miércoles, 18 de abril de 2018

Fuegos artificiales aliados sobre Damasco

Con la noticia reciente del bombardeo franco-británico-norteamericano de Damasco llegaron las primeras imágenes a nuestras micropantallas. Esta foto de un reguero de luz sobre la noche damascena, como si fuera el rastro luminoso de una estrella fugaz, fue tomada por Hassan Ammar de Associated Press la noche de autos del 14 de abril de 2018.  

Bombardeo norteamericano de Damasco, abril 2018

¿Dónde están las otras imágenes, las que no nos han llegado? ¿Por qué no nos llegan las fotografías de los daños colaterales o efectos secundarios, que en realidad, no nos engañemos, son los primarios? La difusión de esa estela luminosa en la noche de la capital de la Siria, como si fuera la cola del cometa que siguieron los Reyes Magos o la estela que deja un avión a reacción durante el día en el cielo azul, minimiza el bombardeo,  hace que no parezca tal, sino una sesión de fuegos artificiales completamente inocua.

No cabe duda de que, desterrada la palabra, lo que manda es la imagen. Tiene la ventaja de que no hace falta traducirla a los diversos idiomas, es universal, por eso la noticia se reduce a una fotografía sin palabras. La imagen impacta igual que la bomba. En enero de 1991 los Estados Unidos de América y sus aliados entre los que se contaba por cierto el Gobierno español, un gobierno que esta vez no ha participado en el bombardeo de Damasco pero que lo ha aplaudido sin ningún atisbo de vergüenza,  bombardearon Bagdad y comenzó lo que luego se denominó la Guerra del Golfo. Las imágenes que sirvió al mundo la CNN entonces eran unos rastros luminosos sobre un fondo verde. Parecía una sesión de pirotecnia, pero eran las estelas de los misiles. Aquellas imágenes no mostraban daños materiales ni humanos. Eran fotogramas asépticos de una película muda, casi neutros, que revelaban en todo caso la superioridad y sofisticación del armamento del Imperio frente a las supuestas y temibles “armas de destrucción masiva” del déspota mesopotámico. Igual que ahora.

 Bombardeo norteamericano de Bagdad, enero 1991 
No hay imágenes del enemigo, ni de las víctimas humanas por lo que parece que tampoco hay responsabilidad sobre ellas ni crímenes de guerra, como si la guerra de por sí no fuera un crimen de lesa humanidad. La guerra se desarrolla en un escenario remoto y casi legendario de las mil y una noches:  Oriente, al otro lado del mar,  lejos del Imperio. Hay, obviamente, censura y control sobre las imágenes: sólo se difunden las que interesan, nada de población civil malherida ni cadáveres humanos, sino ruinas de aeródromos e instalaciones militares, arsenales tecnológicos, centros estratégicos de fabricación de armas químicas, malévolos laboratorios de Fu Manchú, el villano que odia la civilización occidental y quiere destruirla... Si hay víctimas humanas, son lamentables e inevitables accidentes y efectos colaterales no deseados que no es necesario sacar a la luz pública para no regodearse con el espectáculo de la danza macabra de la muerte ajena, no vaya a ser que la gente piense que no está bien lo que hacemos y, más aún, que está mal, muy mal. Entonces es cuando vienen las palabras en ayuda de las imágenes, que son el auténtico soporte de la noticia,  a justificar la atrocidad de la guerra. La población civil se reduce a la categoría de daño accidental, aunque supuestamente se la bombardea para defenderla de sí misma, por su propio bien y a fin de preservar sus derechos humanos y destruir las crueles armas que almacenan para provocarnos una muerte lenta y dolorosa, como si las convencionales no matasen de igual modo.


Si por algún azar nos llegan fotos tremebundas de inocentes criaturas muertas, ahora que es tan sencillo compartir imágenes por la Red, enseguida serán desacreditadas y se considerarán "fake images", por decirlo con un término de la lengua del Imperio. O nos acostumbramos a verlas, inmunizados ante el sufrimiento y el dolor ajenos, sin que nos afecten lo más mínimo o, para que no nos afecten, nos decimos a nosotros mismos que están manipuladas. 

(Debo la reflexión sobre las imágenes al poeta argentino Fidel Maguna, que se hace eco de un texto de Cora Gamarnik que elogia y comparte).

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