jueves, 12 de octubre de 2017

Seguimos hablando griego

Andrea Marcolongo, una milanesa de 29 años, ha sido la primera sorprendida de que su libro La lingua geniale. 9 ragioni per amare il greco  se haya convertido en Italia en un best-seller con más de 150.000 ejemplares vendidos hasta la fecha. Ahora se ha traducido al castellano y lo publica entre nosotros Taurus como La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego. Justamente ahora que el griego como asignatura del Bachillerato de Letras (hoy Humanidades) se ha visto relegada junto con la filosofía al cajón de sastre de las optativas minoritarias que se resisten al criterio de rentabilidad económica resurge el interés, quizá por la mala conciencia de haber defenestrado esta materia, por la lengua de Platón.


Apunta la autora que cuando los políticos toman estas decisiones es porque tienen miedo de que aprendamos a pensar, y tiene razón.


Dice la autora en la entrevista concedida a El País que una de las razones que desanima a los mileniales a elegir esta asignatura es que la consideran una lengua muerta, que hace siglos que nadie habla y que no sirve para nada. En cuanto a lo último, es verdad: tanto el latín como el griego no sirven para nada efectivamente. Pero ¿para qué sirve todo lo demás? Esa es su grandeza: no servir. Preferir lo útil a lo inútil, lo que sirve a lo que no sirve,  sólo sirve, valga la redundancia, para convertirnos a nosotros en utilizados, en empleados, en siervos. 

Y, en cuanto a lo de que el griego es una lengua muerta, es mentira, no porque el griego se siga hablando en Grecia y en Chipre en la actualidad, sino porque nosotros mismos seguimos hablando griego sin ser conscientes de ello. Andrea Marcolongo, después de criticar la dicotomía lenguas vivas/lenguas muertas, lo expresa así: “A mí me gusta más hacer la distinción entre lenguas fértiles e infértiles. Y el griego es una lengua muy fértil que sirve para crear palabras nuevas”. Pone como ejemplo la palabra “xenofobia”: xenos es extranjero en griego y fobia es miedo; por tanto, xenofobia es el miedo al extranjero, un helenismo acuñado en el siglo XX, impensable en el mundo griego donde la hospitalidad era uno de los valores fundamentales, y una obligación casi sagrada, hasta el punto de que se invocaba a Zeus como Xenios o protector de los extranjeros.


Esto es lo que opinaba la autora del libro sobre los políticos y el griego clásico en la citada entrevista: “Las generaciones actuales son hijos de la crisis, sus padres han perdido su trabajo, y se les ha dicho que tienen que estudiar informática (¡y economía, entre nosotros!) porque es en ese campo en el que van a encontrar trabajo. Es como si estuviéramos persiguiendo un futuro que nunca llega. Dejamos el griego a un lado porque, además de considerarlo inútil, pensamos que es algo muy difícil, y en el sistema educativo actual reina el principio de que todo tiene que ser fácil. Pues no, no tiene que ser así. Estamos formando a futuros ciudadanos y debemos enseñarles que no todo en la vida es fácil. Además, tenemos que saber que todas las lenguas, incluso el griego, son política, nos enseñan a pensar, a ponernos en la mente del otro”.


Critica la milanesa también la invasión de los anglicismos y los emoticonos, esos pictogramas primitivos. Y trae a colación el emoticono que en 2015 eligió el diccionario de referencia de la lengua inglesa de Oxford como “palabra del año” (sic): una cara que se ríe derramando unas lágrimas, mucho más difícil de entender que cualquier helenismo.

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