sábado, 19 de mayo de 2018

Educar en la desobediencia

La educación es un proceso que se padece desde la cuna hasta la sepultura y que persigue la formación de un individuo personal capaz de vivir en armonía con el entorno natural y social, lo que conlleva su adaptación al medio y consiguiente aceptación, pero, como advertía Jiddu Krishnamurti a este respecto lúcidamente: No es saludable estar adaptado a una sociedad profundamente enferma.

La enseñanza en nuestro país comenzó siendo obligatoria hasta los diez años, luego hasta los catorce, ahora lo es hasta los dieciséis. Algunos illuminati quieren imponerla hasta la mayoría de edad de los dieciocho; obligatoria, por imperativo legal, desde los seis años, pero en la práctica ya hay parvulario –lo llaman "educación infantil" o "preescolar"- desde los tres años; y quieren lograr la escolarización por abajo desde los “cero” años, con lo cual se convierten la escuela y su hermano mayor, el instituto, si no lo son ya, que ya lo son, en Kindergärten o guarderías tuteladas de menores donde los padres, trabajadores ambos en el mejor de los casos con un salario mileurista y precario de miseria, es decir, esclavos mercenarios, acuartelan, estabulan o depositan a sus hijos bajo custodia del Estado o de instituciones penitenciarias afines privadas o concertadas y sostenidas con fondos públicos,  porque no pueden ocuparse de ellos,  para que les proporcione la educación que la familia no puede darles.

¿Y qué hemos sacado en limpio? Aumento cuantitativo de los estudiantes, descenso cualitativo de las enseñanzas, grandes rebajas de los programas y las exigencias mínimas, con lo que la incultura y la práctica analfabetización tanto en ciencias como en letras de las nuevas generaciones españolas es, salvo rarísimas excepciones y pese al propio sistema que las genera, mayúscula. Querían conseguir, y lo están consiguiendo, unos ciudadanos acríticos, sumisos, visceralmente incultos, fieles contribuyentes a Hacienda, que dicen que somos todos, unos demócratas que pueden votar a los unos o a los otros, a diestro y siniestro, da igual, o sea, unos idiotas de tomo y lomo en el sentido etimológico de la palabra, que creen que saben lo que quieren y lo que hacen cuando lo único que hacen es lo que está mandado.




Hagamos un poco de historia: El modelo de escolarización pública, gratuita y obligatoria surge en Europa, concretamente en Prusia -el antecedente remoto del sistema prusiano es el espartano en la Grecia clásica-, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, y hoy se ha impuesto prácticamente a todo (y en todo) el mundo. Se encierra a tiempo parcial a los menores de edad en aulas que imitan a cuarteles, fábricas y cárceles. La libertad condicional de fines de semana y períodos vacacionales sirve para hacer más llevadera la reclusión consiguiente. Se separa a los niños por generaciones en grados escolares o cursos, que son carreras competitivas; y, si en un principio había división por sexos, ha acabado por imponerse la coeducación o educación mixta, salvo en algunos colegios del Opus Dei. Se han inventado una categoría, que es la “minoría de edad” legal, para justificar la necesidad del enclaustramiento escolar en las guarderías y en las aulas. Esta escolarización obligatoria no es cuestionada por casi nadie, y algunos consideran incluso, en el colmo del sarcasmo, que es un progreso y logro social de la humanidad. Habría que matizar en todo caso: es un avance en la historia, sí, pero de la historia de la dominación del hombre por el hombre, no de la libertad.

La educación,  que no enseñanza, que pretende impartirse hoy a la ciudadanía tiene la escrupulosa y en principio muy loable pretensión de atender a la diversidad del alumnado, pero se atiende a su diversidad para uniformarla bajo un modelo común y nivelarla con el mismo rasero igualitario que si se tratase de un nuevo servicio militar obligatorio impuesto a ambos sexos.

Los objetivos -y repárese se en el origen militar del término- son servir al sistema social, económico y político en el que pretende integrarse a niños y niñas; contribuir a su reproducción; acrecentar sus valores como el fomento del espíritu emprendedor, frente a las humanidades -hay fundaciones privadas que se dedican a impartir talleres de emprendeduría (sic, por el terminacho) en colegios e institutos-; formar al alumnado en la ideología del individualismo, el consumismo, el pensamiento positivo y acrítico, el militarismo, la sumisión a la autoridad, al poder, a la jerarquía, la aceptación de la estratificación social y, en suma y definitiva, de la realidad en general.

 

La transmisión tradicional de conocimientos se ha sustituido por un adoctrinamiento político-económico (y por lo tanto religioso en el más amplio y laico sentido de la palabra; la economía es el nuevo culto, y la ciencia la nueva religión en la que el hombre moderno cree ciegamente a pies juntillas) tendente a hacer de los niños futuros ciudadanos democráticos y sumisos, votantes y contribuyentes políticamente corregidos, modernos esclavos, lo que justifica que ya no se hable de enseñanza, que es algo neutro, sino de educación, expresión que está cargada de ideología y adoctrinamiento. Se los educa para el mercado y la política. Y además se hace con recochineo y majaderías del tipo de dedicar, dentro del curso académico una semana, por ejemplo, consagrada a los buenos modales de la buena educación,  un día del curso escolar a practicar la sonrisa, otro la cortesía y otro los saludos... 

El modelo actual de escuela “sostenida con fondos públicos”, que incluye bajo esta denominación a la pública y la concertada, sin hacer ningún distingo entre ambas, es el “emprendedor”, eufemismo de empresarial, y economicista, un modelo de resultados y no de análisis de los procesos, que no fomenta el pensamiento libre y crítico, sino la subordinación a las necesidades del mercado y los criterios de la más estricta rentabilidad y rendimiento.

El curriculum vitae es un camino de obstáculos competitivos y selectivos que hay que superar para, una vez que el educando pase por el aro como fierecilla domada, convertirlo en una persona integrada y controlada por el sistema. En la escuela se aprende a amoldarse a los patrones establecidos, a adoptar un pensamiento convergente en lugar de divergente, a decir lo que ya está dicho y a saber lo sabido y consabido, para lo que se inventaron los exámenes y las continuas evaluaciones, destruyendo la creatividad. 

 

Abundan en la jerga pedagógica expresiones como "éxito -otros prefieren logro, que es la palabra patrimonial del cultismo lucro; algo tendrá que ver el ánimo de lo uno y el afán de lo otro- o fracaso educativo", pero tanto el éxito como el fracaso son categorías económicas que tienen más que ver con el déficit y el superávit de una empresa capitalista que con el proceso pedagógico de enseñanza y aprendizaje.

Abundan también los “planes de mejora”, inspirados por la idea cristiana pecaminosa de que se hace siempre algo mal y que hay que mejorarlo en el futuro. Es como el propósito católico de enmienda después de haber confesado el pecado y de haber realizado el acto de contrición y la consiguiente penitencia, una herencia de una educación de colegio de curas o monjas y de pago.

Hay también mucho papanatismo que contrapone las “nuevas formas de enseñar” y el uso de las “nuevas tecnologías” a la enseñanza tradicional. Las novedades son veneradas por el mero hecho de serlo, sin pararnos a pensar que hay cosas que se siguen haciendo igual de bien ahora que hace cinco mil años, y no está mal que así sea porque no están mal hechas, por lo que no necesitan ninguna mejora, pero, cargando como cargan algunos con el complejo judeo-cristiano de culpabilidad, se empeñan en el plan de mejoría permanente.



En fin, parece que poco se puede hacer. Pero frente a la educación y adoctrinamiento que se imparte en las aulas en la obediencia debida que van a recibir niños y niñas, cabe siempre la posibilidad de educar en la desobediencia: enseñarles por ejemplo algo tan sencillo y tan seno como es decir que NO a cualquier obligación que se les imponga, venga de donde venga, ahora que la censura  ha cambiado y que, como cantaba Isabel Escudero, ha sustituido "el no de lo prohibido por el sí de lo mandado".

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