El capitalismo convertido en neoliberalismo convierte a su vez al trabajador en emprendedor -empresario es término ya obsoleto- que se explota a sí mismo en su empresa, y se hace amo y esclavo de sí mismo. Nos sentimos libres mientras nos esclavizamos. Somos esclavos que se creen libres. Esta libertad imaginada impide la resistencia, la revolución.  Este proceso no requiere nuestra obediencia, sino el desarrollo de nuestros gustos personales y personalidad individual propia. Cada uno se somete al sistema de poder mientras se comunique y consuma, o incluso mientras pulse el botón de «me gusta» en Facebook o en Twitter. El poder inteligente no nos obliga a callarnos. Más bien todo lo contrario: nos anima a opinar continuamente en el smartphone y las redes sociales, a dar rienda suelta a nuestra libertad de expresar cualquier sandez que nos pase por la cabeza, a compartir, a participar, a comunicar nuestros deseos, nuestras necesidades, y a contar sin pudor alguno nuestra vida, esa farsa que todos llevamos a cabo (Arthur Rimbaud). Quizá no esté  mal, como conclusión, recordar aquí al viejo maestro cordobés, a Séneca: Nulla seruitus turpior est quam uoluntaria. Ninguna esclavitud es más vergonzosa que la voluntaria.