martes, 15 de mayo de 2018

Matar al Padre

Tiene su cosa el latinajo: Qui patrem suum necat non peccat.  La gracia, una vez que se sabe que el "necat" que rima con "peccat" quiere decir "mata", reside en que no son divinas palabras, como diría Valle Inclán, sino diabólicas o demoníacas, ya que llevan la contraria a las sagradas escrituras y preceptos religiosos. La frase quiere decir que quien mata a su padre no comete pecado, contradiciendo así el cuarto mandamiento de la ley de Dios,  ya que dar la muerte no es forma de honrar uno a nadie, y menos a su padre, y el quinto, que prohíbe taxativamente la matanza. Pero estos latines tienen su gracia, y no por la rima fácil, que no deja de ser una peculiaridad idiomática propia de cada lengua mundana  no exportable a las demás, sino porque una de las seis palabras que contiene es ambigua. En efecto, esa frase puede entenderse y traducirse también así: No peca quien mata al padre... de los cerdos; pues suum, además del posesivo "suyo", puede ser el genitivo plural de sus, suis (primo hermano del griego ὗς ὑός hûs huós) “cerdo”, de donde el adjetivo castellano suido, que se aplica según la Real al mamífero artiodáctilo paquidermo (perdón por los tres neologismos grecolatinos seguidos), de jeta bien desarrollada y caninos largos y fuertes que sobresalen de la boca, como por ejemplo el sus scrofa, vulgarmente jabalí. 


Pero la gracia de ese latinajo tampoco se agota en la doble lectura. Desde un punto de vista psicoanalítico y freudiano, matar uno a su padre no es un pecado ni un crimen sino el destino fatal de todo animal racional macho que se aprecie, siempre y cuando el crimen se cometa simbólicamente como modo de superación sublimada del complejo de Edipo.  No se trata de asesinar uno a su padre biológico, claro está, que eso es pecado y además delito de parricidio, entendido este como el asesinato que es de un pariente consanguíneo en línea ascendente de hijo a padre o descendente de padre a hijo -de igual a igual, de semejante a semejante, de par a par, que eso era par(r)icida-  sino al ideal o espiritual, es decir, al patriarca de todos los padres y padre del patriarcado que todos llevamos dentro: el padre de todos los cerdos de dos patas.



Desde un punto de vista animalista, que equipara a la especie humana con la porcina, sería igualmente un crimen matar, o sacrificar, como también se dice,  al cerdo cuando le llega su sanmartín, es decir, la fecha de su matacía o matanza, pues suelen conceder los animalistas  a las especies animales dotadas de sistema nervioso central la categoría de "sintientes", con lo que amplían la longitud de onda del concepto de "humanismo" incluyendo a dichos animales y excluyendo de su estatuto a plantas, rocas y otros seres vivos carentes de dicho sistema nervioso, y entienden que el mandato divino "no matarás" les afecta también a ellos, por lo que se abstienen de comer sus viandas.   

Matanza del cerdo en la Edad Media



Pero no se trata de matar físicamente al padre de todos los puercos. Tampoco de asesinar físicamente al Santo Padre, o sea al Papa que vive en Roma, vicario en la Tierra del Padre celestial, de Dios Padre, la autoridad suprema y omnipotente, al que no en vano se le rezaba en latín, como Dios manda, "Pater noster qui es in Caelis, sanctificetur nomen tuum, etcétera.". (Ya se encargará Satanás de arrastrar al falso Papa, que es el Anticristo, dado que ha traicionado el espíritu cristiano de pobreza, junto a todos nosotros, los fieles y cristianos secuaces de su secta, hasta el pudridero de los infiernos cuando nos llegue la hora en el momento menos pensado).  

De lo que se trata es de matar simbólica- y metafóricamente uno a su propio padre, al que aborrece con toda su alma, por ser su rival en el amor de su madre y por encarnar el poder patriarcal que subordina a la mujer y a los hijos a su autoridad dentro de la Sagrada Familia.


Cualquier revolución que se precie, empezando por la individual en nuestro fuero interno, tiene que inmolar  de ese modo  al Padre, pero no para sustituirlo una vez depuesto. La juventud francesa de mayo del 68 lo intentó en París durante un cierto tiempo, pero luego, en un momento dado, la magia desapareció y los jóvenes airados pasaron de una rebelión incontrolable e iconoclasta, que no ofrecía ninguna puerta de entrada a la represión porque no tenía cabezas visibles, a un movimiento asimilado, ordenado, legalizado y neutralizado por el Poder, empoderándose ellos mismos, como ahora se dice.



No consiguieron lo que de verdad pretendían. El desmadre de los jóvenes no llegó al despadre. Pero no se puede hablar de éxito ni de fracaso, que son categorías económicas como el superávit y el déficit, porque la rebelión a su modo sigue siempre viva y latente por lo bajo, de modo que renace y se viene arriba de vez en cuando en el lugar menos pensado, como surgió, por ejemplo, cuando menos se esperaba,  en Madrid, donde saltó la liebre el 15 de mayo de 2011: Que por mayo era, por mayo / cuando faze la calor...

 Agustín García Calvo en la Puerta del Sol, mayo 2011



Los jóvenes parisinos, como los madrileños después y tantos y tantos otros que han intentado matar al Padre (necare patrem suum), es cierto, acabaron convirtiéndose todos ellos en unos padrazos de cuidado. Y es que esa es la forma freudiana y ordinaria de matar uno metafóricamente a su padre y de resolver el conflicto edípico: convertirse uno en su propio padre, ocupar la casilla que ha quedado vacía, el trono vacante. La mitología griega da buena cuenta  de ello, como de tantas otras cosas: Zeus se rebela contra su padre Crono para destronarlo, quien a su vez se había levantado contra su progenitor Urano, al que había castrado con una hoz, y destronado: a rey depuesto, rey de repuesto.

Crono emasculando a su padre Urano, Giorgio Vasari (1564)

Frente a esa falsa solución lo único que cabe es darle la vuelta a la cosa: además del desmadre, que es propio del sistema, tenemos que procurar el despadre, el desempadronamiento y la desemponderación, que es muchísimo más importante, y es la única forma, se me olvidaba decirlo, de combatir el patriarcado y de proceder a la matanza de los cerdos de dos patas.



¿Cómo se hace? Vamos a decir en primer lugar cómo no se hace esa revolución: Desde luego no se hace fundando un partido político y presentándose a las elecciones como creen algunos ingenuos que pretenden cambiar el mundo para que el sistema siga igual. ¿Cómo se consigue entonces? Muy fácil: diciendo (porque decir es una forma de hacer) a todo Dios (Estado, Capital, Maestro, Papa, Patriarca de Alejandría, Dalai Lama, Jefe o Jefa, Presidente o Presidenta y un larguísimo etcétera en el que se incluye uno mismo, yo mismo, por supuesto en última y no menos importante instancia: el ego es el último reducto y el más secreto donde se esconde el Padre de todos los Padres), diciéndole, decía: tú no eres mi padre: yo no soy tu hijo: no te reconozco: lárgate: no quieras darme lecciones porque no hay lección que valga.

No hay comentarios:

Publicar un comentario