domingo, 31 de diciembre de 2017

Revocación de la orden de destierro del poeta Ovidio

¿Cómo vamos a recibir la noticia no poco surrealista de que dos mil años después de ser desterrado de Roma el poeta  Ovidio sea rehabilitado ahora por el ayuntamiento de la capital italiana y revocada la orden de exilio que dictó contra él el emperador Augusto? Obviamente, con irónica sonrisa y no poca alegría, porque así se ve aquello de don Antonio Machado de que "hoy es siempre todavía", y porque, como dice el adagio popular, más vale tarde que nunca, y, también, nunca es tarde, aunque hayan pasado más de dos mil años, si la dicha es buena. 

 Vista de Sulmona en la actualidad

Publio Ovidio Nasón había nacido en Sulmona en el año 43 ante Christum natum, la misma y, sin embargo, no la misma Sulmona que se alza todavía hoy, en la provincia actual de L’Aquila, en la región de los Abruzos, y  muerto quizá a los cincuenta y nueve años de edad en el año 17 post Christum natum -no se sabe con exactitud si poco antes o poco después- en el Ponto Euxino, que así llamaban los griegos apotropaica- o irónicamente al Mar Negro, por lo inhóspito que resultaba precisamente para la navegación, no siendo buen anfitrión, ya que “euxino” quiere decir bien hospitalario en la lengua de Homero. 


En este año 2017 que dicen que ahora concluye se ha querido celebrar así el bimilenario de la muerte del poeta, que murió efectivamente en el exilio, resucitando los restos mortales de su nombre propio y revocando la orden de destierro que contra él dictó uno de los príncipes de este mundo, como si eso pudiera reparar a estas alturas la injusticia, es decir la acción de la justicia entonces vigente, del daño que sufrió el poeta. 

 
 Ovidio desterrado de Roma, William Turner (1838)

En el año 8 de nuestra era, en efecto, el poeta latino Publio Ovidio Nasón, cantor del amor y célebre sobre todo en la literatura y el arte universales por la trascendencia de su obra Metamorfosis, fue condenado al exilio en Tomis, la ciudad que después se convertiría, andando el tiempo, como suele decirse,  en la Constanza actual, en el otro extremo del imperio romano, en Rumanía, de donde no pudo regresar ni siquiera tras la muerte de Augusto. ¿Por qué murió tan lejos de su Sulmona natal y de su querida Roma donde residía? No se sabe muy bien a fecha de hoy todavía cuál fue la razón concreta de su destierro ni si está relacionado con su vida, con su obra o con ambas.


El caso es que, según se leía en la prensa estos días atrás, un partido político italiano presentó una moción que fue aprobada en el Ayuntamiento de Roma con el fin de «reparar el grave daño sufrido por Ovidio, procediendo a revocar el decreto por el que Augusto lo mandó al exilio». El ayuntamiento de Roma, regentado por la abogada Virginia Raggi, se ha arrogado así la representación ideal de la continuidad histórica del Senatus PopulusQue Romanus (SPQR), es decir, del Senado y del Pueblo de Roma,  y ha decidido restituir «la dignidad del poeta, injustamente enviado al exilio». El vicealcalde y asesor de Cultura de dicho consistorio ha declarado además, según leemos en la prensa, que «la rehabilitación de Ovidio es un símbolo importante, ya que habla del derecho de los artistas a expresarse libremente en la sociedad». 

 Estatua de Ovidio en Constanza (Rumanía)

La injusticia que se cometió con Ovidio, la promulgación de la orden que decretaba su exilio, no se repara con otra orden que la anule dictada como la anterior desde Arriba: la única reparación posible sería no decretar ninguna orden ni ley que privara a nadie de su libertad ni del derecho a vivir donde le plazca, para lo cual lo primero de todo sería necesario que no existiera ningún Estado o régimen político heredero de aquel otro que pretendiera mostrar su nueva cara democrática y liberal, como el policía bueno, intentando reparar el daño causado por el policía malo, en este caso por el Príncipe Octaviano,  quien todavía no osaba llamarse Emperador, pero que aceptó encantado el título de Augusto que le confirió el Senado romano; "bueno" y "malo", además, no son sino las dos caras, amable una y arisca la otra, de la misma moneda, ya se trate del policía o de cualquier forma de Estado o régimen político dominante.


En todo caso de poco le puede servir al poeta, dos mil años después de su muerte, que el Ayuntamiento de Roma quiera desquitarse ahora anulando aquel decreto de destierro. Hay una sola forma de hacer que vuelva de su exilio y olvido el poeta y devolverle así la libertad de expresión que merece, que es leyendo sus versos, y para eso no hace falta que ningún poder ni autoridad lo autorice ni revoque la orden de destierro que ese mismo poder, el mismo y, paradójicamente,  no el mismo, decretó en su momento. 

Ovidio en el exilio,  Ion Theodorescu-Sion (1915)

La dicha sería buena, como decíamos al principio,  si se leyeran todavía algunos de sus versos y resonaran en nuestros oídos. Ese sería el mayor tributo y homenaje que podríamos rendirle, pues era tal la pasión por el ritmo del lenguaje y la poesía de Publio Ovidio Nasón que cuando su padre le prohibió en su juventud dedicarse al arte de las Musas porque no era rentable económicamente hablando, haciéndole jurar que no escribiría más versos,  no pudo menos él, como hijo complaciente y al mismo tiempo poeta rebelde e impenitente que era, que  prometerle, en verso, que así lo haría. Afortunadamente para nosotros no cumplió su promesa. Así nos lo cuenta él mismo en unos dísticos autobiográficos: 

Saepe pater dixit: "Studium quid inutile temptas?
Maeonides nullas ipse reliquit opes".
Motus eram dictis, totoque Helicone relicto
scribere conabar uerba soluta modis.
Sponte sua carmen numeros ueniebat ad aptos,
et quod temptabam dicere uersus erat.
(Ovidio, Tristezas, IV, 10, 21-26)

Siempre me dijo mi padre: "¿Por qué te agrada lo inútil?
Mira a Homero, que ni un     mal dividendo ganó."
Me convencía lo dicho y, dejando de lado las Musas,
yo intentaba escribir     prosa corriente y vulgar.
Pero de suyo venía el ritmo a su metro preciso,
y era lo que iba a decir     verso medido y cabal.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Corporis partes: XIII.- De cabeza.

Vamos a meternos ahora de cabeza con la palabra latina CAPUT, que era el nombre que los romanos daban a esa parte del cuerpo. Un sinónimo era TESTA, que han conservado el italiano tal cual,  el francés bajo la forma tête y nosotros en palabras como testarudo, testuz, que es la parte frontal o nuca de algunos animales, y  testa mismamente, con su forma antigua tiesta, que todavía se usa en Asturias, y su masculino tiesto, que en castellano viejo era sinónimo de cráneo, y hoy es un pote de barro, que era lo que propia- y originalmente significaba TESTA en latín y se aplicó a la cabeza como divertida metáfora popular. 


Sigamos el rastro de la palabra CAPUT. En la lengua de Dante evoluciona enseguida a capo, tras la caída de la consonante final y el paso de la  u a o,    como en las expresiones capo della mafia, capo dello Stato, o capofamiglia donde significa cabecilla visible o cabecera principal; es decir: jefe de la mafia, del Estado o de familia, respectivamente.

Pero es que en la lengua de Cervantes, que es la nuestra, las consonantes oclusivas sordas como la P, además, se sonorizaron entre vocales y la P intervocálica se convirtió, por lo tanto, en B, por lo que el capo  italiano pasó a ser nuestro cabo. Lo tenemos como nombre de un accidente geográfico prominente como la cabeza, por ejemplo el Cabo de Buena Esperanza, o el cabezo, que es sinónimo de cerro, y en cabotaje, que es la navegación costanera que no se aleja mucho de la costa ni adentra en altamar, que va de punta a cabo;   y en el más genérico de parte extrema de una cosa, de donde procede el adjetivo cabal, con el sentido de completo o perfecto, el verbo descabalar, con el significado de estropear,  y la expresión de llevar algo a cabo, es decir, a término, a su fin, de donde nos sale como por arte de magia la palabra quizá más importante de las que proceden de CAPUT que sería nuestro verbo acabar, y en relación con él recabar, conseguir totalmente, hasta el cabo, y menoscabar, que significaría llevar algo a cabo pero menos, es decir, no acabarlo, dejarlo sin terminar, imperfecto, donde se ve que el prefijo “menos-” equivale a la negación: eso y no otra cosa es el menoscabo, el quitar o deteriorar algo.

Y como vamos de cabo a rabo, vamos a detenernos en los cabos de las fuerzas armadas, que alguna relación deben de tener con los geográficos que hemos visto y con los capos italianos. Hay cabos también, en efecto, en la Guardia Civil y en el Ejército, donde se designa así a  aquel militar de la clase de tropa cuyo ringorrango está por encima del miles gregarius o soldado raso pero por debajo del sargento.

Si seguimos atando cabos en el Ejército, nos encontramos con que se conserva la P originaria de la palabra latina CAPUT, por el influjo culto de la lengua escrita, siempre conservadora, en el nombre de capitán, cuya graduación es más alta que la del cabo, dado que es el mando que encabeza a una tropa, y de ahí quien la capitanea. Guardan relación con él el adjetivo capitana aplicado a una nave o galera,    y la capitanía, por no hablar del máximo capitoste que es el capitán general. 

Las jóvenes generaciones tal vez no sabrán que la palabra caudillo que se aplicó al general Francisco Franco durante el nacionalcatolicismo –en las monedas de las antiguas pesetas aparecía la leyenda “Francisco Franco caudillo de España por la g(racia) de Dios”, ahí es nada-  procede del castellano viejo cabdiello, término que a su vez deriva de  CAPITELLUM, que es el diminutivo de CAPUT, o sea, cabecilla. De caudillo salen el verbo acaudillar y los sustantivos caudillaje y caudillismo.  


Y ya que hablamos de numismática, no está de más recordar a nuestros vástagos que nuestro juego de “cara o cruz” cuando lanzamos una moneda al aire, se llamaba en Roma CAPITA ET NAVIA, porque las monedas solían tener por un lado una cara, generalmente de un mandatario,  y por otro una nave. Sin embargo, ya con Teodosio II, cien años después de la conversión del emperador Constantino al cristianismo, se acuñó una moneda con una cruz cristiana en su reverso, quedando en el anverso, como era habitual, la testa coronada del emperador.  

Nos produciría algún quebradero de cabeza y nos llevaría muy lejos analizar aquí cómo la cruz, que para los primeros cristianos era una imagen aborrecida de muerte, ya que Jesús fue condenado a morir en ella, se convirtió en el emblema de la nueva fe y en el símbolo cristiano por antonomasia, lo que, en principio,  sólo podría explicarse por perversión conceptual.

En las monedas de una peseta acuñadas en 1975 a la muerte del sedicente caudillo, aparece el busto del Rey Juan Carlos I sin la expresión “por la gracia de Dios”. Se lee en ellas: Juan Carlos I Rey de España. En el reverso de la moneda, el escudo de España, que,  cuando se jugaba a cara o cruz con aquellas pesetas, se consideraba la cruz, aunque ésta no apareciera por ningún lado. A veces tiene que romperse uno  mucho la cabeza con las monedas actuales de un euro para discernir cuál es la cara y cuál la cruz, porque no siempre figuran ya en ellas los bustos de los jefes del Estado, que son sustituidos por otras alegorías y simbolismos nacionales.


Del CAPITELLUM, por cierto, del que derivó el caudillo nos viene también, a través de un préstamo del francés, cadete, que era el nombre que se daba al joven noble, que se educaba en los colegios militares, y que por lo tanto era alumno de ellos, como los cadetes de West Point americanos,  o servía en algún regimiento, y ascendía enseguida a oficial sin haber pasado por los empleos inferiores de las fuerzas armadas.  Fuera ya del Ejército, en la vida civil, tenemos al capataz, que es el nombre de la persona que gobierna y vigila a cierto número de trabajadores, sobre todo, pero no exclusivamente, en el ámbito de la labranza y administración de las fincas rústicas. 

Y ya que vamos de cabo a rabo,  habrá que recordar el préstamo catalán que tenemos en castellano que es capicúa, procedente de cap, que es como se dice cabo y cabeza en catalán, donde no sólo ha caído la consonante final, sino también la u, conservándose la p,  y cua, que es el nombre de la cola, o sea, del rabo. Capicúa no sólo es el número que puede ser leído en sentido inverso, de derecha a izquierda, con el mismo valor que si se lee de izquierda a derecha, sino también un palíndromo como: dábale arroz a la zorra el abad. En vista de todo esto, no nos extrañará, a estas alturas, que en rumano, que es otra lengua romance como la nuestra, cabeza se diga cap, como en catalán.

Pero antes de seguir adelante, hay que aclarar que nuestra “cabeza” no procede directamente de CAPUT, sino de su derivado vulgar CAPITIA, de donde también sale la cabeça portuguesa. Y,  ya que tenemos la cabeza, es fácil explicar el origen de la cabecera de la cama o de un periódico, el cabezal,  la acción de cabecear, o la cabezada de la siesta, por no hablar de la cabezonería  o testarudez, o de los gigantes y cabezudos, o del adjetivo cabizbajo, que deriva de cabecibajo, que supone todo lo contrario de tener la cabeza bien alta.

De ahí que conservemos la raíz CAPIT-, por el lado culto, en el latinajo “per cápita”, por ejemplo, esto es, “por cabezas” aplicado a la renta, y en los cultismos decapitar, que significaría descabezar, capitel, que es propiamente la cabecera  de la columna, o capítulo, que originalmente significaba “letra capital”, o sea la letra mayúscula o dibujo con que se encabezaba el capítulo. De capítulo surgirá capitular, con el significado de rendirse, ya que había que redactar los capítulos de las condiciones que regirían la rendición o capitulación, pero recapitular  sería recordar o volver a repasar lo que se ha registrado por escrito en un libro, por ejemplo. De CAPITULUM también desciende cabildo, que es una reunión de monjes o canónigos, es decir, de cabezas de la iglesia.

La raíz CAPIT la encontramos modificada ya en latín  en CIPIT en una palabra como PRAECIPITARE, que significa propiamente lanzar de cabeza, con la cabeza por delante, como sugiere el prefijo prae-, despeñar, y de ahí nuestro precipitar, y el nombre que le damos al despeñadero, que es el precipicio, y al apresuramiento o la prisa, la precipitación, muy mala consejera en todos los negocios.

Como curiosidad, diremos que el nombre de los músculos bíceps y tríceps –son dos latinismos- alude a que su forma  tiene dos (bi-) o tres (tri-) cabezas o prominencias respectivamente.

Quizá la etimología más extraña, por lo caprichosa que resulta, y también discutida,  es la de la palabra capricho precisamente, que es un préstamo del italiano capriccio, que quizá remonta a capo-riccio es decir cabeza erizada, ya que en principio capricho era horripilación, escalofrío, y de ahí idea nueva y extraña en una obra de arte y, por consiguiente, antojo.

La relación de la cabeza como parte más importante del cuerpo con el aparato del poder es evidente, como también nos muestra la evolución de CAPUT en la lengua de Molière, que es chef, de donde vuelve a nosotros como jefe, de ahí la jefatura del Estado, por ejemplo, o la figura del jefe de estudios, en los institutos, y toda la jerarquía de jefes, jefazos, jefecillos y demás, con sus correspondientes femeninos: jefas, jefazas y jefecillas. Da igual ya el timbre masculino o femenino de la voz de mando.

Pero no menos curiosa es la relación que se establece entre esta parte del cuerpo y el poderoso caballero que es don Dinero, porque del adjetivo latino CAPITALIS CAPITALE, que en principio significaba en la lengua de Virgilio “importante, principal, relacionado con la cabeza”, como en la expresión POENA CAPITALIS para referirnos a la pena capital o de muerte, nos vienen a nosotros dos sustantivos: uno femenino “la capital” , por ejemplo, la ciudad principal o cabeza de un país, donde residen los centros de gobierno; y otro masculino “el capital”, que es el nombre del Becerro de Oro, el dios todopoderoso que es Don Dinero, único dios verdadero dentro del monoteísmo imperante. Y de este último uso deriva el nombre de nuestra sociedad capitalista y del capitalismo, el sistema económico en el que, mal que nos pese, vivimos inmersos.

Curiosa es también la palabra capitalizar que tanto usan ahora los políticos como sinónimo de rentabilizar. Nuestros políticos en realidad son más economistas que otra cosa,  y les gustan mucho los polisílabos, hasta el punto de que no nos piden a los votantes y contribuyentes fe en ellos,  que es monosílabo y parece poca cosa, sino credibilidad, que es palabra con mucho más empaque: cinco sílabas. Así que cuando dicen que hay que capitalizar algo, están diciendo que hay que convertirlo en dinero como hacía el rey Midas con sólo tocar una cosa. 

La etimología viene a demostrarnos, en resumidas cuentas,  que los auténticos valores de nuestra sociedad, ay, no son otros más que los económicos o bursátiles, y que, al parecer,  vale más, desgraciadamente,  la bolsa que la vida que tiene uno. Por eso mismo no sólo tienen caudal los ríos caudalosos, valga la redundancia, que llevan mucha agua, sino los multimillonarios acaudalados, que poseen muchos  capitales, habida cuenta de su enriquecimiento a costa del acaparamiento de recursos y del empobrecimiento de los demás.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Mafalda aprende el significado etimológico de "democracia"


La palabra democracia une dos cosas contrapuestas: ‘pueblo’, demo, y ‘poder’, kratos en griego. ¿Cómo hay que entenderlo? Hay dos posibilidades: poder, fuerza o soberanía que se ejerce sobre el pueblo, tomando a este como objeto, como gobernado, o poder, fuerza o soberanía ejercida por el pueblo, tomándolo como sujeto, esto es, como gobernante. El problema de esta última interpretación, que es la políticamente correcta, es que si el pueblo está compuesto exclusivamente de gobernantes... ya no hay gobernados, lo que significaría que tampoco hay gobierno y viviríamos en la más perfecta edad de oro de la acracia y en la república de la anarquía, lo que salta a la vista enseguida que no es en modo alguno cierto porque no es el caso, y es lo que produce sin duda no ya la sonrisa irónica, sino la franca carcajada de Mafalda. 

Nada más lejos de la realidad, porque lo cierto es que en las democracias modernas hay gobierno, no puede faltar,  y no deja de haberlo, lo que quiere decir que hay gobernantes y gobernados. ¿Quiénes son los gobernantes? Al no poder serlo efectivamente todos los ciudadanos que entran en la definición de “pueblo”, estos eligen a sus representantes, no a los representantes de todos, porque eso es imposible, sino a los de la mayoría, una mayoría que hará valer su elección imponiéndosela a todos. 

¿Quiénes son los gobernados? El pueblo. “Pueblo”, en efecto, sólo puede definirse como ‘gobernado’ (súbditos, o, más insidiosamente, ciudadanos, contribuyentes o votantes, objetos, en definitiva, de la administración del gobierno y sus ministerios). El engaño que entraña la palabra democracia consiste en definir al pueblo como “gobernante” también, como si así pudiera anularse la contraposición gobernante/gobernado y disimularse el hecho de que hay gobierno, y no un gobierno Dei gratia, impuesto por la gracia soberana de Dios, sino, digamos, populi gratia, por la gracia aquiescente, resignada y sumisa, del pueblo. El pueblo sería el gobernante/gobernado, desdoblado esquizofrénicamente a la vez en sujeto y objeto del gobierno.

Y aquí es donde reside el éxito del engaño de la palabra: hay una tercera forma de entender el significado de "democracia", que en principio habíamos descartado por la contradicción lógica que entrañaba, pero es la que se ha impuesto y es la políticamente correcta: sería el poder o fuerza ejercida por el pueblo, tomado como sujeto, sobre el propio pueblo tomado al mismo tiempo  como objeto. Es lo que reza la cacareada definición de Abraham Lincoln (democracy is "government of, by and for the people"), en su primera parte: "el gobierno del pueblo". Como gramáticos debemos preguntarnos si people's government o, lo que es lo mismo government of the people es un genitivo objetivo o subjetivo,  y llegaremos a la perplejidad de que pretende ser ambas cosas a la vez  estableciéndose una anfibología o ambigüedad pretendida de doble sentido o disemia: gobierno por el pueblo (genitivo subjetivo, el pueblo gobierna) y gobierno para el pueblo (genitivo objetivo, el pueblo es objeto de gobierno y gobernado).

Lo que nos lleva al credo quia absurdum, a creerlo porque es ilógico y carece de sentido. La democracia se ha cargado al pueblo: ya no hay pueblo: ya no hay gobernados: sólo gobernantes, sólo gobierno, sólo cracia. Estamos, pues, ante el régimen más dictatorial y totalitario que se ha podido inventar y que nos ha tocado padecer. 

Supongamos que  todos somos soberanos: todo hombre es un rey y toda mujer una reina: todos reyes y reinas. ¿Sobre quiénes gobernaríamos? ¿De qué reino seríamos monarcas? ¿Quién sería el pueblo sobre el que ejerceríamos nuestro reinado y monarquía? ¿Sobre nosotros mismos? Bien, pues hagámoslo, pero eso significaría que nadie más que yo mismo podría gobernar sobre mí mismo, por ponerme como ejemplo y por no pasar al plural, y por supuesto, yo no podría pretender gobernar a nadie más (“De nadie soy siervo, de nadie señor” como cantaba Zorrilla). ¿Qué necesidad tengo de elegir entonces a un representante para que me gobierne a mí en mi nombre y a todos en nombre de una mayoría totalitaria?

Marginalia: ¿A dónde van los votos de las urnas después del recuento de las elecciones? -A la papelera.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Don Miguel y la ortografía

¡Qué feroz insistencia la de los padres y los maestros en torcer lo derecho y corroborar lo torcido de sus naturales instintos (de los niños)! (Miguel de Unamuno, Acerca de la reforma de la ortografía castellana, 1896)

 Miguel de Unamuno (1864-1936)

Don Miguel de Unamuno nos ha legado un retrato entrañable de un maestro de escuela llamado Gárcia y no García,  decidido partidario de la ortografía fonética. Su  propuesta era la siguiente:  “Para cada sonido un solo signo y para cada signo un solo sonido. Suprimía la c y la qu, escribiendo ka, ke, ki, ko, ku y za, ze, zi, zo, zu. Así, kerer, kinto y zera, zinturón. Su grito de guerra -que él escribía gerra- era: “¡Muera la qu!”.

De él escribe Unamuno: “...él era Gárcia y no García, y defendía la prosodia de su apellido con una tozudez heroica. Era menester que no le devorasen los Garcías, los vulgares Garcías. Un García cualquiera podía conformarse con la ortografía oficial y transigir con la qu y con la hache; pero él, Gárcia, él era un rebelde que iba a revolucionar por la ortografía fonética el pensamiento todo de las generaciones futuras.”

Las pretensiones del maestro rural chocaron enseguida con la tozuda realidad de los vulgares Garcías, los conformistas, los que a todo decían amén. No en vano García es el apellido más común en la geografía de nuestra sufrida piel de toro que sigue siendo España, donde la tauromaquia es la fiesta nacional y está declarada de interés para los turistas. Así continúa don Miguel: “Pero el pueblo se alarmó, y creyó que aquel hombre heroico y abnegado estaba trastornando los entendimientos de los niños puestos a su cuidado, que a estos niños les convenía aprender la ortografía oficial y no otra, que si escribían azer en vez de hacer, zikatero en vez de cicatero y keso por queso, no harían carrera, y empezó una campaña contra el pobre maestro. Él que escriba sus cartas como quiera -decían los vecinos-; pero a nuestros hijos que les enseñe a escribir como Dios manda. Dios era la Real Academia Española de la Lengua. Y querían que les enseñase a escribir hasta septiembre y obscuro y subscriptor, como yo no escribo nunca.”

Es curioso que las tres palabras que cita Unamuno como correctas ortográficamente puedan escribirse hoy también con corrección setiembre, oscuro y suscriptor, y en estos dos últimos casos es la forma más habitual, quedando ya como obsoletas las formas con bs que él citana como académicas.


Nuestro maestro de escuela acabará claudicando ante los requerimientos de su mujer, que le recrimina que van a echarlo de la escuela y no van a admitirlo en ninguna parte, y sus hijos van a morirse de hambre. Lo que dice la abnegada esposa y madre de familia representa, según Unamuno, la voz de la sabiduría del pueblo, pero se trata de una voz popular "de la claudicación, de la mansedumbre”.

El cuento, que lleva por título “Gárcia, mártir de la ortografía fonética”, concluye así: “Al fin llegó el desenlace de la tragedia, la catástrofe. El pobre Gárcia sucumbió. Enseñaría a escribir como la Academia manda, enseñaría a escribir obscuro con la b, y enseñaría la qu y la hache y la ce. Pero antes se haría García. O sea, la muerte civil, el suicidio intelectual. Y desde que se convirtió en García y enseñaba ortografía académica, el pobre hombre fue como un cadáver ambulante. Y sobrevivió poco. La pena le mató.”

Por otra parte, en su escrito de 1896 Acerca de la reforma de la ortografía castellana, aborda don Miguel de Unamuno el mismo tema desde una perspectiva, no ya literaria como en el susodicho cuento, sino ensayística, aunque es a veces difícil deslindar la narración del ensayo en Unamuno .

Muchos maestros se quedarían sin trabajo, porque ya no tendría ningún sentido hacer aprender a niños y niñas las normas ortográficas, “aquellas reglitas, llenas de encanto tradicional e impregnadas de dulces recuerdos infantiles”. No sería necesario someter a los pobres chiquillos a ese martirio para que no fueran “ordinarios” porque, como dice Unamuno, no por eso iban a llegar a ser “extraordinarios”. 

 
Si adoptásemos la escritura fonológica, una vez aprendidas bien las letras, todos seríamos capaces de escribir bien sin necesidad de memorizar unas reglas incomprensibles que sólo se conservan por prurito arqueológico, cosas tan abstrusas como, por poner un solo ejemplo y tomando para el caso la ge y la jota, lo que pasa con estas letras, que no ofrecen ninguna dificultad cuando van seguidas de las vocales a, o y u, pero sí cuando preceden a e o a i, por lo que hay que aprender porque sí, sin más explicaciones,  que rugir y rugido se escriben con ge, pero crujir y crujido con jota... 


No hace falta conservar la ortografía tradicional para demostrar el origen latino del castellano, como dice don Miguel, y pretenden los puristas conservadores: No necesita el castellano, para conservar su pureza y el sello de su abolengo, el que le planten esos caireles, y flecos, y borlas llenas de jeroglíficos; que no por vestir a la antigua usanza a un quidam cualquiera, resultaría con aire de nobleza. Sin toga vieja y remendada es el castellano latín hasta los tuétanos.

A la pregunta que se formula don Miguel: ¿Cuál es, en efecto, el principal y hondo obstáculo (¿por qué no ostáculo?) a la reforma de la ortografía? Él mismo nos da una respuesta no sin ironía: Si se adoptase una ortografía fonética sencilla, que, aprendida por todos pronto, hiciera imposibles, o poco menos, las faltas ortográficas, ¿no desaparecería uno de los modos de que nos distingamos las personas de “buena educación” de aquellas otras que no han podido recibirla tan esmerada? Si la instrucción no nos sirviera a los ricos para diferenciarnos de los pobres, ¿para qué nos iba a servir? Y más adelante concluye: Adoptar una ortografía sencilla y fácil, que haga imposibles las faltas ortográficas, es algo así como adoptar un uniforme. Y si no nos distinguimos por el traje, ¿qué será de nosotros? Si al que lleva levita, se la quitan, y con ella la ortografía y el bachillerismo, y le cortan las uñas chinescas (1), ¿qué queda del caballero? Le han quitado el caballo al caballero: queda un simple hombre.

 Uñas chinescas

(1)  Entre los chinos es síntoma de elegancia y refinamiento mantener las uñas largas y cuidadas, al menos la del dedo meñique, porque eso denota que uno no necesita trabajar con las manos como un vulgar asalariado y que pertenece, por lo tanto, a la clase privilegiada y a la “buena sociedad”, como dice Unamuno.  Dejarse largas todas las uñas hubiera sido bastante incómodo. Las uñas chinescas como el gastar corbata entre los occidentales son un medio que sirve para distinguirse exteriormente del pueblo inculto y grosero, como la aplicación de las normas de ortografía, que revelan que uno ha sido alfabetizado y sufrido la escolarización obligatoria, lo que, por otra parte no impide que sea, digo yo, un analfabeto funcional, o sea, alguien que sólo lee y escribe lo que está mandado, que es lo que Dios manda.


sábado, 23 de diciembre de 2017

Corporis partes: XII.- Dándole a la lengua.

Vamos a darle ahora un poco a la lengua, a la cosa y a la palabra que designa a la cosa  y que procede de la forma LINGUAM de nuestra lengua madre. Llamamos al latín lengua madre y no lengua muerta, como hacen algunos apresurándose a certificar su defunción antes de que se haya producido efectivamente, porque seguimos hablándola, aunque no seamos muy conscientes de ello, en varios de sus dialectos o degeneraciones: a la misma cosa los italianos, gallegos y portugueses le dicen lingua, langue los franceses, limba los rumanos,  llengua los catalanes,  y los castellanoparlantes le decimos lengua. Podríamos decir que el latín es nuestra lengua madre muerta, pero no es así: nosotros somos la prueba viviente de que sus genes están en nuestro ADN y de que funciona la transmisión hereditaria.

Tras la caída de la M final observamos cómo la I breve tónica de la palabra originaria se convierte  en E, dando lugar a nuestra lengua y a sus derivados como lenguaje y lenguado, por ejemplo. 

Lo primero que nos llama la atención, en otro orden de cosas, es que el nombre de este músculo del cuerpo humano que nos sirve para comer y para hablar se ha convertido en sentido figurado en sinónimo precisamente de idioma, en lenguaje o manera de hablar.


La metáfora, o más propiamente metonimia que designa algo con el nombre de otra cosa relacionada con ello,  viene de muy lejos. Ya los romanos hablaban de  lingua Latina o Graeca, es decir, identificaban el órgano que participa en la fonación con la propia acción de hablar, es decir con una de sus funciones, e incluso hablaban de que alguien era experto utraque lingua, es decir, en ambas lenguas, en una y otra lengua, esto es, en griego y en latín. Y es que el resto de las lenguas entraban dentro del ámbito de la barbarie, aunque recordemos aquí al padre Ennio que decía tener tres almas o corazones porque hablaba tres lenguas, latín, griego y osco, equiparándolas a las tres... Los que no hablaban en una u otra lengua no hablaban, sino que propiamente farfullaban un lenguaje incomprensible, eran bárbaros: palabra de origen onomatopéyico que quiere imitar el ruido de los que no saben hablar, de los que balbucean, farfullan, sólo saben pronunciar un incomprensible barbarbar, de donde sale el adjetivo barbarus, que designa al extranjero, al inculto, al salvaje que sólo sabe hacer y decir barbaridades.

Esta situación de identificar el órgano con una de sus funciones, en concreto con la de la fonación, no se produce tanto, sin embargo, en inglés o en alemán, donde a la lengua como parte del cuerpo se la llama tongue y Zunge respectivamente, pero no siempre funciona la metonimia de lenguaje. Ningún anglosajón diría, por ejemplo, Spanish tongue ni ningún alemán spanische Zungue para referirse a la lengua española, sino en todo caso Spanish language o spanische Sprache.  En sentido figurado, sin embargo, se habla en inglés de mother tongue o native tongue para denominar a la lengua madre o nativa, y también hay expresiones similares a las nuestras de morderse la lengua o comerle a uno la lengua el gato, para referirnos al hecho de quedarse callados.

La forma inglesa language, por cierto, es un préstamo francés de langage, que nos remite a LINGUA, a través de langue, mientras que las formas inglesa tongue y alemana Zunge se emparentan con la latina por su común origen indoeuropeo, procedentes de una raíz *dnghu-, como atestigua el latín arcaico  DINGUA.

El cambio que se opera en el propio latín de DINGUA a LINGUA puede explicarse por interferencia semántica con el verbo LINGO, que significa lamer,  emparentado con el inglés to lick y el alemán zu lecken, y responsable tal vez de esa evolución anómala.    Se utiliza el latinajo cunnilingus, por ejemplo,  para designar la práctica sexual de aplicar la boca, como dice el Diccionario de la Real, o más concretamente, la lengua a la vulva, que en latín se denomina también CUNNUM, de donde procede  el vocablo castellano coño, que tanto se usa como interjección exclamativa. El latinajo está formado, pues, con el nombre del sexo femenino y la raíz del susodicho verbo LINGO, que interfirió en la evolución de la palabra que tratamos.

Aunque todos nacemos provistos del órgano de la lengua, reservamos sin embargo el nombre de lenguado para cierto pez de agua salada y sabrosa carne que tiene forma aplanada de lengua y ambos ojos en su lado derecho. Sin embargo cuando tenemos la lengua muy suelta decimos que somos unos deslenguados, con el prefijo des-, o también que somos lenguaraces o que tenemos la lengua muy larga, es decir, muy desmandada.  Tenemos en ese sentido, además, los compuestos adjetivales lengüicorto y lengüilargo, que no necesitan mucha aclaración.


Lengüeta es el diminutivo de lengua  y como tal designa a muchos objetos que tienen forma de lengua diminuta, como el fiel de la romana o balanza, una cuchilla de encuadernador, una laminilla metálica móvil de ciertos instrumentos musicales de viento,  hasta la lengüeta del calzado, que es una tira de piel que suelen tener los zapatos en su cierre por debajo de los cordones.

Una lengüetada sería la acción de lamer algo con la lengua, lo mismo que un lengüetazo. Una persona lengüetera sería una persona murmuradora, chismosa y amiga de cotilleos, que le da mucho a la lengua en el mal sentido de la palabra.

La I de la palabra originaria evolucionó en castellano a E, como hemos visto, pero  conserva su timbre en los cultismos, influidos por la escritura, más conservadora que el habla, por ejemplo en los adjetivos lingual, relativo a la lengua, o en sublingual, con el prefijo sub- debajo, concerniente a la región inferior de la lengua, lingüiforme, en forma de lengua,  o  bilingüe, que no significa que tenga una lengua bífida o lengua viperina, como la de las víboras,  y  trilingüe,  palabras con las que denominamos a las personas que se desenvuelven perfectamente en dos  (bi-) o tres (tri-) idiomas respectivamente. Y así a la ciencia que se ocupa del estudio del lenguaje se la denomina lingüística y lingüistas a los especialistas en ella, siguiendo la raíz culta LINGUA.

Del diminutivo latino de LINGUA, que era LÍGULA, hemos heredado nosotros nuestra lígula, con diversos significados específicos en los campos de la botánica y la anatomía, y, además, la palabra ha evolucionado a legra. En efecto, si partimos de la forma LÍGULAM, tenemos LÍGULA, que en latín significaba cucharilla, lengüeta o espadín larguirucho,  después LÍGLA, con pérdida de la vocal átona de la sílaba intermedia, a continuación LEGLA, con el cambio consabido de la I breve tónica a E que ya hemos visto, y finalmente, LEGRA, tras la disimilación parcial de la segunda L en R para evitar la cacofonía de repetición del mismo sonido, lo mismo que sucede a LILIUM, que evoluciona a lirio.

¿Qué es una legra? Es un instrumento de cirugía, en forma de media luna y retorcido por la punta,  que se emplea para raer la superficie de los huesos o bien la mucosa del útero. A la acción de practicar un legrado, legradura o legración se denomina legrar.  

En griego lengua se dice GLOSSA o GLOTTA, dependiendo del dialecto.  De la primera forma nos viene glosa, que significa explicación o comentario de una palabra o de un texto difícil de entender,  el verbo glosar, que quiere decir comentar o hacer glosas, y   glosario que es el nombre que se da a un conjunto de palabras que por sus especiales características requieren una interpretación; y de la segunda, que es la propia del dialecto ático que se hablaba en la región de Atenas, nos viene políglota o poliglota, que es lo mismo pero con una acentuación más acorde con la cantidad larga de la penúltima sílaba, como denominamos a quien posee varias lenguas, ya que el prefijo griego poli- significa propiamente muchas (lo que dicho a la latina sería multilingüe o plurilingüe), o también epiglotis, como denominamos a la lámina cartilaginosa que está situada detrás de la lengua y tapa la glotis en el momento de la deglución.   


Un latinismo muy común relacionado con la lengua es lapsus. Podemos cometer muchos lapsus o deslices. Puede fallarnos la memoria (lapsus memoriae), aunque en realidad no nos falla sino que nos juega una mala pasada; podemos cometer un error al escribir con el bolígrafo o la pluma (lapsus calami), y podemos también cometer una equivocación al hablar, lo que propiamente se llama lapsus linguae, error que revela que,  aunque digamos una cosa,  estamos pensando en otra.  

Célebre es el lapsus freudiano que cometió un presidente del gobierno de las Españas cuando hablaba  de que se había producido un gran incremento de turistas españoles en Rusia. Decía que había tomado un acuerdo para estimular, para favorecer, para follar (sic), para apoyar ese turismo. ¿En qué estaría pensando el señor presidente de la ceja circunfleja a la hora de hacer aquellas públicas declaraciones? Casi siempre suele haber una motivación sexual en los lapsus linguae, según el psicoanalista vienés, como en el citado ejemplo, pero puede haber también otras pulsiones, como la del poder y el dinero. 

Otro político carpetovetónico, abochornado de los altos emolumentos que cobraba la clase política,  quiso decir “los políticos deberíamos cobrar menos” y cometió un lapsus linguae significativo y dijo: “los políticos deberíamos robar menos”. Cometió, sin querer, un error involuntario pero dijo lo que realmente pensaba, y lo que piensa todo el mundo de los políticos profesionales, que son unos ladrones. 
 

jueves, 21 de diciembre de 2017

Hijos e hijas de papá y de mamá


En su afán por proteger a sus hijos de un mundo que consideran hostil y atiborrado de peligros indefinidos, muchos progenitores, cegados por un concepto mal entendido de paternidad, es decir, por un exceso de rol, como dicen los psicagogos, y movidos  por el amor que sin duda sienten por sus tiernas criaturas y por el miedo de que les suceda algo malo, logran lo contrario que pretendían, y dejan a sus vástagos indefensos e incapaces de sufrir la más mínima contrariedad que les sobrevenga sin derrumbarse, como polluelos que no acaban de romper nunca el cascarón protector del huevo y salir de él a enfrentarse con el mundo y con la vida.

Conocí a una profesora que hacía siempre los deberes con sus hijos desde muy pequeños, y que, bien entrados ellos ya en la adolescencia, seguía tomándoles la lección y estudiando con ellos y terminando muchas veces sus tareas, a la vez que organizaba sus tiempos y técnicas de estudio; por lo que ella, como madre,  y no ya como profesora, estaba en contra de los deberes escolares y mostraba una férrea oposición mayor aun, si cabe, que la de sus hijos. Muchas veces decía que los profesores, y entonces hablaba como madre exclusivamente y no como enseñante,  no eran conscientes del ingente trabajo que suponían los deberes escolares para los alumnos y no eran conscientes de que las vacaciones y los fines de semana eran para descansar y recargar las pilas a fin de poder reincorporarse al trabajo con nuevos bríos y energía. 

No es raro que desde las hodiernas Jefaturas de Estudios de los Institutos de Educación (y no Enseñanza, que es palabra más noble) Secundaria se recuerde a los profesores que no deben mandar tareas a los alumnos para los períodos vacacionales, no vayan a provocarles algún traumatismo craneal o psicológico: el ocio es el ocio, o sea la otra cara del negocio.  

Cuando el primogénito de la profesora de marras logró licenciarse -hoy, después del plan Bolonia, diríamos graduarse- en la Uni, no sin algún esfuerzo, pues era un vago redomado, nos comentó a sus allegados y conocidos que ella también había acabado, por fin, la carrera de derecho y se había laureado y conseguido una segunda licenciatura.

Los hijos e hijas -cedamos a lo políticamente correcto como hacen los políticos y las políticas- de papá y de mamá, cuando ya son un poco  mayorcitos, son incapaces de orientarse en la calle,  tienen una rabieta al menor contratiempo si no consiguen lo que quieren y se sienten frustrados ante el menor cambio en lo previsto, no saben atarse los cordones de los zapatos, y ante cualquier problema sólo saben recurrir a papá y a mamá mediante el móvil, ese moderno cordón umbilical inalámbrico que les une al claustro materno y que asegura su dependencia del pesebre del portal de Belén. 

 Adoración de los Magos, Durero (1504)

En inglés ‘to spoil’, que deriva del latín spoliare (desnudar),  significa ‘mimar’, y también ‘estropear’, de modo que los anglosajones saben muy bien que los niños mimados están echados a perder, estropeados, espoliados o expoliados, que de ambas formas se puede decir en castellano, es decir despojados de su independencia, privados de autonomía y libertad a fuerza de tanto cariño. Los “spoilers” son, obviamente, sus padres, que les han contado cómo iba a  acabar la película de sus vidas, desentrañándoles el nudo del argumento y el final,  antes de vivirla.

Las familias modernas, reducidas a su mínima expresión –monoparental o formadas por una pareja heterosexual u homosexual, da igual- siguen siendo la encarnación de la Sagrada Familia, con el menor número de hijos, uno o, a lo sumo dos, la parejita,  por aquello de que uno no es ninguno y dos son uno, muy alejadas del concepto de familia numerosa fomentada con premios y alicientes a la natalidad en tiempos pasados, tienen como eje gravitatorio a sus hijos, que se constituyen en el centro sobre el que giran y gravitan sus vidas.

Algunos padres están tan ocupados que el poco tiempo libre que dedican a sus tiernas criaturas quieren dedicarlo a «hacerles felices» a toda costa, y, reaccionando contra la educación autoritaria de su propia niñez,  no saben decirles a nada que ‘no’, esa palabra mágica que es la primera que aprendemos todos y que olvidamos enseguida, como fruto de nuestra mala educación,  cuando lo que deberían hacer es enseñarles a los niños y niñas a decir que no a todas las imposiciones y no, como hacen, a todo que sí.

Muchos padres, la inmensa mayoría,  confían la educación de sus hijos a la escuela, es decir, al Estado, que se encarga de su formación manu militari desde los seis hasta los dieciséis años; en la práctica desde los tres años hasta los dieciocho, en que alcanzan la mayoría de edad legal que les permite votar y sacar, cómo no, el permiso de conducir. El hecho de que sean mayores de edad legalmente no significa que sean autónomos, independientes, adultos en el sentido en que lo son sus progenitores, sino, precisamente, todo lo contrario, ya que una de las características de nuestra sociedad es, pese a su misopedia u odio a la infancia,  su infantilismo galopante, su eterna minoría de edad. 

 Adoración de los tres reyes magos, anónimo (1423)

Estos niños, tan protegidos, mimados y estropeados por sus padres que resultan completamente desprotegidos cuando no están bajo la tutela paterna, estos adolescentes tan consentidos, van a tener seguramente muchas dificultades a la hora de resolver los conflictos por nimios e insignificantes que sean los que se les presenten en la vida, porque están acostumbrados a que lo hagan sus padres en vez de ellos, incapaces de afrontar  los inevitables contratiempos de la existencia, con lo que, sin querer tal vez, sus papás y sus mamás los han hecho menos autónomos, más dependientes y manipulables, menos responsables de sus actos y consecuencias, e incapaces de tomar decisiones propias. Antes los niños gozaban de una temprana autonomía que les dejaba cierta libertad de movimientos que ahora no tienen; hoy se desenvuelven en un ámbito de vigilancia y supervisión constante de padres y adultos. 

Niños mimados y estropeados por unos padres que les han concedido el privilegio envenenado de todos sus caprichos; niños echados a perder por el sistema educativo que ha hecho de ellos no más que unos perfectos futuros consumidores, votantes y contribuyentes sin sentido crítico, incapaces de enfrentarse a la realidad y de intentar cambiarla, futuros esclavos sumisos, eternos menores de edad.