martes, 26 de septiembre de 2017

Lecciones de economía: 10.- El dinero es crédito y el crédito pura deuda

La paulatina desaparición del dinero físico y su sustitución por el electrónico o plástico, lejos de ser una metamolrfosis del dinero, pone en evidencia no una nueva forma, sino su forma verdadera, lo que era y es la esencia misma del dinero: deuda contraída. El número de tarjetas de crédito es ya muy superior a las de débito, cara y cruz de la misma moneda digital. Con la de débito se efectúan operaciones siempre que hay fondos efectivos disponibles en la cuenta corriente, mientras que una tarjeta de crédito permite hacerlo aun cuando no haya dinero contante y sonante en ese momento: es un préstamo automático que concede el Banco sin necesidad de mayor justificación, que permite disponer de un efectivo que no existe todavía, que aún no se ha materizalizado. En el momento de su utilización el cliente está contrayendo automáticamente con el Banco una deuda que no le será perdonada nunca porque el Señor, ay, ya no perdona nuestras deudas, como hacía antaño cuando se le rezaba el Padrenuestro como Dios manda y se le rogaba aquello en latín de dimitte nobis débita nostra sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris.

Dinero electrónico o plástico
 
Estas tarjetas incentivan el consumo a través del crédito, que nos otorgan y que nos endeuda. El pago puede hacerse de forma total a mes vencido o fraccionado “en cómodos plazos”, pero cuando se hace de este modo los intereses suelen ser elevados, lo que hace que se forren a costa de eso las entidades bancarias, que suelen vincular,  o fidelizar como dicen ellas,  al cliente cuando pide un préstamo de envergadura para adquirir una vivienda o el último modelo de la marca un automóvil, obligándolo a domiciliar su nómina, sus recibos, su plan de pensiones en su caso y sus tarjetas de crédito y débito. Los establecimientos comerciales agradecen, por su parte, también el pago con dinero plástico o electrónico que evita el engorro de dar cambio y de manejar billetes y monedas,  ofreciendo seguros en viajes que nos venden la falsa ilusión de la huida de la realidad, descuentos en gasolineras que alimentan los depósitos de los coches que nos llevan a ninguna parte, establecimientos de hostelería o espectáculos y devoluciones en las compras si no estamos satisfechos con los productos entre otras prácticas ventajas.

El peligro de la utilización de este intrumento financiero es, aparte de las comisiones, por un lado, de emisión y mantenimiento anual que cobra el Banco,  el alto interrés que, generalmente, se aplica a la hora de fraccionar las compras, que suele rondar el 25% muy cercano a la usura, que es un delito y además algo éticamente reprobable, y, sobre todo, el hacer un uso irresponsable, contra el que  los propios economistas y banqueros nos previenen,  y contraer, por ende, una deuda que no seamos capaces de afrontar.

Quieren presentarse al cliente las tarjetas, si no como algo positivo totalmente, sí como algo neutro, de lo que se puede hacer un uso racional y bueno, aunque también completamente irracional y malo, lo que depende del cliente, recayendo en él toda la responsabilidad. 


 
Algunos argumentan lo mismo sobre las armas de fuego: si disponemos de una pistola podemos hacer un buen uso, no usándola, paradójicamente, o un uso irracional de ella, que es precisamente el que ella reclama y el que nos fuerza a apretar el gatillo. No en vano reza un proverbio japonés: "Cuando la espada (más propiamente, la catana, que es el arma y el alma, digamos, del samurai) está desenvainada, tiene que matar". Y lo mismo que sucede con las armas, que las carga el diablo, como se sabe, podemos decir del dinero y la deuda que conlleva. 

El tinglado del sistema político y económico, que sólo sobrevive precisamente fomentando un consumo irracional y desmesurado, se ha denominado tradicionalmente "sociedad de consumo”, como se decía antes, pero según Rafael Sánchez Ferlosio en su libro "Non olet" (editorial Destino, Barcelona 2003) debería llamarse más bien "sociedad de producción", porque su principal objetivo es precisamente la producción de consumidores a cargo de la poderosísima industria publicitaria, hasta el punto de que las empresas se gastan más en publicidad que en producir el objeto de consumo.

Analiza muy finamente Ferlosio lo que ha dado en llamar la figura del "homo emptor" u hombre comprador, que es, huelga decirlo, el último estadio de la evolución del "homo sapiens sapiens". Toma la expresión seguramente del latinajo "caueat emptor", que significa que tenga cuidado el comprador, ya que asume el riesgo de la adquisición, descartando ulteriores reclamaciones.  


A imagen y semejanza del término "ludopatía", híbrido grecolatino de “ludus” (juego en latín) y “patheia” (enfermedad en griego), crea él "emopatía”, para calificar la patología de comprar ("emo" en latín es comprar) compulsivamente, la adicción al consumo sin ton ni son. (Otros prefieren llamarla con el helenismo "oniomanía", de "onios" mercancía y "manía" locura, según el modelo de toxicomanía). El emópata y el ludópata se arruinarán  porque el último uno no puede controlarse ante los casinos, loterías y tragaperras que prometen duros a cuatro pesetas, y el  primero ante los escaparates y estanterías de las enormes superficies comerciales donde comprará cosas que no necesita en absoluto pero que le auguran la tierra prometida de la felicidad. 

Parece que la “patía” o enfermedad en ambos casos, es individual, personal, y que la responsabilidad, por así decirlo, o la culpa, recae en el individuo que la contrae, que tendrá problemas psicológicos, y se convierte así en un enfermo mental,  y no en la sociedad y sus desigualdades sociales y económicas. Cito literalmente a Ferlosio: “La total inocencia con que el individuo se ve recompensado por hacerse morada de la enfermedad tiene el congratulable correlato de dejar a su vez garantizada la total pureza e inocuidad patológica y patógena del entorno circundante”. 

La responsabilidad, que es el correlato laico de la vieja culpa judeocristiana, ya no es social, no recae ya en el entorno que ha provocado la necesidad de consumir, reducida a la de comprar compulsivamente, y su estudio no corresponde, por lo tanto, a la sociología, sino que sería objeto de la psicología y aun de la psiquiatría, por lo que el caso ya no es político o económico, sino clínico.  




Esta sociedad de producción, según Ferlosio, ya no produce para satisfacer las necesidades, que pueden ser lujos o caprichos mismamente, de los consumidores, sino que los consumidores, alentados por la publicidad, consumen para satisfacer los intereses, económicos por supuesto e irracionales, de la producción.

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