viernes, 31 de marzo de 2017

Armas pacíficas



Un ex presidente del Gobierno de las Españas condenó públicamente hace unos años el ataque de Israel a la franja palestina de Gaza, reconociendo, acto seguido, públicamente sin empacho ninguno que nuestro país había vendido armas a Israel, pero añadió,  con cínica hipocresía,  «no se ha matado a ningún palestino con armas españolas». ¿Qué clase de armas eran esas que no mataban al enemigo? Pues eran fusiles, pistolas, ametralladoras y, silenciadores para más recochineo, que acallaban la detonación impactante de dichas armas de fuego. 

Y es que, al parecer, hay armas –y no nos habíamos percatado de ello hasta ahora- estrictamente pacíficas e inofensivas, que no hacen "pum" y no matan a nadie. Son sólo disuasorias, es decir que pretenden infundir miedo y no meter plomo en el cuerpo del adversario. Son armas inocentes que, contra el dicho popular, no las carga el diablo. Y no preguntemos quién es el adversario: El enemigo es aquel al que se dispara y se convierte en objetivo.

 Moneda romana. Cara del emperador, y dios Marte pacificador con lanza y rama de olivo (270 d. de C.) 

Podría parecer a primera vista que España no vende muchas armas. Pues nada más lejos de la realidad: nuestro país es uno de los mayores proveedores de armas del mundo, el octavo suministrador mundial de armas convencionales, sí armas pacíficas de esas que no matan a ningún palestino, según el cínico dicho de aquel ex presidente del Gobierno.

La venta de unos aviones de combate y de unos buques de guerra a Venezuela fue calificada por ese mismo personaje como una «operación comercial con armas pacíficas». Que es una operación comercial lucrativa nadie lo pone en duda. Que los aviones de combate y buques de guerra sean armas pacíficas eso no se lo cree nadie. Claro está que no hacen daño a nadie mientras no se usen, pero el problema es que se venden y se compran para usarse y no para guardarlas en el armario bajo la custodia del maestro armero.

La entonces ministra de Defensa española declaraba, a la sazón, sin rebozo alguno ni sonrojo por su parte a la prensa francesa: «Soy una mujer pacifista». No le suponía ninguna contradicción lógica decir que era pacifista y administrar, a la vez, el Ministerio de la Guerra, como se denominaba antaño a lo que hoy se llama, en estos tiempos de la posverdad, de Defensa. Pero iba más lejos aún: «…y el Ejército también es pacifista». Quería convencernos de que el Ejército era una piadosa hermanita de la caridad con dos pistolas al cinto encargada de sembrar la paz.

Y lo decía tan seria, como si no fuera consciente del oximoro o estúpida agudeza que había usado. El oximoro, como se sabe según los manuales de retórica, es una contradictio in terminis consistente en armonizar dos conceptos opuestos, como si dijéramos una tesis y una antítesis hegelianas, en una sola expresión formando así un concepto nuevo fruto de la contradicción o síntesis, cuyo significado se desprende no de su sentido literal, que es absurdo (por ejemplo, «un dolor placentero» o un “placer doloroso”), sino del sentido metafórico.

Un eximio oximoro sería “La paz es la guerra”, que escribió Orwell en 1984. La idea no es extraña, es la “pax Romana” o, más modernamente, “pax Americana”. Ya los romanos decían “Si uis pacem, para bellum”, que significa que si quieres la paz prepares la guerra. Y en ese sentido se le aplica al dios de la guerra, al fiero y viejo Mavorte, al padre Marte, pues era según la leyenda dorada padre de Rómulo y Remo y por lo tanto de todos los romanos, un epíteto controvertido como “pacifer”: MARS PACIFER o MARS PACATOR: Marte portador de la paz, el pacífico Marte, Marte pacificador, el pacifista Marte, igual de pacifista que nuestra Ministra y que las pacíficas armas que vende España.

 Napoleón como Marte pacificador, Antonio Canova (1809)

En ese sentido, un personaje tan poco sospechoso de pacifista como fue Napoleón Bonaparte, fue considerado Marte pacificador. Así lo representó el escultor italiano Antonio Canova, ese maestro del neoclasicismo. Una copia del original que se halla en Londres puede contemplarse en el patio de la pinacoteca de Brera de Milán. Canova esculpió al general francés en 1809 como un colosal dios Marte victorioso e idealizado. El emperador está desnudo, como las estatuas de los dioses y héroes de la antigüedad clásica, si se exceptúa la capa militar que se apoya en su hombro izquierdo. Su brazo izquierdo sostiene una lanza, y el derecho un globo sobre el que se yergue una Victoria alada.


Conviene recordar que la revolución francesa, fruto de la Ilustración como era, no acabó con la monarquía en la guillotina e instauró la república, como nos enseñan los libros de texto de la historia oficial. Lo que hizo en verdad fue reforzar e insuflar nueva savia al viejo tronco monárquico. De ella salió Napoleón, uno de los monarcas más absolutos que en el mundo han sido, el gran déspota, el Gran Rey, que llegó a contar con un ejército que ya lo hubieran querido para sí los régulos anteriores. Él y no otro creó el servicio militar obligatorio moderno.  


Resulta sarcástico considerar, pues, a Napoleón Bonaparte, como a Marte, el viejo dios de la guerra y padre de los romanos, como a todos los ejércitos y armas del mundo instrumentos de la paz. Pero ya se sabe, eso tiene sentido en un mundo como el nuestro en el que reina la mentira, o posmoderna posverdad, y en el que a la guerra se la llama paz.

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