miércoles, 8 de marzo de 2017

Mil y más besos no pueden bastarle a Lesbia

(Con motivo del día de la mujer, reproduzco por su interés el artículo de Eva Cantarella publicado por el periódico italiano Il corriere della Sera el 4 de marzo de 2016, en traducción castellana propia).

Basta citar su nombre –Lesbia– y de pronto, inevitablemente, el pensamiento va a Catulo y a los mil besos (y después mil más, y otros mil todavía) que el poeta le pide, en los momentos más felices de su amor. Que la mujer llamada con este nombre deba su fama al hecho de que el joven poeta se hubiese enamorado perdidamente de ella es algo indiscutible. Así como el hecho de que a él le deba ella la fama de mujer voluble e infiel. Pero ¿cómo era, verdaderamente la mujer que inspiró algunas de las más bellas poesías de amor jamás escritas? Para intentar entenderlo empezamos identificándola: su verdadero nombre era Clodia, y era ciertamente una mujer muy bella y muy fascinante: el tamaño y el brillo de sus ojos era tal –decía toda Roma– que amigos y enemigos la llamaban Boopis “ojos grandes” (literalmente “de ojos de novilla”, el mayor cumplido de entonces).

 Lesbia, imaginada por John Reinhard Weguelin (1849-1927)


En los límites de la depravación. Nacida alrededor del 94 a. C., la llamada Lesbia era hermana de Clodio, ex tribuno y jefe de una banda que apoyaba la política de los populares, y en particular de César. En fecha imprecisa se había casado con un político muy conocido, Quinto Cecilio Metelo Céler, y poco después de la muerte de estos, en el 59, había conocido a Catulo, casi diez años menor que ella, en cuya obra se basan tradicionalmente los intentos de conocerla. Pero Catulo, de Clodia, estaba locamente enamorado y al mismo tiempo locamente celoso: convencido (probablemente no a propósito, se diría) de haber sido traicionado, como dice un célebre verso suyo, al mismo tiempo la amaba y la odiaba (odi et amo). No era y no es, en suma, una fuente objetiva. Asimismo está muy lejos de ser objetiva la otra fuente importante que podemos consultar, es decir, Cicerón. Por razones no sólo distintas, sino opuestas a las de Catulo: la enemistad, en este caso, estaba ligada –en primer lugar– al hecho de que el enemigo político más odiado de Cicerón era el hermano de Clodia. En la ciudad, además, se decía que esta había intentado cortejar a Cicerón, buscándole problemas con su mujer Terencia. Si damos crédito a Plutarco, de hecho, Terencia “llegó a odiar a Clodio por culpa de la hermana de éste Clodia, que habría querido casarse con Cicerón” (Plut., Cic., 29). Cotilleos, cierto, que dan sin embargo la idea de relaciones por lo menos decididamente difíciles. Y a todo esto se añade el hecho de que, en el 56, Cicerón defendió en juicio a Celio Rufo, ex amante de Clodia, acusado entre otras cosas de haber intentado cometer un homicidio. Clodia, en este proceso, había sido llamada como testigo, porque había acusado a Celio de haberle robado joyas y de haber intentado después matarla. Las razones para dudar de la imparcialidad del retrato con negras tintas que hace Cicerón de ella son del todo evidentes. Pero volveremos sobre Cicerón.

 Lesbia y su gorrión, sir Edward John Poynter (1836-1919)


Comenzamos por Catulo. ¿Es la historia que nos cuenta la de un amor verdadero? Según algunos, sus versos serían el fruto de una imaginación poética, que describe el objeto de su amor basándose en modelos literarios. Por consiguiente, reconstruir el personaje de Clodia a partir de sus poesías sería imposible. Pero a mí me parece que si se debe desconfiar de Catulo no es porque no describa un amor verdadero. A Catulo no puede tenérselo en cuenta, más bien, porque es un enamorado que no acierta a comprender a la mujer que ama. Y es necesario admitir que Clodia debía ser una mujer difícil de entender no solamente por él, y probablemente por cualquier otro hombre de la época, sino quizá también por muchos hombres bastante más cercanos a nosotros en el tiempo. Es por esto mismo, porque no acierta a entenderla, por lo que Catulo la insulta, describiéndola a veces como un personaje en los límites de la depravación. Clodia, en definitiva, es un topos, pero no necesariamente literario. Es el estereotipo, bien arraigado en la mente masculina, de la mujer que rechaza o elude cualquier pretensión de exclusividad. La historia que emerge de las poesías de Catulo es la de la total incomprensión, que por otro lado no impide a los dos amantes vivir momentos de intensísima pasión. Para demostrarlo basta el celebérrimo, bellísimo poema de los mil besos: “Lesbia mía, vivamos, nos amemos, / y el gruñir de los serios personajes  / en total nos importe dos ochavos. / Soles pueden ponerse, y vuelven soles: / al ponérsenos esta lucecita, / una noche a dormir nos queda eterna. / Dame besos, y  mil, y luego ciento, / luego mil otra vez, de nuevo ciento...  (traducción de Agustín García Calvo, como las que siguen). Pero con la pasión se alternan enfriamientos y abandonos que a veces parecen definitivos: “Triste Catulo, deja de hacer el tonto, / y lo que ves perdido, perdido sea... / ¡Adiós, la niña!: ya Catulo está firme, / ni ha de buscarte ni rogarte a la fuerza…” Pero las proposiciones no duran mucho: “La odio y la quiero. Que cómo lo hago acaso preguntas. / No lo sé, siento que así pasa y martirio me da”. Hay momentos en los que Catulo acusa a Lesbia de traiciones repetidas, describiéndola como entregada a todos los vicios: lujuriosa, inmoral, hambrienta de placer y de poder. Pero depurados del veneno de los celos y de las incomprensiones, de los versos de Catulo surge una mujer que –diríase– lo amó a su vez: a su manera, pero no como quería Catulo. Lo amó como ama una mujer independiente, y aun se diría, feliz de vivir; quizá cruel, pero a la manera en que lo son los enamorados, voluntaria o involuntariamente. Las infamias de las que Catulo acusa a Lesbia entran en el cuadro y en el juego que a menudo contrapone a dos combatientes en una guerra de amor. Uno demanda amor eterno y exclusivo, otro ofrece un amor si no ocasional, menos comprometido. Sucedía y sucede.

  La lectura o Catulo y Clodia, Giulio Aristide Sartorio (1860-1932)



Detrás del estereotipo de la devoradora de hombres, en definitiva, parece vislumbrarse una figura real: una mujer fuerte, autónoma y, en el amor, ciertamente voluble: tanto durante como después de la relación con Catulo, terminada la cual se convierte en la amante de Celio Rufo. Y es sobre esa fase de su vida donde tenemos el testimonio de Cicerón (de cuya hostilidad y sus razones ya hemos apuntado), al que el proceso contra Celio Rufo le ofreció la posibilidad de destruir definitivamente la imagen de Clodia. De grandísimo abogado como era, Cicerón, ante los jueces, trafulcó la verdad. De testigo de la acusación, Clodia se convirtió en la acusada.


Las acusaciones de Clodia a Celio, dijo Cicerón, eran falsas: ¿cómo se podía dar crédito a una mujer como ella? Una mujer que apenas muerto su marido se había dado a la dolce vita, frecuentando a las personas más indignas. Su casa de Roma, las propias calles eran testigos de una conducta desvergonzada. ¿Cómo podían los romanos permitir que uno de sus mejores conciudadanos (como hábilmente presentó a Celio) fuese víctima de una venganza desleal, urdida por una mujer incalificable? Celio fue absuelto. De Clodia, que entonces tenía treinta y ocho años, a partir de ese momento no se tiene ya noticia. 



Catulo leyendo sus poemas en casa de Lesbia, sir Lawrence Alma Tadema (1836-1912)

 Una viuda fuera del tiempo. ¿Qué conclusión sacar, a la luz de estos testimonios, sobre ella? Una cosa, una sola cosa parece cierta: Clodia-Lesbia era una mujer radicalmente distinta del modelo femenino que los romanos proponían a sus mujeres desde el inicio de su historia. No era (como Lucrecia o como Virginia) una mujer llena de todas las virtudes: silenciosa, obediente, hija, mujer y madre ejemplar, pronta a morir para defender su honor… Por no hablar de su radical diferencia de la imagen de la viuda. Para los romanos, la viuda perfecta era la que limitaba en brevísimos tiempos la duración de su viudedad, suicidándose inmediatamente, o poco después de la muerte del marido. Así había hecho la viuda republicana por excelencia, la célebre Porcia (a la que sus padres y amigos le habían quitado las armas con las que pudiera matarse) había resuelto el problema engullendo carbones ardientes. A celebrar su gloria había llegado incluso un autor como Marcial, no poco crítico normalmente con el comportamiento (para él deshonesto) femenino: “Cuando Porcia se enteró de la muerte de su esposo Bruto / y el dolor buscaba las armas que le habían sustraído, “¿todavía no sabéis?” dijo “que no se puede prohibir la muerte? / Creía que mi padre con su muerte os lo había enseñado.” / Terminó de hablar y con ávida boca se tragó brasas ardientes: / ¡ven ahora y niégame, turba importuna, la espada! ”. Tratando de concluir: lo que sabemos con certeza de Clodia es que rechazó parecerse a los modelos que le eran impuestos, y que la cosa no le fue perdonada. Por nadie. En vida y durante mucho tiempo después de su muerte.


(Eva Cantarella, Sette, Il corriere della Sera, 4 marzo 2016)

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