viernes, 23 de junio de 2017

Una revolucionaria ruptura tecnológica: el BOOK

La ciencia y la tecnología avanzan que es una barbaridad. El último teléfono supuestamente inteligente (smartphone, en la lengua del Imperio, aunque lo de phone es griego clásico) que acabamos de adquirir ayer mismo no era tan listo como parecía y resulta que ya se ha quedado obsoleto esta misma mañana. ¿Obsolescencia programada o envejecimiento prematuro? Chi lo sà?

Sin embargo, hay un nuevo producto que promete en el mercado fruto de la más novísima tecnología WIFI (o sea, wireless fidelity, lo que en román paladino en el que habla uno con su vecino,  fidelidad inalámbrica, o más claro aún, fidelidad sin cables). Tampoco tiene batería que haya que recargar cada veinticuatro horas, ni conexión a la Red  Informática Universal ni tampoco a la corriente eléctrica ni demás complicaciones innecesarias...



Está en el mercado desde hace algún tiempo y se llama BOOK en la lengua del Imperio. Su nombre deriva de una raíz protogermánica *bōks,  que pasó al inglés con su moderna ortografía book a partir de 1375. Anteriormente se encontraban las formas boke/bok, derivadas del inglés antiguo bōc ‘tableta para escribir’, ‘documento escrito’, relacionado con Buch alemán moderno. Relacionada también con esta raíz bōk, está bēce ‘haya’, lo que sustenta la hipótesis de que las primeras inscripciones de estos pueblos, las runas, pudieron haber sido hechas en tabletas de madera de haya.

No existe, por lo tanto, una raíz indoeuropea que denomine a este producto ni nada semejante porque los pueblos indoeuropeos no dejaron resto escrito de le lengua que hablaban, dado que no conocieron la escritura.


En griego tenemos la palabra βίβλος (bíblos), que designaba la corteza, hoja o tira de papiro, y como esta planta fue un soporte para la escritura  denominaron βίβλος (bíblos) o βιβλίον (biblíon) -palabra de la que derivan nuestras bibliotecas y nuestra Biblia-. El origen no indoeuropeo de la palabra es muy discutido. Se acepta por lo general que procede del nombre propio de la ciudad fenicia de Byblos, hoy ciudad libanesa (en la actualidad en árabe, جبيل Ŷubayl), de donde los griegos importaban el papiro. 

 Imagen de Byblos, en el Líbano.

En latín, por su parte, se usó la palabra librum, que era el nombre de la parte interior de la corteza de las plantas o, de forma más precisa “la capa fibrosa situada debajo de la corteza de los árboles”. De ahí deriva nuestro libro que ingresa al castellano alrededor del año 1140. Del latín pasó al francés: livre, al portugués livro, al italiano, castellano y gallego libro, al catalán llibre, al corso libru. El rumano, por su parte, prefirió tomar otra palabra latina para lo mismo: carte, pero conserva la raíz latina en otros términos derivados como librărie librería, para el esperanto se optó por la fomra italiano-castelllana libro).

 Imagen tomada del Orbis pictus Latinus, de Hermann Koller


Pero veamos y oigamos ya en qué consiste este nuevo producto que nos venden y qué ventajas y desventajas puede tener.

miércoles, 21 de junio de 2017

Toxicidades e intoxicaciones



Tóxico es un adjetivo culto que entró en nuestra lengua hacia 1580, según Corominas, cuyo uso no se generalizó hasta el siglo XIX, y  ahora, en pleno siglo XXI, está adquiriendo un protagonismo inusitado, sobre todo entre los mileniales, es decir, entre las nuevas generaciones que han nacido y se están criando a la sombra de este tercer milenio de la era cristiana.

El adjetivo tóxico de aplicarse sólo a las cosas ha pasado a calificar también a determinadas personas: ya no hay sólo cosas, sino también personas tóxicas. Y no es verdad:  lo tóxico no son las personas, sino las relaciones jerárquicas de dominio que establecen entre ellas: dentro de la familia,  las relaciones paterno-filiales de los padres con los hijos, y fuera de ella las laborales de los jefes y los empleados, entrecruzándose todas con las relaciones sexuales en todos los ámbitos, que también son de dominio y jerarquía. Eso y no otra cosa es lo que envenena a las personas: las relaciones interpersonales de dominio.


El adjetivo, en efecto,  no sólo se aplica ya a desperdicios, emisiones, gases, líquidos, materiales, productos,  residuos y demás sustancias venenosas, cosas en definitiva, que suelen ser productos de la sociedad de consumo, como antaño,  sino que se utiliza y mucho para calificar a determinada gente, pobrecita, como si estuvieran apestados: amistades tóxicas, que nos decepcionan y nos llevan por la Calle de la Amargura sin número; clientes tóxicos a los que han tenido que enfrentarse nuestros modernos emprendedores, que a veces emprenden mucho pero no suelen aprender casi nada; conductas y emociones tóxicas; empleados tóxicos que son una mala influencia en la empresa u oficina para el resto de sus compañeros de trabajo y para sus jefes, que también son tóxicos y, hay muchos, que tratan mal y maltratan a sus empleados;  familias y hogares tóxicos, donde los padres y las madres ejercen excesiva presión sobre sus hijos e hijas, tanta que no la soportan por lo que también pueden llegar a ser tóxicos y tóxicas, respectivamente, y hacerles la vida imposible a sus progenitores que acaban arrepintiéndose de haberlos traído al mundo;  masculinidades y feminidades tóxicas en definitiva que generan, como dicen los políticos,  noviazgos tóxicos que a su vez les crean muchos conflictos a los involucrados en ellos y no poco dolor por aquello de que “quien bien te quiere te hará sufrir”;  ideas y pensamientos tóxicos; personas, personajes y personalidades tóxicas que te hacen sentir mal aunque tú no tengas la culpa; relaciones de pareja y parejas tóxicas por lo atosigantes que resultan,  ya sean reales o virtuales, porque también hay redes sociales, todas ellas sin excepción,  tóxicas. El adjetivo se ha convertido en una palabra comodín, una muletilla que corre el peligro de valer para todo y de no servir para nada por la misma razón, tan general es su uso que su significado se ha convertido en un genérico bastante poco preciso  que intoxica nuestro vocabulario. ¿Quién lo desintoxicará?

¿De dónde nos viene esta palabra? ¿Cuál es su biografía y su árbol genealógico? La palabra tóxico procede del latín TOXICVM, cuya evolución es tóxico como cultismo del que derivan toxina y toxicidad,  y los compuestos intoxicar (con el prefijo IN-- que, a diferencia de AD- que indica sólo aproximación a algo, expresa penetración o introducción), toxicología (con el sufijo griego -LOGÍA, que quiere decir estudio) y toxicomanía (con el sufijo también griego -MANÍA que indica adicción patológica), y acaba en  tósigo como palabra patrimonial, caída casi ya en desuso y que tanto se refiere a la ponzoña y el veneno, como a una pena y una angustia muy grandes, por lo que su compuesto atosigar (con el preverbio AD-) se define en primer lugar como “emponzoñar con tósigo”, es decir, envenenar, y también en segundo lugar y sentido figurado “agobiar a alguien metiéndole mucha prisa para que haga algo” e “inquietar, acuciar con exigencias o preocupaciones”. Pero no es muy satisfactoria la explicación de que este segundo significado deriva del primero, por lo que se ha supuesto y postulado un origen latino tardío basado en *tussicare o acaso en *tussigare, formado sobre la palabra latina clásica tussem que significa "acceso de tos", y evoluciona precisamente a tos,  y el verbo tussire "toser",  de modo que ese presunto *tussicare/*tussigare significaría provocarle a alguien un ataque de tos, y de ahí, apremiarle o urgirle a hacer algo hasta la fatiga. Tusigar existe en gallego y significa "toser débil pero repetidamente".

No me resisto aquí a copiar aquel epigrama de Marcial I, 19 de la tos dedicado a una tal Elia, nombre propio que es un pseudónimo como suele ser habitual en este poeta.

 Si memini, fuerant tibi quattuor, Aelia, dentes:
expulit una duos     tussis et una duos.
Iam secura potes totis tussire diebus:
nil istic quod agat     tertia tussis habet.

Elia, si mal no recuerdo, tenías tú cuatro dientes:
dos una tos te arrancó y   dos otro ataque de tos.
  Puedes toser ya todos los días sin mucho problema: 
una tercera tos    nada ahí  tiene que hacer. 


Han confluido, pues, dos raíces: TOS-, que procede de tussem, y es la que nos atosiga hasta dificultarnos la respiración y provocarnos la tos del cansancio, y TOX-, que es la que propiamente nos envenena y que veremos ahora de dónde viene.



La palabra latina toxicum procede a su vez de la expresión griega toxicòn phármakon, donde phármakon quiere decir “veneno, ponzoña, droga”, como vemos en nuestro propio vocabulario fármaco, farmacia, farmacéutico… La expresión estaba, pues, compuesta por el sustantivo phármakon y el curioso adjetivo toxicón, que es el que ha sobrevivido y acaparado el significado ponzoñoso del sustantivo.  ¿De dónde surge el adjetivo toxicón? Pues nos remite al sustantivo griego clásico tóxon,  moderno tóxo, que quiere decir arco y también flecha. A partir de este sustantivo se creó el adjetivo añadiéndole a la raíz tox-  el sufijo –ik-, toxicós que propiamente significaba “relativo al arco y a las flechas”, por lo que la expresión toxicòn phármakon, quería decir “veneno par las flechas”, y de ahí, letal para las víctimas del flechazo.


¿Hay amores tóxicos o el amor es siempre tóxico porque sus flechas están emponzoñadas? Recordemos lo que decía Propercio, el poeta enamorado,  del fiero Cupido armado de arco y flechas. Decía que su aljaba o carcaj que colgaba de sus hombros estaba provisto de unas flechas ganchudas (hamatis: con garfio o anzuelo que nos engancha y nos desgarra si intentamos librarnos de ellas): "nec quisquam ex illō     vulnere sānus abit": "y del desgarro aquel    nadie sin daño se va".

domingo, 18 de junio de 2017

Homo urbanus versus homo ruralis

El poeta Horacio en una de sus Sátiras, la séptima del libro segundo, se reprocha a sí mismo a través de su alter ego, el esclavo Davo, que hace uso de la libertad de diciembre, es decir, de la licencia de decir lo que piensa que le brindan las fiestas saturnales: "Romae rus optas; absentem rusticus urbem / tollis ad astra leuis."

 Foro de Roma visto desde los jardines Farnesios,  J-B. Camille Corot (1826)
Lo que viene a decir algo así como: Quieres en Roma el campo; ya rústico, la urbe lejana, / frívolo, subes al cielo. Es decir que Horacio cuando está en Roma (Romae es lo que las gramáticas llaman un locativo) desea o echa de menos (optas de donde deriva nuestro verbo optar,  y nuestras opciones y numerosísimas optativas del sistema educativo) el campo (rus ruris con rotacismo en latín de la ese intervocálica y silbante que se convierte en vibrante como en el adjetivo rural, y que conservamos en rústico.

La campiña romana en invierno, J-B. Camille Corot

Según este primer hemistiquio nos hallamos ante el tópico del menosprecio de corte y alabanza de aldea: el poeta, que se encuentra en la villa y la corte, la urbe por excelencia, añora el campo, sin embargo, cuando el poeta ya está en el campo como buen campesino (rusticus), y Horacio disfrutaba, gracias a la generosidad de su amigo Mecenas, de una finca en la campiña en las afueras de Roma,  pone por las nubes (tollis ad astra) la ciudad ausente, que echa de menos (absentem urbem, palabras de las que que conservamos restos como absentismo y urbanismo).  Nos encontraríamos ahora ante el tópico del revés: menosprecio de aldea y añoranza, si no alabanza, de corte.


Y todo eso se resume en un adjetivo que Horacio se dedica a sí mismo: leuis, que es lo contrario de grauis. Es decir que hace lo que hace porque es una persona ligera, frívola, voluble, que no sabe disfrutar de lo que tiene, por eso cuando está en la ciudad añora el campo y cuando está en la campiña echa de menos el bullicio de la gran ciudad. Se anticipaba así el poeta al hombre moderno y su dilema irresoluble, que no sabe estar a gusto consigo mismo en ningún sitio sin echar de menos el otro.


  La campiña romana, J-B. Camille Corot (1826)

viernes, 16 de junio de 2017

Nueve epigramas de Páladas, el poeta alejandrino

He aquí una selección muy particular, muy mía, de nueve epigramas del poeta helenístico Páladas de Alejandría, un poeta menor no por poco conocido menos interesante,  incluidos en la Antología Palatina.

Nació en el siglo IV después de Cristo en la ciudad que fundara Alejandro Magno en el delta del Nilo. Probablemente conoció y trató a Hipacia (mejor que Hipatia, lo mismo que decimos democracia en vez de democratia) y lloró sin duda al ver arder la Biblioteca de Alejandría. Se le atribuyen 150 epigramas conservados en los libros IX, X y XI de la citada antología.

La vida del poeta nos resulta prácticamente desconocida. Los pocos datos biográficos que se conocen se entresacan de su obra.  Por ella sabemos que los antiguos lo llamaron “Metéoros”, el elevado, el que está sobre la tierra, en el aire,  reconociendo así la calidad literaria de sus epigramas. De ahí deriva, por cierto, nuestra meteorología, dicho sea de paso, como estudio de "tà metéora" los fenómenos elevados, es decir, atmosféricos o celestes.

Algunos epigramas contienen valiosa información sobre la situación política, religiosa y social de la Alejandría del obispo Teófilo, antecesor y tío de Cirilo, y del conflicto entre cristianos y paganos, la lucha entre Jerusalén y Atenas, como ha sido denominada a veces, que tuvo lugar en las calles de Alejandría.

Páladas se lamenta ante la declinación de las creencias por él profesadas a causa de la penetración creciente del fanatismo de la nueva fe cristiana. Un tal Doroteo lo denunció por su rechazo del nuevo dogma, lo que le valió la pérdida de su trabajo remunerado como maestro. Su disgusto fue aún mayor ante los padecimientos económicos que conllevó, por lo que con él empezó a hacerse ya proverbial aquello de "pasar más hambre que un maestro de escuela". He aquí algunos de sus poemas en versión rítmica.


l.- Placeres de Baco y Afrodita: el olvido del mundo y el amor.
Comienzo por tres dísticos elegíacos de hexámetro y pentámetro dactílicos en los que el poeta nos exhorta, ante la constatación de la muerte inevitable, a gozar del vino, que nos hará olvidar precisamente  nuestra condena a muerte, y los placeres afrodisiacos del erotismo.

Es forzoso morir a toda persona, y  ninguno
hay mortal que a vivir sepa mañana si va.
Hombre, teniendo lo cual muy presente, date contento
con el divino licor que hace la muerte olvidar.
Goza también de Afrodita, viviendo tu efímera vida;
Y resolver lo demás déjalo todo al azar.

2.- La farsa de la vida.
Farsa la vida toda y comedia, o aprende teatro
sin pensártelo más, o sobrelleva el dolor.
(A.P. X, 72)


3.- De la condición humana, contra Platón.
 Hombre, si tienes recuerdo de cómo tu padre te hizo
cuando te concibió, deja tu grandiosidad.
Pero Platón te infundió delirando tufos, diciendo
que eras inmortal y un “vegetal celestial”(1).
Hecho de barro estás. ¿Qué más crees? Así lo diría
uno adornándotelo con muy solemne expresión;
pero si buscas la fórmula exacta, de una lujuria
irreprimible estás hecho y de lefa vulgar.
(1) Alusión a Platón, Timeo, 90 a


4.- Nacidos para morir.
 Todos somos criados para la muerte y cebados,
cual porcina grey que hay que matar sin razón.
(A. P., XI, 381)


5.- Misoginia.
Toda mujer es hiel, pero tiene dos buenos momentos:

uno en el lecho nupcial, otro en el lecho mortal.

Este tremendo epigrama misógino fue imitado por el poeta inglés Ezra Pound, que hizo la siguiente versión:
Woman? Oh, woman is a consummate rage,
but dead or asleep, she pleases.
Take her. She has two excellent seasons.


6.- La virtud del silencio.
 
Todo patán, si se calla, resulta muy sabio, ocultando
su pensamiento como un vergonzosísimo mal.
(A.P. X 98)

7.- La divina Hipacia.
 A pesar de la misoginia que hemos visto en un epigrama anterior, destaca este otro, el núm. 400 del libro IX de la Antología, compuesto por cinco trímetros yámbicos,  dedicado a Hipacia, la famosa filósofa y matemática neoplatónica, que murió a manos de una horda de monjes fanáticos, popularizada entre nosotros gracias a la espléndida película Ágora de Alejandro Amenábar. La última científica del mundo antiguo fue desgraciadamente contemporánea del obispo Cirilo, perseguidor de las creencias paganas, judías y heterodoxas cristianas. Condenada al martirio, murió en 415 ó 416, asaltada por las turbas fanáticas cristianas envalentonadas por Cirilo, en las que iban varios monjes; desnudada en la calle, arrastrada a una iglesia y allí asesinada en nombre de la nueva fe.

Al verte, a ti me inclino yo y a tus razones,
pues veo la constelación de Virgo astral;
porque en el cielo el fruto está de tu labor,
divina Hipacia, de razones esplendor,
brillante estrella de ilustrada educación.
(A.P. IX, 400)

8.- La lección del maestro Epicuro
 

Más que la muerte per se, es el temor de la muerte, como reconoce el poeta alejandrino, con un talante epicúreo y hedonista,  lo que envenena la vida humana. Una de las buenas cosas que se logran con la muerte es, precisamente, dejar de tenerle miedo.

Es el temor de la muerte tormento muy doloroso;
pero el mortal, al morir, gana librándose de él.
No por cierto solloces por el  que abandona la vida;
pues después de morir no es sufrimiento lo que hay.
(A.P. X, 59)

9.- La vida es sueño

Curiosamente encontramos aquí el tópico de la vida es sueño, desarrollado entre nosotros por Calderón, y formulado ya por nuestro poeta alejandrino en el verso tercero del poema: "imaginando que es un sueño nuestra vida": óneiron... eînai tòn bíon". Reparad en las resonancias de las palabras griegas: onírico, biológico...
¿Sin morir vivimos sólo acaso en apariencia,
amigos griegos, en desgracia hundiéndonos,
imaginando que es un sueño nuestra vida?
¿O vivimos, cuando llega al fin la vida ya?
(A.P.X. 82)

martes, 13 de junio de 2017

De la caída de la máscara

Recuerdo que la primera vez que leí el poema “De rerum natura” de Lucrecio en la traducción de Valentí Fiol, me llamó la atencion una frase por su concisión y solemnidad de carácter lapidario, que subrayé con un lapicero. Son los versos 55-58 a comienzos del libro III: Por esto, en momentos de crisis y peligro es cuando hay que juzgar a un hombre, y la adversidad nos da a conocer su carácter; pues entonces son sinceras las voces que brotan del fondo de su pecho; se arranca la máscara y queda la realidad.

Cuando años después volví a releerlo en la más antigua traducción del abate Marchena en endecasílabos blancos, volví a encontrarme con ese fragmento y de nuevo subrayé la frase, que presentaba una curiosa transformación:

Los peligros descubren a los hombres,
les dan a concoer los infortunios,
pues entonces por fin del hondo pecho
son proferidas voces verdaderas:
la máscara se quita y queda el hombre. 



Don Miguel de Unamuno, como no podía ser menos, se hace eco del verso lucreciano en un artículo que publicó en la revista “Nuevo Mundo” titulado “La res humana”, que él traduce conservando la palabra “persona” del original como “desaparece la persona, queda la cosa”, donde hace la siguiente reflexión a continuación: “No cabe expresión más enérgica, sobre todo si se tiene en cuenta todo el valor que en latín tiene la voz persona. La cual, empezando, como es ya tan sabido, por significar la máscara o careta con que el actor se cubría la cara para representar el personaje de la comedia o tragedia, pasó a ser designativa del personaje, y, por último, del papel que uno representa, aunque sea en el coro o la comparsa, en el teatro del mundo, es decir, en la Historia”. 

Lo que el abate Marchena había traducido por “el hombre”, Unamuno lo traducía literalmente como “cosa” y Valentí por “realidad”. Esta última traducción resulta anacrónica: la palabra “realidad” no existe en el latín de Lucrecio: es un nombre abstracto formado sobre el adjetivo “realis”, que tampoco existe todavía en Lucrecio, basado a su vez en el sustantivo “res rei” que, como se sabe, significa “cosa”, palabra clave en el título del poema: De rerum natura: “Sobre la naturaleza de las cosas”.

La curiosidad e interés por la frase me movió a buscar el texto original de Lucrecio. La edición oxoniense de Bailey de 1900, reimpresa múltiples veces, dice lo siguiente.

Quo magis in dubiis hominem spectare periclis
conuenit aduersisque in rebus nosc ere qui sit:
nam uerae uoces tum demum pectore ab imo
eliciuntur, <et> eripitur persona, manet res. 


 
Nos encontramos la expresión “manet res”, que literalmente significa que una vez arrebatada la máscara “permanece la cosa” que subyace por debajo. Sin embargo, el final de ese hexámetro lucreciano, como veo por el aparato crítico, no está nada claro, es un locus corruptus. Donde Bailey lee “manet res” hay manuscritos que presentan otras lecturas como “malare” y “manare”, algo propiamente incomprensible. Se trata de uno de esos lugares conflictivos para la crítica textual en la edición de un texto. 

Cuando volví a releer el poema de Lucrecio, esta vez en la soberbia traducción de Agustín García Calvo publicada en 1997, que está en verso y reproduce con los acentos de las palabras el ritmo dactílico del hexámetro y, además, nos regala la rima asonante en el último pie del verso, que aunque desconocida en la poesía latina, agradece el oído castellano, me encontré con el mismo fragmento y la misma frase con otra modificación:

Así que en inciertos peligros mirar al hombre más vale,
y en casos adversos mejor quién es él podrá averiguarse:
pues voces allí del hondo del pecho empiezan veraces
por fin a salir, y se arranca la máscara del semblante.



Las cuatro frases coinciden en su primera parte en la caída de la máscara, que en latín se dice “persona”, que sólo conserva Unamuno con su sentido primigenio: eripitur persona: se arranca o se quita el antifaz pero difieren en su segunda parte: queda la realidad, queda el hombre, queda la cosa, ...del semblante.

¿Cuál es la mejor traducción de Lucrecio? No se trata de decidir cuál es la que más nos gusta. El problema es que necesitamos fijar el texto previamente para poder dar una respuesta a esta pregunta. Creo que la mejor traducción es la de García Calvo, pero no porque me guste más a mí personalmente, sino porque en su edición, propone una lectura que resuelve, desde mi punto de vista, el problema textual. En efecto, García Calvo propone la siguiente lectura: ...eripitur persona ibi ab ore.

Donde los manuscritos presentan lecturas como manare, mala re, manet res, advierte García Calvo en el aparato crítico de su edición que un códice más antiguo presenta: iuiauore, que él interpreta ibiabore, lo que separado convenientemente se lee: ibi ab ore: allí de su rostro. 


 
Veo dos argumentos a favor de esta propuesta: el primero sería la reinterpretación del MANARE/MALARE como IVIAVORE. Escrita con mayúscula la M podría confundirse con IVI, y tratarse del adverbio IBI escrito con uve por la confusión en latín tardío entre estas dos letras, originando una falta de ortografía que sigue siendo frecuente en castellano actual, porque tanto la  be como la uve representan ya el mismo fonema oclusivo labial sonoro; el segundo argumento es que esta nueva lectura establece un paralelismo con el final del verso anterior: “pectore ab imo”: del hondo de su pecho frente a “ibi ab ore”: allí de su rostro, e incluso una especie de rima interna: pectore/ore.
 
A la vez que salen palabras verdaderas del hondo del pecho del hombre en las situaciones adversas, cae la careta allí de su rostro. No hace falta suponer que lo que queda debajo de la máscara es la realidad, ese anacronismo: la realidad es que la máscara también forma parte de la realidad. Queda mejor como frase lapidaria y redonda, como máxima, la frase de Marchena, o la versión de Unamuno, o la lectura de Valentí: cae la máscara, queda la realidad o queda la cosa o queda el hombre como caso supremo de cosa; pero lo que dicen es algo en cierto modo superfluo, que no hacía falta decirlo. Es preferible esta otra lectura: cae la máscara allí de su rostro: lo que queda, detrás de la máscara, es el rostro. 

La más reciente traducción al castellano que he consultado del poema de Lucrecio es la de Francisco Socas, publicada en Biblioteca Gredos (Madrid 2003), que sigue la conjetura de García Calvo: Por eso más bien en las pruebas difíciles hay que observar al individuo y en la contrariedad conocer quién es, pues entonces por fin de lo hondo de su pecho se sonsaca la voz de la verdad <y> allí se arranca la máscara de su rostro.


oOo


 





  Encuentro un epigrama de Marcial, III, 43, donde aparece un eco de esta expresión de arrancarse la máscara de la cara. Esta vez es la mismísima Prosérpina, la Perséfone griega, la que va a quitarle la máscara de la cabeza a Letino, que se teñía el pelo para parecer más joven y disimular sus canas: 











Mentiris iuuenem tinctis, Laetine, capillis,
tam subito coruus, qui modo cycnus eras.
Non omnes fallis; scit te Proserpina canum:
personam capiti detrahet illa tuo.



Así traduzco el epigrama:

Pasas por mozo, Letino, tiñéndote los cabellos,
tan cuervo de sopetón      cisne que ayer eras tú.
No nos engañas a todos: te sabe Prosérpina cano:
ella la máscara va      pronto a quitarle a tu faz. 




domingo, 11 de junio de 2017

No hay Dios ni dioses que valgan

Conservamos, no se sabe gracias a qué Dios o dioses, un fragmento del Belerofonte, una tragedia griega y perdida de Eurípides, que debió de estrenarse en torno al año 430 a. C. en Atenas, donde el propio héroe  protagonista proclamaba al comienzo de la obra que no había dioses. Todavía no se había inventado el verbo "existir", por lo que conviene traducir esta reivindicación atea en trímetros yámbicos con la fórmula popular "No hay dioses", en lugar de "No existen los dioses".

¿Dice alguien que hay sin duda dioses en el cielo?

No hay dioses, no los hay, excepto si uno quiere

creer igual que un tonto en cuentos trasnochados.

 La imagen representa a Belerofonte a lomos de Pegaso, matando a la Quimera.

Hay quien dice que esos versos no reflejan el modo de pensar ni el sentir de Eurípides, el autor de la tragedia, sino de uno de sus personajes, Belerofonte, un antihéroe mejor que un héroe en el sentido moderno de la palabra, un héroe fallido, porque, después de su heroica hazaña de matar al monstruo que era la Quimera, intentó subir al cielo para descubrir si había dioses y allí, en lugar del conocimiento que buscaba, encontró la caída que lo precipitó al abismo y la muerte. 

Hay quien opina que Eurípides no era ateo, y que hizo que su personaje, Belerofonte, fuera castigado precisamente por su proclamación de ateismo con su trágico final. Sin embargo, Eurípides era considerado un sindiós por sus conciudadanos, por ejemplo por Aristófanes, que lo critica y se burla de él en alguna comedia por enseñar a la juventud que no había dioses.

El razonamiento de Belerofonte es bastante claro: no hay dioses en el cielo, no los hay, lo repite dos veces por si alguien no se ha enterado,  a no ser que uno quiera creer, aunque ni siquiera dice "creer", un verbo muy cristiano que no se había inventado todavía con el sentido de "tener fe", sino dar crédito o prestar atención (chréesthai) como un estúpido (móoros),  en lo que hemos traducido como "cuentos trasnochados" (palaiós lógos, literalmente una doctrina o enseñanza o razonamiento antiguos).   

viernes, 9 de junio de 2017

Contra el nacionalismo

Define el diccionario de la RAE el nacionalismo, en su primera acepción, como “el sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia”. Nacionalismo es un -ismo, formado sobre la palabra “nación” que tiene que ver con el verbo “nacer”, nascor, en latín: un verbo deponente con el sufijo incoativo -sc- añadido a la raíz “na” que es una simplificación de *gnā-. Esta raíz indoeuropea significaría, en su origen, “dar a luz, parir”.

La raíz *gnā con el prefijo PRAE-, que indica anterioridad, la encontramos en prae-gna-re “a punto de nacer, o engendrar”, lo que conservamos por vía culta en castellano en pregnar e impregnar y que evolucionó por la vía popular a preñar y preñez.

Del participio NATVS del verbo (g)na-sc-or, sin el sufijo -sc- tenemos en latín los sustantivos NATVRA, NATVS, NATIO, que nos ocupa, y los adjetivos NATIVVS: esta -t- latina se conserva en cultismos como natural, naturaleza, nativo, natal, y se ha elidido en nuestra entrañable na(ti)vidad. Esta misma -t- se convierte en -c- cuando va seguida de -i- más vocal, por lo que la tenemos transmutada en el sonido /θ/: nacional, nacionalismo... NATIONEM>NACIÓN. Sin embargo, la -c- de nuestro infinitivo nacer es el resultado de la evolución de *NASCERE. Entre los numerosos avatares de esta /t/ intervocálica está también la sonorización en /d/, que es lo que sucedió en nuestras curiosas palabras nada y nadie, que también proceden de esa raíz indoeuropea en grado cero, lo mismo que la palabra cuñado, que viene de CO-GNA-TVS.

La raíz *gnā es un grado cero. La tenemos en estado puro en los adjetivos BENI-GN-VS y MALI-GN-VS, donde los prefijos BENE- bien y MALE- mal modifican su lexema en el sentido de bien-nacido y mal-nacido, de buen o mal natural. Esta misma raíz, en grado pleno, es GEN, que conservamos en latín GEN-VS “linaje, origen”, de donde nos vienen al castellano las palabras género, general, generación, congénere, los verbos generar, y degenerar por vía culta y engendrar por la vulgar. La misma raíz indoeuropea existe en griego, donde conservamos los tres grados: *gen, *gon, *gn, y ha dado origen a numerosísimos helenismos vivos en nuestra lengua y en la mayoría de las lenguas occidentales: homogéneo y heterogéneo, hidrógeno, oxígeno, patógeno, genealogía, genético, génesis, eugenesia, cosmogonía, teogonía, epígono...

La raíz en grado cero *GN, más el sufijo -TI, da origen a GENS GENTIS “pueblo, raza”, de donde derivan gente, gentío, gentuza, gentil, gentilicio, gentilhombre (similar al inglés gentleman), y el curioso galicismo gendarme, que procede el francés gens d'armes: gentes de armas tomar. Se ha puesto de moda últimamente entre nosotros el anglicismo gentrificación, de gentrification, que quiere significar, procedente de las ciencia sociales, el aburguesamiento o elitización de un barrio popular, que se convierte en una zona residencial y turística de caro precio. La gentry inglesa es la burguesía o hidalguía: el palabro procede del viejo francés genterise o gentelise, algo así como la "gentileza", término abstracto con el que se denominaba tradiconalmente en Inglaterra a la pequeña nobleza, una clase intermedia entre la nobleza y los  terratenientes que gozaban de algunos privilegios.



Con otros sufijos añadidos a esta misma raíz en glado pleno tenemos, por ejemplo, en latín. GEN-IVS, o genio, que era la divinidad particular de cada hombre, el genio que lo acompañaba desde el momento de su nacimiento. De ahí quizá venga el dicho “genio y figura hasta la sepultura”. La acepción moderna de “talento, inteligente” quizá nos venga de la connotación de extraordinario que adquiere el término en francés: genial, genialidad. Y esta misma raíz con el prefijo IN-, nos da IN-GEN-IVM, que es el origen del ingenio y del verbo ingeniar y de todos nuestros ingenieros, es decir, lo que nace con nosotros, lo innato. Por ahí también la palabra patrimonial pergeñar.

Con el prefijo INDI- más la raíz que nos ocupa en grado pleno -GEN- y el sufijo -ā, procedente de la laringal -eH2, tenemos INDI-GEN-A, el originario de un país, el genuino indígena..

Curioso es el sufijo -MEN, que añadido a la raíz que nos ocupa en grado pleno *GEN-MEN hace que por disimilación de sonidos nasales su N evolucione ya en latín a R, lo que se conserva en el romance: GER-MEN y significa resultado: retoño. El mismo fenómeno fonético le sucedió a *CAN-MEN, acción de cantar, cántico, que evolucionó a CAR-MEN. De GER-MEN resultan germen, germinar, germinal, y las curiosas palabra hermano y hermana, que sustituyeron a las más clasicas latinas fratrem y sororem, que sin embargo conservamos en cultimos como fraternidad y sororidad, o en los términos religiosos fraile y sor: El origen de nuestro hermano y de nuestra hermana es (FRATREM) GERMANVM y (SOROREM) GERMANAM, respectivamente, típicos ejemplos de adjetivos que suplantan al sustantivo, que se omite y se sobreentiende, como cuando en castellano se dice “fumar un (cigarro) puro” o “beber un (vino) blanco”, o tantos otros casos en los que la lengua tiende a la simplificación.

El verbo GI-GN-O presenta la raíz en grado cero reduplicada; significa “engendrar, parir”, y de su participio GENITVS -A -VM conservamos numerosos derivados como congénito, progenitor, genital, primogénito, unigénito.

Volviendo a la nación y a la nacionalidad y al nacionalismo, y al nazismo (del alemán Nazismus, que es la abreviación de Nationalsozialismus) hay que decir que la nación es desde un punto de vista etimológico el lugar donde se ha nacido.

Recordemos en este punto y en estos tiempos de tantos viejos y nuevos nacionalismos emergentes a Antístenes, que criticaba el patriotismo de los atenienses, argumentando que si los atenienses se gloriaban de haber nacido en Atenas, y de ser por lo tanto autóctonos del Ática, compartían ese dudoso honor con los caracoles y las langostas, por lo que no eran mejor nacidos que esos moluscos babosos y saltamontes.

miércoles, 7 de junio de 2017

Preparando unas verduras

Entre las muchas anécdotas que se cuentan de Diógenes, alias el Perro, hay una muy significativa sobre la relación que suele mantener la gente con los poderosos, tanto en sentido político como económico, que viene a ser lo mismo. La actitud de Diógenes es la de no someterse al poderoso, aunque eso le lleve a la exclusión social y prácticamente a la mendicidad, lo que, por otra parte, él no ve como una condena, sino como la bendición de una vida sencilla y frugal, esencialmente independiente y libre de ataduras.

Frente a Diógenes, se alza Platón, el filósofo académico, el intelectual conchabado, o sea, etimológicamente conclavado y comprometido con el Poder. Platón fue a la corte de Dionisio, el tirano de Siracusa en Sicilia, en el año 388 a. C para aconsejar al déspota en el gobierno y redactar una constitución para la ciudad, experimento político que fracasará clamorosamente.

La anécdota versa sobre el encuentro entre Platón y Diógenes. Real o no, es lo de menos. Se trata del enfrentamiento entre dos actitudes ante la vida: la sumisión y la insumisión. La transmite Diógenes Laercio  en Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, II, 68. La traducción que sigo es la de Luis-Andrés Bredlow, publicada en editorial Lucina, Zamora 2010: ...Platón, viéndolo (a Diógenes) lavar verduras, se le acercó y le dijo al oído: "Si sirvieras a Dionisio, no estarías lavando verduras"; y él le respondió, hablándole asimismo al oído: "Y tú, si lavaras verduras, no estarías sirviendo a Dionisio."  Una respuesta genial, como no podía ser menos procediendo de Diógenes, el Perro.




Diógenes se jacta con su respuesta de su independencia radical y de no colaborar con los poderosos, aunque eso signifique que no puede asistir a opíparos banquetes como Platón y tenga que prepararse, por lo tanto, sus propias y humildes verduras, y le reprocha así al divino Platón su colaboracionismo con el régimen político del tirano y el sistema de dominio entonces vigente en la colonia griega de Siracusa.  Diógenes no necesita buscar alimento apesebrándose en la corte de ningún monarca. Es su crítica, práctica y teórica, a la integración de la figura del sabio en el aparato del Estado y del Poder.   

Otra anécdota muy similar a esta es el encuentro entre Diógenes, que se encuentra preparando sus humildes verduras,  y  otro prototipo, menos conocido, del filósofo que colabora con el poder económico y político, Aristipo de Cirene, frecuentando los palacios de los poderosos:



Diógenes, que estaba lavando verduras, se burló de él (de Aristipo de Cirene) una vez que pasaba por delante y le dijo: "Si tú hubieras aprendido a comer esto, no frecuentarías los palacios de los tiranos." Y él (Aristipo) contestó: "Y si tú supieras tratar con la gente, no estarías lavando verduras". (DL II 68, traducción de L-A. Bredlow modificada).

Horacio se hace eco de esta última anécdota en su  Epístola I 17, v. 13-35, y resume así la vieja polémica entre el hedonista y cirenaico Aristipo, que no desprecia las riquezas ni el trato con el monarca que las dispensa,  y el cínico Diógenes, que se mantiene intransigente tanto frente al dinero como a los poderosos que otorgan a discreción sus prebendas, y que le reprocha a Aristipo: "si pranderet holus patienter, regibus uti / nollet Aristippus." "si sciret regibus uti, / fastidiret holus qui me notat". Lo que viene a decir: "Si resignado comiera hortalizas, tratar con monarcas / no iba Aristipo a querer." "Si supiera tratar con monarcas, / no iba a gustar de hortalizas el que me critica."

 Diógenes sentado en su tinaja, Jean-Léon Gérôme 1860

Horacio en esa misma epístola le brinda a un amigo unas "instrucciones para el trato con el poderoso", como dice Moralejo en la introducción a su espléndida traducción en prosa (Biblioteca Clásica Gredos, Madrid 2008).  Nada nos impide ser como Diógenes, pero si queremos prosperar económicamente en la vida hemos de contar con los ricos y poderosos. Aristipo no tenía inconveniente en eso, mientras que Diógenes rechazaba  ese trato y menospreciaba a quienes lo aceptaban como si se estuvieran prostituyendo. Así prosigue la anécdota en la citada traducción: Se cuenta en efecto que (Aristipo) solía burlar el mordisco del cínico de esta manera: "Yo hago el bufón en mi propio provecho, tú lo haces para la gente. Lo mío es mejor y mucho más digno: para que me lleve el caballo y el rey me alimente hago la parte que me corresponde; tú pides cosas que no valen nada, rebajándote ante el que te da, aunque dices que no necesitas de nadie". A Aristipo cualquier color le iba bien, cualquier estado o fortuna; aspiraba a ir a más, pero en general estaba contento con lo que tenía. En cambio a aquel (a Diógenes) al que su austeridad lo lleva a cubrirse con un paño doblado, me extrañará si le sienta bien un cambio de rumbo en su vida.  El uno no esperará por un atuendo de púrpura; vestido con lo que sea, irá por los sitios más concurridos, y sin desentonar hará este o aquel personaje. El otro evitará una capa tejida en Mileto como algo peor que un perro o una culebra; se morirá de frío si no le devuelves sus paños. Pues devuélveselos y deja que viva como un majadero". 

No es extraño que Horacio se identifique más con Aristipo que con Diógenes. Al fin y al cabo, él había entrado en el círculo de Mecenas y aceptado la casa que su protector y poderoso amigo le había regalado en las afueras de Roma, en los montes sabinos, para que viviera sin preocupaciones dedicándose a la poesía. No es raro, pues, que comprenda las razones del cirenaico el que se definió a sí mismo como un puerco de la piara de Epicuro (Epicuri de grege porcum). 

Daniel Paz, dibujante argentino, presenta así gráficamente esta misma historia: Hay algunos cambios, por ejemplo se hace a Arístipo (sic, en lugar de Aristipo) chupamedias (sic, por tiralevitas, lameculos o adulador) de Alejandro Magno, en lugar de Dionisio de Siracusa, y se han sustituido las verduras y hortalizas por un plato de lentejas, reminiscencia bíblica acaso; pero aunque haya cambiado el nombre del poderoso y el del alimento frugal de Diógenes, legumbres por verduras, la anécdota sigue siendo válida y significativa.