jueves, 4 de enero de 2018

Odio el Año Nuevo

En estos malos tiempos que corren para la lírica y la épica, en los que se ha criminalizado el odio y se habla, de hecho, de un “delito de odio” y de incitación al odio en esta curtida piel taurina que es España, resulta poco políticamente correcto un artículo como este que escribió Antonio Gramsci titulado “Odio el Año Nuevo” (Odio il capodanno, en su lengua, que es la de Dante y la de Petrarca), pero precisamente por eso mismo, por lo poco políticamente correcto que resulta decir que aborrecemos con toda el alma algo, y porque hay que defender la libertad de expresión a toda costa expresando nuestro deseo de libertad, no vaya a ser que acabemos mudos o afásicos, como ya decía a propósito Jules Renard en su diario de 1909, hace más de un siglo: On ne devrait rien dire, parce que tout blesse ("No habría que decir nada, porque todo ofende"), resulta oportuno este artículo memorable y sugerente de Gramsci contra la institución del Año Nuevo, que publicó precisamente un 1 de enero de 1916 en el diario socialista Avanti! de Turín,  uno de sus textos más sensibles, que reproduzco por su interés y por la renovación de su guerra contra el tiempo establecido.



En el último párrafo expresa Gramsci su confianza no poco ingenua a estas alturas de la historia universal en que el socialismo llegue a abolir algún día estas fechas fijas y “entrañables” del calendario, contra las que se rebela, y que se celebran simplemente por conformismo, porque lo manda la tradición, sin cuestionar la tiranía del reloj y el calendario, es decir, nuestra vida sometida al cronómetro y convertida toda ella en un proyecto de futuro. Sin embargo resultan alentadoras un siglo después de escritas sus palabras, en lugar del consabido e hipócrita “Feliz año nuevo” que le soltamos a todo el mundo,  y alentadora también su declaración de odio a una fecha tan señalada del calendario, porque es una declaración de verdadero amor a la vida y a la libertad.  



Cada mañana, cuando me despierto aún bajo la bóveda del cielo, siento que para mí es Año Nuevo.

Por eso odio estos Año-Nuevos con fecha fija que hacen de la vida y del espíritu humano una empresa comercial con su balance correspondiente, su cálculo y presupuesto para la nueva administración. Nos hacen perder el sentido de la continuidad de la vida y del espíritu. Se acaba tomando en serio que entre un año y otro hay una solución de continuidad y que comienza una historia nueva, y se hacen buenos propósitos y se arrepiente uno de los despropósitos, etc. etc. Es un error en general de las fechas.

Dicen que la cronología es el esqueleto de la historia; y puede admitirse. Pero es necesario admitir también que hay cuatro o cinco fechas fundamentales, que cada persona bien educada conserva guardadas en su cerebro, que han jugado malas pasadas a la historia. También son Año Nuevo. El Año Nuevo de la Historia romana, o de la Edad Media, o de la Edad Moderna.

Y han llegado a ser tan invasivas y casi fosilizadoras que nos sorprendemos nosotros mismos pensando tal vez que la vida en Italia comenzó en el 752, y que el 1490 o 1492 son como montañas que la humanidad ha franqueado de golpe encontrándose en un nuevo mundo, entrando en una nueva vida. Así la fecha se convierte en un estorbo, un parapeto que impide ver que la historia continua desarrollándose con la misma línea fundamental sin cambios, sin detenerse bruscamente, como cuando en el cinematógrafo se rompe la película y se produce un fogonazo de luz cegadora.

Por eso odio el Año Nuevo. Quiero que cada mañana sea para mí un Año Nuevo. Cada día quiero echar cuentas conmigo mismo, y renovarme cada día. Ningún día dispuesto previamente para el reposo. Mis pausas me las escojo yo, cuando me siento ebrio de intensa vida y quiero sumergirme en la animalidad para sacar de ahí nuevo vigor.

Ningún disfraz espiritual. Cada hora de mi vida quisiera que fuese nueva, aun vinculándose con las pasadas. Ningún día de festejo con cánticos obligados colectivos, para compartir con todos los extraños que no me interesan. Porque han celebrado las fiestas los abuelos de nuestros abuelos etc., deberíamos sentir nosotros la necesidad de celebrar las fiestas. Todo eso revuelve el estómago.

Espero el socialismo también por esta razón. Porque arrojará al estercolero todas estas fechas que ya no tienen ninguna resonancia en nuestro espíritu, y si crea otras, serán al menos las nuestras, y no las que tenemos que aceptar sin beneficio de inventario de nuestros muy necios antepasados.

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