martes, 31 de enero de 2017

Hospitalidad griega

Una palabra griega, que define como ninguna otra una de las principales características de la cultura de la Grecia antigua, es "filoxenia", que significa "hospitalidad, agasajo al huésped". La lengua griega se caracteriza por su gran maleabilidad, que la hace idónea para la creación de nuevas palabras, nuevos conceptos, nuevas ideas, lo que resulta de todo punto enriquecedor. Tal es el caso de "filóxenos", un adjetivo compuesto de "filo-" que significa "amigo" y "xénos", que quiere decir extranjero o forastero. Filóxeno, es por lo tanto, aquel  que gusta de hospedar a los extranjeros, hospitalario, acogedor; todo lo contrario, por cierto, de "xenófobo", una palabra que nos resulta más familiar -¿por qué será? Muy sencillo, porque nuestro mundo moderno se caracteriza precisamente por su xenofobia y no por su filoxenia o, si se prefiere, xenofilia. Nuestra sociedad es xenófoba porque tiene miedo del extranjero,  desconfía del foráneo,  al que acaba odiando y haciéndolo responsable de todos nuestros males, que no son pocos. 

 



Pero en la antigüedad una de las advocaciones de Zeus era precisamente el epíteto Zeus hospitalario, Zeus "xenios", el dios protector de los extranjeros, el dios de la hospitalidad. 



La leyenda de Baucis y Filemón, una pareja de ancianos pobres que vivían en una humildísima cabaña, ilustra este punto. Un día llamaron a su puerta dos extraños. Baucis y Filemón, pese a su pobreza, los recibieron invitándolos a pasar y a acomododarse. Acto seguido compartieron su mesa con los forasteros. Sobre la mesa no había grandes manjares, nada que hubieran comprado: todo procedía de su propia y modesta huerta. A punto estuvieron de sacrificar incluso el único ganso que tenían para agasajar a los recién llegados, a lo que estos se opusieron, por lo que el ganso se salvó de acabar en la cazuela. Los extraños, sin embargo, comieron y bebieron. Comían y bebían, y algo raro sucedía... El vino fluía sin fin, no se acababa nunca.

Pronto barruntaron  los ancianos anfitriones que aquellos forasteros no eran dos hombres cualesquiera, sino dos divinidades: el propio Zeus y Hermes, o, si se prefiere, Júpiter y Mercurio eran los que habían llamado a su puerta haciéndose pasar por dos extranjeros. Como antes habían recorrido toda la ciudad sin que nadie los hubiera recibido, los dioses decidieron castigarlos a todos haciendo que perecieran en una inundación, salvo aquellos dos ancianos y su humilde cabaña, que se convertiría en un templo dorado y resplandeciente. Baucis y Filemón, por su parte, llegarían a ser los guardianes del templo, y rogarían a los dioses que les concedieran el deseo de morir juntos: ambos fueron convertidos en dos árboles que crecieron a la par a la puerta del templo y se entrelazaron para siempre. 



Júpiter y Mercurio en casa de Filemón y Baucis, Rubens (1630-1633)

Esta leyenda que nos transmite Ovidio en sus Metamorfosis expresa muy bien el carácter sagrado e inviolable que entre los antiguos tenía la ley de la hospitalidad con los forasteros no hostiles, a los que se les brindaba alimentación y, si lo requerían, un lugar para pasar la noche. Todos los extranjeros y pobres estaban bajo la protección directa de Zeus, dios supremo y padre de dioses y de hombres, y cualquier persona que no acatara esta ley cometía el más abominable de los sacrilegios. Zeus, pues, protegía al fugitivo que suplicaba clemencia y amparo, y al extranjero que no poseía derechos legales, pero que gozaba como huésped del amparo que consagraba la religión.

Resulta, pues, paradójico que una gran parte de la opinión pública griega moderna, y española también,  -pero no toda afortunadamente- criminalice ahora a los extranjeros tachándolos de responsables del desempleo, de la delincuencia, del virus del Nilo occidental, de la crisis económica, de la tuberculosis, del terrorismo y de un larguísimo etcétera. Y es  sarcástico que se haya denominado en Grecia a una operación policial contra la inmigración ilegal "Zeus xenios" (Zeus hospitalario). ¿No es cuando menos irónico recordar el nombre de Zeus a la hora de detener a unas personas cuyo único delito es no tener papeles y buscar la hospitalidad de los griegos? 



No obstante, los griegos de a pie, el pueblo llano sigue siendo, pese a todos los pesares de sus gobernantes, bastante hospitalario y amable, bastante filóxeno o, si se prefiere, xenófilo. El siguiente vídeo de la Oficina de Turismo de Creta exporta esta imagen un tanto tópica, pero no por ello menos real, de la hospitalidad griega. Dicha Oficina de Turismo intenta atraer a los extranjeros ricos, a los turistas europeos, principalmente alemanes y británicos adinerados, haciendo gala de la proverbial hospitalidad griega. El vídeo, tomado de aquí, no tiene desperdicio. 


Mucho antes de que la Unión Europea frenase el éxodo de los migrantes sirios bloqueándolos dentro de la península turca de Anatolia en campos de concentración de refugiados, pagando al actual sultán de Turquía no pocos millones de euros a tal fin, miles de personas intentaban llegar desesperadamente a las costas europeas en busca de una vida mejor. 


Ya lo hicieron, en la antigüedad, sus predecesores Eneas y los troyanos supervivientes de la guerra de Troya, y, por lo tanto, víctimas de esa guerra,  que emigraron hacia Europa en busca de nuevos asentamientos.  Nadie le puso trabas entonces a su huída. Hoy a los refugiados no se les deja pasar a Europa. 

La hospitalidad es una idea griega –que aparece ya en Homero. Tanto entre los griegos como entre sus adversarios troyanos, la filoxenia es sagrada. Glauco, que es un héroe troyano, se enfrenta con Diomedes que es griego, y por lo tanto, su rival, en el canto sexto de la Ilíada (119-236). Su enfrentamiento se salda con el intercambio de presentes y los dones de hospitalidad (xeineia, en griego, xenia, en latín –regalos o dádivas que se hacen a un huésped-). Intercambian sus armas, independientemente de su valor económico, porque sus antepasados habían mantenido un lazo de hospitalidad, lo que reforzaba dicho vínculo creando una relación de amistad y hospedaje.

Copio como muestra, para corroborar lo dicho, el pasaje arriba mencionado de la estupenda traducción de la Ilíada que hace Emilio Crespo Güemes:

Glauco, hijo de Hipólico, y el hijo de Tideo
Coincidieron, ávidos de luchas, en el espacio entre ambos bandos.
Cuando ya estaban cerca, avanzando el uno contra el otro,
Díjole el primero Diomedes, valeroso en el grito de guerra:
“¡Sobresaliente guerrero! ¿Quién eres tú de los mortales?
Nunca te he visto en la lucha, que otorga gloria a los hombres,
Antes. Sin embargo, ahora estás muy por delante de todos
Y tienes la osadía de aguardar mi pica, de luenga sombra.
¡Desdichados son los padres cuyos hijos se oponen a mi furia!
Pero si eres algún inmortal y has descendido del cielo,
Desde luego yo no lucharía con los celestiales dioses.
(…)
Mas si eres un mortal de los que comen el fruto de la tierra
Acércate más y así llegarás antes al cabo de tu ruina.”
Respondióle, a su vez, el esclarecido hijo de Hipóloco:
“¡Magnánimo Tidida! ¿Por qué me preguntas mi linaje?
Como el linaje de las hojas, tal es también el de los hombres.
(…)
E Hipóloco me engendró a mí, y de él afirmo haber nacido.
Me envió a Troya y con gran insistencia me encargó
Descollar siempre, sobresalir por encima de los demás
Y no mancillar el linaje de mis padres, que los mejores
Con mucho fueron en Éfira y en la anchurosa Licia.
Ésas son la alcurnia y la sangre de las que me jacto de ser.”
Así habló, y Diomedes, valeroso en el grito de guerra,
Se alegró y clavó la pica en el suelo, nutricio de muchos,
Y dijo con lisonjeras palabras al pastor de huestes:
“¡Luego eres antiguo huésped de la familia de mi padre!
(…)
Por eso ahora yo soy huésped tuyo en pleno Argos,
Y tú lo eres mío en Licia para cuando vaya al país de los tuyos.
(…)

 Glauco y Diomedes intercambian sus armas.
Troquemos nuestras armas, que también estos se enteren
De que nos jactamos de ser huéspedes por nuestro padres.”
Tras pronunciar estas palabras, ambos saltaron del carro,
Se cogieron mutuamente las manos y sellaron su compromiso.
Entonces Zeus Crónida hizo perder el juicio a Glauco,
Que con el Tidida Diomedes intercambió las armas,
Oro por bronce, unas que valían cien bueyes por otras de nueve”.

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