domingo, 18 de junio de 2017

Homo urbanus versus homo ruralis

El poeta Horacio en una de sus Sátiras, la séptima del libro segundo, se reprocha a sí mismo a través de su alter ego, el esclavo Davo, que hace uso de la libertad de diciembre, es decir, de la licencia de decir lo que piensa que le brindan las fiestas saturnales: "Romae rus optas; absentem rusticus urbem / tollis ad astra leuis."

 Foro de Roma visto desde los jardines Farnesios,  J-B. Camille Corot (1826)
Lo que viene a decir algo así como: Quieres en Roma el campo; ya rústico, la urbe lejana, / frívolo, subes al cielo. Es decir que Horacio cuando está en Roma (Romae es lo que las gramáticas llaman un locativo) desea o echa de menos (optas de donde deriva nuestro verbo optar,  y nuestras opciones y numerosísimas optativas del sistema educativo) el campo (rus ruris con rotacismo en latín de la ese intervocálica y silbante que se convierte en vibrante como en el adjetivo rural, y que conservamos en rústico.

La campiña romana en invierno, J-B. Camille Corot

Según este primer hemistiquio nos hallamos ante el tópico del menosprecio de corte y alabanza de aldea: el poeta, que se encuentra en la villa y la corte, la urbe por excelencia, añora el campo, sin embargo, cuando el poeta ya está en el campo como buen campesino (rusticus), y Horacio disfrutaba, gracias a la generosidad de su amigo Mecenas, de una finca en la campiña en las afueras de Roma,  pone por las nubes (tollis ad astra) la ciudad ausente, que echa de menos (absentem urbem, palabras de las que que conservamos restos como absentismo y urbanismo).  Nos encontraríamos ahora ante el tópico del revés: menosprecio de aldea y añoranza, si no alabanza, de corte.


Y todo eso se resume en un adjetivo que Horacio se dedica a sí mismo: leuis, que es lo contrario de grauis. Es decir que hace lo que hace porque es una persona ligera, frívola, voluble, que no sabe disfrutar de lo que tiene, por eso cuando está en la ciudad añora el campo y cuando está en la campiña echa de menos el bullicio de la gran ciudad. Se anticipaba así el poeta al hombre moderno y su dilema irresoluble, que no sabe estar a gusto consigo mismo en ningún sitio sin echar de menos el otro.


  La campiña romana, J-B. Camille Corot (1826)

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