sábado, 17 de marzo de 2018

El peso de uno mismo

A orillas del Saône, en la ciudad francesa de Lion, han colocado frente al Palacio de Justicia un grupo escultórico que se llama The weight of one self (es decir, "el peso de uno mismo" en la lengua del Imperio) de los artistas escandinavos Michael Elmgreen e Ingar Dragset. La escultura representa a un hombre que de pie y desnudo, lleva en sus brazos a otro hombre, desfallecido, acaso muerto,  e igualmente desnudo. Resulta a primera vista un grupo escultórico clásico o quizá renacentista ya que combina el mármol blanco y el desnudo del héroe masculino, pero es una obra contemporánea.




La obra concebida por los artistas Elmgreen & Dragset retoma la larga tradición de la escultura de mostrar la desnudez heroica sin tapujos y la nobleza del mármol como material artístico, aunque aquí se ha utilizado una nueva técnica que consiste en el empleo de polvo de mármol solidificado. Su altura es superior a la humana, 2,7 metros, por lo que sobresale y destaca dentro del paisaje urbano.




Podría recordarnos por ejemplo al grupo helenístico Menelao sosteniendo el cuerpo de Patroclo que se exhibe en Florencia, si no fuera por un detalle muy curioso, que ya nos revela el título de la composición de los escandinavos: Un hombre anónimo de pie lleva a otro inanimado en sus brazos, pero en realidad no es otro, sino él mismo, su alter ego, dado que los rostros y los cuerpos, aunque en posturas diferentes, son idénticos como dos gotas de leche, como en aquel verso plautino del Anfitrión (601), puesto en boca de Sosias,  neque lac lactis magis est simile quam ille ego similest mei dos gotas de leche no pueden ser más semejantes entre sí que ese otro yo lo es de mí (en traducción de Mercedes González-Haba, publicada en Gredos). La Academia, por cierto, define sosias o sosia como "persona que tiene parecido con otra hasta el punto de poder ser confundida con ella". Se trata de una alusión literaria a Mercurio, que se hace pasar por Sosias, el criado de Anfitrión, para ayudar a Júpiter, que ha tomado el aspecto de aquel, a fin de seducir a su esposa Alcmena. La confusión entre el criado Sosias y su doble, da pie a divertidas situaciones cómicas que ponen en entredicho el fetiche de la identidad personal.

¿Acaba de salvarse a sí mismo de ahogarse en el río? Pudiera ser. Pero también pudiera ser que carga con el peso muerto de su propia identidad, con su propio cadáver, consigo mismo.  Los dos hombres sin nombre no son como los héroes helenísticos, dos personajes distintos, sino el mismo desdoblado en Narciso y su doble.




A diferencia de la escultura clásica, la obra no celebra a ningún héroe épico o mitológico que ha conseguido algo o está a punto de lograr una hazaña, sino que desmitifica el heroísmo clásico. Celebra la historia de cualquiera de nosotros, del hombre moderno común y corriente que intenta salvarse a sí mismo cargando consigo mismo, con su sombra, con su doble, con su ego, con su propia identidad, una identidad que le da la vida y, a la vez, es su prisión, la jaula donde se pudre, y la sentencia de su propia muerte. De alguna manera este personaje se ha salvado a sí mismo, y es responsable de sus actos -dicen algunos que por eso lo han colocado frente al Palacio de Justicia de la ciudad francesa, para recordarnos nuestras responsabilidades cívicas e individuales que se dictaminan en esos juzgados- pero también se ha convertido en su propia carga, un peso muerto, como todos y cada uno de nosotros.

Dicen los artistas que la obra es muy representativa de nuestra cultura contemporánea, que no celebra ya a ningún héroe legendario mítico y épico, sino simplemente a un individuo cualquiera que intenta salvarse, como Arquíloco cuando tiró el escudo en plena batalla y echó a correr para salvar el pellejo, volviendo la espalda al enemigo.

Pero quizá la obra nos diga algo más de lo que han pretendido sus creadores, los artistas, y ese algo puede ser que en ese intento egoísta y nada altruista por lo tanto de salvarse uno a sí mismo individualmente, lo que uno encuentra no es su salvación, sino el propio cadáver, paradójicamente, en forma de identidad personal: la gravedad insoportable de ser lo que se es. 

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