miércoles, 6 de septiembre de 2017

¿¡Todabía con be!?

 (Plan de mejora de la escritura para la erradicación de las faltas de ortografía)


La escritura es un fenómeno cultural gracias al que los hablantes de una lengua toman conciencia de la lengua que hablan. En este sentido, la escritura del castellano, la del italiano y el alemán, así como la del latín para su tiempo, son bastante fieles a la lengua hablada, reflejan bastante bien, ya que no la pronunciación, sí la estructura fonológica, es decir, los rasgos pertinentes y distintivos de los sonidos, a diferencia del francés o del inglés . Esto supone que la mayoría de las palabras de la lengua de Cervantes se leen prácticamente como se escriben, porque a cada letra por regla general suele corresponderle un fonema, y viceversa.

El poeta Juan Ramón Jiménez emprendió por su cuenta su pequeña reforma ortográfica en lo que a la ge y a la jota concierne, escribiendo con jota, por ejemplo, “antolojía” y reservando la ge exclusivametne para la oclusiva velar sonora, como en gato

No obstante, todavía chocamos en castellano con algunos obstáculos, que deberíamos desechar si queremos ser más respetuosos con la procura de escribir bien la lengua que hablamos. Las letras “b” y “v”, por ejemplo, representan el mismo fonema oclusivo labial sonoro hoy día, a pesar de algunos cultiparlantes que se empeñan en africar las uves al modo francés. Parece lo más razonable usar una grafía común para este fonema: o siempre la “v” o siempre la “b”, pero no unas veces uno y otras otro como sucede ahora por unas razones conservadoras que la inmensa mayoría de los hablantes y escribientes desconoce.

La hache no es un fonema castellano y no se incluye dentro del sistema fonológico (aunque alguna vez se aspirara, como revela la expresión cante jondo, es decir, hondo). Deberíamos olvidarnos de ellas al comienzo de las palabras, como hicieron los italianos. O, de lo contrario, los conservadores de grafías obsoletas deberían reclamar que España se escribiera con hache, sí, porque viene del latín “Hispania”, como se sabe, con hache (aquí tienen el argumento etimológico que necesitan), y deberían escribir, de acuerdo con eso, Hespaña por lo tanto. 

Igualmente, el problema de los acentos se resolvería con un poco de buena voluntad si acentuáramos todas las palabras tónicas y nos olvidáramos de normas ortográficas que huelen a alcanfor y a naftalina, que impone la santa madre inquisión de la corrección ortográfica. Las autoridades académicas nos han dispensado de escribir la tilde del acento en algunos monosílabos tónicos, pero sería mucho más fácil ponérsela a todos que no acordarse de que hay que ponerla en y en , pero no en ti por ejemplo.

Se podría objetar que lo que aquí se predica traería consecuencias desastroas y funestas para el cabal entendimiento de la lengua, o sea para la gramática. No es así en absoluto. Al contrario, nadie confundiría, por poner un ejemplo, la preposición “a” (a casa) con el verbo auxiliar “ha” (ha ido), porque la diferencia más importante no radica en la hache, que es sólo superficial y literaria, y no es más que una rémora de nuestra tradición escrita, sino en el acento: la preposición es átona y el verbo tónico. Bastaría solamente con prfestarle oído a la propia lengua que hablamos para saber que “a” no lleva acento en “a casa”, pero sí lo lleva, aunque secundario, en “ha ido”… ¡Lástima que algunos estén ya irremediablemente sordos para el resto de sus días por culpa del propio sistema educativo, de enseñanza más propiamente hablando, que pretende ensordecernos a todos o, al menos, a la inmensa mayoría democrática, anteponiendo el carro de las reglas ortográficas del acento a los bueyes del sentido del oído y la prosodia!

¿Qué sucedería si de repente, de la noche a la mañana, como suele decirse, nos pusiéramos todos a escribir como hablamos? ¿Pasaría algo grave? No, nada más que no habría lugar a cometer faltas de ortografía. ¿Nada más que eso? Nada más y nada menos. ¡Sería estupendo! Nadie se escandalizaría por el hecho de que se escribiera “abézes”, por ejemplo, con “b” y con “z” (sí que sería una idiotez, un signo de cobardía, sumisión a la autoridad y miedo a cometer una falta –pero no una falta propiamente dicha, sino una sobra- escribir “habézes”, lo que pasa hoy: algunos se pasan por miedo de no llegar y ponen o intercalan haches donde no las hay, como en teléfono in(h)alámbrico, creyendo que escriben más cultamente, y ponen acentos donde no hay que ponerlos como en vinierón y todo lo que acaba en –on, porque han interiorizado la norma de que se acentúan las palabras oxítonas que acaban en ene o ese, y no escuhan a su oído que debería hacerles sentir cuál es la sílaba tónica, que no es la última sino la penúltima, complicando así las cosas sobremanera.

Y es que la normativa académica vigente cumple a mi ver dos funciones importantes: la de inducir a errores ocultando y falsificando la realidad de la propia lengua que se habla, y la política (todo es política en esta vida, ya lo ves, hija mía, hasta lo que no lo parecía), de imponerle a la gente (analfabeta como viene al mundo) normas, reglas y autoridades académicas y pedantes desde su más temprana infancia para someterla también al yugo ortopédico y ortodoxo de la ortografía.

(1) La palabra todavía procede de dos palabras latinas tota uia, expresión que significa “en todo el recorrido del camino”, como en la frase “tōtā uiā errāre”: equivocarse totalmente, de cabo a rabo. De ahí viene, escrito en una sola palabra, nuestro todavía, que en castellano viejo se usaba como sinónimo de siempre, como en el verso aquel del Arcipreste de Hita del Libro de Buen Amor: adulterio e forniçio todavía deseas. La Real Academia Española de la Lengua, esencialmente conservadora, prescribe que se escriba todavía con uve para recordar precisamente su origen etimológico latino. Pero el argumento cae por su propio peso: en latín no había uves: la palabra VIA se pronunciaba “uia”, no “bia” (al menos en el latín clásico, porque, según sabemos, los hispanos confundieron enseguida en latín vulgar VĪVERE (uiíuere: vivir) con BIBERE (bíbere: beber), haciendo ambas palabras equivalentes al oído. Y es que hoy sólo hay una pequeña diferencia de timbree vocálico entre vivamos y bebamos, lo que no deja de tener su miga de gracia.

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