jueves, 31 de agosto de 2017

¡Tontos que somos y atontaos que estamos!


Nos hacemos a la mar de las nuevas tecnologías, y navegamos por las mares procelosas de la Red sin llegar a buen puerto nunca, y, aun peor, acabamos hundiéndonos y yéndonos a pique. Naufragamos en las redes sociales, caemos en sus redes como incautos mileniales, y pasamos de ser el pececito que nadaba en el agua de la mar salada como pez, nunca mejor dicho, en el agua a convertirnos en un pescado ya fresco en el mostrador de la pescadería y listo para la futura fritanga del chiringuito playero, o ya congelado en la cámara frigorífica, esperando su hora. Naufragamos ante los cantos de las sirenas, como en aquel precioso fandango de Huelva: Niña, son verdes tus ojos / como las olas del mar. / ¡Pobre del que mire en ellos / y que no sepa nadar! / Niña, son verdes tus ojos.

Creímos que interné era la panacea universal, tontos de nosotros, que ponía el mundo entero a nuestra disposición, cuando en realidad lo que hace es someternos a nosotros, aislarnos de la gente, apartarnos de la realidad, enfrascarnos en la nebulosa del ciberespacio, hacernos nefelíbatas que caminan sobre la nube, sin apercibirnos de la realidad que tenemos bajo nuestros pies porque, de hecho, cuando estamos conectados, no pisamos tierra.  


Creímos que teníamos muchos “amigos”, “seguidores” y “contactos”, cuando en realidad éramos cada vez más autistas, y estábamos más solos que la una. So pretexto de interrelacionarnos con los demás nos atomizábamos individualmente, valga la redundancia etimológica grecolatina y pedante (in-dividuum es la versión latina del griego á-tomon),  condenándonos a un aislamiento cibernético, a una soledad monádica y monástica.

El móvil o teléfono inteligente nos entontece aún más a nosotros, atontaos que estamos ya, y nos hace confundir la realidad no ya con el deseo, como a Cernuda, sino con sus pantallazos. Y que conste que al hablar de pantallas, distingo tres clases:  

-en primer lugar, la gran pantalla o pantalla gigante, que es la cinematográfica, en la que los hermanos Lumière proyectaron por primera vez en 1895 la primera película muda, que es la que más respeto me merece por algunas de sus creaciones y carácter de espectáculo público;

-en segundo lugar, la pequeña pantalla, que es la televisiva y privada pero ya familiar de algún modo, la que se denominó despectiva- pero acertadamente la “caja tonta”, el  electrodoméstico por el que sólo se emitían tonterías e idioteces, aunque más que caja tonta habría que decir “atontadora”, en el sentido de acaparadora de nuestra atención, por su poder de atraer como un imán nuestra mente y nuestra mirada y de hipnotizarnos y abstraernos de la realidad con su pernicioso magnetismo;

-y, last but not least, la micropantalla, la del móvil, exclusivamente individual y personal e intransferible, hasta el punto de que es un delito hurgar en ella si no eres su legítimo propietario, como en la intimidad de nuestros trapos sucios sentimentales, la pantallita de nuestro smartphone, teléfono inteligente en la lengua del Imperio, que por cierto podría mucho mejor llamarse dumbphone, o teléfono tonto, porque atonta, porque entontece por su capacidad de atraer la atención personalizada e individualizada, más aún que la televisión y muchísimo más que el cine, por supuesto.

 

El móvil nos impide movernos. Él es nuestra burbuja, el responsable de nuestro encapsulamiento, encapullamiento o cocooning, en la lengua del Imperio, con el que nos encerramos a hilar nuestra propia baba, el cordón umbilical que nos mantiene unidos al claustro materno, al cascarón del huevo que nunca romperemos ya, el objeto sagrado que hace que inclinemos sumisamente la cabeza por la calle, distraigamos la atención, y que abajemos la mirada y la vista, ajenos a lo que nos rodea y a quienes nos rodean, para asomarnos por esa minúscula pantalla a un mundo que no es de verdad; incapaces de caminar con la frente alta, la agachamos reverentemente ante el santo sacramento del altar para consultar nuestro misal y gargarizar lo que está mandado, lo que Dios manda.

Las autoridades educativas fomentan desde las altas instancias las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (la sigla ominosa es TIC, que suena a onomatopeya relojera de bomba que va a explotar y a tic nervioso), para que confundamos el mundo con lo que sale por la micropantalla, para que compartamos nuestra geolocalización y no nos perdamos, publiquemos nuestro humor y estado de ánimo, nuestras opiniones personales, cada uno las suyas, nuestros gustos/likes y nuestros disgustos/dislikes, el relato de lo que hemos visto hoy, ya puede ser extraordinario o lo más trivial del mundo, lo que hemos hecho, lo que hemos comido, lo que hemos bebido, lo que hemos defecado.
 
Nos animan a que subamos lo que se nos ocurra, todo vale con tal de que entremos y subamos algo: fotos de las vacaciones, de las salidas de fiesta, de la sagrada familia, de los colegas, de los ligues y, como no vamos a ser menos que Narciso, también de nosotros mismos,  a Instagram, a Facebook, a Google, a Snapchat. Quieren que tuiteemos para demostrar que existimos, como los políticos, que no tienen cosa mejor que hacer,  que produzcamos, que hablemos, aunque no digamos absolutamente nada que no hubiera sido preferible callar. 

Nos exhortan a que no dejemos de emitir, a que estemos constantemente retransmitiendo en la línea de fuego, dando y recibiendo. Dando y tomando.Todo para maximizar y optimizar el relato de nuestra vida cotidiana. ¡Cuánto mejor sería minimizarla y, si no pesimizarla, al menos invisibilizarla -Epicuro  aconsejaba, bendito sea, a sus discípulos lathe biōsas: vive oculto-  y no exhibirla sin ningún pudor por la red de redes!



Todo queda íntegramente grabado como valor de información y almacenado, y es nuestro algoritmo, nuestro alguarismo. Todo queda, como dice el Comité Invisible, bajo el imperio de los GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon), que son los terribles cuatro jinetes apocalípticos: la sangrienta victoria, el hambre, la guerra y la muerte. No olvidemos al quinto y más mortal de todos ellos: la información, como acertó a señalar Buñuel.

La gente que usa el transporte público, por ejemplo el tren, cada vez menos por desgracia, se coloca individualmente, si puede, y lo primero que hace una vez tomado asiento en el vagón, es sacar el aparato. Cada uno va a lo suyo. Se trata de una multitud que conjura su soledad con el cacharro: cada uno con sus cadaunadas, sus pantallazos y guasapeando o como se diga. Ya nadie se asoma a mirar por la ventanilla, ni se pone a charlar con el vecino, al que ignora por completo y que ni siquiera saluda.


Llegará el día, si no ha llegado ya, que Dios o el Diablo nos coja confesados, en que la policía, como medida antiterrorista, establezca un fichero cibernético –esto es, etimológicamente, “gubernativo”; esta palabra como ciberespacio y cibercafé nos recuerda el timonel con el que se gobierna la nave griega, metáfora del Estado- de “personas ocultas”: allí estaremos los que no tenemos un perfil conocido en alguna red social o una cuenta de abono a un teléfono móvil. Si no hay referencias nuestras en Interné, si no existimos en la cloud computing, como quisiéramos más de uno, es probable que seamos un candidato para ese fichero policial de peligrosos terroristas yijadistas ordenado por el ministerio de interior del gobierno que nos haya tocado no vamos a decir la suerte, porque no es ninguna suerte, sino la desgracia de padecer.

¿Alguien puede imaginar lo mal que tiene que sentirse alguien en su sano juicio, la desolación que ha tenido que sufrir en su vida cotidiana, juventud y adolescencia,  y el profundo aburrimiento de larga tarde de domingo que ha tenido que soportar para que lleguen a serle deseables las redes sociales siquiera por un momento?

No hay comentarios:

Publicar un comentario