viernes, 27 de julio de 2018

Por la desescolarización obligatoria (y II)

La opinión pública cacarea machaconamente que los niños van a la escuela a aprender. Pero esta opinión pública es el producto y resultado del adoctrinamiento de la propia institución académica, que así justifica su existencia y la necesidad misma de la escolarización obligatoria,  su auténtico currículum oculto: encerrar y privar de libertad en aulas, horarios, calendarios y planes de estudios a niños y niñas en su más tierna infancia hasta casi la mayoría de edad.

En la escuela, que es el moderno opio del pueblo, se nos enseña que el resultado de la asistencia obligatoria es un aprendizaje valioso y significativo; que el valor del aprendizaje aumenta con el aumento de la información suministrada y asimilada; y, finalmente, que este valor puede evaluarse y documentarse mediante grados, títulos y diplomas que certifican su adquisición. 


Sin embargo, algo nos dice en nuestro fuero interno que eso de aprender algo en la escuela no es verdad: todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de las aulas, es decir, al margen del proceso "educativo" diseñado y programado para nosotros, sin nuestros maestros y profesores y, muy a menudo, a pesar de éstos y en su contra. 

El papel que desempeña el profesor tiene varios ángulos o vertientes igualmente perniciosos. Por un lado es un vigilante que custodia a los alumnos que están bajo su tutela, a los que somete a ciertas rutinas cotidianas; por otro lado es una figura revestida de cierta dignidad, que se presenta in loco parentis, y asegura así que todos sus alumnos se sientan hijos del mismo Estado. El profesor es también un psicagogo y un pedagogo autorizado a inmiscuirse en la vida privada de sus alumnos a fin de ayudarlos a desarrollarse como personas, es decir, a pasar por el aro y convertirse en votantes y contribuyentes en su edad adulta. 

Las escuelas convierten a las tiernas criaturas infantiles en productores y consumidores modernos. De todos los "falsos servicios de utilidad pública", la escuela es el mito que parece más inocente y resulta el más insidioso. El currículum oculto modela al consumidor que da más valor a los bienes institucionales que a los servicios no profesionales del prójimo, inculcando al alumno la creencia enajenante de que a mayor producción más calidad de vida, y el reconocimiento de los escalafones institucionales y la jerarquía. 

 
¿Tiene algo de bueno la escuela? Francamente, nada o muy poco, poquísimo. La escuela ofrece efectivamente a los niños una oportunidad de escapar de sus padres y casas y encontrar nuevos amigos, pero al mismo tiempo este proceso, enriquecedor sin duda y liberador, inculca en ellos la conveniencia de elegir sus amistades entre aquellos con quienes han sido aleatoriamente congregados, sus compañeros conscriptos, y la imposibilidad práctica de hacerlo libremente con otras personas de cualquier condición, sexo o edad. El derecho a la libre reunión, reconocido políticamente y aceptado socialmente, está en el caso de los menores de edad restringido por leyes que hacen obligatorias institucionalmente ciertas formas de reunión, que son las clases a las que asisten, según la fecha de nacimiento, el curso o nivel escolar, recluidos (y reclusos)  en los lugares destinados a su confinamiento, dotados cada vez más de verjas en puertas cerradas y ventanas, vallas en el perímetro del recinto "escolar", cámaras de videovigilancia y, en algunos casos, hasta personal de seguridad. 

Es raro ver ya jugar a niños y niñas libremente en las calles de nuestras grandes ciudades, donde jamás perciben por sus sentidos algo que no haya sido ideado, proyectado, planificado y vendido, expresa- y previamente. Los pocos árboles que crecen en ellas no son una irrupción de la naturaleza en la ciudad, sino el fruto del diseño de un parque público. 

Prometeo robó el fuego a los dioses y se lo entregó a los hombres, a los que enseñó a forjar el hierro y el acero. Con esos hierros y aceros mismos, señala Ivan Illich, se construyeron las esposas, grillos y grilletes que encadenaron a Prometeo a la roca del Cáucaso, los mismos que nos privan a nosotros de libertad.

jueves, 26 de julio de 2018

Por la desescolarización obligatoria (leyendo a Ivan Illich)

Nunca hasta ahora se me había ocurrido discutir el valor de la escolarización obligatoria a mí, que, engañado como estaba, consideraba que era un logro irrenunciable de la sociedad moderna y contemporánea, hasta que, a punto ya de jubilarme, me entra leyendo a Ivan Illich la duda razonable (La sociedad desescolarizada, 1970), una duda que tal vez yo no quería admitir en mi fuero interno porque era profesor y necesitaba creer en la trascendencia de mi profesión y de lo que hacía, una duda que en todo caso no admite ya certidumbres y que me hace descubrir ahora lo equivocado que estaba.  Si acaso, discutía que estuviera en manos de la Iglesia en vez del Estado, que utilizara estos o aquellos métodos pedagógicos, que fuera o no fuera democrática, que segregara a los niños de las niñas... pero nunca su carácter obligatorio.
 


Me doy cuenta ahora, tal vez demasiado tarde ya -pero nunca es tarde cuando se hace un descubrimiento y se desengaña uno a sí mismo y de paso un poco también a los demás-, de que la institución escolar al margen de sus circunstancias es el mayor y más pernicioso obstáculo que hay para el aprendizaje y el mayor impedimento para la educación y la trasmisión de los valores, ya que el derecho a una y otra cosa se ve restringido y constreñido por lo que constituye su currículum oculto: su propia imposición, la obediencia a lo que está mandado, y,  ahora que ha desaparecido la vieja mili que tantos padecimos en estas Españas nuestras, donde uno se hacía según decían un "hombre",  su cualidad de sucedáneo agravado de aquella, habida cuenta de su larga duración y de su imposición desde la más tierna infancia: se ha implantado un nuevo servicio militar obligatorio por imperativo legal para toda la población “en edad escolar”. ¡Y todavía hay quienes quieren alargar dicha escolaridad espartana desde los cero hasta los dieciocho años! 

 

Una gran ilusión, y por lo tanto gran mentira, en que se apoya el sistema educativo -palabra que ha sustituido insidiosamente a “escolar”- es que la mayor parte del saber es el resultado de la enseñanza que se imparte en las escuelas. La mayoría de las personas, por el contrario, ha aprendido la mayor parte de sus conocimientos, habilidades y valores fuera de los recintos académicos. La adquisición del lenguaje, por ejemplo, se aprende de manera informal, extraescolar, dentro de la familia, en el grupo de amigos y afines, en la calle. La mayoría de las personas que aprenden bien un segundo idioma, por otro lado, lo hacen como consecuencia de circunstancias aleatorias y no de una enseñanza programada en una Escuela Oficial de Idiomas, por ejemplo. Suele decirse que los idiomas se aprenden en la cuna en que uno nace y, más tarde, en la cama que comparte, lo que quiere decir que rara vez o nunca en escuelas, institutos y academias.



Otra cosa es la escritura, que se le impone a la oralidad de la lengua viva: el proceso de alfabetización suele adquirirse en la escuela con la inculcación de las reglas -rejas- de ortografía y la fijación escrita que es como la sepultura de la libertad de la lengua hablada, que así se ve privada de ella en la cárcel o en la tumba de los textos. La escuela, además, es la responsable directa de que se aborrezca la lectura, ese quizá vano y desesperado intento de resucitar lo que está muerto. Nada mata más el gusto y el amor a la lectura que la obligación de tener que leer por imperativo curricular.



Si las escuelas son, por ser curriculares y programáticas, el lugar menos apropiado para aprender destrezas y habilidades, son lugares aún peores para adquirir una educación y una cultura. La escuela realiza mal ambas tareas, en parte porque no distingue entre ellas y las confunde -de hecho mucha gente no sabe muy bien a qué responde la E del acrónimo ESO en España: no es Enseñanza, sino Educación Secundaria Obligatoria; ahí se ve la ilustre confusión-; y en parte también porque sus valores consisten en conducir al niño hacia la edad adulta y el mercado laboral, es decir, al matadero, en manos de psicagogos y pedagogos que domestican a la "fiera salvaje" para que entre por el aro, que a eso se han reducido los maestros y profesores: manipuladores de almas y de niños a los que adoctrinan con la imposición de horarios, exámenes, temarios escolares y actividades extraescolares.



Como dijo el reverendo Carlos Marx: El sistema capitalista no precisa de individuos cultivados, sólo de mujeres y hombres formados en un terreno ultraespecífico que se ciñan al esquema productivo sin cuestionarlo. El sistema educativo se encarga de formar hombres y mujeres en un terreno limitadísimo que responda a las demandas del mercado y a la especialización del trabajo, non omnia possumus omnes, -formación profesional en el sentido más amplio de la expresión-, sin poner en tela de juicio el engranaje en el que se pretende insertarlos.



Creemos que hay allá arriba, -y no sé muy bien de dónde hablo cuando menciono esas excelsas alturas- un comité de expertos y sabios, como dicen ahora, quizá catedráticos eméritos de Universidad -doctores tiene nuestra Alma Mater, la nueva y laica Iglesia-, que saben lo que hay que saber y que deciden qué es lo que tenemos que aprender los demás y qué es lo que no. Le concedemos al Estado y a sus autoridades esa prerrogativa y la potestad y el privilegio de certificar a través de la nefasta evaluación la adquisición de los objetivos educativos  de sus ciudadanos y ciudadanas, tanto votantes como contribuyentes,  y olvidamos lo que nos enseñó el Zaratustra de Nietzsche cuando bajó de la montaña y se preguntó socráticamente: ¿Qué es el Estado? A lo que se contestaba: “Estado se llama al más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuanto miente; y esta es la mentira que se desliza de su boca: Yo, el Estado, soy el pueblo”. 


Hay que defender la desescolarización obligatoria porque "escuela obligatoria" es una contradicción terminológica. Si es escuela no puede ser obligatoria, porque scholé es palabra griega que significa, por cierto,  ocio y no trabajo, es decir, desempleo y libertad, falta de utilidad práctica, juego -ludus se decía en latín-,  jamás obligación.

martes, 24 de julio de 2018

De imbecillitate regis o De la imbecilidad del rey

Atentos al latinajo imbecillitas regis: pese a su aparente novedad es más viejo que Matusalén: lo ha sacado a relucir recientemente en las redes Hugo Martínez Abarca, diputado de Podemos, en el artículo publicado en Cuarto Poder: Felipe VI y la imbecillitas regis

Aunque se asocia el nombre propio del actual rey de España, Felipe VI con la palabra latina imbecillitas, no se alude a la supuesta imbecilidad o cualidad de imbécil del soberano ni a ningún dicho o hecho propios de un tal, ni siquiera se refiere en la terminología médica a que el monarca sufra un retraso mental moderado, sino al significado etimológico latino, poco corriente ya en castellano, de flaqueza, debilidad, fragilidad.

Corona de la monarquía española


Y para que quede claro, el autor del artículo afirma que la prueba de la debilidad de la monarquía española vigente reside en el empeño que ponen en defenderla a capa y espada las principales fuerzas parlamentarias, que así se retratan como monárquicas a ultranza, (PSOE, PP y Ciudadanos),  así como algunos otros prohombres de la política con una fe fanática a prueba de bombas en la institución, impidiendo cualquier investigación sobre las graves acusaciones de corrupción que pesan sobre el rey jubilado, padre del actual monarca.

La etimología de imbécil es muy discutida. Corominas afirma que el vocablo está documentado en castellano desde 1524, y que hasta el siglo XVIII conservó su acentuación oxítona sobre la última sílaba: imbecíl y su significado latino de “débil en grado sumo”, pero que fue a partir de ese siglo cuando se convirtió en paroxítona (imbécil) y pasó a adquirir el significado actual de lelo, lerdo, tonto, poco inteligente.

 Coronación de Carlomagno, Friedrich Kaulbach (1861)


Generalmente se admiten dos teorías para explicar este significado de “debilidad”. Las dos relacionan la palabra con “baculum”, báculo, bastón. La primera dice que la debilidad se debe a la necesidad de apoyarse en un bastón para caminar, por lo que el prefijo “IN”, escrito con eme ante be, tendría el valor de “en”, es decir, que un im-becillus o im-becillis sería aquel que necesita la ayuda de un bastón para sostenerse en pie o moverse habida cuenta de su avanzada y debilitada edad.

Pero hay quien piensa que, al revés, estamos ante el prefijo negativo “IN” y que por lo tanto el adjetivo significaría que no tiene bastón, con una doble connotación que encarecería ennobleciéndolo el valor simbólico de la palabra: no tiene la experiencia de los ancianos venerables que se apoyan en su bastón, ni tiene tampoco el poder que confiere el regio báculo de mando, el monárquico cetro, lo que explicaría en ambos casos su debilidad. 

 


Sea como fuere, el concepto de imbecilidad regia,  que utilizaron los historiadores para hablar del menoscabo del poder real en la Edad Media, tras el desmembramiento del imperio carolingio sobre todo, en los siglos X y XI, a raíz  del movimiento Pax Dei o Paz de Dios fomentado por la Iglesia, que surgió en Aquitania, en el sur de Francia, y prohibió a los caballeros -bellatores, guerreros- hacer la guerra a la cristiandad, reemplazó a la paz hasta entonces defendida por la autoridad del Rey, Pax Regis, sensiblemente debilitada dicha autoridad, sea como fuere,  decía, el concepto  sigue siendo válido hoy. 

Se estableció entonces la Tregua de Dios, que prohibía guerrear expresamente en algunos días sagrados de la semana -jueves, viernes, sábado y domingo-, y durante las  festividades religiosas importantes, so pena de excomunión, negándoseles a los trasgresores cristiana sepultura y poniéndoseles en entredicho, con lo que la Iglesia dejaba de celebrar sus ritos hasta que la falta se viese reparada. 

La declaración de la paz de Dios entre la cristiandad llevaría, andando el tiempo, no a una paz efectiva, sino a la promoción de guerra al infiel y al establecimiento de las Cruzadas, o guerras santas, y por lo tanto a la santificación de la guerra,  y, corriendo más el tiempo hasta nuestros días, al fomento de la guerra contra el enemigo, que ya ni siquiera se llama guerra ("llaman paz a la guerra y verdad a la mentira", que cantó el poeta),  sino defensa de la democracia, la propia paz (sic) y los derechos humanos así como preventive war y fight against terrorism, en la lengua de Shakespeare que es, ay, la del Imperio, para que no se entienda muy bien lo que quiere decir, pero esa es otra historia que ahora no viene mucho al caso...

 Cristo pantocrátor u omnipotente de San Clemente de Tahull


No obstante, este viejo concepto de la imbecilidad regia o imbecillitas regis puede resultarnos útil todavía para generalizarlo como la impotencia no ya de nuestra monarquía y de nuestro rey en particular, sino de todos los poderes y poderosos de este mundo y del otro, si lo hubiere, porque todos ellos, sean reyes, reinas o jefes de Estado, o presidentes de la República, ministros, ministras o subsecretarios o empresarios o lo que sean, es decir, todos los potentados,  que se creen que mandan y ostentan algún poder en la sociedad, son en realidad los más mandados, los más obedientes y sumisos,  más incluso que nosotros, que somos sus súbditos, los humildes contribuyentes y votantes, por lo que no pueden hacer por lo tanto nada que no esté previsto y de alguna manera mandado hacer o hecho ya de antemano, lo que pone en tela de juicio su poder,  y en el caso de Dios su omnipotencia.


domingo, 22 de julio de 2018

El mito de la autoctonía

El hombre moderno, al igual que sus antepasados, cree en mitos. Es verdad que en otros mitos, mitos modernos, un tanto prosaicos, es verdad, si los comparamos con los de la mitología clásica grecolatina, pero mitos al fin y al cabo, como el Progreso, Europa, la Ciencia, la Democracia, las Nuevas Tecnologías... Son tan efectivos y eficaces que puede pasarnos desapercibido su carácter irracional, pero actúan poderosamente dentro de nosotros como resortes capaces de dirigir nuestro pensamiento y nuestra conducta.



El mito de la autoctonía, por ejemplo. Este mito está relacionado, obviamente, con el de la Tierra Madre, y con la raíz indoeuropea *dhghem- "tierra", de donde la palabra griega chthon "tierra, país" -de ahí autóctono- y las latinas humus “tierra”, homo "hombre" y humanus. Autóctono, pues, significa “que ha nacido en el mismo lugar en que reside”. Se trata de una metáfora botánica que compara, sin querer, la vida de las personas con los árboles y las plantas que carecen por definición de capacidad de automoción. En torno a esta metáfora de que las personas somos árboles que hunden sus raíces en la tierra surge el mito de la autoctonía. 



Relacionado con él, está el ritual de la inhumación,  lo que sin duda tiene que ver en nuestra tradición judeo-cristiana con el puluis es et in puluerem reuerteris, que nos lleva  a la Biblia, al libro del Génesis, donde Dios le dice a Adán: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan / Hasta que vuelvas a la tierra, / pues de ella has sido tomado; / Ya que polvo eres, y al polvo volverás.”.



Tenemos, sin embargo, en nuestra literatura castellana otra metáfora bien distinta que compara la vida humana no con árboles que echan raíces y crecen verticalmente, sino con el curso de los ríos. Aparece en las coplas que Jorge Manrique consagró a la muerte de su padre, donde se dice nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir. ¿Somos árboles que necesitan anclarse en la tierra y echar raíces o somos ríos que fluyen constantemente y reciben la afluencia de otros ríos y corrientes en su carrera hacia el mar? 

Siguiendo la sugerencia de Maurizio Bettini en su libro Radici. Tradizione, identità, memoria, edit. Il mulino, 2016, según optemos por una u otra metáfora nos estamos decantando por la vida sedentaria y por el establecimiento en el primer caso en el lugar de nacimiento o por el nomadismo, la trashumancia y el vagabundeo, que consiste en estar siempre de paso sin asentarnos nunca del todo en ningún lugar en el segundo caso.



Contra el orgullo nacionalista de haber nacido en el sitio donde se vive se revuelve a veces la voz del pueblo, que exclama: Uno no es de donde nace, sino de donde pace. Contra el orgullo nacionalista ateniense, se rebelaron los filósofos cínicos también. En primer lugar, Antístenes, que era hijo de padre ateniense y madre tracia, como la madre de los dioses, decía él con orgullo, reprochándoles a los atenienses que se jactaban de ser hijos de la tierra de que su origen no era más noble que el de los caracoles y las langostas del país. Y se rebeló también Diógenes, otro filósofo cínico, quien ἐρωτηθεὶς πόθεν εἴη, "κοσμοπολίτης," ἔφη,  preguntado de donde era, dijo “ciudadano del mundo”. Contra el orgullo nacionalista de haber nacido en alguna parte, cantó el gran Georges Brassens la Ballade des gens qui sont nés quelque part, que podemos escuchar en versión original en francés con subtítulos en español aquí.


El mito de la autoctonía parece que nació en Atenas, y está relacionado con la diosa Atenea que dio nombre a la ciudad, pues del semen que derramó el dios Hefesto en los muslos de la virgen, cuando deseaba poseerla,  y que ella se limpió con un paño de lana que arrojó al suelo, surgió de la tierra fecundada con la simiente del dios, Erictonio, el primer ateniense nacido de la tierra. Y el único, a decir verdad, pues todos sus descendientes lo serán de él por filiación, pero no ya directamente de la tierra como había nacido él. Y la diosa, en la disputa por el patronazgo del Ática, que tuvo con Posidón, plantó un olivo en la acrópolis. Si el dios del mar clavó su tridente y le regaló a la ciudad un mar de agua salada, la virgen le ofreció no sólo el  árbol que arraiga, que nace de la tierra, y del que nacen las olivas y el aceite, sino también la metáfora que nos condena a echar raíces y al sedentarismo.


El mito de la patria está relacionado con el de la madre Tierra. La patria, de hecho, es en su origen en latín no un sustantivo, sino un adjetivo que determinaba a la palabra “terra”, y que, omitida esta, acabó reemplazándola y sustantivándose: la tierra del padre de uno. Sabino Arana, el fundador del nacionalismo vasco y del lema «Euzkadi Euzkaldunon Aberria da» (Euscalerría o Vasconia, como se decía en castellano, es la patria de los vascos), acuñó precisamente el neologismo “aberri”, que no existía en eusquera, sobre aba (“padre”) y herri (“país”), a imagen y semejanza de “(tierra) patria”, de donde deriva después con el sufijo -(t)zale que quiere decir “amante” la palabra abertzale que en vascuence significa “patriota” o, si se quiere, “nacionalista”. Se llegó a decir que uno era un vasco “de pura cepa”, por ejemplo, cuando tenía al menos cuatro u ocho apellidos vascos. Sin embargo, el hecho de haber nacido en el país vasco y de contar con esa retahíla de apellidos no condiciona para nada el hecho de que uno tenga que vivir (y morir) allá donde ha nacido, porque, entre otras cosas, las personas no somos árboles ni plantas carentes de movilidad, sino ríos que van a dar al mar...

Precisamente la expresión “de pura cepa” (que se puede utilizar en otros contextos no nacionalistas para decir cosas como “poeta de pura cepa” y significar “auténtico” por alusión no sólo al tronco de la vid sino de cualquier árbol o planta enterrados y en contacto con la raíz), sugiere que las personas somos plantas o árboles, como si no perteneciéramos al reino animal. 

En inglés suele decirse “full-blooded”, por ejemplo: “She is a full-blooded English”: es una inglesa de pura cepa; la traducción literal de la lengua de Shakespeare a la nuestra sería de pura sangre, esto es de sangre no mestiza, de antepasados no contaminados con sangre foránea. Claro que purasangre, en castellano, y escrito junto,  alude al pedigrí de un caballo más que de una persona, en concreto, a una raza que es producto del cruce -y por lo tanto, del mestizaje- de la árabe con las del norte de Europa. Es decir, que ni siquiera los purasangres en su origen son de sangre “pura” o no contaminada, sino mestiza. 

 Todos diferentes, todos iguales


No hace falta decir que el mito de la autoctonía que estamos analizando es uno de los más peligrosos y nocivos que hay porque ha generado, como contrapartida, el de la aloctonía o extranjería: el de los nacidos en otra parte, es decir, el de los metecos. Si no tienes la ciudadanía, eres un extranjero, y por lo tanto no tienes derecho a vivir aquí, o, al menos, no tienes los mismos derechos que los autóctonos y aborígenes que "son" de aquí “de toda la vida”. Ese mito, claro está, fundamenta la creación política de los Estados, las naciones y las banderas, y, por supuesto, la xenofobia,  las fronteras y los ejércitos que las defienden como perros guardianes.   

miércoles, 18 de julio de 2018

Miseria de la filosofía después de Sócrates

En el tratado Cuestiones académicas, libro I, 27 de Cicerón, que como filósofo no aportó gran cosa a la filosofía pero que nos transmitió por la vía latina gran parte del legado filosófico griego, se habla de las dos grandes escuelas filosóficas de la antigüedad posteriores a Sócrates, que sirve como punto de inflexión en la historia de la filosofía, dividiéndola en un antes (pre-socráticos) y un después (post-socráticos), al igual que Jesucristo parte en dos la historia universal de la humanidad y el cómputo de los años y los siglos en un antes y un después. Estas dos grandes escuelas fueron los académicos y los peripatéticos, que, aunque con distinto nombre, coincidían en lo fundamental, que es en su raigambre platónica, dado que Aristóteles no deja de ser un heredero de Platón, aunque se aparte de él en muchos aspectos. 

 La escuela de Atenas, Rafael Sanzio (1508-1511)

(En el fresco de Rafael La escuela de Atenas ambos filósofos ocupan el centro de la escena: Platón señala hacia arriba, al mundo de las ideas, mientras que Aristóteles, más materialista, señala las cosas de aquí abajo). La escuela fundada por Platón era la Academia, que así se llamaba por el nombre del gimnasio donde se reunían y conversaban sus miembros. La que fundó Aristóteles era el Liceo, otro gimnasio donde el estagirita y sus secuaces gozaban de una avenida arbolada que regalaba su sombra al maestro y a sus discípulos durante sus conferencias, por lo que se les denominó peripatéticos, que en griego significa “paseantes”.

Ambas escuelas, académicos y peripatéticos, afirma Cicerón, fundaron una determinada filosofía sistemática imbuidos de la fecundidad de Platón (sed utrique Platonis ubertate completi certam quandam disciplinae formulam composuerunt), y esta filosofía era en verdad consistente y completa, sistemática diríamos nosotros, (et eam quidem plenam ac refertam), mas abandonaron aquella costumbre socrática de discutir incansablemente acerca de todas las cosas sirviéndose de la duda y sin hacer ninguna afirmación positiva (illam autem Socraticam dubitanter de omnibus rebus et nulla adfirmatione adhibita consuetudinem disserendi reliquerunt). Así se hizo, lo que de ninguna manera Sócrates aprobaba, un cierto tipo de filosofía y un orden de materias y sistema de doctrina. (Ita facta est, quod minime Socrates probabat, ars quaedam philosophiae et rerum ordo et descriptio disciplinae).

La filosofía postsocrática, según Cicerón, dejó de cuestionarse todas las cosas y de poner en duda la verdad de la realidad,  sin asentar nunca nada positivo como definitivo, como hacía el maestro. Es decir, dicho en pocas palabras, dejó la duda fuera porque en sus sistemáticas doctrinas, que afirmaban cosas como la inmortalidad del alma humana, por ejemplo, de un modo dogmático que no admitía discusión, no cabía la más mínima duda. La duda socrática que consistía según el arpinate (Conversaciones en Túsculo, libro I, XLII) en mantener hasta el límite (tenet ad extremum) aquello suyo (de Sócrates) de no afirmar nada (suum illud, nihil ut adfirmet), no cabía ni en la Academia ni en el Liceo, como no cabe tampoco en las modernas instituciones educativas, en nuestras academias y liceos, en nuestros institutos, universidades y escuelas,  que siguen, muchas de ellas, llevando sin querer los nombres de las viejas escuelas atenienses. 


A diferencia de Platón y de Aristóteles, Sócrates, según el arpinate, (opere citato I, 16),   discurre de tal manera que él mismo no afirma nada (ita disputat ut nihil adfirmet ipse), refuta a otros (refellat alios), dice que no sabe nada salvo esto mismo, (nihil se scire dicat nisi id ipsum), y que aventaja a los demás por el hecho de que ellos creen saber lo que ignoran (eoque praestare ceteris quod illi quae nesciant scire se putent), mientras que él mismo sólo sabe esto solo, que no sabe nada, (ipse se nihil scire, id unum sciat), y que por esta razón juzga que fue considerado el hombre más sabio de todos por el oráculo de Apolo de Delfos (ob eamque rem se arbitrari ab Apolline omnium sapientissimum esse dictum), porque toda la sabiduría era esto solo, solo esto: no creer que uno sabe lo que ignora (quod haec esset una omnis sapientia, non arbitrari se scire quod nesciat).
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lunes, 16 de julio de 2018

Ministros y ministras

El gobierno no gobierna -y ni falta que hace que lo haga: no voy a ser yo quien recrimine al gabinete recién estrenado de ministros y ministras por eso- pero para distraer a su electorado y justificar así su existencia, disimulando tras una cortina de humo la radical impotencia de todos los poderes y poderosos de este mundo y del otro, suscita debates estériles como este de la conveniencia de que la Real Academia Española de la Lengua, los cancerberos del idioma,  revise el lenguaje de la Carta Magna para adecuarlo a las nuevas exigencias de la sociedad en aras de la corrección política. 

¿En qué consisten estas nuevas exigencias? Básicamente en que las mujeres, tradicionalmente ausentes de los centros de poder, rompan las “glass ceiling barriers” o techos de cristal que las excluyen de las altas esferas y cuadros de mando de la política económica y de la economía política y puedan acceder a los puestos jerárquicos en igualdad de condiciones que los varones. ¿Eso es, realmente, lo que quieren las mujeres de verdad? Dejo la pregunta suspensa en el aire para recogerla e intentar responderla más adelante.


No se trata, entiéndase bien, de derogar la Constitución ni de modificarla sustancialmente, sino de maquillarla con algunos cambios retóricos y en definitiva cosméticos referentes a lo que se ha dado en llamar lenguaje inclusivo, es decir, que incluya a las mujeres, a las que se equipara erróneamente con el género gramatical femenino, cuando se utiliza el masculino como no marcado, es decir como genérico o válido para ambos géneros gramaticales, lo que no deja de ser un mecanismo de economía de la lengua. 

Se trata, en definitiva, de imitar la constitución bolivariana de Venezuela, que ha incorporado dicho lenguaje inclusivo y políticamente correcto y dice cosas tan redundantes y campanudas como estas: Para ejercer los cargos de diputado o diputada a la Asamblea Nacional, Ministro o Ministra, Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de Estados y Municipios no fronterizos, los venezolanos y venezolanas por naturalización deben tener domicilio con residencia ininterrumpida en Venezuela no menor de quince años y cumplir los requisitos de aptitud previstos en la ley. (Artículo 41)

¿Qué sucederá, me pregunto yo, cuando la reforma de la Carta Magna española llegue al escollo del artículo 56 “De la Corona”. ¿Se mantendrá el punto 1, que dice actualmente: “El Rey es el Jefe del Estado...” o se modificará de la siguiente forma: “El Rey o la Reina es el Jefe o la Jefe (¿quizá Jefa?) del Estado...? 

El feminismo que persigue el empoderamiento de la mujer -no estoy hablando, por lo tanto, del anarcofeminismo- refuerza el machismo y el patriarcado, lejos de oponerse a ellos: la pretensión igualitaria pretende que la diferencia sexual sea indiferente a la hora de desempeñar el poder. Los feministas fomentan que la mujer desempeñe el papel de reina en igualdad de condiciones que el varón, lo que al fin y a la postre resulta poco republicano y viene a reforzar a la vieja monarquía, y lo que de aplicarse aquí y ahora destronaría a Felipe VI en favor de su hermana mayor la infanta Elena, proclamándola reina de todas las Españas, así como príncipe heredero, supongo, a su hijo el infante don Felipe Juan Froilán de Marichalar y Borbón. Con la equiparación de la mujer y el varón a la hora de ascender al trono, no se acaba el poder monárquico, se consolida. Ya lo dice el refrán: Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando. Igual da que la voz de mando sea masculina que femenina. 

La diferencia, por cierto, entre una y otra voz radica, al parecer, en el grosor y la longitud de las cuerdas vocales: cuanto más finas y cortas son éstas, más femenina resulta la voz, y cuanto más gruesas y largas, más grave y masculina. Hasta la pubertad, voces de varones y mujeres no se diferencian, y las voces infantiles se caracterizan por ser muy agudas. Sin embargo, a partir de los 11, 12 y 13 años de edad se produce la mutación vocal, debida a los niveles más altos de estrógenos y progesterona en las mujeres y testosterona en los varones. Este hecho fisiológico podría hacernos pensar ingenuamente a primera vista que una voz de mando femenina, al ser más aguda, algo más nítida y más musical en su entonación, resultaría menos imperativa que la masculina. La experiencia de algunas mujeres  en los primeros puestos de mando desmiente este hecho: una vez en el poder, las mujeres hacen lo mismo que los varones: mandar; y, al hacerlo, demuestran que ellas también son unas mandadas. 

Habrá que recordarles acaso a ministras y ministros la vieja etimología latina de esta palabra: tanto el masculino minister como su femenino ministra  -de donde viene también el nombre del potaje de verduras que se suministra en la mesa, la menestra- son sinónimos de esclavo, sirviente, empleado, y proceden del adverbio minus, que significa "menos", porque son los de menos valer,  y son lo contrario de magister y magistra -¿quién iba a decirlo?-, que están formados sobre el adverbio  magis que quiere decir "más" y eran los de más valer, por lo que se contraponen el magisterio de maestros y maestras y el ministerio de ministras y ministros, que son los menesterosos ministriles que nos administran desde los despachos ministeriales y que, como es menester, son los primeros administrados como la sugerencia etimológica de la palabra suministra.


Estos debates suscitados por los decretos y declaraciones del consejo de ministros y ministras son una cortina de humo para distraernos de lo esencial: que el gabinete del gobierno no gobierna porque no puede gobernar, porque los gobernantes y las gobernantas, los que mandan, son los más mandados. La medida obedece a un intento de distraer a la población de los problemas reales de la gente, que son los que importan, suscitando el debate de cuestiones en las que todo el mundo entra al trapo a opinar visceralmente, mientras la realidad, esencialmente falsa, permanece estanca.
  

Es hora de retomar la pregunta que hemos dejado pendiente: ¿Es el poder lo que quieren de verdad las mujeres?  Algunas, sí, desde luego, no cabe la menor duda, a juzgar por sus declaraciones, pero no todas. Siempre habrá algunas otras, que son la sal de la tierra, y que, lo mismo que algunos varones, no aspiran a romper los techos de cristal para asaltar ningunos cielos y así empoderarse, sino todo lo contrario: desprecian la jerarquía y se levantan contra el poder, tradicionalmente masculino, haciéndole la higa. Y esa lucha no reside en un enfrentamiento político entre la izquierda y la derecha: la auténtica pelea está entre arriba y abajo. Y quienes estamos más o menos por aquí abajo sabemos que de arriba nunca puede venirnos nada bueno. 

Hace tiempo que hemos caído en la cuenta de que la diferencia entre lo que dice y hace un partido político en el gobierno y otro contrapuesto ideológicamente a él, sean sus respectivos líderes  lideresos que lideresas -igual da que da lo mismo-, se reduce a cambiar las posaderas que se asientan en las poltronas de los ministerios, de las cortes, de los despachos y de la mismísima Moncloa, sin que la acción de gobierno -la gobernanza- cambie ni un ápice la realidad. El cacareado cambio es sólo nominal o, si se prefiere, gramatical.

sábado, 14 de julio de 2018

Números irracionales

Hay que rendir un  homenaje me temo que póstumo ya a los viejos profesores de antaño, a los viejos manuales y libros de texto, a las viejas lecciones magistrales, tan injustamente denostados por las nuevas tecnologías y métodos pedagógicos adoctrinadores modernos.

Viñeta de El Roto
Aquellos profesores eran personajes reverenciados, cuya autoridad se desprendía de su propio magisterio. Uno de ellos fue mi profesor de matemáticas del instituto, don Gumersindo García, alias Pitagorín, que era un catedrático entusiasta de su ciencia, el número uno, según se contaba, de su promoción y oposición. 

-En esta vida todas las cosas son o cuentos o cuentas, -solía aseverar, y añadía: -Los cuentos son muy bonitos y están muy bien para dormir a los niños por la noche, pero no son la realidad. Las matemáticas, sin embargo, van a enseñarles a ustedes las cuentas. (Don Gumersindo correspondía al tratamiento que le dábamos de usted ustedeándonos a nosotros). Los números son más útiles que los cuentos, porque sirven para que nos demos cuenta –y nunca mejor dicha esta palabra que él sobreacentuaba- de las cosas en la vida.

Don Gumersindo era tan bajo como nosotros, por lo que su estatura no nos imponía mucho respeto, pero sí sus años: era un hombre mayor, a punto quizá de jubilarse, delgado y menudo, no nervioso sino puro nervio, que lucía un delgado bigote y una generosa tonsura que dejaba ver su cráneo lustroso. Casi siempre estaba de espaldas a nosotros, sus alumnos de tercero de bachillerato, escribiendo incansablemente en la pizarra, en la que anotaba sus ecuaciones de primero y segundo grado, y borraba una y otra vez con tanta rapidez que no nos daba tiempo a entender sus aritméticos razonamientos y a copiar aquellos vertiginosos cálculos y guarismos que aparecían y desaparecían como por arte de magia en un raudo parpadeo.

Después de habernos explicado el teorema de Pitágoras y de haber operado con él hasta la saciedad (nunca olvidaré la dichosa cantilena: “en todo triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los catetos al cuadrado”), nos contó un día un cuento de esos que él decía que no eran reales como las cuentas y los números, pero que yo no he podido olvidar: Una vez, el propio genio de Pitágoras según unos, según otros un pitagórico –hubo un aluvión de risas en la clase al oír por primera vez aquella palabra en boca de don Gumersindo, que acalló enseguida-, un tal Hípaso de Metaponto hizo un descubrimiento trascendental. 

Don Gumersindo hablaba muy deprisa, atropelladamente. A veces era realmente difícil seguir el hilo de sus palabras… ¿Cuál fue ese descubrimiento? Había hallado accidentalmente los números irracionales. Los números eran para los pitagóricos la esencia del universo. Cada número del uno al diez tenía para ellos un significado muy especial. Los números tenían sexo: los impares eran masculinos y los pares femeninos. (Nosotros nos reíamos de aquellas extravagantes ocurrencias). Pero había uno especialmente terrorífico, el número que le costó la vida a Hípaso porque era un dígito secreto que tenía que haber permanecido oculto, y que él desveló y sacó a la luz.

-No crean ustedes que ese descubrimiento era baladí.  Corría el año 520 antes de Cristo. Hípaso, el metapontino, trataba de solucionar allá en el sur de Italia,  un problema muy sencillo que le daba vueltas en la cabeza. Cualquiera de ustedes puede intentar resolverlo ahora como hizo él aplicando el teorema del maestro: ¿Cuál es la longitud de la hipotenusa de un triángulo rectángulo cuyos catetos miden un metro cada uno? Si aplican el teorema resulta que la suma de un metro cuadrado y un metro cuadrado son dos metros cuadrados, si Pitágoras no miente, y no suele hacerlo, por lo que la longitud de la diagonal será  la raíz cuadrada de 2, que no es 1 porque, fíjense bien ustedes, uno por uno es uno, y tampoco es 2 porque dos por dos son cuatro...

Tiene que ser algo intermedio, que no puede representarse con un número entero y vero. ¿Y cuál es ese dígito? La raíz cuadrada del número 2 es 1,414213562373… donde los tres puntos suspensivos abren una puerta que había estado cerrada hasta entonces, la puerta por donde se cuela el infinito, lo que no tiene fin. Esos puntos que les pongo son los decimales innumerables, fíjense bien en la paradoja,  números innumerables,  que jamás terminaría yo de escribir en todas las pizarras que hay en el mundo. Estaríamos toda una vida ustedes y yo, o, mejor dicho, toda una eternidad calculándolo, y no tendría fin nuestro cómputo jamás. 



Hípaso había hallado casualmente el primer número irracional de la historia. Y no pudo guardar el secreto, así que lo divulgó. Indignados al enterarse, sus antiguos y fanáticos correligionarios lo expulsaron de la escuela, y, no contentos con eso, le construyeron un cenotafio, una tumba vacía quiere decir el término,  con su nombre propio, un sepulcro que estaba esperándolo, como si quisieran darle a entender que efectivamente era hombre muerto para ellos por revelar aquel descubrimiento apocalíptico que hacía que se tambalearan todas sus creencias. 

Lo más curioso de todo es que el metapontino murió al poco tiempo en unas circunstancias muy misteriosas. Se cuenta que Posidón, el dios griego de los mares que los romanos llamaban Neptuno, se disgustó tanto con él que, como castigo, convocó a todos los vientos, removió las aguas del mar Egeo con su enorme tridente y provocó una terrible tempestad que hizo que nuestro hombre muriera ahogado, víctima del naufragio,  por el sacrilegio cometido de sacar a la luz pública el secreto de la irracionalidad del universo, que debía permanecer oculto en el fondo del mar, dando a entender que si algún otro se atrevía a bucear en sus profundidades y sacarlo a flote como había hecho aquel incauto, perecería ahogado como él y azotado por las olas sin piedad. 

Busto de Pitágoras, museos Capitolinos, Roma.

Hípaso de Metaponto murió porque había divulgado el secreto matemático mejor guardado: la existencia de un número irracional, una expresión decimal interminable, no periódica, un número infinito. Hay quienes dicen que la nave en la que viajaba a Grecia se fue a pique, como les he contado, por una tempestad muy frecuente en aquellos mares, y  el matemático se ahogó, pero yo les digo a ustedes, y estoy convencido de ello, que fue asesinado y arrojado por la borda por sus antiguos correligionarios a los que había traicionado. Su descubrimiento era peligroso porque ponía en duda los firmes cimientos de una fe que se creía muy sólida. 

El lema de la secta pitagórica, grabado a la entrada de la escuela, era “Todo es número”, pero resulta que había un número no entero roto en millones de millones de decimales que rompía ese todo en infinitud de miles de pedazos. Ese número no podía expresarse matemáticamente con exactitud porque no tenía fin, lo que demostraba que las matemáticas no eran las ciencias exactas que se creía que eran. Y esto se lo dice a ustedes, fíjense bien, un matemático. 

Reza un refrán muy antiguo que caballo y caballero no son dos, sino uno y otro. ¿Qué querrá decir eso, señor García Peña?


El interpelado, que era el listo y empollón de la clase, se levantó como un resorte y respondió al instante: -Que no pueden sumarse peras y manzanas, don Gumersindo, porque son elementos diferentes.

-Cierto, pero ni siquiera pueden sumarse peras y peras, o manzanas y manzanas, porque no hay dos cosas ni tampoco dos personas exactamente iguales. -Añadió don Gumersindo a la respuesta del alumno. -Además, -prosiguió- el jinete y su montura no constituyen dos seres distintos, dos individuos, sino un solo ser, como don Quijote de la Mancha y Rocinante, como el cuerpo y el alma, como la cara y la cruz de una moneda o, ya que hemos hablado de los griegos, como el centauro de la mitología y de los cuentos.

jueves, 12 de julio de 2018

CVM LAVDE

Si nos planteamos la cuestión de si  los títulos académicos que ofrece el sistema educativo son  un indicio de inteligencia o, por el contrario, no lo son, podemos resolver, habida cuenta de que todos conocemos alguna persona inteligente sin ninguna titulación académica, y algún diplomado, graduado o posgraduado con muy escasa o nula inteligencia, que no hay una relación directa y lógica entre lo uno y el título acreditativo de lo otro. 

Tomemos, por ejemplo, en consideración el título de doctor,  que la RAE define como “persona que ha recibido el más alto grado académico universitario”. Lo mismo que la Santa Madre Iglesia tiene doctores que sabrán responder, según rezaba el catecismo del padre Astete, la Universidad también tiene doctores, expertos en sus respectivas tesis doctorales que no sirven para nada más que para otorgarles el título de doctor a los doctorandos, y, en el mejor de los casos, otorgárselo “cum laude”, es decir, con elogio. 

 

En el sistema educativo español, la mención cum laude es la máxima puntuación, aplicable solo a los doctorandos que alcanzan la calificación de sobresaliente y la unanimidad del tribunal evaluador. En caso de que no haya unanimidad,  la calificación suele quedar en simple sobresaliente (sine laude), de ahí no suele bajar,  pero es raro que no obtgenga el cum laude porque a los miembros del tribunal los escoge el director de la tesis, que se juega su prestigio académico de alguna manera si la tesis no es evaluada muy positivamente con todos los laureles honoríficos. En otros sistemas educativos se distinguen varios grados en el elogio: cum laude, con alabanza; magna cum laude, con gran alabanza;  y summa cum laude o maxima cum laude, con la mayor alabanza.


¿De dónde viene esa expresión de cum laude? Pues de la lengua de Virgilio y de Cicerón:  cum es el origen de nuestra preposición “con” y laude es la forma de ablativo, que se caracteriza por la desinencia –e,  del nominativo laus, que ha perdido la –d final de la raíz laud- al añadírsele la característica –s, y quiere decir “elogio, loa, alabanza, halago”.




El verbo latino laudare “alabar” es el origen del cultismo laudar. De esta raíz latina conservamos en castellano
laudar: fallar o dictar sentencia laudo un árbitro o juez.
laudable: digno de alabanza.
laudatorio: que alaba o contiene alabanza.
laude o lauda: piedra con inscripción sepulcral por las alabanzas que solía contener del difunto –por el prejuicio tan presente en nuestra cultura de que “de mortuis nil nisi bene“: de los muertos no hay que decir nada más que lo que está bien, porque son intocables,  no vaya a ser que sus espíritus se enfaden con  nosotros y nos hagan la supervivencia imposible.  

En este sentido eran célebres en Roma las funebres laudationes o elogios fúnebres de los muertos, que perviven de alguna manera en las notas necrológicas de nuestros periódicos cuando fallece algún personaje importante del mundo de la cultura o de la política.

laudes:  en la liturgia de las horas de la iglesia cátolica, son las oraciones de la segunda hora, que se dicen después de maitines. 
laudo:  decisión o fallo que dicta el árbitro o juez.

Pero el verbo latino laudare origina también la palabra patrimonial o vulgarismo loar y sus derivados.
loar:  elogiar
loa: alabanza, elogio, lisonja.  
loable:  digno de loa.
loor:  elogio.  



Las loas y los loores, elogios y alabanzas, por lo tanto, de todos los doctores CVM LAVDE que tiene la Santa Madre Iglesia que es la Universidad  no sólo son muy sospechosos, sino claros indicios de la poca o nula fiabilidad de la inteligencia de las cosas de quienes los emiten y reciben.

martes, 10 de julio de 2018

La raposa y la máscara


La fábula de Fedro (I, 7) de la raposa y la máscara teatral nos habla de la dictadura actual de la imagen: admiramos la belleza de una fotografía y no vemos que la imagen no es la realidad, sino una de sus muchas apariencias, uno de los muchos velos  con que Maya, la ilusión, la que no es, la recubre para engañarnos. 





sábado, 7 de julio de 2018

¿Patrimonio cántabro o patrimoñu cántabru?

Leo en la prensa local que los estudiantes de 3º de la ESO dispondrán en Cantabria  a propuesta de la Consejería de Educación, Cultura y Deporte de una nueva asignatura a partir del curso 2018-2019: Patrimonio cántabro, cuya denominación propongo que se cambie inmediatamente enseguida a Patrimoñu cántabru, porque la lengua, nuestra entrañable lengua madre, que es el cántabru, también es patrimonio cultural, inmaterial pero patrimonio, de Cantabria y también merece una asignación docente, que ya no correspondería en un cien por cien al Departamento de Geografía e Historia, como ha decretado la orden del BOC, sino a éste y al de Lengua a partes iguales, si bien no al Departamento de Lengua Castellana y Literatura, sino a otro que, proponemos desde aquí, habría que crear urgentemente de idioma cántabru en todos los centros de Cantabria para potenciar el estudio de nuestra lengua y cultura, binomio inseparable como la cara y la cruz de una misma moneda,  dado que sería conveniente que dicha materia se impartiese, cómo no, en cántabru.

La lengua también es parte de nuestro patrimonio

La Consejería va a permitir (bravo por ella y por quien la regenta) que los estudiantes de tercer curso de la ESO puedan sustituir el estudio de una segunda lengua extranjera  por una materia del bloque de asignaturas de libre configuración, que, mira tú por dónde, bien podría ser esta misma de patrimoñu cántabru, es decir, podrían cambiar el estudio del francés, pongo por caso, por el cunucimientu (aunque tengo mis bien fundadas dudas sobre la evolución latina de esta palabra, que en algunos dialectos cántabros occidentales se dice cuñucimientu y aun coñocimientu, quizá por influencia asturleonesa) del idioma cántabru y del nuesu patrimoñu arqueológicu, históricu y geográficu. Todo un éxitu educativu de la Consejería de Educación, Cultura y Deporte.



miércoles, 4 de julio de 2018

Grafitis callejeros santanderinos

Contemplando de pasada las pintadas de esta ciudad supermegapija, pijísima hasta la saciedad, hiperbólicamente pija, funcionarial y presumida, que se quiere smart city y es de lo más tonto que hay, donde reina el postureo plusmarquista y las radicalmente falsas apariencias que no corresponden a la realidad, apenas encuentro palabras en las paredes que den testimonio de la voz de los de abajo, la expresión anónima y desgarrada de la gente y del sentido común y popular. Pongamos que hablo, se me olvidaba decir, de Santander.

¡Ah, Santander! Esa novia del mar,  una novia provinciana, no poco hipocritona, seca y arisca como ella sola, ultraconservadora de lo que no merece la pena conservar, esencialmente fea hasta decir basta, salvo el repulido paseo marítimo que se asoma a la hermosa bahía, reducto de un pijoterío al que le gusta aparentar mucho más de lo que es y aun lo que no es, donde todo el mundo se conoce porque sólo somos cuatro gatos y sin embargo nadie te dirige la palabra, y no porque cada uno vaya a su bola, sino porque, siempre pendientes de lo que hace o tiene el vecino, cada cual se hace el “santanderino” cuando coincide con algún conocido y con quien no ha tenido en principio ningún altercado y, fingiéndose distraído, no lo saluda, por más que salte a la vista que los dos se han visto y se han mirado... de reojo.

Por lo general sólo hay en las paredes de esta triste ciudad del norte firmas adolescentes desesperadas, nombres propios personales. ¡Qué pena! Parece que algunos jóvenes sólo pueden hacer un grafiti, rotulador o aerosol en mano, estampando su rúbrica como expresión redundante y onanista en letras enormes, lo más grandes posibles, y a todo color, de su personalidad bajo el logotipo de su nombre propio, como si fueran una marca comercial.




Creo recordar que fue un tal Muelle el que empezó en Madrid esta horripilante y detestable moda, en los años ochenta, rubricando las paredes y vallas publicitarias hasta la náusea de la capital de las Españas con su firma característica acompañada del dibujo de la espiral de un muelle precisamente que finalizaba en una flecha. Encerraba, además, una erre en un círculo, desde que inscribió su marca en el registro industrial. Muelle se hizo un nombre: convirtiendo un nombre común, pseudónimo o alias, que se sugería con el anagrama de un jeroglífico, en nombre propio, so pretexto de que lo que hacía era "arte urbano".


El grafitero dejaba su artística firma en las paredes de la ciudad, una firma no ligada a ningún producto comercial: su producto era el realizador del autógrafo: él mismo: Ego, Sociedad Anónima o, tal vez mejor, Yo, Sociedad Limitada. 

Pero ¿qué dice además de eso? ¿Dice algo? Nada que decir, sólo la expresión afásica del ego adolescente con colores y dibujos llamativos: aquí estoy yo, este es mi logotipo.

¿Qué significan esos trazos? ¿Qué gritan sordamente las paredes? ¡El nombre del que lo escribió! Ni siquiera el típico e infantil “Tonto el que lo lea”. Como dice un refrán escolar, cuando un colegial se dedica a grabar su nombre propio compulsivamente en pizarras, paredes y pupitres, en aras de afirmar su personalidad, “el nombre de los burros aparece por todas partes”.

¿Qué expresan los jóvenes que todavía no han entrado por el aro de la sociedad adulta como fierecillas domadas? Nada: sólo: aquí estoy yo: esta es mi firma: una celebración ególatra del individuo o átomo masificado. ¿Dónde están las pintadas anónimas, la voz del pueblo? Parece que los grafiteros han sustituido, parafraseando a McLuhan, el mensaje no ya por el medio sino por el emisor (que debería ser lo que menos importa). El emisor es el mensaje: aquí estoy yo.





Claro que la culpa no la tienen ellos, los jóvenes, los pobres. Divino tesoro, la juventud... Si es más importante que un dibujo anónimo de Picasso, la firma de éste grabada en él, ¿por qué no prescindir del dibujo y acuñar sólo la firma?


¡Qué pena! Los nombres propios no dicen nada, no significan nada: sólo sirven para decorar vagones de metro, paredes grises, murales, paneles... igual que la publicidad. Es verdad que le dan una nota cromática a la monotonía ciudadana, pero nada más.  No dicen nada, no tienen nada que decir: sólo aquí estoy yo, yo y nadie más que yo, viva yo, solo yo: expresión adolescente que denota un mutismo atroz, una afirmación a ultranza de la personalidad, de la máscara, en una ciudad donde sólo cuentan las apariencias.


Expresan sólo la frustración del autor. Emiten el más simple de todos los mensajes, el más elemental: el nombre propio como si fuera la flatulencia de una ventosidad. Aquí no hay contenidos políticos, nombres comunes que puedan ofender a nadie por sus palabras inmorales, si no fuera porque la mayor inmoralidad de todas es la afirmación de la propia personalidad.





Sin embargo, han aparecido de la noche a la mañana algunas pintadas como estas que arriba reproduzco contra el trabajo y por la libertad que merecen divulgarse a través de la red informática universal. Aquí están, unos grafitis como los de antes, como los de siempre, expresión de la voz anónima del pueblo, uox populi, uox neminis,  no la voz afónica y muda del grafitero de turno que simplemente eyacula su firma como el escolar aburrido en el pupitre del colegio.


lunes, 2 de julio de 2018

Plus es más (De pluses, pliegues y pluralidades).

PLUS ES MÁS

La raíz indoeuropea *PL- con vocalismo reducido expresa, por lo que parece, la idea de “multiplicidad y abundancia“. La encontramos en el adjetivo PL-ENUS, que origina nuestro doblete pleno/lleno , en PL-US que conservamos en plural, en PL-EBS , que origina plebe y plebeyo, y en el verbo PLEO que con varios prefijos conservamos en completo, repleto, implemento, complemento, suplemento y en cumplir y suplir. La misma raíz *PL con vocalismo /o/, crea en griego el adjetivo polu/j, que quiere decir “mucho” y que da origen al prefijo poli- que usamos con ese mismo valor: polivalente, polideportivo, politeísta, polinomio... 

PLEX- PLEJ-

Si le añadimos a la susodicha raíz *PL- el alargamiento -EK, adquiere entonces el valor de “ensamblamiento”. Así se ve en el verbo griego πλέκω que significa trenzar. Esta raíz se conserva en latín con un añadido consonántico dental -T- en el verbo PLECTO, que quiere decir tejer, entrelazar, cuyo participio es PLEXUS y está formado verosímilmente por analogía con su tema de perfecto PLEXI, donde X representa los fonemas CS, una vez que ha desaparecido la T asimilada a la S del tema de perfecto (PLEXI<PLECSI<PLECTSI). Este participio PLEXUS origina nuestro cultismo castellano plexo “red formada por filamentos nerviosos o vasculares entrelazados” utilizado en anatomía: plexo hepático, plexo sacro, plexo solar.

También tenemos en latín un compuesto COMPLECTOR “abrazar, abarcar”, cuyo participio COMPLEXUS nos proporciona otra raíz, que conservamos en castellano en la palabra complexión “conjunto de las características físicas de un individuo, que determina su aspecto, fuerza y vitalidad”, y en castellano actual complejo, complejidad, acomplejar desde que una norma ortográfica de la Academia de 1815 sustituyó la grafía x por j.


Otro compuesto latino de esta raíz con el prefijo PER-, que le da un acusado valor intensivo, es PERPLEXUS, que significa “entrelazado, confundido, sinuoso, tortuoso”, de donde procede nuestro perplejo.

APEPÉS (APLICACIONES)


Esta misma raíz, *PL-EK- modifica su timbre vocálico y se convierte en latín en /plik/, como en el verbo PLIC-ARE que quería decir doblar, y que origina plegar (y plica y pliego y pliegue) y llegar. Si recurrimos a varios prefijos y se los anteponemos a este verbo, obtenemos una rica familia de compuestos, como:


AP-PLIC-ARE, que es el origen de nuestro cultismo aplicar (y aplique y aplicado) y del término patrimonial allegar y sus numerosos allegados, así como de las APEPÉS: APP no es un acrónimo ni una abreviatura castellana sino inglesa de application, aplicación en la lengua de Cervantes: nuestra abreviatura podría ser AP o APL, pero no APP. Sin embargo, se ha impuesto el anglicismo "apepé" por ser hoy el inglés la lingua franca del Imperio: la consonante geminada /p/, fruto como era de la asimilación regresiva latina de la /d/ a la /p) siguiente (ad-plicatio > ap-plicatio), que en castellano se simplificó por ley de economía fonética, resulta que se nos restituye y reaparece ahora de nuevo por la servidumbre informática anglosajona de la moda.


COM-PLIC-ARE, que da complicar, y la complicidad del cómplice a veces no poco complicada

*DE-EX-PLIC-ARE, origina desplegar y despliegue.

EX-PLIC-ARE: se conserva explícitamente en explicar sin mucha explicación

IM-PLIC-ARE, por su parte, es implicar, implícitamente, pero también emplear y empleo, que es término más común, así como es común el desempleo.

RE-PLIC-ARE: origina el cultismo replicar y, como réplica, el término patrimonial replegar y repliegue. 

SUP-PLIC-ARE, por su parte, se conserva en suplicar, que propiamente significa doblarse prosternándose, de donde nuestra súplica, pero también nuestro suplicio



MULTI-PLIC-ANDO, que es gerundio.



Pero todo esto, con no ser poco, es todavía muy simple, simplicísimo, algo simplón, así que podemos complicarlo un poco, sólo un poco más, utilizando los diez primeros números para multiplicar, que quiere decir hacer muchos (multi) pliegues, ya que multiplicar es lo mismo que sumar varias veces el mismo número, y obtener así múltiples múltiplos. Del uno al diez están todos excepto el uno, porque uno por uno es uno, y el nueve. 


No aparece el uno porque un número multiplicado por 1, como elemento neutro de la multiplicación que es, da como producto el mismo número, es decir no se multiplica: el producto es igual al multiplicando o, propiamente hablando, no hay producto porque no hay multiplicación: uno por uno es uno. Algo que se da una vez no se da ninguna vez, según el aforismo alemán: einmal ist keinmal: ua vez no es ninguna vez. La unidad no puede plegarse sin romperse. Se queda directamente como está. Si a la raíz indoeuropea de uno, que es *SEM-, le añadimos *PLEK-S, obtenemos SIMPLEX, que por apofonía se convierte en SIMPLICIS en el genitivo y demás formas de su declinación. Significaría caracterizado por ser una unidad singular, indivisible, siendo absurdo multiplicar por uno, lo que sí podemos hacer (FACERE>FICARE) es SIM-PLI-FIC-ARE, simplificar, que los pliegues se reduzcan. 

No se sabe muy bien por qué no está el nueve en la relación, y no podemos nonuplicar, quizá por la complejidad de su tabla multiplicatoria

DU-PLIC-ARE origina duplicar y reduplicar, y el término patrimonial doblegar, conservándose el latinismo dúplex con vario significado que alude en todo caso a la idea de doble, donde la raíz original *PL (presente en el adjetivo ya desusado duplo) se ha sonorizado y convertido en *BL.
TRI-PLIC-ARE, triplicar.
QUADRU-PLIC-ARE, cuadruplicar y cuadriplicar, válidas ambas según la Academia; la segunda, formada sobre la analogía de triplicar.
Y los siguientes serían QUINTU-PLIC-ARE, quintuplicar, SEXTU-PLIC-ARE, sextuplicar, SEPTU-PLIC-ARE, septuplicar, OCTU-PLIC-ARE, octuplicar, DECU-PLIC-ARE, decuplicar, y finalmente del diez saltamos al cien, CENTU-PLIC-ARE, centuplicar