viernes, 30 de septiembre de 2016

Heraclés ante la duda

Cuando Heraclés estaba apunto de saltar de la niñez a la juventud, se encontró como nos encontramos todos alguna vez en la vida ante una encrucijada de dos caminos, se sentó, dudoso sobre cuál de ellos debería tomar. La anécdota la contaba el sabio Pródico, y nos la ha transmitido Jenofonte en sus Recuerdos de Sócrates. Se le aparecieron entonces al héroe griego que todavía no había dado muchas pruebas de su heroísmo dos mujeres muy distintas la una de la otra tanto en su forma física como en su atuendo, aspecto y personalidad.

“Veo que estás, Heraclés, -le dijo la primera- metido en la duda de por qué camino debes tirar en tu vida; pues mira: si me tomas a mí por amiga, te guiaré por el camino más placentero y el más fácil, y no te quedarás sin probar ninguno de los placeres.”

Heraclés le preguntó a aquella señora, epicúrea avant la lettre,  que cuál era su nombre y ella le contestó que  unos, sus amigos, la llamaban Felicidad, pero que sus enemigos le decían Maldad.

La otra mujer, estoica por su parte avant la lettre también, se acercó a él también y le dijo: “Si quieres que una tierra te dé frutos tendrás que trabajarla; si quieres enriquecerte con el ganado, tendrás que ocuparte del ganado; si quieres ser agasajado por tus amigos, tendrás que hacerles bien; lo mismo que si quieres tener un cuerpo robusto, tendrás que ejercitarlo y trabajarlo…”

A lo cual le replica la primera dama: “¿Te das cuenta, Heraclés, del camino tan áspero y triste que te propone esta triste? Si te vienes conmigo, yo te llevaré a la felicidad por el camino más placentero, como te he prometido.”  

Pero, la otra, por su parte, a la que le llamaban Virtud sus amigos y Desgracia sus enemigos le decía que no hiciera caso de la primera, que si quería alcanzar la verdadera felicidad, tendría que ser a través de su propio esfuerzo y de su trabajo, palabras claves para conseguir ese objetivo. Y ambas señoras, la epicúrea y hedonista y la estoica y sufrida, se enzarzaban en una discusión interminable intentando llevarse conmigo al dubitativo Heraclés, que se hallaba en la coyuntura de esa encrucijada.

Muchos pintores se han hecho eco de esta difícil decisión que tuvo que tomar Heraclés cuando estaba a punto de dejar de ser un niño.

Aquí tenemos el tratamiento moderno que hace el norteamericano  David Ligare de Hercules in bivio, que es como se dice en latín Heraclés en la encrucijada, y que en inglés se titula Hercules at the Crossroads (1993). Casi no se notan las sendas, pero el buen observador comprobará que hay dos y que una lleva a las ásperas rocas -el pedregoso camino de la virtud- y la otra conduce a un deleitoso valle que se pierde en el horizonte como un locus amoenissimus -la placentera senda del hedonismo. El héroe, caracterizado ya con su célebre maza, es joven aún y todavía no ha cumplido ninguna de sus doce célebres hazañas, por lo que aún no viste la piel de su primera víctima, el león de Nemea. 


Un tratamiento más clásico, con las dos mujeres que personifican el vicio y la virtud,  del tema de Heraclés o Hércules en la encrucijada lo presenta Annibale Carraci (circa 1597) en su "Ercole al bivio": a su derecha la dama recatadamente vestida le señala el camino difícil y pedregoso que le exigirá no pocos esfuerzos, y a su izquierda, la señora más sensual, que enseña el hombro y parte de su blanca espalda, así como sus piernas y sensuales muslos el camino fácil.


Hércules (o Heraclés, si queremos llamarlo por su nombre griego) salió de la duda eligiendo el camino áspero y pedregoso de la virtud. Nosotrros, más escépticos que él  porque damos cabida a la duda -nunca decimos "no cabe duda"-, lo tenemos un poco más difícil. Hagamos la elección que hagamos, nunca estaremos del todo seguros de haber acertado, porque no tenemos nunca la certidumbre absoluta de haber elegido el mejor camino por aquel socrático saber que no sabemos nada.

Aquí podéis ver los textos originales y su traducción así como más imágenes de pintores que han tratado el mismo tema.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

"Le debemos un gallo a Asclepio"

(In memoriam Elías García Pérez, profesor de filosofía).

Georges Dumézil publicó un “divertimento” sobre las últimas palabras de Sócrates, que son las primeras palabras griegas que, casualmente, aprendí yo cuando empecé a estudiar griego clásico en mi bachillerato: “Critón, debemos un gallo a Asclepio. Pagad la deuda y no os olvidéis”. No hay ninguna explicación satisfactoria del significado de esta frase.

La más habitual, pues se ha escrito mucho, es la de Lamartine, que la puso en verso como buen poeta que era:
¡A dioses que liberan, dijo, ofrenda debida!
¡Me han curado! -¿De qué? Diz Cebes. -¡De la vida!

Sócrates querría sugerir que la muerte es el remedio de la enfermedad que es la vida misma, cualquier vida humana, y como él ya está alcanzando ese beneficio pues se está muriendo después de haber tomado la ingesta de cicuta que empieza a hacerle efecto les pide a sus discípulos que se lo agradezcan a Asclepio consagrándole un gallo.

 
Dumézil no está de acuerdo con que la enfermedad de la que el dios de la salud Asclepio -Esculapio latino- ha curado a Sócrates sea la vida, otorgándole la muerte como remedio.

Dice Dumézil: “Asclepio no desempeña, en el mundo de los hombres, más que un único servicio. Sólo se ocupa de los enfermos; si pasan una noche acostados en su santuario, reciben allí, a través de un sueño, la receta que los curará”. 

Suele representarse a este dios con el báculo o la vara de Esculapio, un bastón por el que sube enroscada una serpiente, que, a diferencia del caduceo de Hermes, símbolo del comercio, no lleva alas.   

 
 Estatua de Asclepio o Esculapio, dios de la medicina.

¿De qué enfermedad, de qué receta de cura se trata en el caso de Sócrates? He aquí la verdadera cuestión.

Hay quienes piensan que esta “ultima sententia” del filósofo no tiene mucho sentido, porque se trata de la última frase de un hombre que está moribundo bajo los efectos de un veneno letal como es la cicuta.

Otros creen que Sócrates quiere agradecer a Asclepio una especie de “curación por adelantado” al ahorrarle los achaques propios de la vejez matándolo cuando contaba setenta años. Pero Asclepio sólo cura las enfermedades actuales, declaradas, no las presuntamente futuras y por lo tanto inexistentes: no es un dios profiláctico.

Leo en Eva Cantarella que la americana Eva C. Keuls en su libro The Reign of the Phallus, publicado en Nueva York en 1985, y traducido al italiano como Il regno della Fallocrazia, considera que el gallo era un regalo típico entre homosexuales y avanza la hipótesis de que Sócrates, sátiro hasta el final, en el momento en que los efectos de la cicuta alcanzan el bajo vientre, descubre las ingles para mostrar, una erección provocada por la acción del veneno, con lo que la frase concordaría bien con la ironía socrática, como si les dijera a sus discípulos “mirad lo que me pasa en el trance postrero de mi muerte: una milagrosa erección contra la disfunción eréctil: agradecédselo a Asclepio”. 
 


Dumézil, sin embargo, que no conocía la tesis desmitificadora de la americana, opina que la curación que merece el sacrificio de un gallo a Asclepio no es la de Sócrates, sino la de Critón. Sócrates, como si fuera su médico, le ha hecho desembarazarse de una opinión errada, y éste ha recobrado la salud mental. Y no es que Sócrates posea la verdad, que no la tiene, pero es consciente al menos de su ignorancia. 

Critón quería que Sócrates escapara de la cárcel. Le habían él y otros amigos preparado la fuga. Consideraba Critón que la muerte de Sócrates era un mal. Y para él desde luego que lo era, porque se vería privado de su maestro. Pero Sócrates le hace ver lo mismo que a los jueces en su discurso de defensa: que pensar que la muerte es lo peor que le puede pasar a uno es una idea equivocada, lo que no quiere decir tampoco lo contrario, que sea lo mejor. Pero en ese trance él prefiere obedecer a las leyes de la ciudad y que se cumpla la sentencia de muerte que sobre él ha caído, consciente de que qué es lo mejor par los hombres “sólo lo sabe el dios”, o diríamos hoy con flagrante anacronismo “sólo Dios -con mayúscula como nombre propio que es- lo sabe”, es decir, nadie.

Marsilio Ficino tradujo las últimas palabras de Sócrates al latín: “O Crito, Aesculapio gallum debemus, quem reddite neque neglegatis”.

Se cumplía así el terrible silogismo que nos condena a los seres humanos a muerte: “Todos los hombres son mortales; Sócrates es un hombre, luego Sócrates es mortal”. 


sábado, 24 de septiembre de 2016

La viuda desconsolada

Hay dos versiones latinas de la historia de la matrona o viuda de Éfeso y el soldado, como quiera llamarse: la  inserta en la novela El satiricón de Petronio como relato independiente que se narra durante el episodio de la cena de Trimalción, y la fábula número 15 del apéndice a Fedro.


Esta es la versión de Fedro en trímetros yámbicos. 

Perdió al marido que amó durante años una
y en un sarcófago su cuerpo sepultó;
al no poder apartarse de él en modo alguno
y pasar sollozando en el sepulcro su vivir,
ganó la ilustre fama de una casta virgen.
Unos que el templo profanaran ya de Zeus
pagaron su sacrilegio al dios crucificados.
Porque no pudiera sus cuerpos nadie desclavar,
ponen soldados que custodien los despojos
junto a la cripta donde se hallaba la mujer.
Uno de los guardiantes una vez sediento
pidió a una criada a media noche de beber,
que a la sazón entonces asistía a su ama
que iba a dormir: había estado en vela, pues,
y hasta muy tarde prolongado su vigilia.
Mira el soldado por la puerta a medio abrir,
y ve a mujer afligida y de un hermoso rostro.
Se enciende al punto cautivo allí su corazón
y poco a poco se inflama la pasión del sexo.
Su aguda inteligencia encuentra excusas mil
para poder volverla a ver con más frecuencia.
Llevada por la costumbre diaria, se hizo más
complaciente con el visitante poco a poco;
su ser ligó después con más estrecha unión
y mientras pasa allí el sagaz guardián sus noches,
se echó de menos el cadáver de una cruz.
Cuitado el hombre expone a la mujer el caso.
Mas ”No hay que temer” le dice, santa, la mujer
y le da del marido el cuerpo, que lo crucifique,
porque él no sufra por negligencia la sanción.
La desvergüenza así ocupó el lugar de la honra.

 La viñeta la realizó el dibujante Mingote para el libro de F. R. Adrados  "El cuento erótico griego, latino e indio",  de donde está tomada.   

Y esta es la versión de la historia del Satiricón de Petronio (capítulos 111 y 112):

En Éfeso había una matrona de una castidad tan famosa que atraía incluso a las mujeres de las comarcas vecinas a su contemplación. Pues bien cuando hubo enterrado a su marido, no contenta con la costumbre habitual de seguir el cortejo fúnebre con los cabellos despeinados o golpear su pecho desnudo a la vista de la concurrencia, siguió a su difunto esposo y comenzó a velar y llorar noches y días enteros su cuerpo una vez depositado en la cripta según la usanza griega. A ella, que así se afligía y que perseguía morir de hambre, no pudieron apartarla de allí ni sus padres, ni sus parientes. Se fueron las autoridades rechazadas en último extremo. Y la mujer de sin igual ejemplo, compadecida por todos, cumplía ya su quinto día sin probar bocado.

Acompañaba a la enferma una sirvienta muy fiel, y acomodaba al mismo tiempo sus lágrimas a las de la desconsolada y renovaba la llama de la lamparilla que había en el sepulcro cada vez que se extinguía. Así pues, en toda la ciudad había un único tema de conversación; hombres de todas las condiciones confesaban que sólo había brillado aquel ejemplo verdadero de castidad y amor, cuando entre tanto el gobernador de la provincia ordenó crucificar a varios ladrones cerca de aquella caseta donde la matrona lloraba el reciente cadáver. Conque a la noche siguiente, cuando el soldado que vigilaba las cruces para que nadie robase un cuerpo a fin de darle sepultura, notó la luz que brillaba muy clara entre los monumentos y oyó el lamento de alguien que lloraba, quiso saber según un defecto del género humano quién estaba allí y qué hacía.

Así que bajó a la cripta y, al haber visto a aquella bellísima mujer, se quedó clavado, turbado primero como ante un fantasma o apariciones infernales. Luego, cuando vio el cuerpo del yacente y las lágrimas y el rostro rasguñado, dándose cuenta naturalmente de lo que era, que aquella mujer no podía soportar la añoranza del difunto, llevó al monumento su magra cena y comenzó a animar a la afligida mujer a que no perseverase en un dolor inútil y que librase su pecho de un lamento que no iba a servir para nada: que ese mismo era el fin de todos naturalmente y la misma morada, y todo aquello con lo que las mentes heridas son devueltas a la salud.

Pero ella, exacerbada por el consuelo de un desconocido, golpeó su pecho con más intensidad, y arrojó mechones de su pelo sobre el cuerpo del yacente. No cejó sin embargo el soldado, sino que con la misma exhortación trató de dar a la pobre mujer su comida, hasta que la sirvienta, tentada por el olorcillo del vino, alargó en primer lugar ella misma la mano vencida a la generosidad del que las invitaba, luego reconfortada con la bebida y el alimento, comenzó a atacar la resistencia de su ama:

-¿De qué te servirá -le dijo- todo esto si te matas de hambre, si te entierras viva, si antes de que la pidan las parcas entregas tu alma inocente?
¿Crees que el polvo o los manes sepultos se dan cuenta de eso? (1)
¿Quieres tú revivir? ¿Quieres, dejando tu error de mujer, gozar, mientras te sea posible, de las bondades de la luz? El propio cadáver del muerto debe incitarte a vivir. ¿Por qué no escuchas los consejos de un amigo que te invita a comer algo y no dejarte morir?.

Nadie oye a disgusto cuando lo fuerzan a tomar alimento o beber. Así que la mujer, agotada por la abstinencia de varios días, toleró que se quebrantase su resistencia, y se atiborró de comida no menos vorazmente que su criada, que se había rendido antes.

Pero sabéis qué suele tentar muchas veces a la satisfacción humana. Con los mismos halagos con que había conseguido el soldado que la matrona quisiera vivir, atacó también su castidad. Y no le parecía ni feo ni falto de elocuencia el joven a la casta mujer, predisponiéndola a su favor la criada y diciéndole a menudo:

¿Vas a negarte también al amor placentero? (2)

¿Por qué alargarme más? Tampoco la mujer dejó ayuna esa parte de su cuerpo, y el soldado victorioso la convenció a las dos cosas. Se acostaron, pues, juntos no sólo aquella noche, en que celebraron su boda, sino también el día siguiente y al tercero, cerradas por supuesto las puertas de la cripta de modo que cualquiera de los conocidos y desconocidos que acudiese al monumento, pensase que la fidelísima esposa había expirado sobre el cuerpo del marido.

Por lo demás, el soldado, fascinado por la hermosura de la mujer y por el secreto, compraba de todo lo mejor que podía por sus posibles,  y recién caía la noche lo llevaba al monumento. Y de este modo, los parientes de uno de los crucificados, cuando notaron la falta de vigilancia, descolgaron por la noche su cadáver y le rindieron el último servicio. Pero el soldado encargado, mientras estaba ausente, cuando al día siguiente vio una cruz sin cadáver, temeroso del castigo, le cuenta a la mujer lo que había sucedido; no iba a esperar, le dijo, la condena del juez, sino que con su espada dictaría sentencia a su negligencia. Que ella le guardara ya un lugar a él, que iba a morir, y que hiciera una misma tumba para el amigo y para el marido.

La mujer no menos compasiva que virtuosa le dijo: ¡Que los dioses no permitan que yo contemple a la vez los dos funerales de los dos hombres para mí más queridos. Prefiero colgar al muerto que matar al vivo.

De acuerdo con este parlamento hace sacar del ataúd el cuerpo de su marido y clavarlo en aquella cruz que estaba vacía. Se aprovechó el soldado del ingenioso recurso de la prudentísima mujer y al día siguiente la gente se maravilló de cómo el muerto había subido hasta la cruz.

  1. Cita de la Eneida de Virgilio, IV, 34. El verso no está bien citado. Sería: ¿Crees que el polvo o los manes sepultos se cuidan de eso?
  2. Cita de la Eneida, IV, 38.


Si comparamos  esta historia con la versión cinematográfica que realizó Federico Fellini de la obra de Petronio, llama la atención cómo el marido de la viuda no es crucificado en la película como en la versión original de la novela de Petronio y en la fábula de Fedro, sino ahorcado. 

Grabado donde la horca (al fondo) sustituye a la cruz

 ¿Por qué Fellini sustituyó la cruz por la horca? No fue una innovación suya. Ya en la versión francesa de La Fontaine y en la tradición iconógráfica aparece dicha sustitución. Se me ocurre que el cambio de la cruz por la horca se debe a no incurrir en blasfemia religiosa, habida cuenta del significado que adquirió la cruz para el cristianismo. La escena, en versión original italiano, puede entenderse sin mucho problema. A fin de cuentas, italiano y castellano son dos variaciones musicales del latín clásico: latín evolucionado, o degenerado en el buen sentido de la palabra.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Epitafio

He aquí un epigrama de la Antología Griega (VII, 282) atribuido a un tal Teodoridas, poeta epigramático. 

El epigrama es un texto breve generalmente en verso que se inscribe (el término latino “in-scriptio” es calco semántico de “epigrama”) sobre una lápida fúnebre a guisa de epitafio (de epi "sobre" y "tafio" tumba), para recuerdo del transeúnte que lo lee. Son las últimas palabras del fallecido, lo que él ha querido decirnos y que quede de él como recuerdo para aviso de navegantes.

Como texto literario que es, puede aparecer sobre otros soportes como el papiro o, más tarde, el pergamino, y dentro de otro texto literario o de una colección de epigramas, dado que se trata de un género o subgénero literario independiente. Buen ejemplo de esto  es la citada Antología Griega o Palatina. 

Su forma más breve es el dístico: una estrofa de dos versos. El dístico elegíaco es de ritmo dactílico, es decir, está compuesto por un tiempo marcado seguido de dos no marcados. Un hexámetro de seis dáctilos y un pentámetro de cinco, según el siguiente esquema. 


El hecho de que el epitafio esté en verso le añade solemnidad al texto: se trata de fijar el lenguaje en un esquema rítmico, constreñirlo dentro de un corsé para que la memoria pueda recordarlo con facilidad y repetirlo como si se tratara de un mantra. 

El que traigo como ejemplo dice de sí mismo que es la tumba de un náufrago que ha muerto en un naufragio,  y aconseja al lector, a nosotros mismos que lo leemos ahora, que sigamos el curso de nuestra vida, que el hecho de que otros hayan caído antes no debe desanimarnos a la hora de emprender nuestro propio viaje.

Mersi sum tumulus: perge in mare: tunc quoque cum nos 
occidimus, navis       multa tenebat iter.
(Versión latina)

Tumba de náufrago soy; mas tú zarpa, que cuando nosotros 
ya sucumbíamos,         mil naves surcaban la mar.
(Versión castellana)

Os dejo con este viejo Epitaph de King Crimson, el Rey Escarlata y su inolvidable rock sinfónico:

jueves, 15 de septiembre de 2016

Iconografías modernas de Cupido

Tradicionalmente, se representa al dios del amor (Eros, en su versión griega,  o Cupido en la vulgata latina) como un niño o adolescente ciego, porque el amor es caprichoso y ciego, es decir, infunde una pasión irracional, armado con arco y flechas que nos enamoran si nos hieren, y alado, porque es como el viento que viene y va volando de uno a otro corazón. Aunque hay varias teorías sobre su origen (algunas anteriores a la propia teogonía), la más extendida lo hace hijo de la diosa de la belleza y el sexo,  Afrodita o sea Venus,  y de Ares/Marte, el dios de la guerra.

Bajo la apariencia de un niño inocente, se esconde un dios poderoso, una fuerza telúrica y cósmica que mueve el mundo, una divinidad que se divierte infundiendo desasosiego en los corazones humanos y divinos.

Hay dos leyendas especialmente relacionadas con él: una es la de Dafne y Apolo. Cuando Apolo se ríe de este dios y se enorgullece de ser mejor arquero que él porque ha matado a la monstruosa serpiente Pitón, el dios del amor, nos cuenta el poeta Ovidio, le dispara una flecha de oro, para que sufra en sus carnes su poder. El flechazo hará que se enamore del primer ser que vea, de la ninfa Dafne –cuyo nombre significa “laurel” en griego, digamos Laura-. Para que su venganza sea completa, dispara asimismo una flecha de hierro a la ninfa que hará que aborrezca al primer ser que se le aparezca. Es decir que Cupido no sólo maneja las flechas áureas del amor, como de ordinario se piensa, sino también las del odio férreo, hasta tal punto están tan próximos unos sentimientos tan intensos y contrapuestos, como demostró Catulo con su célebre "odi et amo".

La otra leyenda es la de Psique y Cupido o también llamada Alma y Amor, ilustre antecedente de la Bella y la Bestia, un cuento popular de tradición oral que nos transmite Apuleyo en su novela Metamorfosis o El asno de oro, que podéis leer aquí en traducción castellana. La diosa de la belleza quiere castigar la insolente hermosura de una joven princesa llamada Alma (Psyché en griego) a la que todos los hombres veneran, nunca mejor dicho, más que a la propia diosa. Ordena a su hijo que haga que se enamore de ella el mayor monstruo que haya en el mundo. Pero cuando el dios alado ve a la víctima que va a ser la joven y linda princesa, cae bajo su hechizo enamorándose de ella, lo que nos da a entender de paso que el monstruo, es decir, la Bestia,  es el Amor. El dios rapta a la Bella y la transporta a un palacio y a un mundo de ensueño, donde por el día la joven tiene todo aquello que se le antoja y por la noche recibe la visita de su misterioso esposo, que le hace el amor.

Alma no conoce el rostro del esposo, que al amanecer abandona el palacio, y ni falta que le hace para ser feliz porque es la mujer más dichosa del mundo. Cuando, movida por la curiosidad que le infunden sus envidiosas hermanas,  que quieren empañar su felicidad, decide alumbrar una noche el rostro vedado del divino esposo con una candela, descubre que el monstruo con el que ella temía que se acostaba, es el mismísimo Amor, un dios que nada desmerece de su belleza.


Pero en ese momento en que ella descubre el amor, lo pierde: ha faltado a la promesa que le hiciera al marido. Una gota de aceite de la candela despertará al amado y éste, enfurecido, abandonará a su bienamada. Comienza entonces la desdicha, la infelicidad, el desamor: el amor que se sabe a sí mismo y que se odia, que se reconoce como tal, deja de ser el amor que se sentía. Alma vagará por el mundo en busca del amor perdido, tendrá que superar innumerables pruebas hasta que finalmente sea perdonada y se una al Amado esta vez para siempre, recibiendo de los dioses el don de la inmortalidad.

La escultura de Psique y Cupido (o Alma y Amor) de Canova representa con suma delicadez el momento anterior al beso. Destacan las alas desplegadas de Cupido y elevadas en un alarde de espiritualidad hacia el cielo. El grupo escultórico, por detrás, nos muestra la aljaba y las saetas del dios, el otro de sus inconfundibles atributos.

Os propongo analizar dos representaciones modernas de Eros/Cupido, que nos vienen una del mundo de la publicidad (Eros, una nueva fragancia para hombres de la casa Versace) y la otra de la cinematografía, en concreto de la factoría de Walt Disney, ese corruptor de tantas infancias que nos hizo creer que los malos eran malísimos y los buenos buenísimos.

El Eros de Versace: La firma Versace se inspiró en la mitología griega desde el momento en que tomó a Medusa como símbolo y logotipo de la marca en todos sus productos. El último lanzamiento de esta casa de alta costura, un nuevo perfume masculino, llamado “Eros” evoca al dios más pasional que nos infunde el deseo erótico. El perfume se presenta en un frasco color turquesa con la cabeza de Medusa en el cuerpo de la botella y en la parte superior del tapón.

Donatella Versace ha explicado así la elección del nombre de la fragancia:  “Tenemos un motivo griego que nos hace pensar en la Grecia antigua, en las antigüedades y la mitología, mientras que el color turquesa representa el Mediterráneo. ¡Eso es Versace!”.

La campaña publicitaria de la casa ha optado por cambiar la iconografía tradicional de Cupido, sustituyéndola por la de un gladiador, pero no la de un Espártaco que lucha por su libertad, sino la de un gladiador que lucha por otra causa: nos presentan a un arquero viril que avanza resuelto y decidido, sin alas a sus espaldas, entre estatuas que rememoran la antigüedad grecorromana. No está ciego, sabe muy bien a dónde va. Con paso firme, el  héroe se abre paso entre las ruinas, para subirse a un pedestal,  y lanzar con su potente arco una flecha que, disparada al vacío,  atravesará el frasco de perfume y nos inundará con la nueva fragancia presentada por Versace. Se sugiere, a buen entendedor pocas palabras, que lo que hará que se enamoren de nosotros será el perfume difuminado gracias al flechazo. Asistimos, una vez más, a la utilización  del cuerpo masculino en su juventud y esplendor como reclamo publicitario, para lo que se recurre a evocaciones clásicas.



El Cupido de Disney: Hace unos años la factoría Disney sacó una adaptación del cuento Rapunzel de los Hermanos Grimm, que se tituló en España "Enredados" (Tangled en la lengua del Imperio).  Entre los malvados rufianes que aparecen en la película, hay uno, Retaco (Shortly en inglés), que se disfraza de Cupido, y que resulta un simpático borrachín. La imagen ha tenido tanto éxito que, aunque sólo aparece fugazmente en alguna escena, se ha reproducido enseguida por todos los medios con no poco éxito como nueva representación del amor: un Cupido entrado en años, "ciego" en el sentido figurado de la palabra y no en el literal,  y pendenciero, como corresponde a un rufián.

Se trata de un Cupido alado -volvemos a la iconografía tradicional de las alas, que hace que se confunda a veces este diablillo del amor con un ángel cristiano en muchas representaciones iconográficas-,  armado con arco y flecha y semidesnudo, como mandan los cánones, pero prácticamente calvo y con una larga y canosa barba.  El otro detalle original es que la punta de la flecha que está a punto de disparar tiene forma de corazón, lo que sugiere que está destinada a hacer  llaga en el corazón humano atravesándolo de amor.



Otros detalles de este simpático Cupido son su nariz roja, pendiente en forma de aro en la oreja y que, como fruto de su avanzada edad, está desdentado, como puede comprobarse en este fotograma de la película.
oOo
Para acabar os dejo este estupendo vídeo francés "Cupidon" de la ESMA (École Supérieure des Métiers Artistiques de Montpellier 2012)  sin palabras, sólo con música e imágenes sobre Cupido, un Cupido bastante tradicional en su iconografía, que, distraído como es, clava sus flechas por error, y hace que Narciso (otra referencia clásica) se enamore de sí mismo herido de amor propio. La acción está ambientada en un París de tejados de pizarra y de buhardillas, presidida por la inconfundible silueta a lo lejos de la torre Eiffel.  Pero, aunque se trata de una recreación moderna del mito de Narciso, esto es, del narcisimo, tiene un final sorprendente. Espero que os guste. 


 oOo
Y por último una imagen de Cupido que he encontrado casualmente navegando por la Red (así es como se hacen a veces algunos descubrimientos), cuya autoría no he podido averiguar, y que representa a Cupido muerto de un flechazo. Es lógicamente una representación de la muerte del amor.


martes, 13 de septiembre de 2016

Vía Valerio Catulo, Verona

Una calle dedicada al poeta Valerio Catulo.  En Verona, su ciudad natal. Más conocida por ser la ciudad de la trágica historia de Romeo y Julieta, enamorados adolescentes a los que se les prohibió el amor, igual que a Píramo y Tisbe, sus antepasados mitológicos en los que se inspiró William Shakespeare. 

Una calle al poeta que amó y odió con la misma intensidad, y que escribió:
Odi et amo. Quare id faciam fortasse requiris, 
nescio sed fieri sentio et excrucior. 
Te odio y te quiero.  Quizás te preguntes cómo lo hago,
no lo sé, pero así    siento que es y es mi cruz.

Una triste calle dedicada al poeta del amor, que nos ha dejado una breve pero intensa obra que casi nadie lee ya ni en versión original ni en una triste traducción siquiera,  en una ciudad donde se rinde culto fervoroso a Romeo y Julieta, y donde se muestra el balcón al que se asomaba la enamorada y ahora se asoman los turistas para hacerse la foto reglamentaria y consabida.  Se cuentan por millones los turistas que recibe la ciudad al reclamo de los enamorados shakespeareanos, y que no han oído hablar ni de Catulo ni de Clodia, su gran amor, apodada Lesbia en los poemas del veronés.


Debajo del balcón de la supuesta casa de Julieta se halla la estatua de ella que realizó el escultor italiano Nereo Constantini, a la que se acercan los curiosos para tocarle una teta y hacerse la típica foto de recuerdo. Dicen que si le tocas la teta a Julieta encontrarás el verdadero amor... pero no hay amor verdadero, no hay amor sin engaño, no hay amor que no sea desgraciado, como sintieron en sus propias carnes Catulo y Lesbia, Romeo y Julieta, Píramo y Tisbe. Ya lo cantaba Georges Brassens, que puso música a este melancólico poema de Louis Aragon: Il n' y a pas d' amour heureux (No hay amor feliz), del que por cierto hay una hermosa versión jazzística de Nina Simone también.



Un muro, además, donde los enamorados graban sus corazones atravesados por las flechas de Cupido y sus nombres propios, para dejar constancia del romanticismo de su amor, un amor que, al declararlo, están matándolo.


Si uno se aleja un poco del casco viejo o recorrido monumental de Verona, puede acercarse al lugar donde se dice que se conserva la tumba de Julieta, el recóndito monasterio de San Francesco al Corso, cuyo pozo es este:

Y a la cripta donde se encuentra, según dicen,  la tumba de Julieta, aunque hasta allí no suelen llegar las hordas de turistas. Obviamente, el sarcófago está vacío y los restos de Julieta no reposan en él, porque, huelga decirlo, Julieta, nombre de un personaje literario, nunca existió.


domingo, 11 de septiembre de 2016

Propercio revisitado



Hay que agradecer a S.J. Heyworth su ingente labor como editor de la obra de Propercio (Sexti Properti elegos, Oxford Classical Texts, Oxford University Press 2007). El poeta latino es quizá, como su editor reconoce, el peor transmitido de entre todos los clásicos griegos y latinos. Muchas ediciones modernas de Propercio han sido demasiado conservadoras y poco críticas, por lo que resultan la mayoría de las veces ilegibles.

Cuando un texto está plagado de errores y añadidos de los copistas, conservarlos no es ninguna virtud. Sólo hay que conservar lo que merezca la pena, lo que pueda ser una supervivencia del texto original, no un añadido peculiar del manuscribiente que, la mayoría de las veces, no entendía lo que copiaba. No se puede ser conservador de algo que está atiborrado de gruesos errores.  Por eso, junto a su impecable edición de Propercio, Heyworth ha publicado un estudio de 647 páginas titulado “Cynthia, A companion to the Text of Propertius”, donde fundamenta su edición y discute sus elecciones con todo tipo de argumentaciones, ofreciendo una traducción en prosa en inglés de todas las elegías propercianas.



Así por ejemplo, propone juntar las elegías 24 y 25 del libro tercero porque, desde el punto de vista del contenido, forman un único poema, con la siguiente redistribución de los versos. Ofrezco el texto de la edición y traducción inglesa de Heyworth con una versión rítmica propia :

 


Falsa est ista tuae, mulier, fiducia formae,
olim elegis nimium facta superba meis. 
Falsa es esa confianza, mujer, tuya en tu belleza,
muy en mis cantos ayer            enaltecida que fue.
Mistaken is that confidence in your appearance, woman, you who were in the past made haughty by my elegies.  
                      
Noster amor talis tribuit tibi, Cynthia, laudes:
uersibus insignem te pudet esse meis.
Tales elogios mi amor a ti, Cintia, te ha prodigado:
célebre en versos ser     míos,  vergüenza te da.
Such praise has our love granted you: it embarrasses that you are famous through my verses. 


Mixtam te uaria laudaui saepe figura
cum quod non esses esse putaret amor;
Yo te alabé revestida a menudo de ajena belleza
considerando mi amor              que eras aquello que no;
The you  I often praised was concocted from the appearance of various women, since love thought you were what you were not; 


et color est totiens roseo collatus Eoo,
cum tibi quaesitus candor in ore foret; 
y tu color comparé cuántas veces al alba rosada,
cuando había en tu tez         artificioso fulgor.
and your complexion was so often compared to rosy dawn, though the whiteness of your face was procured.

Haec ego nunc ferro, nunc igne coactus, et ipsa
naufragus Aegaea uerba loquebar aqua ;
Yo proclamaba, forzado a hierro o a fuego y en mismas
aguas egeas del mar,      náufrago, tal confesión;
These words I was uttering now compelled by iron, now by fire, and shipwrecked in the very water of the Aegean.
 
correptus saeuo Veneris torrebar aeno,
uinctus eram uersas in mea terga manus.
arrebatado, en la llama atroz me abrasaba de Venus,
iba amarrado yo,      manos atadas atrás.        
I was seized and roasted in Venus's savage cauldron;  I had been bound with my hands twisted behind my back.

         quod mihi non patrii poterant auertere amici,
eluere aut uasto Thessala saga mari.
De lo que no me podía librar  parentela de amigos,
ni una, con toda la mar,       bruja tesalia lavar.
Family friends could not save me from this, or a Thessalian witch wash it away in the vast ocean.




Ecce coronatae portum tetigere carinae;
traiectae Syrtes, ancora iacta mihi est.
Ved que, engalanada arribó la nave a su puerto;  
Sirtes y escollos libré,       anclas eché a fondear.
But look, the vessels are garlanded and have reached harbour; the sandbanks have been crossed, my anchor is dropped.
 
 Nunc demum uasto fessi resipiscimus aestu
ulneraque ad sanum nunc coiere mea.
Vuelvo en mí hoy por fin cansado del largo extravío,
y mis heridas ya           se han  comenzado a curar.
Now at last tired of the vast deep  I have regained my sense, and my wounds have now come together and healed.

Mens Bona, si qua dea es, tua me in sacraria dono:
exciderant surdo tot mea uota Ioui.
Santa Cordura, si tú eres divina, me entrego a tu culto:
sordo, a Júpiter, le han        dado mis ruegos igual.
Good Sense, if you are a goddess, I dedicate myself to your shrine: so many vows of mine have fallen on Jove's deaf ear. 

Risus eram positis inter conuiuia mensis
et de me poterat quilibet esse loquax.
Yo era la risa, servida la mesa, en mitad del banquete,
y el que quisiera de mí      bien se podía mofar.   
I  was a laughing-stock amidst the parties when tables were set out, and anyone at all could be loquacious at my expense.
 

 Quinque tibi potui seruire fideliter annos:
ungue meam morso saepe querere fidem.
Pude servirte a lo largo de cinco años fielmente:
Mucho mordiéndote, vas,        la uña, a llorar mi actitud.
I have been able to serve you faithfully for five years: often you will bite your nail and lament my fidelity.
 
Nil moueor lacrimis; ista sum captus ab arte;
Semper ad insidias, Cynthia, flere soles.
 No me conmueve tu llanto; burlado que fui por tu truco;
Siempre a fin de engañar,      Cintia, te das a llorar.
I am moved not at all by your tears; I have been deceived by such tricks of yours; always you are accustomed to weep to set snares, Cynthia.
  
Flebo ego discedens, sed fletum iniuria uincit:
tu bene conueniens non sinis ire iugum.
Yo lloraré al dejarte, mas vence al llanto tu ofensa:
Tú no dejas que bien   vaya la unión a la par.
I myself shall weep as I part, but the harm done outdoes the weeping: you do not allow the yoked pair to advance though well-matched.
 

Limina iam nostris ualeant lacrimantia uerbis
nec tamen irata ianua fracta manu.
Ya os digo adiós, umbral que al oírme llorabas, y puerta  
que un puñetazo jamás        lleno de rabia rompió.
Farewell now, threshold, crying at my words and door not broken by my fist angry though it was.

               At  te celatis aetas grauis urgeat annis
et ueniat formae ruga sinistra tuae;
Ah, que te acose avanzada edad con tus años secretos
y una arruga hostil        eche tu  gracia a perder;
But may old age press on you, weighed down with the concealed [and silently advancing] years, and a nasty wrinkle attack your beauty;
 
 exclusa inque uicem fastus patiare superbos
et quae fecisti facta queraris anus.
y repudiada a tu vez altiva soberbia padezcas
y, vejestorio, lo que has           hecho te dé por llorar.
and may you be shut out in tum and endure haughty rejection, and, become an old woman, may you complain of what you have done.
 
 Has tibi fatales cecinit mea pagina diras;
euentum formae disce timere tuae.
Tales pestes fatales te ha cantado mi libro;
ve aprendiendo a temer         de tu belleza el final.
These are the terrible curses my page has sung for you: leam to fear the end in store for your beauty.

(Excluye Heyworth los versos 13-14 de la elegía
Vellere tum cupias albos a stirpe capillos,
a speculo rugas increpitante tibi.
Vas a querer arrancar de raíz canos ya tus cabellos,
cuando arrugas, ay,      te haga el espejo notar.
Then you would wish to pluck your white hairs out by the root, ah, as the mirror protests against your wrinkles.).