sábado, 15 de abril de 2017

Desaprendiendo (homenaje a Borges)

Circula por la red un falso poema atribuido a Jorge Luis Borges que se llama Aprendiendo. No voy a dar el enlace. Si a alguien le interesa tal superchería falsaria, no tiene más que escribir “aprendiendo” y el nombre del escritor argentino en cualquier buscador para que aparezcan enseguida numerosas páginas donde se incluye semejante engendro de pésimo gusto.

Está tan mal escrito que no puede ser obra del genial Borges. Además, parece una mala traducción de la lengua del imperio que, como se sabe, es el inglés norteamericano. En cuanto a los contenidos, son realmente tópicos, típicos lugares comunes de un manual de autoayuda escrito por algún psicólogo doctorado por cualquier supuestamente prestigiosa University de los Estados Unidos donde a sus autores les han regalado el título por su participación en el equipo de rugby, y les han dado una beca por hacer un curso monográfico sobre pensamiento único y convencional.

Al pobre Borges, que estará removiéndose en su tumba contra tal falsificación, le habría hecho gracia la superchería plagiaria si hubiera tenido algo más de arte y de ingenio. Por mi parte, sólo se me ocurre contraatacar con este Desaprendiendo, que sí podía haber escrito Borges. 



  
Desaprendiendo



Con el tiempo y con los libros de la Biblioteca Universal uno debería percatarse de la relatividad de las cosas de la vida, y de la sutil semejanza que hay entre el día y la noche, entre un éxito y un fracaso, entre el bien y el mal, entre el odio y el amor, entre la verdad y su falsificación.


Con el tiempo te das cuenta de que no sabes absolutamente nada de nada, como aquel griego, el hijo de la partera, que se llamaba Sócrates, salvo acaso cuán vasta es tu ignorancia.


Con el tiempo comprendes que la vida, esa vieja raposa de la fábula de Esopo, la peor maestra que podía tocarte en esta escuela, lejos de enseñarte algo, te convierte, si te dejas llevar por ella, en un sinvergüenza y un infame canalla.


Con el tiempo uno no aprende nada de nada, absolutamente nada, excepto la fatiga de desaprender lo mucho y lo mal que ha aprendido.


Con el tiempo todo se va, la vida se va, los amigos se van, se van las palabras, se van los instantes, fugitivos como el río de Heráclito, y sólo queda el viejo déspota al que los griegos llamaron Cronos, ese dios omnipresente al que sería preciso desenmascarar.


Con el tiempo y en cualqueir lugar del mundo, aquí y ahora mismo en Buenos Aires, por ejemplo, se descubre al fin que el tiempo no cuenta ni vale para nada, ni siquiera para cicatrizar nuestras múltiples heridas.

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