martes, 3 de abril de 2018

Contra la Economía

Si la filosofía era antaño la ancilla theologiae, es decir, la sierva sumisa de la teología a la que debía subordinarse en la escolástica medieval, dando a entender así que la razón debía estar supeditada a la fe religiosa, que era la condición indispensable del saber humano, hoy en día la política es la ancilla oeconomiae, o dicho, de otro modo, el poder político, democráticamente elegido, está al servicio de los mercados y las finanzas, del mismo modo que la economía está al servicio del poder político en recíproca correspondencia.

La economía, aunque utiliza el lenguaje matemático de los números, no es una ciencia, sino una pseudociencia y una religión, opio del pueblo, por lo tanto, que usa una jerga presuntamente especializada con la que pretende hacernos creer en sus dogmas de fe a pies juntillas. Nos hacen comulgar con piedras de molino tales como las siguientes perlas, en palabras que recojo de José A. Tapia, profesor adjunto de Ciencias Políticas de la Universidad Drexel, de Filadelfia, en su introducción a la obra de Paul Mattick “Crisis económica y teorías de la crisis. Un ensayo sobre Marx y la ciencia económica”, publicada por Maia, Madrid, en 2014: que los mercados armonizan las necesidades de productores y consumidores en la sociedad; que los salarios que se ganan corresponden a lo que contribuye cada uno a la producción social de cosas útiles; que el fin de nuestro sistema económico de mercado y lo que lo hace funcionar es la producción de los bienes y servicios que demanda la sociedad; y que todas esas cosas hacen que la economía sea como un organismo en el que todas las partes sirven al todo armónicamente, de tal forma que los individuos que la forman hallan la mejor satisfacción posible de sus necesidades y deseos, dada la innegable escasez de muchas cosas y la imposibilidad de satisfacer las fantasías de todos...


Estos “principios fundamentales” de la emprendeduría o emprendizaje, que no aprendizaje, son constantemente glosados, reelaborados y repetidos como mantras tibetanos por los políticos y economistas, tanto monta, y por los formadores de la opinión pública, y a fuerza de repetición se convierten en artículos de fe que nadie se atreve a discutir. Con ellos, además, se pretende educar a la juventud en valores financieros y bursátiles, como hemos ido denunciando aquí mismo a lo largo de sucesivas lecciones de economía,  inculcándole la idea de que el capitalismo, se quiera o no se quiera denominar así al poder del capital, es la mejor forma de organización de la sociedad, porque es la que de hecho está establecida como si hubiera surgido así motu proprio de la naturaleza, y no por el empeño que ponen las castas dominantes en que sea y siga siendo así por los siglos de los siglos.

Estos son algunos de los principios fundamentales de la presunta ciencia o pseudociencia que se enseña en nuestros Institutos de Educación (que no de Enseñanza, ay,) Secundaria, tras el desastre actual de la LOMCE. En el primer ciclo de la ESO se oferta la materia “Iniciación a la Actividad Emprendedora y Empresarial”, donde resulta curioso cómo se ha querido equiparar la actitud emprendedora con la empresarial, como si fueran cosas equivalentes, y en el segundo ciclo, que es el cuarto y último curso, en la modalidad de “enseñanzas académicas” se da a elegir Biología-y-Geología, Física-y-Química, Latín y Economía a los alumnos para que cursen dos de esas cuatro materias en función de sus intereses y estudios posteriores de Bachillerato, mientras que en la modalidad de “enseñanzas aplicadas”, orientadas hacia la Formación Profesional, se oferta “Iniciación a la Actividad Emprendedora y Empresarial”, equiparando otra vez al emprendedor con el empresario,  junto con “Ciencias aplicadas a la actividad empresarial” y Tecnología, de las que deben cursar dos.



Antes de la nefasta LOMCE (2013) ya la no menos perniciosa LOGSE (1990) había introducido por primera vez la Economía como materia troncal en el currículo educativo del primer curso del Bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales. Recuerdo que por aquel entonces no había profesores todavía especializados en esa materia en los institutos para impartirla y que se la disputaban los profesores de sociales y los de tecnología.  Antes de la LOGSE se estudiaba la economía, junto con la política, dentro de los currículos de Geografía e Historia, ligada a los conocimientos de estas ciencias sociales, pero a partir de ese momento se desgajan de ahí los contenidos económicos como si fueran eternos, independientes y ajenos al devenir de la historia humana,  y surgen los economistas y asimilados, que invaden nuestros institutos predicando la nueva fe, la religión laica de la sagrada economía, precisamente cuando el sistema económico, político y social  hace agua por numerosos flancos a finales del siglo XX,  y suenan cada vez más huecas si no se repiten una y otra vez las cantilenas sobre su pretendido carácter estable, acorde con la naturaleza humana y dispensador de riqueza para todos, como si del mismísimo cuerno de la abundancia se tratase. No dudo de que entre los profesores actuales de Economía puede haber, y los hay entre los colegas que he conocido en algunos institutos, críticos de la economía política y de la política económica a la que sirven las asignaturas que imparten, pero aquí no se estaba haciendo una crítica de los profesores en particular, líbreme Dios o quien pueda de entrar en cuestiones personales, que son las que menos interés tienen, sino que se estaba criticando la Economía en general y se estaba tratando de su función adoctrinadora, mal que les pese a algunos economistas críticos, dentro del sistema educativo.


El anteproyecto de LOMCE había osado suprimir la Economía de primero de Bachillerato como materia de modalidad después de 20 años de vigencia a raíz de su creación gracias a la LOGSE, por lo que se protestó argumentando majaderías tales como la del profesor Carles Batlle, representante de la Confederación Estatal de Asociaciones de Profesorado de Economía en Secundaria (CEAPES), que defendía desde las páginas de El País el 5 de octubre de 2012 que eso nos llevaba literalmente a “una educación del siglo XIX en el siglo XXI”. Como profesor de Economía escribía que consideraba “que para entender el mundo que nos rodea es necesario saber cómo funciona una empresa o cómo crear la tuya propia (sic, como si cada uno pudiera crear su propia empresa y convertirnos todos de repente de la noche a la mañana en empresarios sin empleados, a no ser que nos autoempleáramos nosotros mismos cada uno en nuestra propia empresa). Como ciudadano, saber qué es un impuesto y su necesidad. Como trabajador, conocer la estructura de una nómina o las partes de un contrato laboral. O como consumidor, el funcionamiento de cosas tan “extrañas” como una tarjeta de crédito, una hipoteca, o qué es una “acción preferente”.

Los profesores de Economía, creados ex nihilo por la LOGSE, existían de hecho ya en los centros educativos, desde hacía veinte años; su existencia era un hecho,  como se ha dicho, y se justificaba porque impartían una materia básica, la educación económico-financiera,  para la formación de cualquier ciudadano del siglo XXI, que estaba incluida en los planes de estudio de un Bachillerato que era precisamente el más demandado por los estudiantes españoles; argumentos que acabaron convenciendo al Ministerio, que accedió a las reivindicaciones de estos profesores e incluyó la Economía en primero de Bachillerato como materia troncal de opción y en segundo curso Economía de la Empresa. Triunfó así en esta España de María Santísima que es nuestro país  la educación en valores... bursátiles, que son los que supuestamente más dividendos nos dejan. ¡Toma Bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales... !

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