miércoles, 14 de marzo de 2018

Derecho a elegir

He de reconocer que Forges no es uno de mis humoristas gráficos preferidos. Nunca me han gustado mucho los trazos gruesos de sus dibujos, en los que reconozco sin embargo un estilo inconfundible, que les da una impronta muy personal, lo mismo que su firma. Al parecer utilizaba “forges” como nombre artístico porque así se dice “fraguas” en catalán, y ese era el apellido paterno de Antonio Fraguas de Pablo (1942-2018). 

Se han reseñado de él muchos aspectos positivos a raíz de su reciente fallecimiento y se ha destacado el costumbrismo de su crítica social, siempre amable, así como el fino oído que tenía para captar y reflejar el lenguaje popular contemporáneo repleto de anglicismos. 

Si tuviera que elegir una sola de sus viñetas, me quedaría sin duda con esta por la ironía gentil que desprende su texto y el hondo calado que refleja del ser humano contemporáneo que se siente libre en plena naturaleza ante un amanecer o una puesta de sol, y que insiste en que es libre porque puede elegir entre las diversas opciones que le brinda la sociedad de consumo y del espectáculo en la que vive. 

El texto no tiene desperdicio: podemos elegir banco, cadena de televisión, petrolera, comida, red telefónica, informador y opción política, pero cada una de estas opciones está adjetivada con una oración de relativo que la descalifica. Podemos elegir un "banco que me exprima", escribe Forges, en lugar de un contundente "que me robe" o, más sensacionalista aún, "que me atraque", más acordes con la realidad económica. Sin embargo la expresión elegida por el humorista es "que me exprima", como si fuéramos una naranja de la que se extrae el zumo.



Una crítica en el mismo sentido, pero mucho más mordaz y radical, porque va a la raíz del problema, y sin contemplaciones es la que ofrece el Roto en esta viñeta, sobre el  mismo tema del derecho a elegir, en la que un hombre le dice a un cordero, que como en la vieja fábula grecolatina de Esopo o de Fedro representa a otro hombre, que puede elegir matadero, y le pregunta que qué le parece, como si pudiera resultar emocionante la elección, en el fondo trivial, de un matadero u otro, porque lo que está claro que no puede elegir es que no lo sacrifiquen: eso es indiscutible y no entra dentro de las posibilidades electorales.


 

En los dos casos, ambos humoristas gráficos, intentan provocar nuestra reflexión a través de sus viñetas utilizando un humor que pretende hacernos reflexionar sobre nuestra condición humana y el engaño en el que vivimos. Se nos vende como dogma de fe no sé si liberal o neoliberal el reconocimiento de nuestro derecho a elegir, que se considera un derecho humano. El problema reside en que las opciones que tiene nuestra elección están determinadas por la oferta previa que nos brinda el mercado de la economía entre una marca y otra marca comercial indiferentes, y el de la política entre los candidatos propuestos casi idénticos, sin que nosotros hayamos participado en la propuesta. 

En este sentido cabe recordar un pensamiento del escritor francés Octave Mirbeau sobre el llamado silencio de los corderos, por utilizar el título de una conocida película, en el que se rebela contra el llamado derecho a elegir: “Los corderos van al matadero. No dicen nada, no esperan nada. Pero al menos no votan al carnicero que los sacrificará ni al burgués que los comerá. Más necio que las bestias, más borrego que los borregos, el elector nombra a su carnicero y elige a su burgués. Ha hecho revoluciones para conquistar ese derecho”.

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