domingo, 3 de mayo de 2015

Enseñanza memorística

“Difícilmente la pasión por la filosofía o por la poesía, por la historia del arte o por la música, podrá brotar de la lectura de materiales didácticos que, siendo en principio simples apoyos, acaban por sustituir definitivamente a las obras de las que hablan: los textos, en definitiva, se convierten en puros pretextos”.

Nuccio Ordine La utilidad de lo inútil,   Barcelona 2013,  Ed. Acantilado, traducción de Jordi Bayod.

Nadie como Nuccio Ordine ha sabido reflejar últimamente lo que ha sucedido en la enseñanza de las disciplinas humanísticas. Hemos sustituido la literatura, el arte, la música, la filosofía y demás materias por sus correspondientes historias: Historia de la Literatura, Historia del Arte, Historia de la Música etc. Y así la Historia de la Filosofía, por ejemplo, ha suplantado a la simple y llana filosofía. Es decir se ha incluido en el programa de estudios la historia de las vidas y obras de los filósofos más ilustres, lo que seguramente es una manera de impedir que los alumnos se acerquen algún día a las obras de esos filósofos ni por mera y remota curiosidad.

Ya hemos dado, dicen algunos alumnos a estas alturas de curso a Platón, ya sabemos lo que hay que saber de él. Ahora toca estudiárselo para volcarlo en un examen y demostrar así que hemos asimilado y aprendido algo que no tardaremos mucho en olvidar. ¿Para qué vamos a leer a Platón, con el placentero trabajo de pérdida de tiempo que eso conlleva,  si ya lo hemos “dado”?

“Dar” a Platón, sin embargo, nunca podrá sustituir a leer a Platón. Cualquier profesor reconoce honestamente que es preferible que los alumnos lean a Platón y saquen sus propias conclusiones. Lo que nos cuesta un poco más reconocer es que la manera de conseguir que lo lean no es precisamente “darlo” en clase, sino todo lo contrario: explicarlo en clase sólo sirve para que pierdan toda curiosidad y no se acerquen nunca ya a él en su vida.

El comentario de texto se ha convertido en el sucedáneo light de la lectura de la obra completa. O dicho de otra manera: el comentario de textos ha suplantado a la lectura de textos. El profesor elige unos pasajes con el mejor de los criterios, escoge unos fragmentos significativos de un autor, facilitándoles su vocabulario, y les enseña a los alumnos a comentarlos. Esos materiales didácticos –antologías, resúmenes, adaptaciones, recensiones- sustituyen a los textos originales. En vez de sumergirnos directamente y en versión original en la lectura de Platón, por ejemplo o de Shakespeare, que nos llevaría mucho tiempo y muchos esfuerzos, se nos facilitan traducciones, no siempre las mejores ni las más deseables, fragmentos elegidos que sustituyen a la totalidad de la obra, lo que nos lleva a que los alumnos no lean nunca un texto completo en primer lugar y en segundo lugar a que no sepan comentar un texto que no hayan comentado previamente en clase.


Después de execrar tanto la enseñanza memorística, hemos recaído en el más puro y rancio memorismo. Los alumnos estudian los comentarios de los textos que tendrán que vomitar, si se me permite la expresión, en  los exámenes.

Lo mismo ha sucedido en la enseñanza del latín y el griego. Ya no se leen, comentan y traducen textos desconocidos, sino textos previamente leídos, an alizados y traducidos en clase, con lo que se consigue no que nuestros alumnos aprendan a comentar y traducir textos latinos, sino a memorizar los que se han trabajado previamente en clase. Pero si les ponemos delante un texto que no conozcan serán probablemente incapaces de entenderlo. Después de maldecir tanto la enseñanza memorística, también nosotros, los profesores de lenguas clásicas, hemos recaído en el más anacrónico memorismo.



Es cierto que hay cosas que es mejor memorizar, por ejemplo la tabla de multiplicar, o, en lo que atañe a las lenguas clásicas, las declinaciones y el vocabulario más elemental a fin de no tener que estar consultando una gramática o un diccionario cada vez que leamos una simple frase escrita en esas lenguas. La memoria, como dejó dicho Cicerón, minuitur nisi eam exerceas, esto es,  se atrofia si no la ejercitas. Resulta paradójico que, después de haber despotricado los modernos pedagogos tanto contra la enseñanza memorística que nos obligaba a aprender la lista de los reyes godos, los afluentes del Ebro, o el pretérito perfecto de subjuntivo por activa y por pasiva, ahora vengan las autoridades sanitarias a decirnos que una de las maneras de luchar contra el mal de Alzheimer es precisamente aprender cosas indiscriminadamente de memoria, sea lo que sea.

Hay que cultivar la memoria, por supuesto. Eso ya nadie lo pone en duda. Hay que conseguirlo con mucha más práctica que teoría, pero no como un fin en sí mismo, sino para ser capaces de leer y comentar cualesquiera textos, no los textos de una antología previamente seleccionados, comentados y facilitados.

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