viernes, 20 de julio de 2018

Laurie Lipton o el moderno triunfo de la Muerte.

Grata sorpresa ha sido para mí descubrir la obra de la dibujante Laurie Lipton (nacida en 1960). Sus minuciosos cuadros en blanco y negro nos ayudan a ver la prolija realidad que ella refleja con una laboriosa minuciosidad, maestría y dominio de la técnica, y un gran sentido crítico que hace que su obra sea trascendente. Muchos de sus dibujos con sus característicos esqueletos omnipresentes recuerdan al óleo de Brueghel el Viejo “El triunfo de la muerte” que atesora el Museo del Prado.

 Triunfo de la Muerte, Brueghel el Viejo (1562)

Laurie Lipton, no obstante, no pinta al óleo, sino a lápiz. Sin embargo, ambos artistas vienen a decirnos que la muerte ha invadido el mundo, y de su imperio no se salva ni Dios, cuya defunción certificaría Nietzsche en Así hablaba Zaratustra: la señora inmortal de la guadaña a todos nos iguala, cercenando la vida tanto a los ricos como a los pobres.

 La artista trabajando en una de sus obras

Véase, por ejemplo, este cuadro titulado irónicamente “Felices”: Los esqueletos, todos iguales, todos muertos igual que nosotros, los vivos, llevan en sus manos teléfonos móviles con el icono sonriente de la estúpida felicidad en sus micropantallas. 


Los esqueletos son formas recurrentes en su obra, como en el lienzo del pintor flamenco que evocábamos al principio. Resulta curioso cómo a veces muestra a los vivos como esqueletos y a los muertos como si estuvieran vivos, como en esta Reunión donde la familia -esqueletos- vela al difunto de cuerpo presente todavía. 

 Reunión, Laurie Lipton (2008)

Orto de sus motivos recurrentes son los tubos y tuberías de misteriosas maquinarias que reflejan la complejidad tecnológica de la vida moderna y de las ciudades en las que sobrevivimos.


La atracción que sienten algunos, dentro de lo que se llama la cultura popular,  en cines y pantallas televisivas hacia las series de zombis, a raíz sobre todo de que George A. Romero lanzara en 1968 La noche de los muertos vivientes, refleja nuestra preocupación por el triunfo de la muerte: los zombis son muertos que están muy vivos, como los esqueletos de Laurie Lipton, unos seres violentos y antropófagos, que personifican la muerte que nos vive, el futuro que se come nuestro presente cotidiano y que se confunde de hecho con la vida, y viene a matarnos robándonos lo poco de ella que acaso nos queda.

Fábrica de la muerte, Laurie Lipton (2009)

La obra de Laurie Lipton puede contemplarse en las galerías ordenadas cronológicamente de su página electrónica, obra que hace pensar, lo que no es poco en estos críticos tiempos acríticos que corren, y no deja indiferente a nadie. Puede gustar más o menos o no gustar, puede resultar más o menos tétrica, pero su valor artístico, al margen de los gustos personales, es innegable, y su mensaje contundente.




miércoles, 18 de julio de 2018

Miseria de la filosofía después de Sócrates

En el tratado Cuestiones académicas, libro I, 27 de Cicerón, que como filósofo no aportó gran cosa a la filosofía pero que nos transmitió por la vía latina gran parte del legado filosófico griego, se habla de las dos grandes escuelas filosóficas de la antigüedad posteriores a Sócrates, que sirve como punto de inflexión en la historia de la filosofía, dividiéndola en un antes (pre-socráticos) y un después (post-socráticos), al igual que Jesucristo parte en dos la historia universal de la humanidad y el cómputo de los años y los siglos en un antes y un después. Estas dos grandes escuelas fueron los académicos y los peripatéticos, que, aunque con distinto nombre, coincidían en lo fundamental, que es en su raigambre platónica, dado que Aristóteles no deja de ser un heredero de Platón, aunque se aparte de él en muchos aspectos. 

 La escuela de Atenas, Rafael Sanzio (1508-1511)

(En el fresco de Rafael La escuela de Atenas ambos filósofos ocupan el centro de la escena: Platón señala hacia arriba, al mundo de las ideas, mientras que Aristóteles, más materialista, señala las cosas de aquí abajo). La escuela fundada por Platón era la Academia, que así se llamaba por el nombre del gimnasio donde se reunían y conversaban sus miembros. La que fundó Aristóteles era el Liceo, otro gimnasio donde el estagirita y sus secuaces gozaban de una avenida arbolada que regalaba su sombra al maestro y a sus discípulos durante sus conferencias, por lo que se les denominó peripatéticos, que en griego significa “paseantes”.

Ambas escuelas, académicos y peripatéticos, afirma Cicerón, fundaron una determinada filosofía sistemática imbuidos de la fecundidad de Platón (sed utrique Platonis ubertate completi certam quandam disciplinae formulam composuerunt), y esta filosofía era en verdad consistente y completa, sistemática diríamos nosotros, (et eam quidem plenam ac refertam), mas abandonaron aquella costumbre socrática de discutir incansablemente acerca de todas las cosas sirviéndose de la duda y sin hacer ninguna afirmación positiva (illam autem Socraticam dubitanter de omnibus rebus et nulla adfirmatione adhibita consuetudinem disserendi reliquerunt). Así se hizo, lo que de ninguna manera Sócrates aprobaba, un cierto tipo de filosofía y un orden de materias y sistema de doctrina. (Ita facta est, quod minime Socrates probabat, ars quaedam philosophiae et rerum ordo et descriptio disciplinae).

La filosofía postsocrática, según Cicerón, dejó de cuestionarse todas las cosas y de poner en duda la verdad de la realidad,  sin asentar nunca nada positivo como definitivo, como hacía el maestro. Es decir, dicho en pocas palabras, dejó la duda fuera porque en sus sistemáticas doctrinas, que afirmaban cosas como la inmortalidad del alma humana, por ejemplo, de un modo dogmático que no admitía discusión, no cabía la más mínima duda. La duda socrática que consistía según el arpinate (Conversaciones en Túsculo, libro I, XLII) en mantener hasta el límite (tenet ad extremum) aquello suyo (de Sócrates) de no afirmar nada (suum illud, nihil ut adfirmet), no cabía ni en la Academia ni en el Liceo, como no cabe tampoco en las modernas instituciones educativas, en nuestras academias y liceos, en nuestros institutos, universidades y escuelas,  que siguen, muchas de ellas, llevando sin querer los nombres de las viejas escuelas atenienses. 


A diferencia de Platón y de Aristóteles, Sócrates, según el arpinate, (opere citato I, 16),   discurre de tal manera que él mismo no afirma nada (ita disputat ut nihil adfirmet ipse), refuta a otros (refellat alios), dice que no sabe nada salvo esto mismo, (nihil se scire dicat nisi id ipsum), y que aventaja a los demás por el hecho de que ellos creen saber lo que ignoran (eoque praestare ceteris quod illi quae nesciant scire se putent), mientras que él mismo sólo sabe esto solo, que no sabe nada, (ipse se nihil scire, id unum sciat), y que por esta razón juzga que fue considerado el hombre más sabio de todos por el oráculo de Apolo de Delfos (ob eamque rem se arbitrari ab Apolline omnium sapientissimum esse dictum), porque toda la sabiduría era esto solo, solo esto: no creer que uno sabe lo que ignora (quod haec esset una omnis sapientia, non arbitrari se scire quod nesciat).
.

lunes, 16 de julio de 2018

Ministros y ministras

El gobierno no gobierna -y ni falta que hace que lo haga: no voy a ser yo quien recrimine al gabinete recién estrenado de ministros y ministras por eso- pero para distraer a su electorado y justificar así su existencia, disimulando tras una cortina de humo la radical impotencia de todos los poderes y poderosos de este mundo y del otro, suscita debates estériles como este de la conveniencia de que la Real Academia Española de la Lengua, los cancerberos del idioma,  revise el lenguaje de la Carta Magna para adecuarlo a las nuevas exigencias de la sociedad en aras de la corrección política. 

¿En qué consisten estas nuevas exigencias? Básicamente en que las mujeres, tradicionalmente ausentes de los centros de poder, rompan las “glass ceiling barriers” o techos de cristal que las excluyen de las altas esferas y cuadros de mando de la política económica y de la economía política y puedan acceder a los puestos jerárquicos en igualdad de condiciones que los varones. ¿Eso es, realmente, lo que quieren las mujeres de verdad? Dejo la pregunta suspensa en el aire para recogerla e intentar responderla más adelante.


No se trata, entiéndase bien, de derogar la Constitución ni de modificarla sustancialmente, sino de maquillarla con algunos cambios retóricos y en definitiva cosméticos referentes a lo que se ha dado en llamar lenguaje inclusivo, es decir, que incluya a las mujeres, a las que se equipara erróneamente con el género gramatical femenino, cuando se utiliza el masculino como no marcado, es decir como genérico o válido para ambos géneros gramaticales, lo que no deja de ser un mecanismo de economía de la lengua. 

Se trata, en definitiva, de imitar la constitución bolivariana de Venezuela, que ha incorporado dicho lenguaje inclusivo y políticamente correcto y dice cosas tan redundantes y campanudas como estas: Para ejercer los cargos de diputado o diputada a la Asamblea Nacional, Ministro o Ministra, Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de Estados y Municipios no fronterizos, los venezolanos y venezolanas por naturalización deben tener domicilio con residencia ininterrumpida en Venezuela no menor de quince años y cumplir los requisitos de aptitud previstos en la ley. (Artículo 41)

¿Qué sucederá, me pregunto yo, cuando la reforma de la Carta Magna española llegue al escollo del artículo 56 “De la Corona”. ¿Se mantendrá el punto 1, que dice actualmente: “El Rey es el Jefe del Estado...” o se modificará de la siguiente forma: “El Rey o la Reina es el Jefe o la Jefe (¿quizá Jefa?) del Estado...? 

El feminismo que persigue el empoderamiento de la mujer -no estoy hablando, por lo tanto, del anarcofeminismo- refuerza el machismo y el patriarcado, lejos de oponerse a ellos: la pretensión igualitaria pretende que la diferencia sexual sea indiferente a la hora de desempeñar el poder. Los feministas fomentan que la mujer desempeñe el papel de reina en igualdad de condiciones que el varón, lo que al fin y a la postre resulta poco republicano y viene a reforzar a la vieja monarquía, y lo que de aplicarse aquí y ahora destronaría a Felipe VI en favor de su hermana mayor la infanta Elena, proclamándola reina de todas las Españas, así como príncipe heredero, supongo, a su hijo el infante don Felipe Juan Froilán de Marichalar y Borbón. Con la equiparación de la mujer y el varón a la hora de ascender al trono, no se acaba el poder monárquico, se consolida. Ya lo dice el refrán: Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando. Igual da que la voz de mando sea masculina que femenina. 

La diferencia, por cierto, entre una y otra voz radica, al parecer, en el grosor y la longitud de las cuerdas vocales: cuanto más finas y cortas son éstas, más femenina resulta la voz, y cuanto más gruesas y largas, más grave y masculina. Hasta la pubertad, voces de varones y mujeres no se diferencian, y las voces infantiles se caracterizan por ser muy agudas. Sin embargo, a partir de los 11, 12 y 13 años de edad se produce la mutación vocal, debida a los niveles más altos de estrógenos y progesterona en las mujeres y testosterona en los varones. Este hecho fisiológico podría hacernos pensar ingenuamente a primera vista que una voz de mando femenina, al ser más aguda, algo más nítida y más musical en su entonación, resultaría menos imperativa que la masculina. La experiencia de algunas mujeres  en los primeros puestos de mando desmiente este hecho: una vez en el poder, las mujeres hacen lo mismo que los varones: mandar; y, al hacerlo, demuestran que ellas también son unas mandadas. 

Habrá que recordarles acaso a ministras y ministros la vieja etimología latina de esta palabra: tanto el masculino minister como su femenino ministra  -de donde viene también el nombre del potaje de verduras que se suministra en la mesa, la menestra- son sinónimos de esclavo, sirviente, empleado, y proceden del adverbio minus, que significa "menos", porque son los de menos valer,  y son lo contrario de magister y magistra -¿quién iba a decirlo?-, que están formados sobre el adverbio  magis que quiere decir "más" y eran los de más valer, por lo que se contraponen el magisterio de maestros y maestras y el ministerio de ministras y ministros, que son los menesterosos ministriles que nos administran desde los despachos ministeriales y que, como es menester, son los primeros administrados como la sugerencia etimológica de la palabra suministra.


Estos debates suscitados por los decretos y declaraciones del consejo de ministros y ministras son una cortina de humo para distraernos de lo esencial: que el gabinete del gobierno no gobierna porque no puede gobernar, porque los gobernantes y las gobernantas, los que mandan, son los más mandados. La medida obedece a un intento de distraer a la población de los problemas reales de la gente, que son los que importan, suscitando el debate de cuestiones en las que todo el mundo entra al trapo a opinar visceralmente, mientras la realidad, esencialmente falsa, permanece estanca.
  

Es hora de retomar la pregunta que hemos dejado pendiente: ¿Es el poder lo que quieren de verdad las mujeres?  Algunas, sí, desde luego, no cabe la menor duda, a juzgar por sus declaraciones, pero no todas. Siempre habrá algunas otras, que son la sal de la tierra, y que, lo mismo que algunos varones, no aspiran a romper los techos de cristal para asaltar ningunos cielos y así empoderarse, sino todo lo contrario: desprecian la jerarquía y se levantan contra el poder, tradicionalmente masculino, haciéndole la higa. Y esa lucha no reside en un enfrentamiento político entre la izquierda y la derecha: la auténtica pelea está entre arriba y abajo. Y quienes estamos más o menos por aquí abajo sabemos que de arriba nunca puede venirnos nada bueno. 

Hace tiempo que hemos caído en la cuenta de que la diferencia entre lo que dice y hace un partido político en el gobierno y otro contrapuesto ideológicamente a él, sean sus respectivos líderes  lideresos que lideresas -igual da que da lo mismo-, se reduce a cambiar las posaderas que se asientan en las poltronas de los ministerios, de las cortes, de los despachos y de la mismísima Moncloa, sin que la acción de gobierno -la gobernanza- cambie ni un ápice la realidad. El cacareado cambio es sólo nominal o, si se prefiere, gramatical.

sábado, 14 de julio de 2018

Números irracionales

Hay que rendir un  homenaje me temo que póstumo ya a los viejos profesores de antaño, a los viejos manuales y libros de texto, a las viejas lecciones magistrales, tan injustamente denostados por las nuevas tecnologías y métodos pedagógicos adoctrinadores modernos.

Viñeta de El Roto
Aquellos profesores eran personajes reverenciados, cuya autoridad se desprendía de su propio magisterio. Uno de ellos fue mi profesor de matemáticas del instituto, don Gumersindo García, alias Pitagorín, que era un catedrático entusiasta de su ciencia, el número uno, según se contaba, de su promoción y oposición. 

-En esta vida todas las cosas son o cuentos o cuentas, -solía aseverar, y añadía: -Los cuentos son muy bonitos y están muy bien para dormir a los niños por la noche, pero no son la realidad. Las matemáticas, sin embargo, van a enseñarles a ustedes las cuentas. (Don Gumersindo correspondía al tratamiento que le dábamos de usted ustedeándonos a nosotros). Los números son más útiles que los cuentos, porque sirven para que nos demos cuenta –y nunca mejor dicha esta palabra que él sobreacentuaba- de las cosas en la vida.

Don Gumersindo era tan bajo como nosotros, por lo que su estatura no nos imponía mucho respeto, pero sí sus años: era un hombre mayor, a punto quizá de jubilarse, delgado y menudo, no nervioso sino puro nervio, que lucía un delgado bigote y una generosa tonsura que dejaba ver su cráneo lustroso. Casi siempre estaba de espaldas a nosotros, sus alumnos de tercero de bachillerato, escribiendo incansablemente en la pizarra, en la que anotaba sus ecuaciones de primero y segundo grado, y borraba una y otra vez con tanta rapidez que no nos daba tiempo a entender sus aritméticos razonamientos y a copiar aquellos vertiginosos cálculos y guarismos que aparecían y desaparecían como por arte de magia en un raudo parpadeo.

Después de habernos explicado el teorema de Pitágoras y de haber operado con él hasta la saciedad (nunca olvidaré la dichosa cantilena: “en todo triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los catetos al cuadrado”), nos contó un día un cuento de esos que él decía que no eran reales como las cuentas y los números, pero que yo no he podido olvidar: Una vez, el propio genio de Pitágoras según unos, según otros un pitagórico –hubo un aluvión de risas en la clase al oír por primera vez aquella palabra en boca de don Gumersindo, que acalló enseguida-, un tal Hípaso de Metaponto hizo un descubrimiento trascendental. 

Don Gumersindo hablaba muy deprisa, atropelladamente. A veces era realmente difícil seguir el hilo de sus palabras… ¿Cuál fue ese descubrimiento? Había hallado accidentalmente los números irracionales. Los números eran para los pitagóricos la esencia del universo. Cada número del uno al diez tenía para ellos un significado muy especial. Los números tenían sexo: los impares eran masculinos y los pares femeninos. (Nosotros nos reíamos de aquellas extravagantes ocurrencias). Pero había uno especialmente terrorífico, el número que le costó la vida a Hípaso porque era un dígito secreto que tenía que haber permanecido oculto, y que él desveló y sacó a la luz.

-No crean ustedes que ese descubrimiento era baladí.  Corría el año 520 antes de Cristo. Hípaso, el metapontino, trataba de solucionar allá en el sur de Italia,  un problema muy sencillo que le daba vueltas en la cabeza. Cualquiera de ustedes puede intentar resolverlo ahora como hizo él aplicando el teorema del maestro: ¿Cuál es la longitud de la hipotenusa de un triángulo rectángulo cuyos catetos miden un metro cada uno? Si aplican el teorema resulta que la suma de un metro cuadrado y un metro cuadrado son dos metros cuadrados, si Pitágoras no miente, y no suele hacerlo, por lo que la longitud de la diagonal será  la raíz cuadrada de 2, que no es 1 porque, fíjense bien ustedes, uno por uno es uno, y tampoco es 2 porque dos por dos son cuatro...

Tiene que ser algo intermedio, que no puede representarse con un número entero y vero. ¿Y cuál es ese dígito? La raíz cuadrada del número 2 es 1,414213562373… donde los tres puntos suspensivos abren una puerta que había estado cerrada hasta entonces, la puerta por donde se cuela el infinito, lo que no tiene fin. Esos puntos que les pongo son los decimales innumerables, fíjense bien en la paradoja,  números innumerables,  que jamás terminaría yo de escribir en todas las pizarras que hay en el mundo. Estaríamos toda una vida ustedes y yo, o, mejor dicho, toda una eternidad calculándolo, y no tendría fin nuestro cómputo jamás. 



Hípaso había hallado casualmente el primer número irracional de la historia. Y no pudo guardar el secreto, así que lo divulgó. Indignados al enterarse, sus antiguos y fanáticos correligionarios lo expulsaron de la escuela, y, no contentos con eso, le construyeron un cenotafio, una tumba vacía quiere decir el término,  con su nombre propio, un sepulcro que estaba esperándolo, como si quisieran darle a entender que efectivamente era hombre muerto para ellos por revelar aquel descubrimiento apocalíptico que hacía que se tambalearan todas sus creencias. 

Lo más curioso de todo es que el metapontino murió al poco tiempo en unas circunstancias muy misteriosas. Se cuenta que Posidón, el dios griego de los mares que los romanos llamaban Neptuno, se disgustó tanto con él que, como castigo, convocó a todos los vientos, removió las aguas del mar Egeo con su enorme tridente y provocó una terrible tempestad que hizo que nuestro hombre muriera ahogado, víctima del naufragio,  por el sacrilegio cometido de sacar a la luz pública el secreto de la irracionalidad del universo, que debía permanecer oculto en el fondo del mar, dando a entender que si algún otro se atrevía a bucear en sus profundidades y sacarlo a flote como había hecho aquel incauto, perecería ahogado como él y azotado por las olas sin piedad. 

Busto de Pitágoras, museos Capitolinos, Roma.

Hípaso de Metaponto murió porque había divulgado el secreto matemático mejor guardado: la existencia de un número irracional, una expresión decimal interminable, no periódica, un número infinito. Hay quienes dicen que la nave en la que viajaba a Grecia se fue a pique, como les he contado, por una tempestad muy frecuente en aquellos mares, y  el matemático se ahogó, pero yo les digo a ustedes, y estoy convencido de ello, que fue asesinado y arrojado por la borda por sus antiguos correligionarios a los que había traicionado. Su descubrimiento era peligroso porque ponía en duda los firmes cimientos de una fe que se creía muy sólida. 

El lema de la secta pitagórica, grabado a la entrada de la escuela, era “Todo es número”, pero resulta que había un número no entero roto en millones de millones de decimales que rompía ese todo en infinitud de miles de pedazos. Ese número no podía expresarse matemáticamente con exactitud porque no tenía fin, lo que demostraba que las matemáticas no eran las ciencias exactas que se creía que eran. Y esto se lo dice a ustedes, fíjense bien, un matemático. 

Reza un refrán muy antiguo que caballo y caballero no son dos, sino uno y otro. ¿Qué querrá decir eso, señor García Peña?


El interpelado, que era el listo y empollón de la clase, se levantó como un resorte y respondió al instante: -Que no pueden sumarse peras y manzanas, don Gumersindo, porque son elementos diferentes.

-Cierto, pero ni siquiera pueden sumarse peras y peras, o manzanas y manzanas, porque no hay dos cosas ni tampoco dos personas exactamente iguales. -Añadió don Gumersindo a la respuesta del alumno. -Además, -prosiguió- el jinete y su montura no constituyen dos seres distintos, dos individuos, sino un solo ser, como don Quijote de la Mancha y Rocinante, como el cuerpo y el alma, como la cara y la cruz de una moneda o, ya que hemos hablado de los griegos, como el centauro de la mitología y de los cuentos.

jueves, 12 de julio de 2018

CVM LAVDE

Si nos planteamos la cuestión de si  los títulos académicos que ofrece el sistema educativo son  un indicio de inteligencia o, por el contrario, no lo son, podemos resolver, habida cuenta de que todos conocemos alguna persona inteligente sin ninguna titulación académica, y algún diplomado, graduado o posgraduado con muy escasa o nula inteligencia, que no hay una relación directa y lógica entre lo uno y el título acreditativo de lo otro. 

Tomemos, por ejemplo, en consideración el título de doctor,  que la RAE define como “persona que ha recibido el más alto grado académico universitario”. Lo mismo que la Santa Madre Iglesia tiene doctores que sabrán responder, según rezaba el catecismo del padre Astete, la Universidad también tiene doctores, expertos en sus respectivas tesis doctorales que no sirven para nada más que para otorgarles el título de doctor a los doctorandos, y, en el mejor de los casos, otorgárselo “cum laude”, es decir, con elogio. 

 

En el sistema educativo español, la mención cum laude es la máxima puntuación, aplicable solo a los doctorandos que alcanzan la calificación de sobresaliente y la unanimidad del tribunal evaluador. En caso de que no haya unanimidad,  la calificación suele quedar en simple sobresaliente (sine laude), de ahí no suele bajar,  pero es raro que no obtgenga el cum laude porque a los miembros del tribunal los escoge el director de la tesis, que se juega su prestigio académico de alguna manera si la tesis no es evaluada muy positivamente con todos los laureles honoríficos. En otros sistemas educativos se distinguen varios grados en el elogio: cum laude, con alabanza; magna cum laude, con gran alabanza;  y summa cum laude o maxima cum laude, con la mayor alabanza.


¿De dónde viene esa expresión de cum laude? Pues de la lengua de Virgilio y de Cicerón:  cum es el origen de nuestra preposición “con” y laude es la forma de ablativo, que se caracteriza por la desinencia –e,  del nominativo laus, que ha perdido la –d final de la raíz laud- al añadírsele la característica –s, y quiere decir “elogio, loa, alabanza, halago”.




El verbo latino laudare “alabar” es el origen del cultismo laudar. De esta raíz latina conservamos en castellano
laudar: fallar o dictar sentencia laudo un árbitro o juez.
laudable: digno de alabanza.
laudatorio: que alaba o contiene alabanza.
laude o lauda: piedra con inscripción sepulcral por las alabanzas que solía contener del difunto –por el prejuicio tan presente en nuestra cultura de que “de mortuis nil nisi bene“: de los muertos no hay que decir nada más que lo que está bien, porque son intocables,  no vaya a ser que sus espíritus se enfaden con  nosotros y nos hagan la supervivencia imposible.  

En este sentido eran célebres en Roma las funebres laudationes o elogios fúnebres de los muertos, que perviven de alguna manera en las notas necrológicas de nuestros periódicos cuando fallece algún personaje importante del mundo de la cultura o de la política.

laudes:  en la liturgia de las horas de la iglesia cátolica, son las oraciones de la segunda hora, que se dicen después de maitines. 
laudo:  decisión o fallo que dicta el árbitro o juez.

Pero el verbo latino laudare origina también la palabra patrimonial o vulgarismo loar y sus derivados.
loar:  elogiar
loa: alabanza, elogio, lisonja.  
loable:  digno de loa.
loor:  elogio.  



Las loas y los loores, elogios y alabanzas, por lo tanto, de todos los doctores CVM LAVDE que tiene la Santa Madre Iglesia que es la Universidad  no sólo son muy sospechosos, sino claros indicios de la poca o nula fiabilidad de la inteligencia de las cosas de quienes los emiten y reciben.

martes, 10 de julio de 2018

La raposa y la máscara


La fábula de Fedro (I, 7) de la raposa y la máscara teatral nos habla de la dictadura actual de la imagen: admiramos la belleza de una fotografía y no vemos que la imagen no es la realidad, sino una de sus muchas apariencias, uno de los muchos velos  con que Maya, la ilusión, la que no es, la recubre para engañarnos. 





sábado, 7 de julio de 2018

¿Patrimonio cántabro o patrimoñu cántabru?

Leo en la prensa local que los estudiantes de 3º de la ESO dispondrán en Cantabria  a propuesta de la Consejería de Educación, Cultura y Deporte de una nueva asignatura a partir del curso 2018-2019: Patrimonio cántabro, cuya denominación propongo que se cambie inmediatamente enseguida a Patrimoñu cántabru, porque la lengua, nuestra entrañable lengua madre, que es el cántabru, también es patrimonio cultural, inmaterial pero patrimonio, de Cantabria y también merece una asignación docente, que ya no correspondería en un cien por cien al Departamento de Geografía e Historia, como ha decretado la orden del BOC, sino a éste y al de Lengua a partes iguales, si bien no al Departamento de Lengua Castellana y Literatura, sino a otro que, proponemos desde aquí, habría que crear urgentemente de idioma cántabru en todos los centros de Cantabria para potenciar el estudio de nuestra lengua y cultura, binomio inseparable como la cara y la cruz de una misma moneda,  dado que sería conveniente que dicha materia se impartiese, cómo no, en cántabru.

La lengua también es parte de nuestro patrimonio

La Consejería va a permitir (bravo por ella y por quien la regenta) que los estudiantes de tercer curso de la ESO puedan sustituir el estudio de una segunda lengua extranjera  por una materia del bloque de asignaturas de libre configuración, que, mira tú por dónde, bien podría ser esta misma de patrimoñu cántabru, es decir, podrían cambiar el estudio del francés, pongo por caso, por el cunucimientu (aunque tengo mis bien fundadas dudas sobre la evolución latina de esta palabra, que en algunos dialectos cántabros occidentales se dice cuñucimientu y aun coñocimientu, quizá por influencia asturleonesa) del idioma cántabru y del nuesu patrimoñu arqueológicu, históricu y geográficu. Todo un éxitu educativu de la Consejería de Educación, Cultura y Deporte.



viernes, 6 de julio de 2018

Valor y precio

Decíamos en una pasada lección de economía, a propósito de la frase de don Antonio Machado: Todo necio confunde valor y precio: “Las artes, como todas las cosas en este mundo, no se libran del proceso comercial que las convierte en mercancías y en propiedades privadas, por lo que sus obras tienen un precio, y a menudo muy alto, tan alto que muchas veces resulta incalculable, hasta el punto de que suele estar en razón inversamente proporcional al del valor y utilidad que tienen para la gente, por lo que cuanto menos valen para el común de los mortales, más caras se pagan, y viceversa”. 

Diógenes, el Perro, era consciente ya de que todas las cosas (incluidas las personas en su mayoría) tenían un precio en el mercado,  y de que el amor al dinero era la patria de todos los males, la metrópolis, dice literalmente él en griego: el fundamento, la fuente, la madre que los parió a todos ellos,  τὴν φιλαργυρίαν εἶπε μητρόπολιν πάντων τῶν κακῶν.  


Y era también consciente de la arbitrariedad de todos los precios que señalábamos arriba, que hacía que cosas de gran valor se vendieran muy baratas y que las más valiosas no tuvieran precio alguno, y, al revés, que las que no valían absolutamente para nada, como la mayoría de las llamadas obras de arte, costaran carísimas en el mercado; cuanto más inútiles e inservibles de hecho fueran,  más caras e inasequibles resultaban. Y ponía a título de ejemplo él una pieza escultórica, una estatua humana, por ejemplo. Afirmaba que podía llegar a alcanzar en su época la astronómica cifra de tres mil dracmas en la subasta del mercado. Se ha estimado, según leo en la Güiquipedia, que una dracma del siglo V antes de Cristo, es decir, de la época de Periclés podía equivaler a 36 dólares norteamericanos del año 2006, por lo que las tres mil dracmas del precio que atribuye Diógenes a la efigie equivaldrían, grosso modo,  a 108.000 dólares de ese año.

Otro ejemplo de esto puede constituir el perro de Alcibíades, por el que su dueño llegó a pagar la elevadísima cantidad de setenta minas, o sea un talento, que eran 60 minas,  y diez dracmas más, lo que, teniendo en cuenta que una mina eran cien dracmas, vendrían a ser siete mil dracmas lo que costó el chucho que Alcibíades, sobrado de talentos, nunca mejor dicho, paseaba orgulloso por Atenas, y que le sirvió para distraer la atención de sus conciudadanos y hacer que no repararan en su persona y sí en su perro.  



Frente a estos precios elevadísimos de una obra de arte y de una mascota con pedigrí, como contrapartida, el precio de un cuartillo de harina de cebada, del que podía depender solucionar el problema del hambre de una persona, resultaba muy barato en el mercado. No se habían tenido muy en cuenta los costes de producción: el trabajo que había detrás de preparar y arar la tierra de cultivo, sembrar y cosechar el cereal, y lo importante del producto para la elaboración del pan, que contiene mayor cantidad de proteína que el elaborado con harina de trigo,  y la alimentación del organismo, dado su beneficioso valor nutritivo.

Diógenes no quería decir, obviamente, que hubiera que encarecer un producto fundamental como era la harina y subir su precio, pues no era partidario él de ninguna economía de mercado, sino que quería denunciar que no era lógico que un capricho escultórico fuera tan caro y un artículo de primera necesidad, como suele decirse, tan barato; se trata simplemente de constatar la falta de correlación entre el valor de las cosas y el precio con el que se las tasa y se les asigna, y la arbitrariedad por lo tanto de todas las tasaciones y precios comerciales sujetos como están a los numerosos vaivenes y caprichos de las leyes de la oferta y la demanda.

miércoles, 4 de julio de 2018

Grafitis callejeros santanderinos

Contemplando de pasada las pintadas de esta ciudad supermegapija, pijísima hasta la saciedad, hiperbólicamente pija, funcionarial y presumida, que se quiere smart city y es de lo más tonto que hay, donde reina el postureo plusmarquista y las radicalmente falsas apariencias que no corresponden a la realidad, apenas encuentro palabras en las paredes que den testimonio de la voz de los de abajo, la expresión anónima y desgarrada de la gente y del sentido común y popular. Pongamos que hablo, se me olvidaba decir, de Santander.

¡Ah, Santander! Esa novia del mar,  una novia provinciana, no poco hipocritona, seca y arisca como ella sola, ultraconservadora de lo que no merece la pena conservar, esencialmente fea hasta decir basta, salvo el repulido paseo marítimo que se asoma a la hermosa bahía, reducto de un pijoterío al que le gusta aparentar mucho más de lo que es y aun lo que no es, donde todo el mundo se conoce porque sólo somos cuatro gatos y sin embargo nadie te dirige la palabra, y no porque cada uno vaya a su bola, sino porque, siempre pendientes de lo que hace o tiene el vecino, cada cual se hace el “santanderino” cuando coincide con algún conocido y con quien no ha tenido en principio ningún altercado y, fingiéndose distraído, no lo saluda, por más que salte a la vista que los dos se han visto y se han mirado... de reojo.

Por lo general sólo hay en las paredes de esta triste ciudad del norte firmas adolescentes desesperadas, nombres propios personales. ¡Qué pena! Parece que algunos jóvenes sólo pueden hacer un grafiti, rotulador o aerosol en mano, estampando su rúbrica como expresión redundante y onanista en letras enormes, lo más grandes posibles, y a todo color, de su personalidad bajo el logotipo de su nombre propio, como si fueran una marca comercial.




Creo recordar que fue un tal Muelle el que empezó en Madrid esta horripilante y detestable moda, en los años ochenta, rubricando las paredes y vallas publicitarias hasta la náusea de la capital de las Españas con su firma característica acompañada del dibujo de la espiral de un muelle precisamente que finalizaba en una flecha. Encerraba, además, una erre en un círculo, desde que inscribió su marca en el registro industrial. Muelle se hizo un nombre: convirtiendo un nombre común, pseudónimo o alias, que se sugería con el anagrama de un jeroglífico, en nombre propio, so pretexto de que lo que hacía era "arte urbano".


El grafitero dejaba su artística firma en las paredes de la ciudad, una firma no ligada a ningún producto comercial: su producto era el realizador del autógrafo: él mismo: Ego, Sociedad Anónima o, tal vez mejor, Yo, Sociedad Limitada. 

Pero ¿qué dice además de eso? ¿Dice algo? Nada que decir, sólo la expresión afásica del ego adolescente con colores y dibujos llamativos: aquí estoy yo, este es mi logotipo.

¿Qué significan esos trazos? ¿Qué gritan sordamente las paredes? ¡El nombre del que lo escribió! Ni siquiera el típico e infantil “Tonto el que lo lea”. Como dice un refrán escolar, cuando un colegial se dedica a grabar su nombre propio compulsivamente en pizarras, paredes y pupitres, en aras de afirmar su personalidad, “el nombre de los burros aparece por todas partes”.

¿Qué expresan los jóvenes que todavía no han entrado por el aro de la sociedad adulta como fierecillas domadas? Nada: sólo: aquí estoy yo: esta es mi firma: una celebración ególatra del individuo o átomo masificado. ¿Dónde están las pintadas anónimas, la voz del pueblo? Parece que los grafiteros han sustituido, parafraseando a McLuhan, el mensaje no ya por el medio sino por el emisor (que debería ser lo que menos importa). El emisor es el mensaje: aquí estoy yo.





Claro que la culpa no la tienen ellos, los jóvenes, los pobres. Divino tesoro, la juventud... Si es más importante que un dibujo anónimo de Picasso, la firma de éste grabada en él, ¿por qué no prescindir del dibujo y acuñar sólo la firma?


¡Qué pena! Los nombres propios no dicen nada, no significan nada: sólo sirven para decorar vagones de metro, paredes grises, murales, paneles... igual que la publicidad. Es verdad que le dan una nota cromática a la monotonía ciudadana, pero nada más.  No dicen nada, no tienen nada que decir: sólo aquí estoy yo, yo y nadie más que yo, viva yo, solo yo: expresión adolescente que denota un mutismo atroz, una afirmación a ultranza de la personalidad, de la máscara, en una ciudad donde sólo cuentan las apariencias.


Expresan sólo la frustración del autor. Emiten el más simple de todos los mensajes, el más elemental: el nombre propio como si fuera la flatulencia de una ventosidad. Aquí no hay contenidos políticos, nombres comunes que puedan ofender a nadie por sus palabras inmorales, si no fuera porque la mayor inmoralidad de todas es la afirmación de la propia personalidad.





Sin embargo, han aparecido de la noche a la mañana algunas pintadas como estas que arriba reproduzco contra el trabajo y por la libertad que merecen divulgarse a través de la red informática universal. Aquí están, unos grafitis como los de antes, como los de siempre, expresión de la voz anónima del pueblo, uox populi, uox neminis,  no la voz afónica y muda del grafitero de turno que simplemente eyacula su firma como el escolar aburrido en el pupitre del colegio.


lunes, 2 de julio de 2018

Plus es más (De pluses, pliegues y pluralidades).

PLUS ES MÁS

La raíz indoeuropea *PL- con vocalismo reducido expresa, por lo que parece, la idea de “multiplicidad y abundancia“. La encontramos en el adjetivo PL-ENUS, que origina nuestro doblete pleno/lleno , en PL-US que conservamos en plural, en PL-EBS , que origina plebe y plebeyo, y en el verbo PLEO que con varios prefijos conservamos en completo, repleto, implemento, complemento, suplemento y en cumplir y suplir. La misma raíz *PL con vocalismo /o/, crea en griego el adjetivo polu/j, que quiere decir “mucho” y que da origen al prefijo poli- que usamos con ese mismo valor: polivalente, polideportivo, politeísta, polinomio... 

PLEX- PLEJ-

Si le añadimos a la susodicha raíz *PL- el alargamiento -EK, adquiere entonces el valor de “ensamblamiento”. Así se ve en el verbo griego πλέκω que significa trenzar. Esta raíz se conserva en latín con un añadido consonántico dental -T- en el verbo PLECTO, que quiere decir tejer, entrelazar, cuyo participio es PLEXUS y está formado verosímilmente por analogía con su tema de perfecto PLEXI, donde X representa los fonemas CS, una vez que ha desaparecido la T asimilada a la S del tema de perfecto (PLEXI<PLECSI<PLECTSI). Este participio PLEXUS origina nuestro cultismo castellano plexo “red formada por filamentos nerviosos o vasculares entrelazados” utilizado en anatomía: plexo hepático, plexo sacro, plexo solar.

También tenemos en latín un compuesto COMPLECTOR “abrazar, abarcar”, cuyo participio COMPLEXUS nos proporciona otra raíz, que conservamos en castellano en la palabra complexión “conjunto de las características físicas de un individuo, que determina su aspecto, fuerza y vitalidad”, y en castellano actual complejo, complejidad, acomplejar desde que una norma ortográfica de la Academia de 1815 sustituyó la grafía x por j.


Otro compuesto latino de esta raíz con el prefijo PER-, que le da un acusado valor intensivo, es PERPLEXUS, que significa “entrelazado, confundido, sinuoso, tortuoso”, de donde procede nuestro perplejo.

APEPÉS (APLICACIONES)


Esta misma raíz, *PL-EK- modifica su timbre vocálico y se convierte en latín en /plik/, como en el verbo PLIC-ARE que quería decir doblar, y que origina plegar (y plica y pliego y pliegue) y llegar. Si recurrimos a varios prefijos y se los anteponemos a este verbo, obtenemos una rica familia de compuestos, como:


AP-PLIC-ARE, que es el origen de nuestro cultismo aplicar (y aplique y aplicado) y del término patrimonial allegar y sus numerosos allegados, así como de las APEPÉS: APP no es un acrónimo ni una abreviatura castellana sino inglesa de application, aplicación en la lengua de Cervantes: nuestra abreviatura podría ser AP o APL, pero no APP. Sin embargo, se ha impuesto el anglicismo "apepé" por ser hoy el inglés la lingua franca del Imperio: la consonante geminada /p/, fruto como era de la asimilación regresiva latina de la /d/ a la /p) siguiente (ad-plicatio > ap-plicatio), que en castellano se simplificó por ley de economía fonética, resulta que se nos restituye y reaparece ahora de nuevo por la servidumbre informática anglosajona de la moda.


COM-PLIC-ARE, que da complicar, y la complicidad del cómplice a veces no poco complicada

*DE-EX-PLIC-ARE, origina desplegar y despliegue.

EX-PLIC-ARE: se conserva explícitamente en explicar sin mucha explicación

IM-PLIC-ARE, por su parte, es implicar, implícitamente, pero también emplear y empleo, que es término más común, así como es común el desempleo.

RE-PLIC-ARE: origina el cultismo replicar y, como réplica, el término patrimonial replegar y repliegue. 

SUP-PLIC-ARE, por su parte, se conserva en suplicar, que propiamente significa doblarse prosternándose, de donde nuestra súplica, pero también nuestro suplicio



MULTI-PLIC-ANDO, que es gerundio.



Pero todo esto, con no ser poco, es todavía muy simple, simplicísimo, algo simplón, así que podemos complicarlo un poco, sólo un poco más, utilizando los diez primeros números para multiplicar, que quiere decir hacer muchos (multi) pliegues, ya que multiplicar es lo mismo que sumar varias veces el mismo número, y obtener así múltiples múltiplos. Del uno al diez están todos excepto el uno, porque uno por uno es uno, y el nueve. 


No aparece el uno porque un número multiplicado por 1, como elemento neutro de la multiplicación que es, da como producto el mismo número, es decir no se multiplica: el producto es igual al multiplicando o, propiamente hablando, no hay producto porque no hay multiplicación: uno por uno es uno. Algo que se da una vez no se da ninguna vez, según el aforismo alemán: einmal ist keinmal: ua vez no es ninguna vez. La unidad no puede plegarse sin romperse. Se queda directamente como está. Si a la raíz indoeuropea de uno, que es *SEM-, le añadimos *PLEK-S, obtenemos SIMPLEX, que por apofonía se convierte en SIMPLICIS en el genitivo y demás formas de su declinación. Significaría caracterizado por ser una unidad singular, indivisible, siendo absurdo multiplicar por uno, lo que sí podemos hacer (FACERE>FICARE) es SIM-PLI-FIC-ARE, simplificar, que los pliegues se reduzcan. 

No se sabe muy bien por qué no está el nueve en la relación, y no podemos nonuplicar, quizá por la complejidad de su tabla multiplicatoria

DU-PLIC-ARE origina duplicar y reduplicar, y el término patrimonial doblegar, conservándose el latinismo dúplex con vario significado que alude en todo caso a la idea de doble, donde la raíz original *PL (presente en el adjetivo ya desusado duplo) se ha sonorizado y convertido en *BL.
TRI-PLIC-ARE, triplicar.
QUADRU-PLIC-ARE, cuadruplicar y cuadriplicar, válidas ambas según la Academia; la segunda, formada sobre la analogía de triplicar.
Y los siguientes serían QUINTU-PLIC-ARE, quintuplicar, SEXTU-PLIC-ARE, sextuplicar, SEPTU-PLIC-ARE, septuplicar, OCTU-PLIC-ARE, octuplicar, DECU-PLIC-ARE, decuplicar, y finalmente del diez saltamos al cien, CENTU-PLIC-ARE, centuplicar

sábado, 30 de junio de 2018

La Historia como género literario

Que la Historia (inglés history) es una ficción (inglés story)  que escriben los vencedores es algo que salta a la vista cuando uno lee por ejemplo el libro primero de la Guerra de las Galias donde Julio César, que es a la vez el protagonista y héroe principal de la historia y el historiador, cuenta la guerra que sostuvo contra los helvecios. 

Los vencidos no podían haberla escrito porque habían sido derrotados, sencillamente, y la inmensa mayoría yacía bajo tierra. Y César, el vencedor, la escribe con el fin de justificar la guerra que emprendió,  para lo que utiliza algunos insidiosos recursos como hablar de sí mismo en tercera persona, como si el narrador fuera distinto del protagonista principal de su informe. El sujeto gramatical de la mayoría de sus comentarios es él mismo: César, pero nunca utiliza la primera persona del singular para referirse a sí mismo, sino siempre la tercera, que no es ni la del hablante ni la del oyente, sino la que despersonaliza a los interlocutores convirtiéndolos en cosas o temas de conversación, es decir, alejándolos de las personas gramaticales, como si estuviera hablando objetivamente de alguien ajeno a él, igual que haría un supuesto historiador neutral, si lo hubiese, que no formara parte de ninguno de los dos bandos en liza y lid o que no tomara partido, lo que en rigor es imposible, por unos u otros, por los romanos o por los helvecios, que, constreñidos por la naturaleza del lugar donde vivían, habían decidido huir de sus valles y montañas y embarcarse en una gran migración en busca de mejores pastos y horizontes más benignos siguiendo el consejo de Orgetórige.

Busto de Julio César

El propio Gayo Julio César nos refiere que se hallaron unas tablillas al final de la campaña en el campamento de los helvecios escritas con caracteres griegos donde se hacía una relación nominal de los que habían emigrado de su patria. La gran migración en busca de la tierra prometida ascendía a un total de trescientas sesenta y ocho mil personas entre helvecios, la mayoría de ellos, y tulingos, latóbrigos, ráuracos y boyos. De los cuales había unos noventa y dos mil hombres en edad de poder empuñar las armas,  y el resto era población civil, por utilizar un término actual que comprende a mujeres, niños y ancianos.  A continuación nos da el número de los que volvieron, vencidos y rendidos, al lugar de origen del que habían emigrado tras haber arrasado sus aldeas y quemado sus cosechas, territorio que hoy ocupa la Confederación Helvética o Suiza: unas ciento diez mil personas. 

No es difícil hacer el recuento de víctimas: aproximadamente dejaron detrás doscientos cincuenta y ocho mil cadáveres, algo más de las dos terceras partes de la población. Los helvecios, derrotados y obligados a volver, habían entrado en el libro de la Historia Universal por la puerta grande. Así es como se escribe la Historia. Con tinta y sangre, que viene a ser lo mismo. 

 Vercingetórige depone sus armas a los pies de César, Lionel Noel (1852-1926)

La historia (ἱστορία, conocimiento, inglés history) no deja de ser un cuento, es decir, un relato mítico (inglés story) y, más en general, un intento de convencernos a nosotros mismos de que los hechos que han pasado son comprehensibles y que son la causa de hechos presentes y de los presuntamente futuros, que serían su lógica consecuencia.

Repárese en la contradicción lógica existente en los términos “hechos presentes y futuros”, porque si son presentes no son hechos dado que no se han cumplido todavía, sino que se están haciendo en todo caso, y si son futuros no han pasado todavía ya que si son hechos son, por definición, pretéritos y no pueden ser presentes ni futuros, por lo que lo pasado “pasado está”, como la gente dice. La historia, en definitiva, es un intento de dotarle a la vida de un sentido, del que lógicamente carece.

Viñeta de Bill Watterson, de la serie Calvin y Hobbes

Ya lo vio William "Bill" Watterson (1958-...), humorista gráfico estadounidense, conocido por ser autor de la célebre tira cómica Calvin y Hobbes, guiño filosófico a Calvino y a Thomas Hobbes, donde le hace decir a su niño de 6 años, llamado Calvin, a su amigo imaginario y tigre de peluche Hobbes, que la historia es la ficción que inventamos para convencernos a nosotros mismos de que los hechos son comprensibles y que la vida tiene un sentido y una dirección (history is the fiction we invent to persuade ourselves that events are knowable and that life has order and direction).

La historia es siempre mentira por definición porque los hechos no son las palabras que los refieren, ya que entre el dicho y el hecho hay, como la gente dice, un trecho, o, en la lengua de Dante,   tra il dire e il fare c'è di mezzo il mare, que podríamos traducir como entre el hacer y el contar está por el medio el mar. Y entre la lengua escrita, que es en la que yace la Historia, y la lengua viva o hablada se abre otro abismo insuperable. 

Así lo vieron los clásicos griegos y romanos, que situaron la historiografía como un género literario, el género prosaico por excelencia, inspirado por la musa Clío, la grandilocuente, la mentirosa. Si te cuento la historia, convierto la historia en un cuento.

jueves, 28 de junio de 2018

Populismo y demerastia, a propósito de Alcibíades

Platón, haciendo uso de la enorme plasticidad que le permitía la lengua griega que manejaba, inventó el neologismo “demerasta” (griego δημερασστής, a partir de “demos” δῆμος pueblo y “erastés” ἐραστής enamorado) a imagen y semejanza de “pederasta” (enamorado del niño), y lo puso en boca de Sócrates en su diálogo Alcibíades (1 132 a), donde el maestro que sólo sabía que no sabía nada le aconseja al niño bonito que era Alcibíades (al que Cornelio Nepote le dedicó los adjetivos latinos “luxuriosus, dissolutus, libidinosus, intemperans”, que no necesitan mucha traducción, como dice Jacqueline de Romilly en la biografía que le dedicó a este pesonaje) y del que estaba por otra parte enamorado (sus dos grandes pasiones, según confiesa, fueron Alcibíades y la filosofía) que no se convierta en un populista, diríamos con palabra de raigambre latina y, como suele decirse, de rabiosa actualidad: 


 Sócrates reprochando a Alcibíades, Anton Peter (1819)

Y de ahora en adelante, si no te dejas corromper por el pueblo de los atenienses y no llegas a envilecerte, yo no te abandonaré (καὶ νῦν γε ἂν μὴ διαφθαρῇς ὑπὸ τοῦ Ἀθηναίων δήμου καὶ αἰσχίων γένῃ, οὐ μή σε ἀπολίπω). Pues lo que yo temo muy mucho es que convertido en amante del pueblo te eches a perder (τοῦτο γὰρ δὴ μάλιστα ἐγὼ φοβοῦμαι, μὴ δημεραστὴς ἡμῖν γενόμενος διαφθαρῇς), lo que a muchos de los atenienses ya también les ha pasado (πολλοὶ γὰρ ἤδη καὶ ἀγαθοὶ αὐτὸ πεπόνθασιν Ἀθηναίων) . 
 
Sócrates y Alcibíades,  Christoffer Wilhelm Eckersberg (1816).

¿Qué hay de malo en ser un amante del pueblo, un demerasta, un populista? En principio no tendría por qué ser algo negativo, sino todo lo contrario, como forma de amor que es. El problema reside en que no es un amor desinteresado, sino que en los sistemas de gobierno democráticos como era el ateniense y son la mayoría de los que hoy padecemos ese amor busca los votos del pueblo para legitimar un gobierno unipersonal y tiránico.

Ya un historiador tan penetrante como Tucídides vio que la democracia ateniense de Periclés que tanto se ha ponderado en los tiempos modernos como modelo de democracia directa no dejaba de ser una tiranía. En efecto, el historiador griego dejó escrito en el libro segundo 65, 9, de La Guerra del Peloponeso,  y hablando de Periclés, que fue el tutor por cierto del joven Alcibíades: Era una democracia de palabra (en teoría), pero de hecho (en la práctica) era el gobierno del primer ciudadano. ἐγίγνετό τε λόγῳ μὲν δημοκρατία, ἔργῳ δὲ ὑπὸ τοῦ πρώτου ἀνδρὸς ἀρχή. 



Sócrates y Alcibíades, Édouard-Henri Avril (1906)

Contrapone Tucídides la palabra, “logo” λόγῳ, con la tozuda realidad de los hechos, “ergo” ἔργῳ: bajo el nombre de democracia oficialmente gobernaba el pueblo, pero en realidad el que mandaba era el presidente del gobierno, diríamos hoy con flagrante anacronismo.

Se revela así que la democracia no deja de ser la perfección de la dictadura, dado que el déspota, el dictador, el tirano, el sátrapa o como quiera llamarse está legitimado por el amor del pueblo traducido en votos. Para lograr esos votos el aspirante al puesto de presidente del gobierno debe amar y halagar hasta la hez al pueblo, convertirlo en electorado, y ser un populista, un demerasta. Se trata de un amor interesado, porque es fruto de la ambición de poder. Si quieres llegar a ser el primer ciudadano, es decir, presidente del gobierno, debes ser un demerasta, un populista, y, por lo tanto, un demagogo.