sábado, 30 de junio de 2018

La Historia como género literario

Que la Historia (inglés history) es una ficción (inglés story)  que escriben los vencedores es algo que salta a la vista cuando uno lee por ejemplo el libro primero de la Guerra de las Galias donde Julio César, que es a la vez el protagonista y héroe principal de la historia y el historiador, cuenta la guerra que sostuvo contra los helvecios. 

Los vencidos no podían haberla escrito porque habían sido derrotados, sencillamente, y la inmensa mayoría yacía bajo tierra. Y César, el vencedor, la escribe con el fin de justificar la guerra que emprendió,  para lo que utiliza algunos insidiosos recursos como hablar de sí mismo en tercera persona, como si el narrador fuera distinto del protagonista principal de su informe. El sujeto gramatical de la mayoría de sus comentarios es él mismo: César, pero nunca utiliza la primera persona del singular para referirse a sí mismo, sino siempre la tercera, que no es ni la del hablante ni la del oyente, sino la que despersonaliza a los interlocutores convirtiéndolos en cosas o temas de conversación, es decir, alejándolos de las personas gramaticales, como si estuviera hablando objetivamente de alguien ajeno a él, igual que haría un supuesto historiador neutral, si lo hubiese, que no formara parte de ninguno de los dos bandos en liza y lid o que no tomara partido, lo que en rigor es imposible, por unos u otros, por los romanos o por los helvecios, que, constreñidos por la naturaleza del lugar donde vivían, habían decidido huir de sus valles y montañas y embarcarse en una gran migración en busca de mejores pastos y horizontes más benignos siguiendo el consejo de Orgetórige.

Busto de Julio César

El propio Gayo Julio César nos refiere que se hallaron unas tablillas al final de la campaña en el campamento de los helvecios escritas con caracteres griegos donde se hacía una relación nominal de los que habían emigrado de su patria. La gran migración en busca de la tierra prometida ascendía a un total de trescientas sesenta y ocho mil personas entre helvecios, la mayoría de ellos, y tulingos, latóbrigos, ráuracos y boyos. De los cuales había unos noventa y dos mil hombres en edad de poder empuñar las armas,  y el resto era población civil, por utilizar un término actual que comprende a mujeres, niños y ancianos.  A continuación nos da el número de los que volvieron, vencidos y rendidos, al lugar de origen del que habían emigrado tras haber arrasado sus aldeas y quemado sus cosechas, territorio que hoy ocupa la Confederación Helvética o Suiza: unas ciento diez mil personas. 

No es difícil hacer el recuento de víctimas: aproximadamente dejaron detrás doscientos cincuenta y ocho mil cadáveres, algo más de las dos terceras partes de la población. Los helvecios, derrotados y obligados a volver, habían entrado en el libro de la Historia Universal por la puerta grande. Así es como se escribe la Historia. Con tinta y sangre, que viene a ser lo mismo. 

 Vercingetórige depone sus armas a los pies de César, Lionel Noel (1852-1926)

La historia (ἱστορία, conocimiento, inglés history) no deja de ser un cuento, es decir, un relato mítico (inglés story) y, más en general, un intento de convencernos a nosotros mismos de que los hechos que han pasado son comprehensibles y que son la causa de hechos presentes y de los presuntamente futuros, que serían su lógica consecuencia.

Repárese en la contradicción lógica existente en los términos “hechos presentes y futuros”, porque si son presentes no son hechos dado que no se han cumplido todavía, sino que se están haciendo en todo caso, y si son futuros no han pasado todavía ya que si son hechos son, por definición, pretéritos y no pueden ser presentes ni futuros, por lo que lo pasado “pasado está”, como la gente dice. La historia, en definitiva, es un intento de dotarle a la vida de un sentido, del que lógicamente carece.

Viñeta de Bill Watterson, de la serie Calvin y Hobbes

Ya lo vio William "Bill" Watterson (1958-...), humorista gráfico estadounidense, conocido por ser autor de la célebre tira cómica Calvin y Hobbes, guiño filosófico a Calvino y a Thomas Hobbes, donde le hace decir a su niño de 6 años, llamado Calvin, a su amigo imaginario y tigre de peluche Hobbes, que la historia es la ficción que inventamos para convencernos a nosotros mismos de que los hechos son comprensibles y que la vida tiene un sentido y una dirección (history is the fiction we invent to persuade ourselves that events are knowable and that life has order and direction).

La historia es siempre mentira por definición porque los hechos no son las palabras que los refieren, ya que entre el dicho y el hecho hay, como la gente dice, un trecho, o, en la lengua de Dante,   tra il dire e il fare c'è di mezzo il mare, que podríamos traducir como entre el hacer y el contar está por el medio el mar. Y entre la lengua escrita, que es en la que yace la Historia, y la lengua viva o hablada se abre otro abismo insuperable. 

Así lo vieron los clásicos griegos y romanos, que situaron la historiografía como un género literario, el género prosaico por excelencia, inspirado por la musa Clío, la grandilocuente, la mentirosa. Si te cuento la historia, convierto la historia en un cuento.

martes, 26 de junio de 2018

De Diógenes y Crates

La miniatura anónima (circa 1490) que ilustra el Libro de las buenas costumbres de Jacques Legrand y muestra a los filósofos cínicos Diógenes dentro de su barril leyendo un libro y a Crates con la herencia que ha recibido de su padre a cuestas, de la que se desprende inmediatamente para poder ser libre, nos sirve para presentar la vida imaginaria de Crates que escribió Marcel Schwob.

El título, en francés antiguo, dice: Cómo el estado de pobreza puede ser para cualquiera agradable. 

El autor francés Marcel Schwob (1867-1905) escribió en 1896 unas "Vidas imaginarias" donde relató unas biografías breves de veintidós personajes reales de todos los tiempos no muy conocidos por el gran público en las que mezclaba una exquisita erudición con algunas anécdotas imaginarias que individualizaban al personaje. Por lo que se refiere al mundo clásico de Grecia y de Roma redactó las vidas imaginadas de Empédocles, Eróstrato, Crates, Séptima, Lucrecio, Clodia y Petronio.  Borges tomó este libro como modelo para su Historia universal de la infamia, cuyos protagonistas son reales pero sus hechos son a veces  fabulosos e imaginarios.


Nos interesa particularmente la biografía que le dedica a Crates, el discípulo de Diógenes. Schwob contrapone a ambos filósofos cínicos: de Diógenes dice que mordía como los perros, de Crates que vivía como ellos. Diógenes sería el perro mordaz, agresivo, mientras que Crates sería perro ladrador como Diógenes, sí, pero poco mordedor. Crates también criticaría, según este autor, a su maestro por vivir en un tonel como si fuera un caracol o un paguro, cuando podía vivir al aire libre sin necesidad de techo, igual que él, como un homeless, un sin hogar, un sin techo. Crates sería, según Marcel Schwob, la versión amable de Diógenes, el mejor amigo del hombre.
 

domingo, 24 de junio de 2018

Mare nostrum

La información sobre los flujos migratorios humanos que se producen en el mar Mediterráneo en dos direcciones, del sur hacia el norte y de este a oeste, de las que tenemos noticias no sólo dramáticas sino trágicas a diario, oculta otra información no menos relevante, de la que carecemos porque nos privan de ella, de circulación en sentido contrario de Europa y Norteamérica hacia África y Oriente Medio: la de las fuerzas militares de la OTAN/NATO y la del armamento que los gobiernos occidentales de dicha alianza, incluido entre ellos el de España, venden a los países de los que proceden los refugiados, que son las víctimas de las guerras, población civil principalmente compuesta por mujeres y por niños. 



Cuando hablamos de guerras en este ámbito que va desde las columnas de Hércules del Océano Atlántico hasta el Mar Negro por un lado y por otro desde el Golfo Pérsico hasta el Océano Índico nos referimos a las dos guerras de Iraq, las otras dos guerras que destruyeron la vieja Yugoslavia y Libia y, en la actualidad, la guerra que está devastando Siria. 

Esta doble circulación de población civil que huye de los desastres de la guerra y del flujo de tropas militares y armamento que las provocan está sembrando el viejo Mare Nostrum de cadáveres humanos. 

 
 El Liberty transporta armamento; el Aquarius, salvamento marítimo.

Un collage fotográfico publicado por Il Manifesto refleja gráficamente esta doble circulación y representa la causa y el efecto. Por un lado el navío militar Liberty Pride, que hizo escala en Livorno (Italia) los días 12 y 13 de junio, con un cargamento de armas mensual dirigido a Jordania y Arabia Saudita para las guerras de Siria y Yemen; por otro lado el Aquarius, que entró en el puerto de Valencia el 17 de junio con 106 migrantes a bordo, en el que viajaban mujeres embarazadas y varios menores. 


Escribía Santiago Alba Rico un artículo muy sugerente lleno de refencias clásicas, ya desde su propio título Nuestra Antígona, donde denominaba “palinuros” a las víctimas que han muerto ahogadas en el Mediterráneo en la peligrosa travesía, recordando al piloto de la nave de Eneas, otro refugiado de guerra que huyó de la destrucción de Troya por las tropas aliadas de Agamenón, en busca de mejores costas, y que por la noche cayó al mar durante la travesía nocturna, consiguió llegar a nado hasta la costa italiana donde encontró la muerte de manos de unos bandidos: Entre 1993 y 2013 se ahogaron 20.000 palinuros, con sus propios nombres, cruzando de África a Europa. Sólo en 2016 fueron 5.000. En 2017 fueron 3.000; y 400 en los dos primeros meses de 2018. ¿Cuántos más yacerán en olvidado abismo, en olvidadiza arena, sin nombre ni registro? Desde la Segunda Guerra Mundial nunca había habido en Europa tantos cadáveres insepultos. 

Evoca Alba Rico en un hexámetro de la Eneida de Virgilio, el último del libro V, el naufragio del timonel de la nave de Eneas vencido por el dios del sueño: nūdus in ignōtā, Palinūre, iacēbis harēnā: En olvidado arenal yacerás, Palinuro, desnudo. 

miércoles, 20 de junio de 2018

Hastío de la vida (taedium uitae)

La expresión latina “taedium uitae” (aborrecimiento de la vida), esbozada en Séneca, aparece como tal por primera vez en autores como Tácito, Plinio el Viejo y Aulo Gelio, y de ahí se extiende a la literatura cristiana, donde designa el disgusto por la vida terrenal, y se acompaña muchas veces como lógica consecuencia del “desiderium mortis” (deseo de la muerte)

 Muerte de Marat (David) / Epigrama 472 B Antología Griega VII  (Leónidas de Tarento) 

¿Cómo no recordar aquí el “Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero” de Teresa de Ávila? 

Llega después hasta la literatura moderna, donde son numerosísimos los testimonios de este hastío de vivir que se hace endémico en el siglo XIX y XX: Gabrielle D' Annunzio, Oscar Wilde, Herman Hesse, Jean Paul Sartre, Giacomo Leopardi, que lo denominó en italiano “noia di vivere”, o Fernando Pessoa, que lo clavó en este aforismo: El tedio no es la enfermedad del hastío de no tener nada que hacer, sino la enfermedad más grave de sentir que no vale la pena hacer nada.



La palabra “taedium”es el origen de nuestro tedioso tedio. Significaba cansancio, fatiga, aversión, repugnancia, asco, aburrimiento... La encontramos en “fastidium”, que es un compuesto de *fastitidium donde se ha evitado por haplología la repetición cacofónica de la sílaba -ti-,  compuesto de "fastus" (orgullo, altivez, altanería, desdén) y "taedium" (molestia, disgusto...). La palabra "fastidium" evoluciona al castellano dando origen a un doblete: el cultismo fastidio y la palabra patrimonial hastío, en la que ha desaparecido la f- inicial dejando el recuerdo ortográfico e innecesario de una hache, y ha desaparecido también la -d- intervocálica como lo sigue haciendo en nuestros participios: *hablao, y, en el sur, *venío.

Se ha relacionado a veces la depresión, la melancolía y el “taedium uitae” con órganos de nuestro cuerpo buscando una explicación fisiológica de tales males. Prueba de ello es la palabra spleen, que tiene su origen en el griego σπλῆν σπληνός ὁ —splḗn, que era el nombre de la glándula del bazo. En inglés asimismo quiere decir bazo, escrito spleen. El diccionario de la Real Academia Española acepta la grafía "esplín", adaptada de la pronunciación inglesa, y define el término como “melancolía, tedio de la vida”. En francés, spleen representa el estado de melancolía sin causa definida o de angustia vital de una persona, que acertó a poetizar Baudelaire. 

Contra esta melancolía atrabiliaria -ambas palabras, griega la primera y latina la segunda significan como calcos semánticos que son la misma cosa: bilis negra-, encontramos en cambio el antídoto de una sentencia medieval donde se dice que es la cosa más tonta (lo más necio o estúpido que hay) el desiderium mortis que podría llevarnos a acelerar el viaje al Orco, es decir, a los infiernos por hastío de la vida. Así reza en latín: Taedio uitae properare ad Orci iter stultissimum est.

lunes, 18 de junio de 2018

De la abdicación de Lucio Cornelio Sila

No sólo les parecía una cosa fuera de razón a los que sufrían la tiranía de mala gana y con pesadumbre, sino verdaderamente a todo el mundo, amase o no la libertad, que alguien como Lucio Cornelio Sila, que con tantos trabajos había por fuerza alcanzado la dictadura, dijera ahora en el foro que, satisfecho ya su apetito de mandar, dejaba por hastío de las guerras, por hastío del poder y por hastío de la propia ciudad de Roma la dignidad del cargo que ostentaba, pasando de tirano que fuera a simple particular, retirándose por consiguiente a la quietud y soledad, como había hecho el primer dictador de la república romana, el legendario Cincinato, a fin de que el resto de su vida trascurriera lejos del mundanal ruido en la paz del ocio, apartado de todos los negocios, y en el silencio de la aldea. 

Moneda acuñada con la efige del cónsul Sila (Sulla cos.)

Había mandado, en efecto, quebrar las varas que eran insignia de su dictadura, licenciado su guardia personal y se hacía acompañar sólo de algunos amigos por toda Roma, siendo mirado por todo el pueblo con espanto y maravilla, por la novedad del insólito suceso de que alguien tan poderoso hubiera renunciado por propia voluntad a su poder.

Otro dictador vendrá después de Sila, que no querrá hacer como él, y no abdicará de un cargo que quería vitalicio. Gayo Julio César, en efecto, morirá asesinado en las idus de marzo del año 44 antes de Cristo en nombre de la libertad y la república.

Solamente hubo un muchacho que se atrevió a seguir un día a Lucio Cornelio Sila hasta su casa descerrajándole a la cara algunos pesares por la calle, lo que le hizo reflexionar a éste: “Yo, que nunca solía soportar una palabra de reproche cuando estaba en el poder, tengo que sufrir ahora con paciencia las amargas impertinencias y afrentas de este mocoso”. Hemos de imaginar la irritación del mirar fiero y desapacible de sus ojos azules que se hacía todavía más terrible al que lo miraba por el color de su semblante, donde se mezclaba a trechos lo rubicundo y colorado con una palidez que se diría sepulcral.

 Busto de Lucio Cornelio Sila

¿Quién era aquel mozalbete, poco más que un niño todavía,  que se atrevía a echarle en cara sus crímenes? Probablemente el hijo de alguno de sus muchísimos enemigos, algún vástago resentido de alguno de aquellos cien mil ciudadanos romanos que habían muerto en el curso de la guerra civil, o un huérfano malencarado de alguno de los noventa senadores, quince cónsules, más de dos mil seiscientos caballeros que había hecho asesinar, privando a muchos de sepultura, o que había proscrito, condenado al destierro y confiscado todos sus bienes, dejando en la más absoluta ruina de la miseria a sus herederos...

Resolvió, pues, retirarse a la Campania, a sus propias posesiones, en donde deleitándose con la soledad marítima, pasaría el tiempo consagrado a la pesca y semejantes ejercicios.

Dicen las crónicas que, sin embargo, se le apareció una noche entre sueños un demonio en forma de fantasma ensangrentado que le llamaba no una vez o dos, sino insistentemente, haciendo eco de sí mismo, y que habiendo Sila por la mañana contado esta pesadilla a sus íntimos, no poco supersticioso como era, hizo testamento. La noche siguiente a ese día hubo que llamar al médico de urgencia porque le sobrevino una fuerte calentura. A los pocos días llegó a su fin el curso de su vida. Contaba 59 años de edad al retirarse de la política. Fallecía al año siguiente a la edad de sesenta años.

sábado, 16 de junio de 2018

Crates e Hiparquia

Jerónimo Fernández de Mata, autor español del siglo XVII del que muy poca cosa sabemos, escribió un diálogo en prosa donde reivindica la figura femenina de Hiparquia, la primera mujer filósofa de la que tenemos noticia en el mundo griego que rompió con el estereotipo femenino, muy anterior a Hipacia de Alejandría, y la de su compañero Crates, discípulo de Diógenes, miembros ambos de la escuela cínica. 

Se trata de un diálogo ficticio, donde el autor atribuye unos pensamientos “por conjetura discurridos” a estos personajes, a los que pide disculpas de antemano por “humillar” su nombre, cuando lo que hace en realidad no es tanto humillarlos como tergiversarlos y sacarlos de la calle para meterlos en Palacio. 

Portada del diálogo “Crates e Hiparquia, marido y muger, filósofos antiguos” de Jerónimo Fernández de Mata, publicado en 1637.


Tanto Hiparquia como Crates, en efecto, eran filósofos cínicos y, por lo tanto, debían parecerse más a dos perros callejeros, libres y sin dueño, felices y orgullosos de serlo, que al matrimonio convencional que nos presenta el autor de dos cortesanos que se avienen a aconsejar al Príncipe sobre la mejor forma de gobierno. 

Con Fernández de Mata estamos más cerca del estoicismo de Séneca que del cinismo originario. No en vano dice el autor al comienzo del diálogo que su breve libro se niega “a la plaza” y que “mengua sería si al concurso popular agradase” porque no tiene la presunción de gustar a todo el mundo, sino a un solo individuo. Quién sea ese individuo aparecerá claramente al final del diálogo, en el que Crates narra la larga y parece que infructuosa búsqueda de su maestro Diógenes, linterna en mano, del Hombre, hasta encontrarlo al fin y pararse a oírle: el Gran Hombre resultará que era Alejandro Magno. La obra está dedicada al rey español Felipe IV el Grande,  y finaliza de un modo sorprendente con el menosprecio de la Corte, donde reina la mentira, y la alabanza de la soledad y el retiro apartado de su mundo.

Diógenes, J.W. Waterhouse (1882)
 


Hemos editado el diálogo aquí mismo, al que hemos tenido acceso gracias a los libros que digitaliza Gúguel, con un prólogo, notas explicativas a pie de página, unas apostillas sobre la transmisión árabe de anécdotas cínicas de Diógenes y un epílogo final, con la esperanza de poder contribuir a que se entienda un poco el fenómeno tan repetido en nuestro mundo de cómo la cultura dominante es capaz de neutralizar y asimilar si no totalmente, porque siempre queda afortunadamente algún resquicio para la rebeldía, sí mayoritariamente aquellos movimientos populares y contraculturales como este de los cínicos antiguos que se levantan contra ella.



El grabado anacrónico de arriba en tela del siglo XVII  representa a Hiparquia y a Crates de Jacob Cats (1577-1660). La escena representa a Crates que intenta disuadir a Hiparquiar de su amor, apasionada de él de él como está, haciéndole saber lo pobre que es y lo feo de su aspecto físico,  mostrándole tras haberse despojado de su palio y de su cayado, sus únicas posesiones que yacen por el suelo, la joroba que le sale en la espalda y deforma su cuerpo. Ella sin embargo, contra la opinión de su familia, rechazando las muchas proposiciones de sus pretendientes más ricos, más jóvenes y más atractivos que él, decidirá unirse a Crates en lo que ha sido denominado la “cinogamia” o canigamia”, es decir, una unión libre entre cínicos a manera de perros.




jueves, 14 de junio de 2018

El simbolismo de la urna


La palabra urna es latina: urna –ae,  de la primera declinación para más señas. Está presente en la mayoría de las lengua europeas y no sólo en las romances derivadas de la del Lacio (francés urne; italiano, portugués, catalán, gallego, castellano urna; rumano urnă), sino también en inglés urn, alemán Urne, o ruso, en alfabeto cirílico,  урна, pronunciada igual que en español.


 

La voz está documentada por escrito en nuestra lengua desde el siglo XVI. La raíz latina sería *urc-na, presente también en urceus y orca. Suele relacionarse con el griego ὕρχη (hýrchee, que era propiamente un recipiente de tierra para la salazón del pescado).  La urna era una vasija o un cubo para sacar agua de un pozo, que servía además como medida de capacidad, y estaba dotada de unas pequeñas asas (ansulae) para cargarla según la costumbre a hombros o sobre la cabeza.


El urceus, por su parte,  era un botijo o una jarra generalmente de barro con un asa (ansa) que se empleaba para diversos usos aunque principalmente para servir el agua. De esta palabra nos viene orzo, ya en desuso en castellano, y orza, que sigue usándose y es según la Real Academia una “vasija vidriada de barro, alta y sin asas, que sirve por lo común para guardar conservas”. 


 


Derivado de urceus encontramos en Petronio el curioso adverbio urceatim “a cántaros” en una no menos curiosa expresión en el Satiricón 44, 18: Iouem aquam exorabant, itaque statim urceatim pluebat: Rogaban el agua a Júpiter y al punto llovía a cántaros. Hay pues equivalencia entre nuestra expresión “llover a cántaros” o jarrear y el “urceatim pluere” petroniano, cosa que no siempre sucede entre las lenguas, donde no suelen corresponderse estas expresiones o modi di dire. Los ingleses, por ejemplo, dicen cuando llueve intensamente: it is raining dogs and cats, que significa literalmente “llueven perros y gatos”, pero que,  entrando dentro de la categoría de frases y expresiones hechas, no debe traducirse nunca al pie de la letra sino que hay que buscar en la lengua a la que va a trasladarse una expresión equivalente, como esta nuestra de llueve "a cántaros" u otra por el estilo.


Pero la urna también servía para depositar votos o para echar suertes y averiguar así el destino. Y no nos olvidemos de la urna cineraria, que es la que guarda las cenizas de los cadáveres previamente incinerados. La urna, sea electoral o funeraria, es un receptáculo que recoge las últimas voluntades del elector o las cenizas del difunto, por lo que conlleva ante todo un innegable simbolismo fúnebre y mortuorio. En ella yacen los sueños, las esperanzas y los deseos de nuestra vida, las cenizas, como si dijéramos, del niño muerto que hemos sido y las de todos los cadáveres de nuestros antepasados. La urna también nos recuerda a la hucha infantil, la alcancía donde se atesoraban los ahorros, ese dinero que se destina a adquirir en el futuro algo que se desea ahora, para lo que será preciso romperla para extraer las monedas atesoradas.


La urna dentro del campo del simbolismo occidental es según J. E. Cirlot en su Diccionario de símbolos (Ediciones siruela, Madrid, 1998) un “símbolo de contención que, como todos los de este tipo, corresponde al mundo de objetos femenino. La urna de oro o plata, asociada a un lirio blanco, es el emblema favorito de la Virgen en la iconografía religiosa”.

Desde un punto de vista machista, la urna electoral con su ranura es un símbolo sexual que representa la vulva femenina, donde los votos que se introducen en su útero serían símbolos fálicos.  

¿Dónde van los votos de las elecciones a ir tras el escrutinio?

Hace unos años, precisamente,  sacaron un anuncio televisivo para las elecciones al parlamento catalán del 2003,  que presenta esta imaginería sexual. Animaba a los jóvenes a votar porque, decían, era un placer similar al sexual que tenían la suerte de poder disfrutar: Votar és un plaer que tenim la sort de gaudir. El spot no tiene desperdicio: una chica, recién cumplida la mayoría de edad accede por primera vez a las urnas... Es curioso que sea una chica y no un chico, lo que parece un guiño feminista dentro de una simbología claramente machista. Visiblemente nerviosa, llega al colegio electoral, coge una papeleta (da igual para el caso de qué partido político era), la mete en el sobre, se desmelena, se identifica presentando el DNI,  la introduce en la urna, metiendo y sacando varias veces su voto hasta depositarlo definitivamente en su interior,  y, acto seguido, acabado el meteysaca, experimenta un orgasmo poco discreto y más bien escandaloso ante el estupor de la mesa electoral, que no da crédito a lo que ven sus ojos.


Se vendían así las elecciones democráticas, o el derecho a decidir, como dicen ahora, como si uno supiera verdaderamente lo que quiere y lo que decide. Y se vendían como una metáfora del orgasmo, cuando este suele ser por otra parte bastante ajeno a nuestra voluntad, animando a los jóvenes a votar per ser lliures, como si la libertad consistiera en elegir una u otra papeleta llena de nombres propios, participando en la orgía democrática de las elecciones.  En ningún caso representa la urna electoral la voluntad popular, porque la voluntad del pueblo no es delegable y no consiste en elegir a un individuo para que gobierne en nombre de los demás arrogándose su representación, sino que por el contrario, desea que nadie represente a nadie, que nadie sea más que nadie, y, en definitivia, que no gobierne nadie.

domingo, 10 de junio de 2018

Juicio a la educación

Bryan Caplan, profesor de Economía de la Universidad norteamericana George Mason del condado de Fairfax en el Estado de Virginia, declara contra el sistema educativo que “sólo sirve para tirar el tiempo y el dinero”. Hace bien este profesor de economía equiparando “tiempo” y “dinero” porque, como suele decirse en su lengua, que es la del Imperio, “time is money”, y si perdemos una de estas magnitudes no perdemos una sola, sino ambas juntas, porque son lo mismo. En nuestra lengua, que es la de Cervantes, también se dice que el tiempo es oro.


Este profesor ha escrito un libro, que no he leído ni pienso leer, por cierto, titulado Juicio a la educación, literalmente “contra la educación” (The Case Against Education). No he pasado de la introducción donde escribe lo siguiente, dirigiéndose al lector: “Piensa en todas las asignaturas que has cursado. ¿En cuántas has aprendido algo útil? Las clases que no te van a servir de nada después de graduarte empiezan ya en la guardería”.

Este profesor trata de incendiar el sistema educativo con sus proclamas aparentemente revolucionarias. De la quema sólo se salvan muy poquitas cosas, aquellas útiles e instrumentales, que son según él en la escuela primaria aprender a leer y escribir y a hacer cuentas; en la secundaria algo de matemáticas y carpintería(!), y en la Universidad alguna que otra carrera, muy pocas a la sazón, como Ingeniería e Informática. El resto es totalmente prescindible y superfluo. Es decir, para Caplan sólo interesa aquello que va a insertarte en el llamado mundo del trabajo o, mejor y más propiamente dicho, mercado laboral. 

El argumento básico de este economista al que algunos se han apresurado a considerar filósofo, e incluso “nuevo filósofo”, dando a entender que es alguien que dice cosas sabias como los filósofos pero más novedosas que las que han dicho estos a lo largo y ancho de la historia, es que “la educación es un derroche de tiempo y dinero porque gran parte de sus beneficios no provienen de aprender habilidades útiles para el trabajo”. 

Caplan se define en las entrevistas que le hacen como “libertarian”, que algunos se apresuran a traducir al español como “libertario”, es decir, defensor a ultranza de la libertad del ser humano, cuando en realidad debería traducir ese adjetivo por “liberal” o “neo-liberal”, que no es lo mismo. Es verdad que Caplan critica la dependencia del Estado como los anarquistas decimonónicos y del siglo XX, pero no cuestiona la dependencia del predominio absoluto del Capital. En este punto, en la crítica del Estado, se encuentra con los anarquistas, pero no en la defensa a ultranza que hace del modo de producción capitalista, que ni siquiera se le ocurre cuestionar. Por eso su crítica no es como pretende una enmienda a la totalidad, sino un ataque a la política social de los gobiernos, a los que recrimina que malgasten el dinero de los votantes y contribuyentes en algo como la educación cuya utilidad práctica es nula.

Bryan Caplan es un firme defensor de la Formación Profesional porque prepara a los estudiantes para el trabajo enseñándoles “habilidades laborales específicas” para el desempeño de una profesión, y crítico de la Formación Universitaria de índole humanística, por la misma razón, porque no prepara para la inserción en el mercado laboral. En este sentido, se adelanta a lo que muchos gobiernos y ministerios de educación europeos y principales partidos políticos tanto de izquierdas como de derechas, da igual, siempre están cacareando, porque lo que quieren es trabajadores especializados y sumisos: hay que fomentar la Formación Profesional. 


Sugiere este profesor, que trabaja en una universidad pública, por cierto, que se deje de financiar con fondos públicos la enseñanza. Todo el dinero debería provenir de las matrículas de los alumnos y deberían desaparecer las becas, dejándolo todo en manos de la iniciativa privada.

La opinión de Caplan no es exclusiva de él, ni siquiera de una minoría, sino que está en línea con la de muchos gestores -no vamos a decir pensadores ni muchos menos filósofos, le queda demasiado grande el traje de esa palabra- que abogan por reducir la financiación pública del sistema de enseñanza o educativo, si se prefiere este último término. Se trata de economizar gastos, de rentabilidad, de evitar que se invierta (sic por el terminajo económico) en algo que es poco eficiente porque no interesa. ¿A quién no le interesa? Al Capital, obviamente, cuyo interés, por otra parte, según la conocida fórmula, es incrementarse con el paso del tiempo.

viernes, 8 de junio de 2018

VERBA VOLANT, SCRIPTA MANENT

Según el  adagio latino, las palabras, si se las deja en libertad vuelan: uerba uolant, scripta manent: las palabras vuelan y no sólo porque se las lleve y borre el viento, como decimos nosotros, sino porque tienen alas como los pájaros. Un viejo epíteto homérico resuena muchas veces como el estribillo de una melodía en la Odisea y la Ilíada: ἔπεα πτερόεντα: palabras aladas. Pero las que no han sido pronunciadas y liberadas permanecen prisioneras en la jaula silenciosa de la escritura, que se configura así como sarcófago o cautiverio al menos de la viva voz.




Como escribe Borges,  el significado de esta máxima era muy distinto en la antigüedad del que le damos ahora, donde parece que preferimos la segunda parte, que las cosas queden por escrito, y decimos “lo escrito escrito está”: El adagio latino VERBA VOLANT, SCRIPTA MANENT, en que ahora se ve una exhortación a fijar con la pluma los pensamientos, se dijo para prevenir el peligro de los testimonios escritos... Aquella frase que se cita siempre: Verba volant scripta manent, no significa que la palabra oral sea efímera, sino que la palabra escrita es algo duradero y muerto. En cambio, la palabra oral tiene algo de alado, de liviano; alado y sagrado, como dijo Platón. Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales.

Un mito griego, recogido por el divino Platón, atribuye la invención de la escritura al dios egipcio Theuth, que se la reveló al entonces faraón del alto y bajo Egipto Thamús, más conocido como Ammón, diciéndole: “Este conocimiento hará más sabios y más memoriosos a los egipcios pues sirve como fármaco para aumentar la memoria y la sabiduría que conlleva”. Pero el sabio faraón le replicó al dios: “Oh dios, tú que eres el padre de las letras, les confieres un poder que no tienen, porque no es recuerdo sino olvido lo que producirán en los que aprendan a leer y escribir, -entre los alfabetizados, diríamos hoy-, y descuidarán la memoria al fiarse de lo escrito”.

Esto mismo les sucede a muchos estudiantes cuando toman apuntes. En el mejor de los casos habrán resumido una conferencia o lección magistral, pero si se les pregunta qué es lo que se ha dicho no tendrán ni idea, porque su memoria no lo ha retenido. Precisarán leer y releer esos apuntes hasta memorizarlos, algunos en voz alta para oírse a sí mismos, para enterarse de su contenido, porque no han estado atentos a comprender y asimilar lo que se decía, sino a copiarlo por escrito. Quizá por eso algunos filósofos, como el propio Sócrates, que no era precisamente ningún analfabeto, no escribió ni una sola palabra, y Jesucristo, que tampoco era analfabeto, según se cuenta, sólo escribió una misteriosa palabra con el dedo en la arena que enseguida borraría el agua o el viento.


Julio César, en sus Comentarios sobre la guerra de las Galias, cuando nos habla en el libro VI de las enseñanzas que transmitían los druidas a los jóvenes galos, recoge la misma idea: los druidas hacían aprender de memoria a los jóvenes que estaban a su cargo, hasta veinte años algunos, un gran número de versos, pero no les permitían hacer uso de la escritura, a pesar de que conocían el alfabeto griego, del que hacían uso en negocios públicos y privados, no así en la educación. Esto es así, dice César, por dos razones (id mihi duabus de causis instituisse uidentur), la primera porque no querían divulgar sus enseñanzas públicamente (quod neque in uolgum disciplinam efferri uelint) y la segunda porque no querían que los estudiantes, confiándose en las letras, descuidaran la memoria (neque eos qui discunt litteris confisos minus memoriae studere), porque precisamente lo que suele suceder es que con la ayuda de las letras (accidit ut praesidio litterarum) se pierde la necesaria atención en el aprendizaje y la memoria (diligentiam in perdiscendo ac memoriam remittant).

Recordar, etimológicamente, es volver a traer algo al corazón, que era para los antiguos el palacio de la memoria, cuya sede no se hallaba en el cerebro, sino, precisamente,  en el *cor(d) o corazón. Esto explica el sentido de las expresiones inglesa y francesa “by heart” y “par coeur”, con el mismo significado que nuestro “de memoria”, que en castellano viejo se decía “de coro”; y también explica el significado del verbo inglés record “registrar”, que es grabar.


El desprestigio de la memorización por parte de muchos pedagogos y docentes es, de alguna manera, responsable del auge del olvido en que han caído las viejas artes mnemotécnicas, pero hay cosas como la tabla de multiplicar, la lista de verbos irregulares ingleses o, en nuestro ámbito cada vez más restringido, las declinaciones griegas y latinas que conviene saberse de memoria si se quiere hacer un uso razonable y disfrute de ellas. Quizá era absurdo aprenderse la lista de los reyes godos o todos los afluentes de los ríos, como antaño en la escuela, pero hemos pasado de la obligación de memorizarlo todo a no memorizar nada, con lo cual  damos pábulo a la desmemoria y el mal de Alzheimer.

Contaba Agustín García Calvo, volviendo a nuestro adagio latino, que su maestro Antonio Tovar había corregido su sentido moderno inventando un pentámetro donde añadía un matiz que contradecía el proverbio: MORTVA SCRIPTA MANENT, VIVIDA VERBA VOLANT: lo escrito perdura, efectivamente, pero muerto, en el silencio de la página, mientras que las palabras vuelan de viva voz llenas de vida. En otra ocasión lo recordó con la variante: MORTVA SCRIPTA IACENT, VIVIDA VERBA VOLANT: muerto lo escrito  yace, vívidas vuelan las palabras.


miércoles, 6 de junio de 2018

No es el fin

Si cantamos con Nick Cave y Kylie Minogue esta canción de Bob Dylan -"Not the end"-,  estamos negando lo que está mandado que creamos y espantando así el fantasma de la muerte, porque el que canta su mal espanta, y nuestro mal es que a menudo barruntamos que la muerte es el final,  la espada de Damoclés que pende sobre nuestras cabezas: not the end, not the end, just remember the death is not the end: No es el fin, no es el fin, recuerda que la muerte no es el fin.



Un verso de Propercio nos lo recuerda: letum non omnia finit: la muerte no es el final de todo, no lo acaba todo. 



Pero quizá la sentencia más penetrante y aguda sobre la muerte sea la de Heraclito de Éfeso, que dijo (fragmento 27 D.-K.): ἀνθρώπους μένει ἀποθανόντας ἅσσα οὐκ ἔλπονται οὐδὲ δοκέουσιν. A los hombres les aguardan una vez muertos cualesquiera cosas que no esperen ni se figuren.

¿Qué es lo que hay detrás de la muerte? Cualesquiera cosas, con la sola condición de no esperarlas ni imaginarlas, es decir, que quedan excluidas todas las suposiciones que los hombres se han venido haciendo a lo largo de la historia y de su vida, porque todas esas imaginaciones no son más que actos de fe, creencias. Todas las cosas, es decir, ideas, que los hombres han imaginado son anuladas por la fórmula mágica del efesio: no hay inframundo ni supramundo, ni Cielo ni Infierno, ni tampoco Nada. La muerte no es nada de lo que imaginamos, por eso tampoco es el fin ni el principio de nada. También se anula todo lo que podamos imaginar y pueda ocurrírsenos ahora. Nada más formular una ocurrencia queda eliminada automáticamente, y es así como la esperanza consiste en su frustración.


Comenta Agustín García Calvo en su edición magistral de Heraclito (Razón común. Edición crítica, ordenación, traducción y comentario de los restos del libro de Heraclito. Editorial Lucina, Madrid, 1985), que la frase de Heraclito puede muy bien entenderse sin el ἀποθανόντας, sin el “una vez muertos”,  de manera que puede ser válida también para los vivos: A los hombres les aguardan cualesquiera cosas que no esperen ni se figuren: todas las previsiones y pronósticos de futuro son así condenados a no cumplirse, porque son falsos por su mera ocurrencia: verdad puede ser cualquier cosa menos lo que uno crea que es verdad.

sábado, 2 de junio de 2018

El estoicismo no es lo que era

El estoicismo es una corriente filosófica del mundo antiguo que ha llegado hasta nosotros desvirtuada. Dicho de otra manera, lo que ha llegado a nosotros no es el pensamiento original de Zenón de Cicio (335-263 ante Christum natum), su fundador, o de Gayo Blosio de Cumas, tutor de los hermanos Graco, sino el de unos filósofos como Séneca, preceptor del emperador Nerón, Epicteto o Marco Aurelio, emperador él mismo, nada mal avenidos con el Poder y con la aristocracia romana de la que formaban parte. Sin embargo, el estoicismo griego primitivo estaba más cerca del cinismo y de la subversión del orden establecido que su correlato romano imperial, que es una aceptación más o menos resignada, descafeinada o light del status quo.

 Fragmento del busto del emperador Marco Aurelio, museo del Louvre

El Diccionario de la Lengua Española de la RAE define estoico como “fuerte, ecuánime ante la desgracia”. En segunda acepción, perteneciente o relativo al estoicismo. Asimismo, define el estoicismo como “fortaleza o dominio sobre la propia sensibilidad”. Y nos explica la etimología de la palabra relacionada con el sustantivo griego στοά (stoá), que significa 'pórtico', por el lugar de Atenas en el que se reunían estos filósofos. 

El fundador de la escuela fue Zenón de Cicio, que escribió una Politeia, República o Constitución, igual que Diógenes, el cínico, "contra la de Platón", según Plutarco, lo que explica que, como la del cínico, tampoco se haya conservado y hayamos de darla irremediablemente acaso por perdida. Pero sabemos por algunos testimonios de los que la leyeron que en ella se predicaba, por ejemplo,  que en las ciudades no deben construirse ni templos, ni juzgados, ni gimnasios. Se negaba, pues, la religión pública y estatal criticando la existencia de templos, la justicia del Estado y de sus leyes establecidas, que son contrarias a la naturaleza, y el culto al cuerpo y a la belleza física que se profesaba en los gimnasios griegos. Se hacía una defensa de la libertad humana, argumentando que el poder del dueño sobre el esclavo es un poder innoble. Asimismo, se predicaba que los hijos y las mujeres deben ser comunes -entiéndase en sentido negativo: no deben ser propiedad de ningún varón, padre o esposo- y deben vestir del mismo modo que los hombres, sin ocultar ninguna parte del cuerpo.

Otra conexión entre estoicos y cínicos: En el tratado político de Zenón, se defiende el cosmopolitismo de Diógenes; pues allí, según Plutarco, que lo leyó y apuntó la cita, se propugna que no vivamos ordenados por Estados ni naciones […], sino que todos los hombres nos tengamos por compatriotas y conciudadanos, y que haya un solo modo de vivir y un solo orden y mundo.

En esa república universal que sería el mundo –dice Zenón– no ha de usarse dinero ni para el intercambio ni para los viajes según transmite Diógenes Laercio en su Vida de los filósofos ilustres VII, 33, lo que sugiere que los estoicos, al igual que los cínicos, pensaban suprimir también cualquier forma de propiedad privada y de moneda. La verdadera patria del cínico Crates, que fue maestro de Cenón de Cicio, fue, según Diógenes Laercio, la pobreza, ya que vendió la herencia que recibió y repartió sus ganancias entre sus compatriotas. El comunismo que propone Zenón no es autoritario y jerárquico, como el de Platón, sino "libertario", según algunos historiadores del anarquismo, como M. Netlau en su Esbozo de historia de las utopías (tomo la cita y la referencia de "Los estoicos antiguos", de Ángel J. Cappelletti, Gredos, Madrid 2007).

 
 Moneda de Chipre de veinte céntimos de euro, Zenón de Cicio

Aunque la idea que tenemos de los estoicos es que soportaban con ecuanimidad las desgracias, algunos participaron en el intento de transformar el mundo. Por ejemplo, Blosio de Cumas, que asesoró en Roma a Tiberio Graco, el primer reformador social de la república romana; tras el asesinato de Graco, Blosio participó en el Asia Menor en la insurrección de los heliopolitas, el primer movimiento social del mundo antiguo que luchó abiertamente y sin concesiones por la abolición de la esclavitud, del que tengo noticia gracias al artículo de Luis Andrés Bredlow en Días rebeldes, crónicas de insumisión (editorial Octaedro, Barcelona 2009, donde se incluyen otros artículos suyos sobre Las asambleístas de Aristófanes, y Cínicos y Estoicos, de donde he sacado la información sobre Blosio y el estoicismo primitivo que da pie a esta entrada). Este movimiento revolucionario fue sofocado y Blosio de Cumas se quitó estoicamente la vida.

La filosofía estoica que se difundió luego entre la aristocracia del Imperio Romano ya no era la de Zenón de Cicio y sus primeros discípulos, sino una variante más conservadora y no mal avenida con el Poder, basada en Panecio de Rodas (185-110 a. C.), que inicia una segunda etapa en la escuela estoica caracterizada por la pérdida de su potencial subversivo y radical, una época en la que el estoicismo es asimilado por el sistema que pretendía transformar, que es la que conocemos de los escritos de los estoicos imperiales, los únicos que, quizá por eso mismo, nos han llegado íntegros. Pero Blosio, aunque cronológicamente perteneciente al segundo estoicismo, está más cerca de Zenón de Cicio que de Panecio de Rodas.

 Panecio de Rodas, en una representación del siglo XV




Persiste en los estoicos imperiales un vago ideal humanitario, pero ya no se trata de transformar la realidad del mundo sino de aceptarlo tal como es. Séneca, por ejemplo, no condena la esclavitud, sino que, anticipándose al cristianismo, propugna un trato humanitario a los esclavos, dado que todos somos esclavos -conserui, según él, es decir, compañeros de esclavitud- lo que, lejos de abolir la servidumbre, la legitima “humanizándola”, como la iglesia católica, apostólica y romana. Recuérdese por ejemplo el evangelio de Lucas 1:38 dixit autem Maria: ecce ancilla Domini, fiat mihi secundum uerbum tuum (dijo por su parte María: he aquí la esclava del Señor, hágaseme según tu palabra), donde se presenta a Dios como Dominus, el Señor, y la humanidad de la Virgen María como sierva del Señor.

Durante seis siglos subsistió una corriente filosófica que pretendía subvertir el orden establecido: en principio fue cínica, luego estoica, para volver finalmente a sus raíces cínicas; el primer movimiento conocido en nuestra historia que, con su modo de vida, sus palabras y sus escritos, preconizó la desaparición de los Estados y de las fronteras (patria mea tōtus hic mundus est, que dijo Séneca), del dinero y de la propiedad privada, de la familia y de las instituciones religiosas; el primero que osó formular la utopía de una sociedad mundial de hombres y mujeres libres e iguales. Sus escritos no sobrevivieron: la historia, escrita por los vencedores, se encargó de borrarlos; pero no logró borrar del todo su recuerdo, dado que nos han quedado algunas trazas de inconformismo.