sábado, 23 de septiembre de 2017

"Te quiero, morena"

Algo nos rechina y no sólo hiere el oído sino que incluso nos repugna y ofende al corazón en lo que canta esta jota titulada “Te quiero, morena” con música de José Serrano, y letra de Arniches y García Arias, incluida en la zarzuela, más propiamente "Humorada cómico-lírica en un acto, El trust de los tenorios, que compara el amor que el baturro siente por una mujer zalamera y morena, baturra como él, con el amor que se siente no ya por una madre, lo que sería comprensible, sino por la gloria y aun por el dinero, haciendo que rimen “dinero” con “te quiero”. Algo nos suena a falso en esta declaración de amor. Algo nos dice que ese amor no puede ser verdadero ni bueno. La letra de la jota sería mucho más noble si dijese “te quiero más que al dinero”, pero no dice eso, sino todo lo contrario: “Te quiero... como se quiere al dinero”.


¿Cómo se puede querer a alguien “como se quiere la gloria” “como se quiere al dinero”? ¿Cómo se puede comparar el amor humano hacia una madre, o hacia una mujer de boquita de rosa y de risa zalamera y de ojos en la cara con el amor descarnado y abstracto a la gloria o al dinero? Así dice la letra de esta jota aragonesa, en interpretación del tenor Plácido Domingo: 
 


Te quiero, morena,
te quiero
como se quiere la gloria,
como se quiere al dinero,
como se quiere a una madre,
te quiero.

Me muero, baturra,
me muero
por tu boquita de rosa,
por tu reír zalamero,
por los ojos de tu cara,
me muero.

Es la jota
que siempre canté,
la sal de mi tierra,
y ¡olé! ¡olé!

jueves, 21 de septiembre de 2017

Memento mori

Statim allatae sunt amphorae uitreae diligenter gypsatae, quarum in ceruicibus pittacia erant affixa cum hoc titulo: FALERNVM OPIMIANVM ANNORVM CENTVM. Dum titulos perlegimus, complosit Trimalchio manus et: "Eheu", inquit, "ergo diutius uiuit uinum quam homuncio. Quare tangomenas faciamus. Vita uinum est. Verum Opimianum praesto. Heri non tam bonum posui, et multo honestiores cenabant."
Potantibus ergo nobis et accuratissime lautitias mirantibus laruam argenteam attulit seruus sic aptatam, ut articuli eius uertebraeque luxatae in omnem partem flecterentur. Hanc cum super mensam semel iterumque abiecisset, et catenatio mobilis aliquot figuras exprimeret, Trimalchio adiecit:
"Eheu nos miseros, quam totus homuncio nil est.
Sic erimus cuncti, postquam nos auferet Orcus.
Ergo uiuamus, dum licet esse bene."


Al punto traen dos ánforas de vidrio cuidadosamente selladas, en cuyo cuello habíase puesto un marbete con esta nota: “FALERNO DE OPIMIO, DE CIEN AÑOS”. Mientras leemos el letrero, palmeó Trimalción y, -¡Vaya! pues resulta –dijo- que vive más un vino que los pobres humanos. Por tanto, mojemos el gaznate. El vino es vida.  Os estoy ofreciendo legítima cosecha de Opimio (1). Ayer no lo puse tan bueno, y cenaban conmigo personas mucho más distinguidas.

Mientras bebíamos, pues, y considerábamos atentamente estas exquisiteces, trajo un esclavo un esqueleto de plata, articulado de modo que coyunturas y vértebras movibles ase doblaban en todas direcciones (2). Una y otra vez lo arrojó sobre la mesa; de esta suerte sus charnelas movedizas ofrecieron diversas figuras. Continuó entonces Trimalción:
-¡Ay, pobres de nosotros! que todo hombrezuelo es nada! Así seremos todos, luego que nos lleve el Orco. Vivamos, pues, en tanto que podemos ir tirando (3).
 (Petronio, Satiricón 34, tr. Manuel C. Díaz y Díaz):

(1) Falernum opinianum. Vino Falerno centenario. La elección del número “cien” y la mención de un cónsul romano, Opimio, que lo fue en el año 121 antes de Cristo, al parecer un año de extraordinaria cosecha, hace que este vino Falerno de la Campania tenga mucho más de cien años de solera. La excentricidad de Trimalción consiste en servir un vino que se usaba sólo para dar cuerpo a otro más joven, como un vino de mesa de reciente añada.

 Copa de Boscoreale, Museo del Louvre.

(2) Laruam argenteam: En latín clásico la palabra larua era bisílaba lar-ua, pero en latín arcaico trisílaba la-ru-a. En principio se denominaba así a las almas de los difuntos convertidas en seres malignos que regresaban a la vida y atormentaban a los vivos para vengarse de ellos en forma de fantasmas, en los que podríamos tal vez encontrar un lejano antecedente de nuestros zombies o biothánatoi. De ahí que laruatus signifique enloquecido como si estuviera poseído por las furias o por las larvas. El significado es, por lo tanto, fantasma, espectro. Se los ha emparentado etimológicamente con los Lares o dioses del hogar, que habrían sido en su origen divinidades infernales convertidas en genios protectores. Atestiguado desde Plauto. El sentido derivado es "espantajo" y "máscara" (en tanto que representación de los vivos).

Como estos fantasmas en las creencias populares no tenían más cuerpo que el esqueleto, larua designó también un muñeco en forma de esqueleto, como en este texto. En castellano actual, larva es la forma primaria que adopta un animal sujeto a transformación o metamorfosis. Aquí, sin embargo, calificado como “de plata” se refiere a un esqueleto de plata, como el que se conserva en Nápoles, procedente de Pompeya, articulado además como el que se describe aquí. Al parecer, no era raro que en los banquetes romanos sacaran a relucir un esqueleto (larua conuiuialis) o algo parecido para recordar a los comensales la fragilidad de la vida humana amenazada por la muerte siempre futura. Los autores griegos Heródoto y Plutarco describen esta costumbre a la que atribuyen un origen egipcio. Trimalción adopta aquí esta moda egipcia. Una copa en el tesoro de Boscoreale de Pompeya muestra varios esqueletos en ella, con la inscripción griega de una máxima de carácter epicúreo y hedonista ζῶν μετάλαβε· τὸ γὰρ αὔριον ἄδηλον ἐστι, esto es “disfruta mientras vivas, pues el mañana es incierto”. 
 
(3) Los versos que recita Trimalción son dos hexámetros y un pentámetro dactílico, que es una combinación no rara en epitafios griegos y latinos de gente inculta, en el sentido de que lo culto es el dístico elegíaco, no el trístico. Así podría sonar en castellano el epitafio:
Pobres, ay, de nosotros ¡qué poca nada es el hombre!
Todos seremos así, una vez que el Orco nos lleve. 
Conque vivamos, bien mientras se pueda seguir. 
 

Este mosaico romano, que representa una “larua” o esqueleto con la inscripción griega de la máxima délfica “conócete a ti mismo”, ha de interpretarse no como una invitación al autonoconocimiento, cosa más que difícil cuando el conocedor es el objeto de su conocimiento, ya que si es harto complicado conocer bien a los demás, mucho más problemático parece que uno llegue a conocerse a sí mismo, sino como “reconócete a ti mismo” en la imagen de este esqueleto que ves, y que representa la forma primaria o básica que adoptarás tras la metamorfosis que sufrirás cuando mueras, es decir, cuando tu esqueleto se haya desangrado y descarnado, lo que significa: acepta tu mortalidad.

El tópico del memento mori o recuerdo de la muerte es una costumbre muy arraigada y un tópico frecuente en los banquetes romanos y en la historia de la literatura y el arte universales: la certeza de la muerte siempre futura es la que anima a los invitados a festejar la vida y a banquetearse aprovechándola al máximo, como si quisieran conjurar así la amenaza pendiente.
En este sentido, abunda también el epigrama de Marcial (V, 64), donde cuenta que al ver desde la ventana de su casa el mausoleo vecino de Augusto, pide que le sirvan unas copas de buen vino Falerno, le pongan hielo para enfriarlo y combatir el calor veraniego, a la vez que perfuma sus cabellos y se ciñe una guirnalda de rosas: el mausoleo tan cerca de Augusto a vivir nos anima, / al mostrar que morir pueden los dioses también.
Pero en realidad el recuerdo de la muerte invita más que a vivir a beber para olvidar la inevitabilidad de la muerte.

martes, 19 de septiembre de 2017

Lecciones de economía: 9.- El poder del dinero, y el dinero y el Poder.

¿Hay dinero falso? ¿Se puede falsificar el dinero? No es una pregunta fácil de responder, porque lo primero que habría que desmentir es la dicotomía verdadero/falso aplicada al dinero con la que le otorgamos credibilidad, cuando en realidad todo el dinero que circula en el mundo, aunque de curso legal, es intrínsecamente falso.

Lo mismo sucede con la creación de un “banco malo”, impulsada por los gobiernos. Crean un banco malo para que creamos que las entidades bancarias que hay son bondadosas y desinteresadas hermanitas de la caridad.

Asimismo, la utilización de la expresión “mercado negro” conlleva una petición de principio: se presupone que frente al “mercado negro” existiría un “mercado blanco”, con las connotaciones de bondad, pureza y limpieza asociadas generalmente a este color. Sucede lo mismo con la expresión blanquear dinero. Del mismomodo cuando se habla de comercio justo se está justificando el comercio en último extremo. 

 
Preguntémonos qué es lo que se blanquea cuando hablamos de blanquear dinero negro. Más que el dinero en sí, parece que la “negrura” se le contagia al vil metal por la ilegalidad de la mercancía o por el fraude de la transacción económica realizada, cuando en verdad esta otra dicotomía maniquea blanco/negro lo que hace es ocultar la realidad. Es como si se quisiera dar a entender que el dinero, el mercado, los bancos, el comercio son medios inocentes de los que se puede hacer un uso bueno o malo, que dependería de los usuarios, es decir, de las personas, y no es así. Cualquier uso financiero que se haga es intrínsecamente malicioso.

Nuestro dinero sólo vale algo porque aceptamos que valga algo y que cuente. Dejaría de existir si no creyéramos en él, es decir, si no lo aceptásemos como medio de pago y endeudamiento. La cuestión se basa en la confianza que todos tenemos de que no ya con los billetes y las monedas, que no son más que calderilla barata, sino con el número de nuestra tarjeta de crédito/débito o simplemente con nuestra firma estampada en un cheque vamos a conseguir adquirir bienes y servicios. Las cosas no son así: con dinero no se puede comprar ninguna cosa buena, nada bueno, sólo sustitutos, simulacros, sucedáneos de las cosas buenas de verdad. El dinero reduce las cosas a futuro, y el futuro es un objeto de fe, un trampantojo que nos obnubila y esclaviza.
¡Cómo cambian los tiempos! Hablar de dinero, que antes se consideraba un síntoma de mala educación, que se evitaba pudorosamente en las conversaciones, es ahora objeto de la Educación Secundaria Obligatoria, y se llama fomento del espíritu financiero, económico, empresarial o, más neutro aparentemente,  emprendedor, y se incluye como asignatura troncal en el Bachillerato de Ciencias Sociales y de Humanidades con una formulación matemática y una jerga pseudo científica y especializada que lo único que pretende es que no haya Dios ni Cristo que entienda sus manejos .

¿Qué da valor al dinero? Buena pregunta. La fe que tenemos depositada en él, una fe expresada numéricamente en forma de crédito. La nueva moneda no es una moneda física o real porque el dinero ya no es material, concreto, sino espiritual e ideal, abstracto, una especie de contrato que establecen los estados con las instituciones bancarias nacionales e internacionales. ¿En qué consiste ese contrato nupcial entre el Estado y el Capital? 

El atracador, el banco, viñeta de Forges.

Los bancos crean el dinero y se lo “venden” a los estados a cambio de más dinero. Estado y Capital se lo venden a sus clientes y súbditos, que se endeudan de por vida, deuda que asegura la hegemonía de los grupos financieros y de los poderes político-económicos. El dinero, creado por los bancos ex nihilo, sin correspondencia con ningún recurso o riqueza material, es utilizado por los estados a cambio de una deuda aplicada con interés; el “nuevo dinero” creado de la nada adquiere valor a partir del previamente existente, que deberá forzosamente someterse a inflación; del latín inflatio, es la acción y el efecto de inflar: hinchazón sería un sinónimo, y una imagen gráfica: la de un globo inflado que se eleva como el alza sostenida de los precios al consumo. La población hace frente al pago de esa deuda trabajando como puta tras rastrojo, de modo  que la deuda, la inflación y la esclavitud humana en forma de trabajo asalariado quedan garantizados indefinidamente sine die.

Los grupos financieros dan sentido y razón de ser a la clase política que, respaldada mejor que elegida democráticamente por la mayoría de la población, que nunca por la totalidad, porque la mayoría no somos todos, se encargará de aprobar leyes, regulaciones económicas, declarar guerras so pretexto de misiones humanitarias de defensa de la democracia y de los derechos humanos y de lucha contra el terrorismo, y –en definitiva- “tomar las medidas” que perpetúen el sistema.

La gente se ve así forzada a trabajar para sobrevivir -no hablemos de vida, sino de supervivencia- porque estamos trocando nuestras posibilidades vitales por futuro, esa entelequia inalcanzable como el horizonte siempre lejano, que, cuando creemos haber conquistado, se nos escapa, y se convierte en un espejismo que vamos dejando atrás, por futuro, es decir, por dinero, que es deuda, una deuda que hay que satisfacer porque Dios, que es el propio Dinero, nuestro Padre Celestial, ya no perdona nuestras deudas “como nosotros perdonamos a nuestros deudores”, como le rezábamos antes en el Padrenuestro, sino que exige su satisfacción inmediata so pena de embargo y de desahucio decretados por el poder judicial del Estado a su servicio.

¿Con qué se engaña a la gente en la trampa del dinero? ¡Con más dinero! El aumento del poder adquisitivo hace que la gente firme el contrato con el sistema monetario y solicite un préstamo, ignorante de que ese contrato es su sentencia de muerte.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Un meme clásico: labor improbus

Un meme (neologismo acuñado por Richard Dawkins en 1970 sobre el griego "mímēma", que significa "imitación, figura, representación, imagen", abreviado como monosílabo en inglés  según el modelo de gen, relacionado con "memory" y con el francés "même") es una forma sencilla de propagación cultural de una idea formada por una imagen y muy pocas palabras que transmite un mensaje no exento de humor y sátira social y que circula como un virus a través de la Red y las redes sociales.

He aquí un meme clásico inspirado en Virgilio (Geórgicas, libro I, versos 145-146): labor omnia uīcit / improbus que suele traducirse por “el trabajo tenaz venció todas las dificultades” o “un trabajo perseverante lo pudo todo” o, mejor aún, “un trabajo ímprobo -es decir duro, malo- solventó todos los obstáculos”. La frase suele citarse con el verbo en presente: labor omnia uincit / improbus, pero muy pocos manuscritos dan esta lectura que tanto se repite y cacarea. Las mejores ediciones de Virgilio, por ejemplo la oxoniense de Mynors, presentan el verbo en pretérito perfecto “uīcit” en lugar del presente “uincit”. 

 
Ímprobo,  con el prefijo negativo IN- escrito IM- ante pe es lo contrario de probo = bueno, por lo tanto es sinónimo de malo. 

 

domingo, 17 de septiembre de 2017

Sin futuro, no hay futuro, no al futuro.

Quid sit futūrum cras fuge quaerere!  (Horacio, Carmina, I, 9, v. 13)  Es un hendecasílabo*  ya que tiene once sílabas (quae- cuenta como una porque es diptongo en latín). Es una refutación del futuro que significa, en su mismo ritmo: "¡No indagues qué mañana podrá pasar!". Este verso en nuestra métrica se considera dodecasílabo, porque es un hendecasílabo oxítono, y por lo tanto se computa con una sílaba más: 11 + 1 = 12. Entra en la composición de la estrofa alcaica, que consta de dos hendecasílabos, un eneasílabo y un decasílabo. 

Nota dos palabras clave en el verso, estrechamente relacionadas entre sí por el significado: el adverbio cras, que quiere decir  mañana, y que entra en la formación de la palabra procrastinar diferir, aplazar, dejar para el incierto día de mañana,  y la palabra futurum que es un participio activo de, cosa de Perogrullo, futuro, una innovación propia de la lengua latina que no existía en indoeuropeo ni en las lenguas hermanas,  y el origen de nuestra palabra  el futuro.

 Niña con globo, Bansky

Si los morituri eran los que iban a morir (mori, memento mori),  o los que estaban, mejor dicho, dispuestos a morir, que le decían al César aquello de  AVE, CAESAR, MORITVRI TE SALVTANT (ave, César, los que van a morir te saludan, que algún estudiante de latín poco avezado tradujo alguna vez como las aves del César se murieron por falta de salud), y el nasciturus es el que va a nacer (nasci), lo futurum es aquello que va a ser (fore), que está por venir (por eso, porvenir, escrito junto, es sinónimo de futuro), y que, por lo tanto, por definición negativa, el futuro no sólo es que no existe, sino que no llega nunca porque siempre está pendiente de realización.

En resumidas cuentas, viene a decirnos Horacio que no hay que preocuparse por el futuro porque no existe: no hay futuro ni hace falta que lo haya.

Charly Brown y su perro Snoopy,  Charles Schulz.  

*Hendecasílabo debería escribirse con hache, porque procede de una palabra griega que es héndeka, que significa once, y que esta formada con el número uno (hen) antepuesto al diez (deka). Las palabras griegas que comienzan por espíritu áspero, una ligera aspiración ante la vocal, se transcriben al castellano con hache. Sin embargo, el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia no recoge esta posibilidad. Si buscamos nos encontramos con esto en la Red: "La palabra hendecasílabo no está registrada en el Diccionario. La entrada que se muestra a continuación podría estar relacionada: endecasílabo". Si buscamos endecasílabo sin hache, leemos lo siguiente: "Del it. endecasillabo, este del lat. hendecasyllăbus, y este del gr. ἑνδεκασύλλαβος hendekasýllabos." Se trata de un préstamo italiano, como sabemos por la historia de la literatura, ya que este tipo de verso entró en la lírica española en el Renacimiento de la mano de Boscán y, sobre todo, de Garcilaso de la Vega, a imitación del hendecasílabo italiano, y en italiano no hay haches que valgan: no se pronuncian, no se escriben. Se pensó que si era una letra muda y no se pronunciaba, como en español, no tenía sentido escribirla  (salvo algunas formas del presente del verbo avere que la conservan como recuerdo etimológico, supongo, del latín: ho, hai, ha, hanno, y los préstamos de palabras extranjeras, sobre todo anglosajonas).

viernes, 15 de septiembre de 2017

Lecciones de economía: 8.- Dinero y artes.


Decía don Antonio Machado: Todo necio confunde valor y precio. Las artes, como todas las cosas en este mundo, no se libran del proceso comercial que las convierte en mercancías y en propiedades privadas, por lo que sus obras tienen un precio, y a menudo muy alto, tan alto que muchas veces resulta incalculable, hasta el punto de que suele estar en razón inversamente proporcional al del valor y utilidad que tienen para la gente, por lo que cuanto menos valen para el común de los mortales, más caras se pagan, y viceversa. Hoy,  como decía Oscar Wilde con su agudeza habitual, conocemos el precio de todo y el valor de nada, aunque los precios de las cosas nunca son fijos del todo, sometidos como están a los vaivenes y oscilaciones del mercado según su disponibilidad y según las fluctuaciones de las leyes de la oferta y la demanda. 

Como el precio de una obra de arte, de un cuadro, de una melodía musical, de una poesía, de un razonamiento filosófico o de una narración es tan difícil de calcular, porque hay que efectuar su conversión a dinero, capitalización o catargiriosis, cosa que parece imposible pero se hace, se recurre para su tasación a las subastas donde las producciones artísticas se venden al mejor postor, adjudicándoles su propiedad al que está dispuesto a pagar más por ellas. 

 ¿Arte o chatarra?

La palabra subasta, por cierto, procede de la preposición latina sub (bajo) y del sustantivo hasta (lanza). Cuando a un ciudadano se le requisaban los bienes, se clavaba una lanza para indicar que aquello estaba custodiado por el poder militar del Estado y nadie podía tocarlo hasta que no se celebrara una venta pública y se adjudicara al que más pagara por ellos tras una pública puja. Lo mismo sucedía con el botín de guerra, en el que se incluían los prisioneros, que, habiendo perdido su libertad, se subastaban en pública almoneda como esclavos que pasaban a ser propiedad de los dueños que los adquirieran. 

Llegamos, pues, a la conclusión de que las obras de arte y los artistas también se venden y también cotizan, y sus cotizaciones suelen estar en razón inversa a su valor. Cotizar es término económico que significa pagar una cuota y fijar un precio en la Bolsa, que deriva del latín “quota” (cuánto), por lo que la cotización de una obra está relacionada con la cantidad de dinero que cuesta, pero no con la calidad, que como se ha dicho suele ir en la proporción de a mayor cotización menor calidad y viceversa: los que más venden, por otra parte, son los más vendidos.

Uno de los pintores más cotizados del siglo XX es sin duda Salvador Dalí. Su firma da inmediatamente valor a cualquier cosa, por muy insignificante o anodina que sea. El poeta surrealista francés André Breton rebautizó despectivamente al pintor catalán con el anagrama "Avida Dollars", que definía perfectamente la relación de Dalí con el dinero, y lo expulsó del grupo surrealista por considerar que prostituía su arte al comercializarlo.

 

Avida Dollars es, en efecto, un anagrama: Las diez letras de este latín macarrónico, que significa "deseosa de dólares", escritas en otro orden corresponden al nombre y apellido del pintor Salvador Dalí. El adjetivo "avida" está en forma femenina. A veces se traduce por "sediento", pero, más propiamente sería "sedienta de dólares". ¿Por qué el femenino? Pues porque podemos sobreentender, por ejemplo, el sustantivo "persona" o "alma": Dalí era una alma deseosa de dinero. También podemos sobreentender, en una alusión a su codicia, mujer codiciosa de dinero: prostituta, artista que comercializa su arte, que se/lo vende.

 La fuente, marcel Duchamp (1917)

El urinario de Duchamp demostró que cualquier cosa podía considerarse una obra de arte con tal de que el artista, en este caso Marcel Duchamp (1887-1968), la declarara tal chef d'oeuvre –le puso el título de La Fuente (1917)- , la separara de su contexto original (en este caso, un retrete) y la situara en un nuevo marco adecuado -una galería, una exposición o un museo-, y algún crítico especializado o entendido en arte la considerara como tal “obra de arte” u “obra maestra”. Fue firmada inicialmente por “R. Mutt”, un nombre desconocido en el mundo artístico, por lo que se rechazó, pero cuando se supo que R. Mutt era un pseudónimo detrás del que se escondía Marcel Duchamp, reconocido artista vanguardista, se reconsideró como una obra de arte escultórica con un significado trascendente que estaba implícito en su título.

Otro ejemplo bastante más significativo de catargiriosis o conversión en dinero es la obra “Mierda de artista” de Piero Manzoni (1933-1962). ¿En qué consistía esta singular obra maestra de arte? El artista firmó –y la simple firma de Manzoni le imprimió carácter de arte a la obra e incrementó su valor dándole un significado y su cotización- noventa latas de conserva con la etiqueta “Mierda de artista. Peso neto 30 gramos. Conservada al natural. Producida y envasada en mayo 1961” escrita en cuatro idiomas para que estuviera bien claro: italiano, francés, inglés y alemán (le faltó el castellano). ¡Vendió cada lata al precio equivalente a la cotización que tenía el oro en el día! Pero lo curioso ha sido que la lata número 69 de las 90 que firmó ha alcanzado la cotización actual de 275.000 euros en una subasta reciente de Milán. La artística caca se ha vendido no ya a precio de oro, su peso en oro, sino más cara aún que el oro. Se ignora cuál es el contenido de estas latas de conserva herméticamente cerradas, si Manzoni defecó y depositó sus heces en su interior, porque, según parece, ninguna ha sido abierta, todavía.

Mierda de artista, Piero Manzoni (1961)

¿Qué convierte las cosas en arte, ya que cualquier cosa puede convertirse en obra de arte? En primer lugar, la personalidad de un artista estampada en la firma de su nombre propio; en segundo lugar, la exhibición del objeto en una galería consagrada o museo donde se exponen otras obras de arte. El objeto se ha convertido como por arte de magia ya en obra de arte, aunque no haya ningún proceso creativo detrás en su realización, gracias a la firma del artista. Y en último lugar, el beneplácito de  la crítica especializada, que considera que la obra es una obra de arte y como tal la consagra, aunque el público no entendido no comparta esa opinión y no la valore. Frente al  profanum vulgus, se alza la opinión del único que entiende, además del artista, que es el crítico especializado, que se convierte así en sumo sacerdote del culto de Apolo y  las Musas, y dictamina lo que puede entrar y lo que no en la Historia del Arte. El resto del público -no entendido- queda excluido y considerado "ignorante" del arte moderno y contemporáneo.

La alquimia pretendía encontrar la piedra filosofal que transmutaba todas las cosas en oro, y que era el elixir de la eterna juventud que rejuvenecía y confería la inmortalidad: pues bien, esa piedra filosofal es el dinero, lo más abstracto, que efectivamente transmuta todas las cosas en oro y las  idealiza. La merda d' artista es el lógico producto del artista di merda.

Hemos sacralizado el concepto de creación y el de originalidad, cuando en realidad la mayoría de las producciones artísticas, sometidas a derechos de autor como están, no tienen ningún valor para la gente, y la mayoría de las obras de arte contemporáneas son, como suele decirse vulgarmente, “una mierda pinchada en un palo”, lo que, paradójicamente, aumenta su cotización en al bolsa de valores del mercado y las subvenciones estatales. 

Lo que más se subvenciona econónimacamente hablando suele ser lo que menos vale para la gente y el pueblo, lo más inocuo y lo menos peligroso para el Estado y el Capital, como sabemos desde que la figura de Mecenas dio nombre al mecenazgo y a la protección de los poetas bajo el principado de Augusto, exigiéndoles que cantaran las glorias del nuevo régimen imperial.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Obituario: Luis Andrés Bredlow

Me ha sorprendido la noticia de la muerte de Luis Andrés Bredlow el 8 de septiembre de 2017, de la que me he enterado por la sentida reseña en la Red de su amigo Anselm Jappe, que escribe sobre él: Con él se apaga un espíritu brillante y profundo que ha contribuido tanto a la crítica social como al estudio de la filosofía clásica y antigua. 

 Luis Andrés Bredlow en el Barrio Chino de Barcelona
 
Había nacido en 1958 en Augsburgo (Alemania) y estudiado en Colonia. Al parecer nunca le gustó Alemania, por lo que a principios de los años ochenta se estableció en Barcelona hasta la fecha de su muerte, adoptando el español como su lengua principal y llegando a publicar dos libros de poesía en nuestra lengua.... Allí retomó sus estudios primero de sociología, luego de filosofía, colaborando como traductor de la editorial Anagrama. Apasionado por la filosofía clásica, gracias al griego que había aprendido en el instituto en Alemania, se especializó en el estudio de los presocráticos, en particular en Parménides, y se convirtió en doctor en filosofía haciendo de él el objeto de su tesis doctoral.

Ha publicado la primera traducción moderna al español de las Vidas y opiniones de los filósofos ilustres de Diógenes Laercio, así como sendas introducciones al pensamiento de Platón y de Kant, que revelan su creciente interés en la ontología y la metafísica. 
 
Ha publicado igualmente la que para mí puede ser su obra definitiva, pese a su brevedad (124 páginas), en cuya portada curiosamente no figura su nombre propio, lo que da idea de su escasa autopromoción: Gorgias de Leontinos: De lo que no es o de la naturaleza (ed. Anthropos, Barcelona, 2016). 


Se trata de una edición crítica, traducción y estudio introductorio con 124 notas y una amplísima bibliografía de los escasos testimonios que hay acerca del tratado (perdido) de Gorgias donde se defendían tres tesis que han causado estupor a lo largo de los siglos: (1) nada es lo que es; (2) si algo es lo que es, no puede ser conocido; (3) si algo puede ser conocido, no es posible dárselo a conocer a los demás. Consigue Bredlow librar al tratado de Gorgias, que para algunos sólo era una broma nihilista, un mero ejercicio de retórica o de humor absurdo, de los prejuicios que la mayoría de los intérpretes le han atribuido, reconstruyendo el armazón de su razonamiento y recuperando, ya que no el texto, a fecha de hoy imposible, sí el sentido que probablemente tenía.
 
Para Luis fue muy importante la relación con Agustín García Calvo, gran conocedor del pensamiento antiguo, poeta y crítico del capitalismo, como el propio Luis, y cuya obra, marginada por la industria de la cultura y por el mundo académico, hizo mucho por dar a conocer, promoviendo la publicación de sus escritos en otros países. 
 
Cedo finalmente la palabra a su amigo Anselm Jappe, que finaliza así su sentido homenaje en recuerdo de Luis Andrés Bredlow: ...sabía que “lo que de verdad razona no es el individuo, con sus creencias y sus intenciones, sino la razón misma, el lenguaje mismo”; y que es justamente “esa razón, esa lógica que es de todos porque está en el lenguaje mismo, la que se rebela una y otra vez contra la realidad y contra las ideas establecidas, sacando a la luz sus contradicciones y su falsedad constitutiva”. Una realidad, toca recordar ahora, que sería poca cosa sin aquella “oposición fundamental, de la que derivan todas las otras: la de vida y muerte”. Pero como Luis acertó a descubrir en su diálogo con la diosa de Parménides, “incluso esa oposición fundamental no es más que una convención de los mortales, pues en verdad todo lo que hay está vivo en mayor o menor grado. No se puede no ser: eso quiere decir también que nada ni nadie puede estar nunca muerto del todo”.

lunes, 11 de septiembre de 2017

¿Para qué sirve la escuela?

Vamos a proceder a desmenuzar y despedazar, como Jack el Destripador, por partes un texto breve del comienzo de El Satiricón de Petronio que trata de la función de la escuela en la formación de los estudiantes, un tema de rabiosa y pedagógica actualidad, y a ir viendo cómo podemos leerlo, entenderlo y comentarlo, para lo que vamos a manejar tres traducciones: (1) la de Manuel C. Díaz y Díaz, (2) la de Lisardo Rubio y (3) la de Francisco de P. Samaranch. Comenzamos leyendo el texto en su versión original latina: 
Et ideō ego adulescentulōs existimō in scholīs stultissimōs fierī, 

(1): “Y de aquí que piense yo que los jóvenes en nuestras escuelas se vuelven necios del todo”
(2): “Y así, según mi opinión, la juventud, en las escuelas, se vuelve tonta de remate”
(3): “Por eso creo que todos nuestros jóvenes estudiantes se vuelven tontísimos en la escuela”


Las tres traducciones confrontadas coinciden en que los jóvenes (adulescentulos) se entontecen en las escuelas (in scholis). Aunque el texto alude a las escuelas de oratoria y retórica, la afirmación se puede hacer extensible a nuestros modernos colegios e instituciones académicas, por aquello de que “hoy es siempre todavía”.

Petronio utiliza un superlativo (stultissimos), que podemos traducir por nuestro superlativo tontísimos o por la forma muy tontos, pero también podemos recurrir a sinónimos como bobalicones, bobos, ceporros, estúpidos, idiotas, ignorantes, imbéciles, incultos, memos, mentecatos, tarugos, zopencos, zoquetes, zotes, o echar mano de expresiones coloquiales que agudicen la tontería como “tontos de capirote”, “bobos de baba” o “necios con ínfulas de sabiondos”, u otras que se nos ocurran para intensificar la idea de que las escuelas consiguen lo contrario de lo que pretenden.

oOo

quia nihil ex hīs, quae in ūsū habēmus, aut audiunt aut uīdent, 

(1):porque ni ven ni oyen hablar de ninguno de nuestros problemas cotidianos.
(2): por no ver ni oír en las aulas nada de lo que es realmente la vida.
(3): porque de todo lo que ven y oyen en ella nada les ofrece una imagen real de la vida.


Petronio nos explica la causa del entontecimiento de los estudiantes en escuelas e institutos (quia nihil aut audiunt aut uident): porque ni ven ni oyen hablar de… Y aquí, en la segunda parte de la frase, es donde cada traductor nos da su versión propia: nuestros problemas cotidianos, lo que es realmente la vida, una imagen real de la vida. ¿Qué dice exactamente el texto? : ex his, quae in usu habemus: de lo que tenemos en la realidad. Me permito traducir “usu”, que es una palabra tan amplia en latín que significa cosas tan dispares como práctica, experiencia, uso, costumbre, hábito, utilidad… por “realidad”, aunque sé que es un anacronismo porque esta palabra no existía todavía en latín cuando Petronio escribió el texto, y por lo tanto no se había inventado todavía la realidad como tal. El adjetivo “realis”, en efecto, es una creación del latín tardío que significa relativo a la “res”, es decir, a la cosa, y de ahí surgió también en el bajo latín el sustantivo “realitas realitatis”, nuestra realidad, y, a partir de ahí, nace ya el realismo, que es la ideología dominante que pretende que hay que atenerse a la realidad, a que la realidad es todo lo que hay y a que no hay nada más que la realidad. Pero no hay cosa más absurda que este adjetivo, sobre todo si se lo aplicamos a una cosa porque es autoreferente: decimos que una cosa es “real”, es decir que una cosa es una cosa que se refiere a la cosa que es (referida a sí misma).

La crítica que se hace al sistema educativo romano (que es válida para el nuestro también) es que en lugar de enseñar y despertar la inteligencia, atonta porque no prepara para la vida, sino que, como decía Séneca, lo hace para la propia escuela (non uitae sed scholae discimus: no aprendemos para la vida sino para la escuela). Nada de lo que los estudiantes aprenden en el colegio tiene que ver con la realidad, con la sociedad, con la vida, con la práctica, porque lo que se hace allí es meterles ideas en la cabeza, responder a las preguntas antes de que se formulen, acabar con su curiosidad y su sentido crítico, procurar que no se despierte su inteligencia, para lo que se les adormece con cuentos, como en aquellos inolvidables versos de León Felipe: Yo no sé muchas cosas, es verdad. / Digo tan sólo lo que he visto. / Y he visto:  / que la cuna del hombre la mecen con cuentos, / que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,  / que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, / que los huesos del hombre los entierran con cuentos, / y que el miedo del hombre... / ha inventado todos los cuentos. / Yo no sé muchas cosas, es verdad, / pero me han dormido con todos los cuentos...  / y sé todos los cuentos.
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sed pīrātās cum catēnīs in lītore stantēs, sed tyrannōs ēdicta scrībentēs quibus imperent fīliīs ut patrum suōrum capita praecīdant, sed responsa in pestilentiam data, ut uirginēs trēs aut plūrēs immolentur, sed mellitōs uerbōrum globulōs, et omnia dicta factaque quasi papāuere et sēsamō sparsa.

(1): sino de piratas que acechan en la costa con cadenas, de tiranos que promulgan edictos por los que ordenan a los hijos decapitar a sus propios padres, de oráculos que para cortar una epidemia exigen la inmolación de tres o más doncellas, pompas en fin de dulzona palabrería, y todo, palabras y hechos, como adobado con adormidera y ajonjolí.
(2)Tan sólo se les habla de piratas con cadenas apostados en la costa, de tiranos redactando edictos con órdenes para que los hijos decapiten a sus propios padres, de oráculos aconsejando con motivo de una epidemia que se inmolen tres vírgenes o unas cuantas más; las palabras y frases se recubren de mieles y todo -dichos o hechos- queda como bajo un rocío de adormidera y sésamo. 
(3) No son más que piratas con cadenas, emboscados en las orillas, tiranos que preparan edictos que condenan a los hijos a decapitar a sus propios padres; respuestas de oráculos que, en una epidemia, mandan inmolar tres vírgenes o aún más; melosas y blandas pompas de palabras; en fin, los dichos y los hechos están todos como espolvoreados de adormidera y sésamo.

Los ejemplos que cita Petronio de los temas que se tratan en las escuelas son de lo más variopinto y colorido: piratas, tiranos, oráculos que exigen sacrificios humanos, todo ello vana palabrería que no tiene nada que ver con la realidad de la vida, sino que más bien son historias estupefacientes, cuentos cuyo objeto es infundir el miedo.

La crítica que se hace aquí, como señala Lisardo Rubio, es que en el Imperio “en lugar de debatir los grandes problemas del Estado, maestros y discípulos trataban en sus ejercicios de declamación temas imaginarios e insustanciales, en que lo único que importaba era destacar de algún modo y arrancar aplausos aun a costa del buen gusto”. 

Los niños se vuelven tontísimos en la escuela porque allí no aprenden nada. Eso sí: se les llena la cabeza con informaciones rocambolescas, sensacionalistas y disparatadas, a lo que contribuyen los medios de incomunicación con la Red Informática Universal y sus micropantallas a la cabeza de todos ellos,  a fin de que cunda el pánico: terroristas, diríamos hoy, que acechan en la costa a la que han llegado clandestinamente con pateras dispuestos a poner una bomba en cualquier parte en el lugar y momento menos pensados encarnando la amenaza del legendario hombre del saco, sacaúntos o sacamantecas que viene a secuestrarnos sin rescate y privarnos de libertad, como si nosotros fuéramos libres; perversos pederastas; traficantes de órganos o tratantes de blancas sin escrúpulos que van a vendernos y a prostituirnos al mejor postor; dictadores enloquecidos y sanguinarios que promulgan leyes que obligan a cometer crímenes monstruosos de lesa humanidad contra la democracia y holocaustos contra los derechos humanos; oráculos que exigen inmolaciones y que vienen a decirnos que el sacrificio de hoy será la prosperidad de mañana… Nada que tenga que ver, en definitiva, con lo que realmente importa y con lo que pasa en la escuela, donde se les hace creer a los infantes a pies juntillas en los cuentos y las mentiras –ideas, creencias, credos- que les inculcan y, en la mayor de todas las patrañas, que eso es la Realidad, que la Realidad es verdad y que es todo y lo único que hay.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Casa de citas: Ovidio, Livio, Gautier, Roger de Rabutin y Maupassant.

El poeta Ovidio, desterrado de Roma por el emperador Augusto, en Tomis, la actual Constanza (Rumanía) a orillas del Mar Negro, escribe a su amigo Cota Máximo una larga Carta desde el Ponto (I, 5) sobre las bondades de la literatura. En su destierro tiene que esforzarse por escribir en verso, que ya no le sale espontáneamente como en su juventud antes del exilio, pero tiene que hacerlo por la paradoja de que lo más útil es lo que no tiene ninguna utilidad práctica: la poesía como consuelo de males: el que canta su mal espanta, que dice nuestro refranero popular. Y es que el verso, a la vez que nos recuerda la prosaica cárcel en la que vivimos, nos consuela y libera de ella. 

Cum bene quaesieris quid agam, magis utile nil est
 artibus his, quae nil     utilitatis habent. 
(Ovidio, Epistulae ex Ponto I, 5, v. 53-54)

Estatua de Ovidio en Constanza (Rumanía)

  Si con razón me preguntas que qué hago, no hay nada más útil
 que estas artes que no     tienen en sí utilidad.

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Dice en alguna parte Théophile Gautier: Il n'y a de vraiment beau que ce qui ne peut servir à rien; tout ce qui est utile est laid, car c'est l'expression de quelque besoin, et ceux de l'homme sont ignobles et dégoûtants, comme sa pauvre et infirme nature. – L’endroit le plus utile d’une maison, ce sont les latrines. 


"No hay verdaderamente bello más que lo que no puede servir para nada; todo lo que es útil es feo, pues es la expresión de alguna necesidad, y las del hombre son innobles y repugnantes, como su pobre y enferma naturaleza. -El lugar más útil de una casa son las letrinas.”

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¿De qué lado está Dios?
 

Roger de Rabutin (1618-1693), conde de Bussy,  en una carta al conde de Limoges fechada el 18 de octubre de 1677,  había escrito:  Dieu est d'ordinaire pour les gros escadrons contre les petits: (Dios suele estar a favor de los grandes escuadrones contra los pequeños). La idea que subyace detrás de esta cita es que la mayoría (les gros escadrons) siempre vence a la minoría (les petits) porque es numéricamente superior, y eso Dios lo aprueba, sin entrar en qué partido es cualitativamente mejor.


 Ya antes Tito Livio había dejado escrito que la mayoría siempre vencía a la, por así decirlo, mejoría: “sed, ut plerumque fit, maior pars meliorem uicit” (Livio, XXI, 4, 1): Pero, como casi siempre pasa, la mayor parte venció a la mejor. Livio lo dijo a propósito de las guerras púnicas, cuando los aristócratas cartagineses, capitaneados por Hannón, que para nuestro historiador representaba la mejor parte porque era la nobleza cartaginesa y defendía la paz con los romanos, se opusieron a que Aníbal, aclamado general con el griterío unánime del fervor popular, sucediera a Asdrúbal, conscientes de que esa chispa (paruus hic ignis) podría provocar un gran incendio (incendium ingens). Anón (o Hannón), que quería la paz con los romanos, no veía bien el nombramiento de Aníbal, que contaba con el apoyo del partido de los Barca y de la mayoría. Así traduce José Antonio Villar Vidal el pasaje: “Pocos, pero prácticamente los mejores se mostraban de acuerdo con Hannón, pero como ocurre las más de las veces, la cantidad se impuso a la calidad”.  (Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, Biblioteca Básica Gredos, Madrid 2001).   Una célebre redondilla castellana anónima, basada probablemente en la batalla de Guadalete entre moros y cristianos en el año 711, recoge la misma idea: "Vinieron los sarracenos / y nos molieron a palos, / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos."


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En carta fechada el 3 de agosto de 1878 dirigida al novelista francés Gustave Flaubert, el escritor Guy de Maupassant (1850-1893,  considerado como uno de los grandes maestros del cuento de la literatura universal) le decía literalmente: «Je ne comprends plus qu'un mot de la langue française, parce qu'il exprime le changement, la transformation éternelle des meilleures choses et la désillusion avec énergie: c'est "merde"».Lo que, traducido literalmente por si acaso alguien no lo entiende, quiere decir: “Ya no comprendo más que una palabra de la lengua francesa, porque expresa el cambio, la transformación eterna de las mejores cosas y la desilusión con energía: es "mierda"”.


Podemos parafrasear a de Maupassant, y hacer extensible la cita a nuestra lengua y a la realidad, tan falsa como real, que nos enmierda, a fin de cuentas "merde" y "mierda" son palabras hermanas que proceden de la latina "merda".

miércoles, 6 de septiembre de 2017

¿¡Todabía con be!?

 (Plan de mejora de la escritura para la erradicación de las faltas de ortografía)


La escritura es un fenómeno cultural gracias al que los hablantes de una lengua toman conciencia de la lengua que hablan. En este sentido, la escritura del castellano, la del italiano y el alemán, así como la del latín para su tiempo, son bastante fieles a la lengua hablada, reflejan bastante bien, ya que no la pronunciación, sí la estructura fonológica, es decir, los rasgos pertinentes y distintivos de los sonidos, a diferencia del francés o del inglés . Esto supone que la mayoría de las palabras de la lengua de Cervantes se leen prácticamente como se escriben, porque a cada letra por regla general suele corresponderle un fonema, y viceversa.

El poeta Juan Ramón Jiménez emprendió por su cuenta su pequeña reforma ortográfica en lo que a la ge y a la jota concierne, escribiendo con jota, por ejemplo, “antolojía” y reservando la ge exclusivametne para la oclusiva velar sonora, como en gato

No obstante, todavía chocamos en castellano con algunos obstáculos, que deberíamos desechar si queremos ser más respetuosos con la procura de escribir bien la lengua que hablamos. Las letras “b” y “v”, por ejemplo, representan el mismo fonema oclusivo labial sonoro hoy día, a pesar de algunos cultiparlantes que se empeñan en africar las uves al modo francés. Parece lo más razonable usar una grafía común para este fonema: o siempre la “v” o siempre la “b”, pero no unas veces uno y otras otro como sucede ahora por unas razones conservadoras que la inmensa mayoría de los hablantes y escribientes desconoce.

La hache no es un fonema castellano y no se incluye dentro del sistema fonológico (aunque alguna vez se aspirara, como revela la expresión cante jondo, es decir, hondo). Deberíamos olvidarnos de ellas al comienzo de las palabras, como hicieron los italianos. O, de lo contrario, los conservadores de grafías obsoletas deberían reclamar que España se escribiera con hache, sí, porque viene del latín “Hispania”, como se sabe, con hache (aquí tienen el argumento etimológico que necesitan), y deberían escribir, de acuerdo con eso, Hespaña por lo tanto. 

Igualmente, el problema de los acentos se resolvería con un poco de buena voluntad si acentuáramos todas las palabras tónicas y nos olvidáramos de normas ortográficas que huelen a alcanfor y a naftalina, que impone la santa madre inquisión de la corrección ortográfica. Las autoridades académicas nos han dispensado de escribir la tilde del acento en algunos monosílabos tónicos, pero sería mucho más fácil ponérsela a todos que no acordarse de que hay que ponerla en y en , pero no en ti por ejemplo.

Se podría objetar que lo que aquí se predica traería consecuencias desastroas y funestas para el cabal entendimiento de la lengua, o sea para la gramática. No es así en absoluto. Al contrario, nadie confundiría, por poner un ejemplo, la preposición “a” (a casa) con el verbo auxiliar “ha” (ha ido), porque la diferencia más importante no radica en la hache, que es sólo superficial y literaria, y no es más que una rémora de nuestra tradición escrita, sino en el acento: la preposición es átona y el verbo tónico. Bastaría solamente con prfestarle oído a la propia lengua que hablamos para saber que “a” no lleva acento en “a casa”, pero sí lo lleva, aunque secundario, en “ha ido”… ¡Lástima que algunos estén ya irremediablemente sordos para el resto de sus días por culpa del propio sistema educativo, de enseñanza más propiamente hablando, que pretende ensordecernos a todos o, al menos, a la inmensa mayoría democrática, anteponiendo el carro de las reglas ortográficas del acento a los bueyes del sentido del oído y la prosodia!

¿Qué sucedería si de repente, de la noche a la mañana, como suele decirse, nos pusiéramos todos a escribir como hablamos? ¿Pasaría algo grave? No, nada más que no habría lugar a cometer faltas de ortografía. ¿Nada más que eso? Nada más y nada menos. ¡Sería estupendo! Nadie se escandalizaría por el hecho de que se escribiera “abézes”, por ejemplo, con “b” y con “z” (sí que sería una idiotez, un signo de cobardía, sumisión a la autoridad y miedo a cometer una falta –pero no una falta propiamente dicha, sino una sobra- escribir “habézes”, lo que pasa hoy: algunos se pasan por miedo de no llegar y ponen o intercalan haches donde no las hay, como en teléfono in(h)alámbrico, creyendo que escriben más cultamente, y ponen acentos donde no hay que ponerlos como en vinierón y todo lo que acaba en –on, porque han interiorizado la norma de que se acentúan las palabras oxítonas que acaban en ene o ese, y no escuhan a su oído que debería hacerles sentir cuál es la sílaba tónica, que no es la última sino la penúltima, complicando así las cosas sobremanera.

Y es que la normativa académica vigente cumple a mi ver dos funciones importantes: la de inducir a errores ocultando y falsificando la realidad de la propia lengua que se habla, y la política (todo es política en esta vida, ya lo ves, hija mía, hasta lo que no lo parecía), de imponerle a la gente (analfabeta como viene al mundo) normas, reglas y autoridades académicas y pedantes desde su más temprana infancia para someterla también al yugo ortopédico y ortodoxo de la ortografía.

(1) La palabra todavía procede de dos palabras latinas tota uia, expresión que significa “en todo el recorrido del camino”, como en la frase “tōtā uiā errāre”: equivocarse totalmente, de cabo a rabo. De ahí viene, escrito en una sola palabra, nuestro todavía, que en castellano viejo se usaba como sinónimo de siempre, como en el verso aquel del Arcipreste de Hita del Libro de Buen Amor: adulterio e forniçio todavía deseas. La Real Academia Española de la Lengua, esencialmente conservadora, prescribe que se escriba todavía con uve para recordar precisamente su origen etimológico latino. Pero el argumento cae por su propio peso: en latín no había uves: la palabra VIA se pronunciaba “uia”, no “bia” (al menos en el latín clásico, porque, según sabemos, los hispanos confundieron enseguida en latín vulgar VĪVERE (uiíuere: vivir) con BIBERE (bíbere: beber), haciendo ambas palabras equivalentes al oído. Y es que hoy sólo hay una pequeña diferencia de timbree vocálico entre vivamos y bebamos, lo que no deja de tener su miga de gracia.