viernes, 15 de septiembre de 2017

Lecciones de economía: 8.- Dinero y artes.


Decía don Antonio Machado: Todo necio confunde valor y precio. Las artes, como todas las cosas en este mundo, no se libran del proceso comercial que las convierte en mercancías y en propiedades privadas, por lo que sus obras tienen un precio, y a menudo muy alto, tan alto que muchas veces resulta incalculable, hasta el punto de que suele estar en razón inversamente proporcional al del valor y utilidad que tienen para la gente, por lo que cuanto menos valen para el común de los mortales, más caras se pagan, y viceversa. Hoy,  como decía Oscar Wilde con su agudeza habitual, conocemos el precio de todo y el valor de nada, aunque los precios de las cosas nunca son fijos del todo, sometidos como están a los vaivenes y oscilaciones del mercado según su disponibilidad y según las fluctuaciones de las leyes de la oferta y la demanda. 

Como el precio de una obra de arte, de un cuadro, de una melodía musical, de una poesía, de un razonamiento filosófico o de una narración es tan difícil de calcular, porque hay que efectuar su conversión a dinero, capitalización o catargiriosis, cosa que parece imposible pero se hace, se recurre para su tasación a las subastas donde las producciones artísticas se venden al mejor postor, adjudicándoles su propiedad al que está dispuesto a pagar más por ellas. 

 ¿Arte o chatarra?

La palabra subasta, por cierto, procede de la preposición latina sub (bajo) y del sustantivo hasta (lanza). Cuando a un ciudadano se le requisaban los bienes, se clavaba una lanza para indicar que aquello estaba custodiado por el poder militar del Estado y nadie podía tocarlo hasta que no se celebrara una venta pública y se adjudicara al que más pagara por ellos tras una pública puja. Lo mismo sucedía con el botín de guerra, en el que se incluían los prisioneros, que, habiendo perdido su libertad, se subastaban en pública almoneda como esclavos que pasaban a ser propiedad de los dueños que los adquirieran. 

Llegamos, pues, a la conclusión de que las obras de arte y los artistas también se venden y también cotizan, y sus cotizaciones suelen estar en razón inversa a su valor. Cotizar es término económico que significa pagar una cuota y fijar un precio en la Bolsa, que deriva del latín “quota” (cuánto), por lo que la cotización de una obra está relacionada con la cantidad de dinero que cuesta, pero no con la calidad, que como se ha dicho suele ir en la proporción de a mayor cotización menor calidad y viceversa: los que más venden, por otra parte, son los más vendidos.

Uno de los pintores más cotizados del siglo XX es sin duda Salvador Dalí. Su firma da inmediatamente valor a cualquier cosa, por muy insignificante o anodina que sea. El poeta surrealista francés André Breton rebautizó despectivamente al pintor catalán con el anagrama "Avida Dollars", que definía perfectamente la relación de Dalí con el dinero, y lo expulsó del grupo surrealista por considerar que prostituía su arte al comercializarlo.

 

Avida Dollars es, en efecto, un anagrama: Las diez letras de este latín macarrónico, que significa "deseosa de dólares", escritas en otro orden corresponden al nombre y apellido del pintor Salvador Dalí. El adjetivo "avida" está en forma femenina. A veces se traduce por "sediento", pero, más propiamente sería "sedienta de dólares". ¿Por qué el femenino? Pues porque podemos sobreentender, por ejemplo, el sustantivo "persona" o "alma": Dalí era una alma deseosa de dinero. También podemos sobreentender, en una alusión a su codicia, mujer codiciosa de dinero: prostituta, artista que comercializa su arte, que se/lo vende.

 La fuente, marcel Duchamp (1917)

El urinario de Duchamp demostró que cualquier cosa podía considerarse una obra de arte con tal de que el artista, en este caso Marcel Duchamp (1887-1968), la declarara tal chef d'oeuvre –le puso el título de La Fuente (1917)- , la separara de su contexto original (en este caso, un retrete) y la situara en un nuevo marco adecuado -una galería, una exposición o un museo-, y algún crítico especializado o entendido en arte la considerara como tal “obra de arte” u “obra maestra”. Fue firmada inicialmente por “R. Mutt”, un nombre desconocido en el mundo artístico, por lo que se rechazó, pero cuando se supo que R. Mutt era un pseudónimo detrás del que se escondía Marcel Duchamp, reconocido artista vanguardista, se reconsideró como una obra de arte escultórica con un significado trascendente que estaba implícito en su título.

Otro ejemplo bastante más significativo de catargiriosis o conversión en dinero es la obra “Mierda de artista” de Piero Manzoni (1933-1962). ¿En qué consistía esta singular obra maestra de arte? El artista firmó –y la simple firma de Manzoni le imprimió carácter de arte a la obra e incrementó su valor dándole un significado y su cotización- noventa latas de conserva con la etiqueta “Mierda de artista. Peso neto 30 gramos. Conservada al natural. Producida y envasada en mayo 1961” escrita en cuatro idiomas para que estuviera bien claro: italiano, francés, inglés y alemán (le faltó el castellano). ¡Vendió cada lata al precio equivalente a la cotización que tenía el oro en el día! Pero lo curioso ha sido que la lata número 69 de las 90 que firmó ha alcanzado la cotización actual de 275.000 euros en una subasta reciente de Milán. La artística caca se ha vendido no ya a precio de oro, su peso en oro, sino más cara aún que el oro. Se ignora cuál es el contenido de estas latas de conserva herméticamente cerradas, si Manzoni defecó y depositó sus heces en su interior, porque, según parece, ninguna ha sido abierta, todavía.

Mierda de artista, Piero Manzoni (1961)

¿Qué convierte las cosas en arte, ya que cualquier cosa puede convertirse en obra de arte? En primer lugar, la personalidad de un artista estampada en la firma de su nombre propio; en segundo lugar, la exhibición del objeto en una galería consagrada o museo donde se exponen otras obras de arte. El objeto se ha convertido como por arte de magia ya en obra de arte, aunque no haya ningún proceso creativo detrás en su realización, gracias a la firma del artista. Y en último lugar, el beneplácito de  la crítica especializada, que considera que la obra es una obra de arte y como tal la consagra, aunque el público no entendido no comparta esa opinión y no la valore. Frente al  profanum vulgus, se alza la opinión del único que entiende, además del artista, que es el crítico especializado, que se convierte así en sumo sacerdote del culto de Apolo y  las Musas, y dictamina lo que puede entrar y lo que no en la Historia del Arte. El resto del público -no entendido- queda excluido y considerado "ignorante" del arte moderno y contemporáneo.

La alquimia pretendía encontrar la piedra filosofal que transmutaba todas las cosas en oro, y que era el elixir de la eterna juventud que rejuvenecía y confería la inmortalidad: pues bien, esa piedra filosofal es el dinero, lo más abstracto, que efectivamente transmuta todas las cosas en oro y las  idealiza. La merda d' artista es el lógico producto del artista di merda.

Hemos sacralizado el concepto de creación y el de originalidad, cuando en realidad la mayoría de las producciones artísticas, sometidas a derechos de autor como están, no tienen ningún valor para la gente, y la mayoría de las obras de arte contemporáneas son, como suele decirse vulgarmente, “una mierda pinchada en un palo”, lo que, paradójicamente, aumenta su cotización en al bolsa de valores del mercado y las subvenciones estatales. 

Lo que más se subvenciona econónimacamente hablando suele ser lo que menos vale para la gente y el pueblo, lo más inocuo y lo menos peligroso para el Estado y el Capital, como sabemos desde que la figura de Mecenas dio nombre al mecenazgo y a la protección de los poetas bajo el principado de Augusto, exigiéndoles que cantaran las glorias del nuevo régimen imperial.

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