domingo, 1 de abril de 2018

La paradoja de la soberanía popular

Non illi imperium pelagi saeuomque tridentem (Virgilio, Eneida I, 138)
Suyo no es el gobierno del mar ni el fiero tridente.

Se le atribuye a uno de los siete legendarios sabios de Grecia, a Periandro de Corinto, ciudad de la que fue tirano en el siglo VII antes de nuestra era,  la máxima: “Mejor la democracia que la tiranía”. ¿Qué quiere decir esta frase en boca precisamente de un tirano? Hay que entenderla en su contexto, que es que Periandro decía también, según Diógenes Laercio, que para establecer una tiranía segura había que escudarse en la benevolencia y no en las armas, por lo que daba a entender que el fundamento del poder debía ser no la imposición de la fuerza, sino el amor o al menos la afección, si no se quiere tanto, de los súbditos, para lo que no hay nada mejor que el refrendo popular, es decir, que el pueblo elija a su tirano, de forma que la tiranía no se sienta como una imposición externa sino como una elección "libre" y, por lo tanto, expresión voluntaria de lo que el pueblo quiere.


Periandro no estaba lejos del descubrimiento moderno de que la democracia es mejor tiranía que la tiranía pura y dura, y que, por lo tanto, es la mejor dictadura que puede haber en el mundo moderno, en el sentido de más eficaz, porque no se siente como imposición dictatorial. Ese descubrimiento lo hizo entre otros Rousseau cuando escribió que el pueblo inglés creía que era libre y se equivocaba, ya que sólo lo era durante la elección de los miembros de su parlamento; una vez que habían elegido a sus representantes, los ingleses se convertían en sus esclavos, dado que esos supuestos representantes de la voluntad popular no eran otra cosa que comisarios delegados. Lo que decía de los ingleses se puede hacer extensivo, por supuesto, a cualquier democracia moderna. La voluntad popular no admite ninguna representación que la sojuzgue: “La soberanía no puede ser representada por la misma razón que no puede ser alienada”.

La soberanía popular, de hecho, no va más allá de depositar un voto en una urna cada cuatro o cinco años para decidir quiénes, dentro de la lista cerrada de un partido o coalición electoral, van a ser los supuestos representantes, es decir, gobernantes, del pueblo durante un período determinado de tiempo. ¿Por qué cada cuatro o cinco años? ¿No podría hacerse en un período más dilatado de tiempo, por ejemplo, cada veinticinco años, o en uno mucho más breve, quizá cada mes o, mejor aún, cada día?

He aquí la perversión conceptual de la democracia moderna: llamar a los gobernantes, que antes lo eran por imposición divina de la línea dinástica o por la fuerza de las armas, representantes de la voluntad popular, una voluntad que parece que lo que quiere es que la gobiernen a toda costa, no sea que ella sola vaya a desmandarse. La democracia sería, pues, la “libertad” que tiene el pueblo de elegir a sus gobernantes. 


 -¿Qué es la democracia? -La "libertad" de elegir a los  jefes (o las cadenas).

Se oye mucho decir que el pueblo es soberano, pero hay que preguntarse: soberano ¿de quién? Hay quien dice que en democracia, que es el régimen actual que inventaron los griegos y que nos ha tocado padecer a nosotros, incluidos los griegos actuales, el pueblo es soberano de sí mismo. Pero no se puede ser a la vez soberano y súbdito, ya que el pueblo que gobierna no es el pueblo que obedece. El soberano es el que manda, el que gobierna, el que reina, y el pueblo, por definición, el mandado. El pueblo soberano sería el que sólo obedece a su propia voluntad. Pero la voluntad popular no puede tener representantes, porque lo que el pueblo quiere es que no gobierne nadie o, como la gente dice, que nadie sea más que nadie. Cuando el pueblo habla en primera persona del singular, un singular colectivo, dice: A mí no me representa nadie. Y cuando habla en primera persona del plural: Nadie nos representa, nuestros representantes no nos representan ni a nosotros ni a sí mismos ni siquiera.
Política de Aristóteles, Loeb Classical Library (traducción inglesa de H. Rackham)

Algo de esto quizá ya intuyó Aristóteles en su Política 1312b cuando escribió en el inciso de un breve paréntesis que la democracia final o extrema -dejemos el adjetivo τελευταία y lo que haya querido decir el estagirita con él, para centrarnos en el sustantivo sustancial- era una tiranía, juntando las palabras δημοκρατία (compuesta de demos/pueblo, y kratos/gobierno en la lengua de Homero) y τυραννίς (que es el nombre de la tiranía) en una frase copulativa donde la democracia extrema es el sujeto y el atributo la dictadura.


 

Y a todo esto, como se preguntaba Larra, El Pobrecito Hablador, ¿dónde está el público (o el pueblo, que díríamos nosotros)? ¿Dónde se lo encuentra uno? ¿Qué dice el pueblo de esta usurpación de su nombre común por los nombres propios de los aspirantes a déspotas democráticos? El pueblo se pavonea orgulloso porque le han impuesto el título deslumbrantemente versallesco y evocador del antiguo régimen de “soberano”, como a Luis XIV,  y lo que resulta es que es soberanamente necio si no comprende que con ese pomposo y rocambolesco halago de oropel y purpurina le están engañando los que se dedican profesionalmente a la política, es decir los demagogos profesionales,  para que los invista no ya de un poder divino sino para que los revista de un mandato popular, que es lo mismo pero en versión laica,  como representantes vicarios de su voluntad en la teatrocracia del mundo, y para que ellos puedan ser sus modernos dictatores o déspotas de una ilustración que fundamenta su dominio absolutista en el nombre del pueblo y de su espíritu santo.  
 
La paradoja democrática reside en que los gobernantes son elegidos por los gobernados, lo que a veces se llama la sociedad civil,  para que gobiernen en su nombre, pero una vez en el poder se erigen en dueños y señores del electorado que los encumbró, gobiernan con su consentimiento, bajo el trampantojo de la representatividad, que no es más que una coartada, porque la “representación” es imposible. Son muchas las sugerencias de la palabra representar, pero quizá la más interesante sea la siguiente, que da idea de la irresponsabilidad que supone su aceptación: “sustituir a alguien o hacer sus veces desempeñando su función”.
 

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